Diario de Ithaca 30 (Preferiría no hacerlo)
Antes de regresar de Nueva York a Ithaca, tengo que grabar
con John Reed la conversación sobre Intento
de escapada que no pudimos tener en McNally. Su despacho en la New School
está no está lejos de la casa de Casa de Carrie Bradshow en Perry Street. Sexo
en Nueva York sigue configurando nuestra mente.
Cuando acaba la conversación, alquilamos un coche y volvemos
a casa para recoger las maletas. Pongo la ruta en el GPS y cruzamos Manhattan
de punta a punta. En un momento me doy cuenta de que estamos pasando
exactamente por donde habíamos pasado la noche anterior camino de la casa de
los rusos. Le digo a Leo que me parece curioso: lo grande que es Nueva York y que
todo nos suene. Al pasar junto a la casa de los rusos, el GPS dice que hemos
llegado a nuestro destino. Entonces caigo en la cuenta: he pulsado por
equivocación la dirección de la noche anterior y hemos cruzado Manhattan sin
sentido. Al menos hemos hecho turismo.
Tras varios despistes, logramos salir de Nueva York y llegamos
a Ithaca pasada la media noche. He perdido la cuenta de las veces que he
regresado a este lugar.
El martes devolvemos el coche y buscamos un bar en el que
pongan al día siguiente el partido del Madrid. Mientras negociamos con el
camarero, lidiamos también con un plato de nachos con queso que colmaría a tres
familias.
El miércoles es el último seminario de Society. Al final
creo que voy a echarlos de menos. Han sido intensos pero productivos. En pocos
lugares he sentido que el conocimiento importaba con esa pasión.
Acabo rápido la comida y bajo al downtown, donde Leo me
espera posicionado en la barra del Ithaca Ale House. Ha conseguido que pongan
el partido. Entre pintas de cerveza vemos el triunfo del Madrid. Lo celebramos
con Aaron jugando al billar en el Chanticleer. Después vamos a tomar un cóctel
a Argos. Y acabamos comienzo una pizza en el Domino’s para intentar que empape
el alcohol y podamos regresar a casa. Yo aún tengo que preparar la clase, pero
al llegar a la habitación caigo rendido. Me levanto a las cinco para terminar
de leerme los textos del día siguiente. Apenas me entero de nada.
El jueves, penúltima clase. Sale relativamente bien. Al
final también voy a echar de menos estos momentos.
Por la tarde, presentación de Escape Attempt en Buffalo Street Books. Me emociono al llegar y ver
los libros en la estantería. Y también al ver en el público a mis amigos de
Ithaca. Ricardo se ha preparado la presentación a conciencia y en la
conversación me siento cómodo y percibo que todo fluye. Estoy en una nube. Esa
sensación continúa después, cuando todos cenamos en una gran mesa en el Reed y
tomamos varios cócteles en Argos. Allí, en la escalera, les digo que los voy a
echar de menos y nos hacemos una foto. La noche llega hasta el Westy’s, hasta
que lo cierran y el sueño continúa.
El viernes nos levantamos con resaca. Es el diálogo de Leo
con Francisco en la Society. Yo estoy espeso en la presentación. Decido que
hablen ellos, que parecen despejados y saben bien lo que dicen.
Sin solución de continuidad, pasamos a las cervezas a un
dólar del Big Red Barn. Hoy estamos entre latinos y podemos hablar en español.
Allí me quedo mirando a una chica y le digo que su cara me suena de algo.
Atamos cabos. La vi la semana pasada en Nueva York y también en la conferencia
que impartí en el Master de Escritura de NYU. Es Camila, la escritora chilena
joven y alocada.
Tras tomar una hamburguesa para bajar las cervezas y
aguantar un concierto extraño en el Lot 10, nos encontramos con ella y su amiga
Irene en el Westy’s. La noche acaba en su casa, entre tequilas y cervezas. Nos
duele el estómago de tanto reír. Se nos pega el acento chileno. Nadie ha culiado esta noche, conchesumadre
hueón, cachai.
El sábado apenas podemos movernos. Paseo tranquilo, cena en
el Mia y último bourbon antes de volver a casa. La experiencia del Club Renacimiento
en Ithaca está tocando a su fin. El domingo conduzco hasta Newark para llevar a
Leo al aeropuerto. De camino, paramos en el diner
de Lisle y tenemos allí experiencia más auténtica de todo el viaje. El bar
parece sacado de una película. El casting no podía ser más logrado. Y nosotros
nos convertimos en personajes de una historia americana que no quisiéramos que
se acabara. Dos amigos en Nueva York.
Regreso a Ithaca solo. Me queda aquí apenas una semana y
media. Y ya todo sabe a pasado.
Comentarios
Publicar un comentario