7/3/11

Tres años

Hoy hace tres años. No hay olvido que consiga olvidar el origen. No hay palabra que consiga apresar la ausencia. No hay caricia que consiga reemplazar el tacto de una madre. Aunque el tiempo haga flaquear la memoria, aunque los años endurezcan las palabras, aunque la experiencia abra el cuerpo. Hoy hace tres años. Y no son muchos ni pocos. El tiempo se vuelve insignificante. Y yo la sigo perdiendo todos los días. En cada recuerdo que se archiva, en cada lágrima que no se derrama, en cada palabra que ya no se escucha.

Hoy hace tres años. Y hoy transcribo aquí el principio de mi cuaderno de duelo. Lo he revisado mil veces y parece que al final verá la luz. El destino ha querido que, precisamente hoy, acabe la última revisión antes de enviarlo a imprenta:

En la habitación oscura, H. abre un cuaderno. Allí, con los ojos aún enrojecidos, logra escribir:

A veces es necesario comenzar por el final. Siempre, quizás. No hay otra manera de hacerlo.

Por eso comienza ahora que todo ha acabado, ahora que, sin embargo, nada aún ha empezado. Comienza hoy. En realidad, ayer. Comienza ayer. Un día después. Un día y un año. Escribe esto hoy, pero debería haberlo hecho ayer. En realidad, mucho antes. Debería haberlo escrito mucho antes. Piensa esto hoy, pero debería haberlo pensado antes. Hoy es demasiado tarde. Miente. Ayer. Ayer también habría sido demasiado tarde. Antes de ayer, incluso. Y hace algunos meses. Siempre. Demasiado tarde para pensar, demasiado tarde para actuar, demasiado tarde para recordar, demasiado tarde para escribir. Como ahora. Demasiado tarde.

H. se ha sentado frente al cuaderno con la intención de recordar. Recordar. Siempre se trata de eso. Recordar un tiempo que no ha tenido lugar. Un tiempo que ya ha acabado. Un tiempo que H. ha dejado pasar. Un tiempo sobre el que hoy, un año y un día después, H. decide escribir.

Entonces intenta imaginarlo todo, recordarlo todo, escribirlo todo. Desde el principio. Desde el final. Desde el principio del final. Desde el momento en el que todo se detuvo. Desde el instante en el que todo, sin embargo, comenzó a ir demasiado rápido.

En ese momento se frenó el tiempo. Y allí quedó estancada una parte de él. La otra comenzó a correr. Y decidió no pararse jamás. Por eso escribe esto ahora, para intentar frenar la escisión del tiempo, para intentar encontrar el punto en el que todo se partió para siempre.

Trazar otra vez la misma distancia. La distancia de la partida en la que quedaste partido. Partida que no supiste ganar y que habrás de repetir una y otra vez. Para volver a perder. Para volver a partirte.

6 comentarios:

sushi de anguila dijo...

Mucho ánimo, MAHN. El perenne amor del hijo no entiende de plazos ni tiempo. Precioso, pese a la tristeza que conlleva, lo que has escrito, entonces y ahora. Un abrazo muy fuerte...

R dijo...

no hay otra manera, tenemos que empezar por el final...
me da miedo pensar que se acerca agosto, yo lo presiento detrás de mi nuca. siempre.
y me da miedo pensar que aún no he podido, más bien no me he atrevido, a recrearme en mi propio duelo.

Nok1a E dijo...

Como sabes yo soy huerfano de Madre. Es un sentimiento que nunca se cierra del todo. No hay otra manera tenemos que empezar por el final.

E5P1N E

Anónimo dijo...

“Lo más cercano, es lo que más hiere.”
Cuando hoy he abierto tu Blog, me he acordado de la fecha, siete de marzo, y no es que olvidé, solo que llevo días en la angustia de una tragedia cercana, hoy por fin parece que se despejado para bien, las negras alas que revoloteaban tan cercanas, han tomado otro rumbo.
No obstante no me perdono el olvido.
emilio

Kal-El dijo...

Vaya. Hoy ha sido el día que he decidido volver por aquí. En el fondo no me molesta la coincidencia porque me permite mostrarte todo mi cariño y apoyo. Cuantos más años tienes, más valoras tener cerca a tus padres. No quiero imaginar qué se debe sentir. Lo siento mucho. Un abrazo

Sara dijo...

La Haine. Al inicio y al final, como un mantra, alguien repite: "Lo importante no es caer sino el aterrizaje".

La gravedad nos afecta por el mero echo de existir, y hay pocos gatos.

Tú, transformando el dolor en belleza logras caer con la elegancia de un felino.