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7/1/13

Allí y entonces


Aquí y ahora. Cartas 2009-2011 es la correspondencia entre Paul Auster y J. M. Coetzee, publicada por Anagrama y Mondadori en una bella edición conjunta. Me fascinan estos autores. Me confieso austeriano enfermizo. Casi mitómano. Y de Coetzee qué puedo decir. El más inteligente de los escritores vivos. Por eso el libro es a priori el mejor de los regalos que alguien me podría haber hecho. Lo he disfrutado muchísimo. Ha sido como meterse en medio de un diálogo. Introducirse como voyeur en medio de la intimidad. Sin embargo, hay cosas que me han rechinado. Algunas de ellas, demasiado.

Habría muchos temas de los que hablar. En primer lugar, la propia idea de la correspondencia como algo perteneciente a otro tiempo, una forma de comunicación zombie, pero que sin embargo, nos habla de los cuerpos, del tiempo de los cuerpos en atravesar un espacio. Cuando empecé a leer el libro, pensé que iba a poder escribir sobre eso, que ya tenía el post hecho, hablar de la escritura epistolar, del tiempo corporal frente al tiempo de los datos... Pero tras varias decenas decenas de páginas tuve que cambiar de opinión. En cierto momento, las cartas en un lugar de por correo postal las envían por fax. Llegan a la conclusión de que así los tiempos son menores. Esto, que puede ser una nimiedad, a mí me pareció algo serio y me lo tomé como una impostura. Si nos ponemos con el juego de las cartas, pensé, lo hacemos bien del todo. Y es que lo que ocurre con esta manera de enviar las cartas es que ellos escriben en el pasado, pero los tiempos de envío son los de una especie de presente extraño. Una tecnología que no es el e-mail, ni la carta, pero tiene algo de los dos. Quizá les habría valido más simplemente escanear las cartas. No sé, esto me ha parecido un poco tontería y gesto de resistencia ante los tiempos donde acaba uno metiendo la puntita nada más.

Esta cuestión de la obsolescencia y la resistencia a las nuevas tecnologías es algo que aparece en más de una ocasión, sobre todo en referencia a Auster y su rechazo al ordenador, el móvil y otras tecnologías contemporáneas, su amor a la máquina de escribir y su fascinación por lo analógico. En el caso de Coetzee es el rechazo al libro electrónico, a ciertas formas de comunicación y escritura... No es el tema central de las cartas, pero sí que cuando uno acaba de leerlas le parece que más que "aquí y ahora" se nos habla de "allí y entonces". Una conversación intempestiva en estas cuestiones. Y esto, sin embargo, tiene su aquél. Es parte de la esencia del libro, de esas ganas de comunicarse en la distancia, de esa manera diferente de habitar el tiempo.

Las cartas nos hablan de todo. Mucho de deportes, de béisbol, de cricquet, incluso de fútbol. Mucho de viajes. De eventos, de modas, de arte, de cine. Mucho de política. De política local, pero sobre todo de conflictos internacionales. Y sobre todo de actualidad, de cómo en el fondo asistimos a un cambio de tiempo, de cómo las cosas se transforman y quizá nosotros no podemos seguir su ritmo. En cierto modo, las cartas hablan de un tiempo que se mueve demasiado rápido. Es casi un duelo por las cosas que se nos van de las manos.

Luego están, por supuesto, los temas de la literatura. El lenguaje, los escritores, el oficio. Esto es lo que yo he ido a buscar al libro. Confieso que en más de una ocasión me he saltado algún párrafo para llegar a estos temas, que eran los que más me interesaban: dos grandes maestros de la escritura desvelando secretos, hablando de su arte, de su oficio. Dos páginas de esto valen ya por sí la inversión. Escuchar a Auster hablando sobre sus problemas para acabar un libro, o a Coetzee sobre su prosa perfeccionista, de su relación con la crítica, de sus temas... Tras esos párrafos, que se buscan casi como el maná a lo largo de estas páginas, a uno le entran unas ganas tremendas de ponerte a escribir. Y siente entonces que ha merecido la pena leer el libro. No por lo que desvela de estos escritores, sino por la energía literaria que transmite. A veces eso es lo único que uno quiere encontrar ahí, alimento para seguir escribiendo.




2 comentarios:

Leandro Llamas dijo...

Yo aún guardo en una caja, rigurosamente ordenadas por fecha, las cartas que recibí desde los catorce años hasta que dejé de recibirlas, no recuerdo muy bien cuándo. Sí sé que las últimas que conservo son invitaciones de boda y tarjetas navideñas. Luego, hasta eso desapareció. O dejó de merecer la pena guardarlas en la misma caja.

Un díase las enseñé a mis hijos. Fue curioso ver cómo las miraban. Como nosotros miraríamos un fonógrafo. Como antigüedades.

Poco después, mi hija decidió escribir una carta a un amigo que vive en Ávila. Me preguntó cosas como dónde comprar un sello (le sorprendió un poco que hubiese que pagar por enviarla), dónde y cómo escribir la dirección en el sobre... cuestiones de forma que para nosotros venían de serie. Solventar todas esas formalidades le llevó casi tanto tiempo como escribir la carta. La echó en el buzón que hay en la plaza, al lado de casa. Y al volver le puso un WhatsApp a su amigo diciéndole que le acababa de mandar una carta, y el otro la llamó y estuvieron comentando la jugada un rato.

Cartas por fax... habráse visto

Anónimo dijo...

No conocía la obra de Paul Auster, me cautivó El libro de las ilusiones...