27/6/15

Literatura e incertidumbre

[Publicado en La Opinión, 27 de junio de 2015]

A veces no es necesario entender un libro para disfrutar de él. Y cuando digo “no entender” no me refiero a “no saber de qué va”, sino a no poder situar perfectamente la acción, la narración, el espacio, la temporalidad…, a no poder hacerse una imagen perfecta, clara y delimitada de lo que está sucediendo en todo momento. Eso es lo que ocurre –al menos lo que a mí me ha ocurrido– en la lectura de Distancia de rescate, la novela de la escritora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), que nos sumerge en una nebulosa en la que los límites de la realidad de difuminan y todo se vuelve confuso e indeterminado: una madre temerosa y obsesionada por mantener la “distancia de rescate”, un miedo constante a perder a quien se ama, un paisaje que en lugar de salvar nos condena, un niño envenenado que ya nunca vuelve a ser el mismo, un alma transmigrada, un cuerpo vacío… y un momento en el que todo sucede, el punto en el que “nacen los gusanos”, el instante en que se pierde pie respecto al mundo y todo se rompe para siempre.


La narración se configura como un diálogo entre la madre temerosa y el alma del niño de su amiga. Un diálogo que se produce en un espacio-tiempo extraño y que a veces resuena como un eco distorsionado y siniestro. Uno acaba la lectura completamente desasosegado, con la misma sensación de incomodidad que nos queda después de ver una película de David Lynch, con todas las certidumbres puestas en cuestión. No sabemos nada o, mejor, no lo sabemos todo, pero intuimos lo que ha sucedido, lo hemos experimentado, hemos sido tocados por las imágenes. Es como asomarse a una mente y observar por un momento el flujo de una conciencia.

Mientras leía el libro no podía evitar pensar en Samuel Beckett. Allí también la realidad se hace trizas y el lector no siempre puede ponerle imágenes a lo que se está contando. Al menos imágenes claras y precisas. En este tipo de obras se diluye eso que Barthes llamó “el efecto realidad”, ese detalle que ancla la narración en un espacio concreto y que se convierte en algo clave para gran parte de la literatura moderna. Aquí, en cambio, ya no hay nada a lo que se sujetarse. El relato se construye a través de flashes, sensaciones, experiencias, imágenes que fluyen y atraviesan la acción como alfileres, propiciando una literatura en el borde de la abstracción.

La sensación de desasosiego se produce por la imposibilidad de fijar en nuestra mente la historia, de descomponerla en fragmentos y poder ordenarla, de topografiarla y fijarla en un eje de coordenadas. O lo que es lo mismo: por la imposibilidad de representarla –de representárnosla–. La potencia de la novela de Schweblin está en esa ruptura absoluta de la representación. Y eso es lo que deja al lector sin armas, a merced de las palabras, nadando en un mar de incógnitas acerca del mundo. Quizá eso es lo que tenga que hacer la literatura –la buena literatura–: traquetearnos y desmontar el status quo de nuestra percepción. Quizá esa sea la verdadera literatura política, y no aquella que nos habla de la crisis y la injusticia, señalando –una vez más– a malos y buenos y volviendo a repetir cosas que ya sabemos todos. Frente a esa política fácil –puramente representativa–, Distancia de rescate nos obliga a pensar, a buscar lugares a los que agarrarnos si no queremos naufragar. No nos da todo lo que pedimos, no estamos ante la literatura como lugar de concesión de deseos, sino todo lo contrario: literatura como espacio de visualización de la falta, como creadora de agujeros, como lugar de desasosiego e incomodidad.




1 comentario:

David Pérez Vega dijo...

Hola:

Hace no mucho leí los cuentos "Pájaros en la boca", de Schweblin, y me gustó bastante. Por lo que cuentas de ella esta novela tiene pinta de estar construida como esos cuentos.

Tendremos que leer también Siete casas vacías.

Gran reseña.
Saludos