26/9/09

Luz artificial

A veces no nos damos cuenta de la artificialidad del mundo que nos rodea. Salimos a la calle y no advertimos que lo que vemos tiene una historia y, sobre todo, que las cosas a las que estamos acostumbrados y sentimos como naturales no siempre han sido así. Eso ocurre, por ejemplo, con la iluminación de las ciudades, uno de los dispositivos más fascinantes de la vida urbana. Un dispositivo que ha modificado nuestra percepción y comprensión del mundo. Su paulatina introducción en las ciudades a lo largo del siglo XIX hizo trascender los ritmos naturales de luz/oscuridad y día/noche.


La utilización primero de la lámpara de gas, luego de queroseno y, a finales de siglo, de la iluminación eléctrica reorganizó los modos de vida de los ciudadanos, trayendo consigo una nueva racionalización de los tiempos tanto de trabajo como de ocio. Todo ello, como ha observado Paul Virilio, cambió la temporalidad del sujeto y produjo en éste “un régimen de deslumbramiento permanente”. Un deslumbramiento permanente que también sirvió para aumentar la vigilancia en las calles. La noche oscura había desparecido y el individuo en todo momento estaba expuesto a la vigilancia policial. La iluminación de las ciudades rompió la idea de la ciudad ensombrecida, ajena al ciudadano, para “evidenciarse” ante éste, en perpetua exposición y aparente transparencia. Se rompía así la discontinuidad de los ritmos para introducir un continuum consustancial a la modernidad. Una ininterrupción de los flujos vitales que tendrá su lado más glamoroso en la ciudad que nunca duerme y su cara más real, su parte maldita, en las cadenas de montaje y el trabajo por turnos.

[Publicado originalmente en La razón, 18/09/09]

3 comentarios:

Leandro dijo...

Y nos trajo, además, el cambio de hora en primavera y en otoño. Un lío. Y un invento cojonudo.

El Vocero dijo...

Un mix entre el panóptico y charles chaplin...

Sólo digo una cosa dijo...

Sí, las costumbres, los ritmos, la percepción y, también, el ánimo. Me pasé un año de pasante en un cuartucho con la deprimente luz de un fluorescente. Aún no he podido olvidar aquella etapa de gallina ponedora. Si me lo permite, reivindico el ambiente que crean las bombillas de bajo consumo, las luces indirectas y los flexos.

Un saludo,

Vir