27/2/10

Vivir de película

Después de casi dos semanas en Williamstown, sigo teniendo la sensación de estar dentro de una película. Es una sensación que tiene cualquiera que haya pisado los Estados Unidos alguna vez. Nada más aterrizar, el uniforme azul marino de los policías de inmigración ya te mete en acción y te recuerda a Canción triste de Hill Street. Y si se llega a Nueva York, en cuanto uno cruza la puerta del aeropuerto y se encuentra los Yellow Cabs, los taxis amarillos, parece como si hubiera dado comienzo una aventura cinematográfica de la que ya es imposible escapar. Eso ocurre en cualquier parte de Estados Unidos. Siempre hay alguna película que se nos venga a la cabeza. Incluso aquí, en las nieves de Nueva Inglaterra. Fargo, Twin Peaks... hasta Doctor en Alaska. No hay manera de salir de la pantalla. La verdad es que creía que era algo que se iba a pasar rápido, que se iba a ir apenas transcurridos los primeros días de sorpresa. Pero parece que la cosa va para largo. Intuyo, de hecho, que aquí todos tienen esa misma sensación, incluso los propios habitantes del pueblo: el síndrome del Show de Truman, la alucinación de vivir constantemente en una imagen.

La televisión y el cine, sin duda, son creadores de imaginario en todos los lugares. Pero lo que ocurre en este país va mucho más allá. Estados Unidos es, por encima de cualquier otra cosa, una construcción imaginaria. Y la televisión y el cine contribuyen a esa cohesión imaginaria. Es un país cuya identidad reciente se ha fortalecido desde la pantalla.

La fuerza y la potencia del imaginario creado es tal, que por mucho que uno se esfuerce en acceder de primeras a la experiencia de la realidad, es imposible hacerlo. Así que, cuando llego a esta casita de madera en la que vivo, cuando voy a la tienda del pueblo en la que me atiende un tal Randy, cuando observo a los estudiantes ataviados con las sudaderas del Williams College, cuando veo a los profesores con sus chaquetas de pana y sus jerseys de cuello alto... el único remedio que me queda para saber que no estoy en medio de una alucinación cinematográfica es decir para mis adentros “esto no es otra estúpida película americana”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido Miguel Ángel, aquí Edu Segura. ¡Qué decir! Comparto palabra por palabra la experiencia, el estado de asombro sereno de la conciencia que se zambulle en la ficción... ¡mientras se sabe despierto! Por lo demás, el lugar y lo que cuentas de él me sugieren dos palabras: belleza y alegría. Beatus ille!
No dejes de responderme al e-mail que te envié, any time you can. Yours truly.

Antonio Rentero dijo...

De los USA solo conozco NYC, y efectivamente la sensación de estar metido dentro de una película o una series es irrefrenable.

Me sentí como si le diese la vuelta al calcetín de la célebre película de Woody Allen... en mi caso "El clavel colorao del Segura" ;-)

agaviles dijo...

Hola Miguel Angel!!! Alejandro nunca tuvo esa sensación, pero yo no podía evitarla. No era sólo que el encuadre fuera el mismo (de hecho era muy normal girar en una esquina y descubrir un encuadre, el mismo encuadre, la posición del cámara....) si no que la gente era la misma (los extras,claro, la prota absoluta era yo, que para eso era "mi película"). Lo único que yo tenía que hacer era poner la banda sonora: el Philadelphia, Caso abierto (Cold case). En Washington, Bones. En Nueva York, Cómo conocí a vuestra madre...
Como ves soy más de series. Besazos from Murcia. Paloma (Dove)