10/4/16

Diario de Ithaca 25 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 04/04/16. Escuchar Podcast] 

El viernes presento La edad media, la primera novela de Leonardo Cano que ha publicado la editorial Candaya. He esperado el momento casi como si hubiera escrito yo el libro. El Hemiciclo de Letras está a reventar y me pongo algo nervioso. Conversamos sobre la novela. Comienzo diciendo la ilusión que me hace haber podido venir, lo afortunado que soy por tener un amigo como Leo y lo mucho que lo quiero. Y enseguida intento dejar de lado la amistad y empiezo a hablar de literatura. Porque eso es La edad media, pura literatura. Tres historias encadenadas sobre los sueños rotos de toda una generación. Una novela valiente, hipnótica, construida como un rompecabezas. Un libro maduro que pone voz a las ansiedades de todos aquellos a los que les prometieron un mundo imposible que nunca llegó del todo.

Leo está pletórico. Y la conversación fluye. Después, en el Pura Vida celebramos la novela. Están todos los amigos. Apuramos la noche hasta que los cuerpos ya no responden. Incluso dejo que me pinten los ojos. Es mi última salida en Murcia antes de regresar a Ithaca. No quiero irme. La edad media es una fiesta.

De vuelta a casa, entro en la confitería del pueblo a pedir algo antes de acostarme. Los policías que toman allí el desayuno me miran extrañados. Cuando llego a casa y me miro al espejo, compruebo que sigo llevando los ojos pintados y parezco un travesti.

El domingo por la noche, comienzo a ser consciente de que dejo mi casa una vez más. Raquel está inquieta. Más de la cuenta. Apenas podemos dormir.

El lunes, antes de tomar el tren para Madrid, después de haber estado haciendo tiempo en la ciudad, me doy cuenta de que me he olvidado el portátil en casa. Falta menos de media hora para que el tren salga y parece imposible llegar. Pero Raquel conduce como si estuviera en un rally. Nunca la había visto así. Se salta varios semáforos y adelanta todo lo que puede.  Cuando estamos cerca y vemos que el coche ya no puede seguir avanzando, salgo con la maleta y comienzo a correr. Ni siquiera puedo abrazarla y decirle que la quiero. Cruzo todo el aparcamiento como si estuviera haciendo los cien metros lisos. Creo que nunca he corrido tan rápido. Llego justo cuando el tren va arrancar. Parece una película. Afortunadamente, esta tiene final feliz.

Al día siguiente, tomo el avión hacia Nueva York. Justo antes de embarcar, me entero del atentado de Bruselas. Viajo con la inquietud de no saber lo que está sucediendo. Cuando uno vuela, el mundo exterior desaparece. Al llegar a Nueva York me entero del desastre. El mundo se hace trizas y a veces las grietas nos tocan de cerca. Duelen más, pero forman parte del mismo resquebrajamiento.

Regreso a Ithaca y siento que ahí también está mi casa. En Murcia he estado una semana desubicado. Aquí es donde ahora tengo mis cosas. Volver a Ithaca es también volver a un hogar.

Marta viene a visitarme en las vacaciones. Al final, de todos los amigos que habían dicho que iban a venir a verme, apenas se ha atrevido ninguno. Siempre ocurre igual cuando uno se va lejos. Todos dicen que van a ir y después nadie aparece.

Jueves santo tengo clase y no logro meterme en el papel. La semana en Murcia se ha llevado por delante la poca fluidez que había logrado. Por la noche, nos encontramos a Katrine y a los demás amigos en el Lot 10. Aquí también hay amigos.

Del sábado al miércoles, visito Nueva York. Una vez más, la experiencia de llegar conduciendo a Manhattan es fascinante. La sensación es curiosa. Por un lado, no me quito de la cabeza la idea de estar en medio de una película, conduciendo entre los grandes edificios, cruzando la quinta avenida. Pero por otro, se produce una normalización. Las calles llenas de gente, los taxis amarillos, las limusinas… acaban siendo como la carretera de la huerta, como la gran vía de Murcia. Al final es asfalto, coches y semáforos. Lo mismo que en cualquier otro lugar. Por muchas películas que se proyecten en el parabrisas.


Vemos la exposición de Broodhaers en el MoMA. Es uno de los artistas que más me interesan. Inteligente, sutil. Supo convertir la poesía en arte y el arte en reflexión. Sus obras siguen siendo pertinentes, aunque hay en ellas un aura retro nostálgica que desactiva la potencia crítica de sus reflexiones.

El martes por la noche, Madame Butterfly en el Metropolitan Opera. Nada más que por ver el ambiente merece la pena. La gente acude con sus mejores galas. Toma champán en los descansos y parece salida de otra época, como si se hubiera sincronizado con el espectáculo que ha venido a ver. Luego estamos los turistas, y la gente normal, de vaqueros, jersey y gorra, disfrutando de la suerte de poder ver y escuchar a Puccini y grabando a fuego estos recuerdos para siempre. 

El miércoles vuelvo a regresar a Ithaca. Una vez más. Ahora la casa está sola. Y yo también. Todo es extraño. Todo es silencio. Mañana comienza el mundo real.