24/12/15

Diario de Ithaca 11 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 21/12/15. 

Casi seis horas de autobús a Nueva York. Descanso, dormito, escucho música y durante varios momentos no puedo evitar recordar el viaje de hace cinco años. Williamstown-Nueva York. En aquel entonces tuve un Sthendal mientras miraba por la ventanilla y escuchaba la música God is an Astronaut. Ahora, vuelven al sonar las guitarras del grupo irlandés, y yo recuerdo la emoción que sentí cinco años atrás. Algo se mueve por dentro desde el pasado. Y de nuevo percibo que la novela vuelve sobre mí. Es una sombra de la que no puedo escapar.

Llego a Nueva York a la casa de Keith. El portero me deja entrar, pero me advierte de que las llaves del piso las tiene la otra pareja que también se aloja allí y que quizá no vuelva ya esta noche. Yo exploro la casa y rápidamente me pongo cómodo. Me descalzo, me enfundo el pijama sin ropa interior y me tiendo en el sofá a leer El reino, el libro de Carrere que estoy disfrutando estos días. A la media hora, oigo la cerradura y entra la pareja. Vienen de una cena de gala. Me recuerdan a Nicole Kidman y Tom Cruise en Eyes Wide Shut. Es la pareja perfecta. Que se encuentra en el salón con un señor descalzo y en pijama. No me ha dado tiempo a correr hacia la habitación y ya no puedo escapar de ellos. Al final, comenzamos a hablar y descubro que el hombre es el assistant director del Clark Art Institute y la mujer, una importante agente literaria norteamericana. Saben de la existencia de mi novela. Y les interesa. La suerte me pilla en pijama. Pero la suerte no se cuestiona jamás. Comienzo a pensar que este encuentro forzado ha sucedido por alguna razón. Azar objetivo.

Al día siguiente, después de una agradable conversación con David García Casado, visito la exposición de Fernando Bryce. Me fascina, como toda su obra. Fotografío uno por uno todos los paneles, e incluso los textos del catálogo. La cámara del móvil se convierte en mi memoria.

Por la tarde, me encuentro con Sergio Chejfec y lo felicito por su libro. Discutimos la obra de Bryce y hablamos de arte y literatura. Un privilegio absoluto. Cuando acabo, tomo el metro y llego a la universidad de Columbia justo a tiempo para la conferencia de Alain Badiou sobre el futuro de la política. Aunque hay varios lugares en que no acabo de estar de acuerdo, su exhortación final me emociona y siento los ojos humedecidos. Tengo la sensación de estar ante un grande.

La mañana del miércoles paseo sin demasiado rumbo por las calles de Nueva York. Escucho The National, recorro Columbus Avenue y recuerdo que allí también se inició algo que acabó después en la novela. La sombra me posee del todo.

El avión sale a las diez de la noche. Nueva York-Estocolmo-Madrid. Es la mejor hora para viajar, de noche. Me tomo una pastilla e intento dormir. Pero justo cuando estoy a punto de conciliar el sueño, el compañero de asiento me dice que necesita salir. Así, cada media hora. Parece una tortura china. Al final acabo con los nervios alterados y no consigo dormir más de cinco minutos seguidos.

Llego a las cinco a Madrid cansado y con sueño. Pero nada más pisar la calle me espabilo. Ceno con Leo y con Michelle en un venezolano. Algo rápido y a la cama, digo. A las tres y media estamos en El café Berlín y nos hemos bebido hasta el agua de los floreros.

Al día siguiente no estoy en el mejor de los estados para la presentación de la novela en la Central. Pero me sobrepongo en cuanto veo la sala llena de gente y me siento junto a Javier Gutiérrez y Jesús Marchamalo. La conversación fluye y me siento muy cómodo. Incluso lúcido por momentos. Hablamos de literatura, autoficción, amor, sexo y arte. Me quedo hipnotizado con unos ojos que me miran desde la cuarta fila. Después, firmo muchos más libros de lo que había imaginado firmar. Es un momento mágico. Me cuesta trabajo improvisar dedicatorias, me gusta ese instante de contacto entre lector y escritor, me encanta imaginar que esa persona va a transitar por lugares que antes sólo estaban en mi cabeza. Es como conocer a los habitantes de una ciudad que uno ha contribuido a crear. Magia. No creo que haya una palabra mejor para definirlo.



Después, la noche se alarga. Rodeado de amigos me siento realmente arropado. Ni siquiera siento el jet lag. Cuando la noche acaba, en una sala de fiestas alguien me dice que ha comprado el libro y que quizá incluso lo lea. Yo siento que la noche ha llegado a su fin, y regreso al hotel solo, con un trozo de pizza en la mano y degustando la felicidad. En esa flanerie solitaria por Madrid siento que todo ha tenido sentido. Me convenzo de que no hay mejor viaje al fin de la noche.