3/1/17

Aquí y ahora, 10

Lunes 19 de septiembre
Resaca monumental. El viaje a Sevilla te ha dejado sin fuerzas. Por la tarde, reunión con Isabel para planificar el libro sobre la exposición No Participación. Ideáis una exposición sobre arte y literatura para AB9. Abres el cuaderno y comienzas a escribir ideas y obras posibles. Después, en el CENDEAC, presentación del libro de Fernando Castro sobre Concha Jerez. Te sientas en la última fila y disfrutas con las genialidades de Fernando. Es un performer dadaísta. Uno de los mejores. Al final de su charla, se refiere –como siempre que te ve en el público– al momento en el que, durante la defensa de tu tesis, tuviste que intervenir en inglés. “El Doctor Hernández Navarro habló en chiquistaní y nadie entendió nada. Fue el disparate máximo”. Todos ríen y tú miras al suelo, entre avergonzado por el momento y orgulloso por formar parte del anecdotario de Fernando.
Tras unas cervezas, cenas en el Pacoche con él, Javier, Concha y Torregar. Os sirven rollitos de rabo de toro. Te comes el tuyo y el de Concha mientras escuchas a Fernando. Lo sabe todo y ha estado en todos los lugares. Echabas de menos su conversación. Te despides con un gran abrazo en la puerta del hotel.
Al llegar a casa, comienzas a sentir la pesadez en el estómago y no dejas de pensar en los rollitos. No puedes dormir y comienzas a sudar. El estómago no te responde. La digestión es imposible. Cierras los ojos un momento y tienes pesadillas. La comida sigue en el mismo lugar. A las cinco de la madrugada consigues por fin vomitar y logras dormir un poco.

Martes 20 de septiembre
Pasas el día tirado en la cama, vomitando y con fiebre. Tienes incluso escalofríos y sudores. El estómago es una losa. Nunca habías tenido una indigestión así. No comes nada en todo el día y te quedas sin fuerzas. Te levantas por la noche para escribir el diario y enviarlo a Eñe. No estás demasiado inspirado.

Miércoles 21 de septiembre
Comienzan las clases por la mañana. Teoría de la Historia del Arte. Te sigue doliendo el estómago y entras a clase sudoroso. Presentas la asignatura y das un repaso al programa. No importa los años que lleves dando clase; el primer día siempre te pones nervioso. En unas semanas, la clase se convertirá en un espacio de confianza, pero de momento nada hay afianzado, todo es incertidumbre, un acto de equilibrismo.
Este año no hay atril en la clase y tienes que hablar de pie con los folios en la mano. Eso te resta seguridad. El atril era una armadura, aunque muchas las veces la clase acababa pareciendo un sermón o un mitin político. Tendrás que acostumbrarte a la exposición de las miradas. El campo de batalla sin trinchera.
Te acuestas más tarde de la cuenta traduciendo la introducción del libro de la exposición de No Participación. Se te van varias horas en eso. El tiempo que pierdes en cosas que podría hacer cualquier otro mejor que tú y que te despistan de lo que estás haciendo es infinito.

Jueves 22 de septiembre 
Primera clase seria del curso. “¿Qué es la Historia del Arte?”. Intentas plantear los fundamentos de la disciplina y suscitar la duda en los estudiantes. Nada es tal y como os lo han contado. Y si os lo han contado de un modo determinado es por alguna razón concreta. No todo es posible en todo momento. El concepto “Arte” tiene una historia. También el concepto “Historia”. La Historia del Arte es histórica y se hace siempre desde el presente. Cada presente se eleva sobre un pasado que lo legitima… Reflexionas sobre los grandes temas de la disciplina sin llegar a ninguna conclusión, simplemente con la voluntad de mover el pensamiento. Crees que el fondo de eso es de lo que se trata. De no dar nada por sentado, ni siquiera el lenguaje o las herramientas a través de las cuales conocemos el mundo.
Acabas cansado pero satisfecho. Algunos alumnos te dicen que les has hecho pensar y que les gustaría ser alumnos internos tuyos. Regresas a casa con cara de felicidad. De camino, compras shushi y parece que el estómago te respeta. Te gusta la cara de Raquel cada vez que llegas con las bandejas del japonés.
Por la noche, seguís viendo Narcos. Te deja con mal cuerpo. No crees que todo ese disparate fuera real. Tienes pesadillas.

Viernes 23 de septiembre
Escribes por la mañana la introducción a Diario de Ithaca. Estas noches has estado corrigiéndolo y has vuelto a experimentarlo todo. Un año mágico. Agradeces haber podido dejar constancia de ese tiempo que se ha desvanecido. El diario es una herramienta de la memoria. Una prótesis del recuerdo.
Por la tarde, después del gimnasio, llegas algo justo a la presentación del libro de Carlos Salas. Pinceladas de cine. Habla de las relaciones entre cine y pintura y proyecta algunos fotogramas en los que aparece una sombra. Piensas en la sombra de El instante de peligro. Nunca puedes escapar de ella.
Tras la presentación, te acercas a la exposición que del Rendibú en el Museo de Bellas Artes. José Manuel Martínez ha preparado un gran evento para conmemorar los diez años de este concurso de artes y diseño que patrocina La Verdad. Encuentras allí a Asun y no te separas de ella hasta el final. Hace siglos que no os veis más allá de las redes y aprovecháis para poneros al día.
La performance de Eduardo Balanza capta la atención de todo el mundo. Su modo de hackear la cultura pop y los imaginarios de la infancia lo transforma todo en algo siniestro y perturbador. Después, la sesión de Don Flúor es pura frescura electrónica. No puedes contener el bailoteo entre cerveza y cerveza.
Durante toda la noche, no paras de saludar a gente. Te reconforta la amistad, pero hay un momento en el que ya no puedes aguantar que todos te cuenten sus cosas y decides que tienes que salir de allí. Carlos invita a unas cervezas por su libro y acudes al bar con Elia, Julia y María. Después, en el Revólver te encuentras con Marta. Podrías seguir toda la noche. Hasta el amanecer. Es lo que te pide el cuerpo. Estás animado. Pero decides ser bueno esta noche para poder trabajar al día siguiente. Son demasiados sábados continuos sin escribir. Es hora de que regrese la cordura.

Sábado 24 de septiembre
Pasas el sábado revisando todo lo que llevas escrito de la novela. Necesitas volver a coger el tono y visualizar de nuevo el mapa en tu cabeza. La escritura es una casa. Afortunadamente, te abren la puerta y puedes entrar rápido.
Escribes con tapones en los oídos porque son las fiestas de Los Dolores y el reggaetón de las carrozas hace temblar hasta el escritorio. Nunca has entendido esa violencia sonora de las fiestas de los pueblos.
Por la noche, con la ventana cerrada y el volumen a tope, ves el fútbol y, después, varios capítulos de Narcos. Te tiene enganchado.

Domingo 25 de septiembre
Escribes desde bien temprano. Comienza a avanzar la segunda parte.
Comes en casa de la madre de Raquel, con sus hermanas. Todo es delicioso. Te sientes mimado y privilegiado.
Por la noche, después de acabar la primera temporada de Narcos, te recluyes en la habitación a escribir hasta que se te cierran los ojos. Hemingway decía que había que dejar la sesión de escritura planteada para el día siguiente. Dejar una frase a medio, un párrafo, un capítulo…, algo para poder continuar. Sabes que tiene razón. Pero sólo a veces. Tú agotas todo lo que tienes ahora. No guardas nada para el día siguiente. No dosificas. Escribir no es nunca mañana. Escribir es siempre aquí y ahora.

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