7/9/09

El violín de la tontería

La verdad es que parece que lo voy buscando. Creo que uno se pervierte leyendo tanta bazofia. De hecho, no descarto que me ataque la gripe A después de lo que me he tragado este fin de semana: El violín del diablo, de Joseph Gelinek, pseudónimo de un musicólogo español. Cosa mala de verdad. Seguramente traicionado por mi mala memoria, mantenía un recuerdo agradable de La décima sinfonía, un libro del mismo autor que me había entretenido y del que al menos había aprendido algunas cosas sobre Beethoven. El violín del diablo pretende situarse en un lugar semejante: un libro entretenido y curioso. Pero, desde luego, no lo consigue. A veces es mejor dejar las cosas como están y no seguir intentándolo. Porque una cosa funcione no quiere decir que sea necesario repetirla para ver si cuela otra vez. Aquí ha pasado algo de esto. El autor, que en este caso sí que comprendo que no quiera mostrar su nombre, ha querido poner sus conocimientos musicales al servicio de la narración y, en efecto, los ha llevado al servicio, pero a ese que uno va después de comer.


Lo que más me ha indignado de la novela es que, de nuevo (y ya van unas cuantas), al lector se lo trata como si fuera literalmente gilipollas. A través de los personajes se explica qué es un concierto, un violín, un trombón, qué es un solista... como si el lector de la novela no hubiese ido en su puñetera vida a un concierto de música clásica o ni supiera que existe la música antes de Chenoa. Lo más triste es que probablemente así sea. Pero ese lector difícilmente se interesará por el argumento de la novela. Desde luego, al aficionado a la música que compra una novela con trasfondo musical le entran ganas de estrangular al autor página tras página. No digo yo que haya que putear al lector haciéndole la vida imposible, pero desde luego hay que confiar un poco en él, al menos no hacerle sentir que es un pobre ignorante que no sabe hacer la o con un canuto. Porque, sin duda, esa es la sensación con la que uno acaba tras leer El violín del diablo. Y digo "acaba" porque hay un momento en el que uno comienza a saltarse páginas. Y no porque la cosa no tenga intriga (esto es de las pocas cosas que mantiene), sino porque uno no puede tomarse en serio lo que está leyendo. Si el autor no me toma en serio, tampoco puede pretender que yo tome en serio lo que me cuenta. En fin, que me indigno. Pero la culpa es mía y sólo mía. Sabía a lo que me enfrentaba. Al menos he podido aprender algún chascarrillo sobre Paganini. Espero que tenga algo de verdad.

4 comentarios:

Savater dijo...

EL VIOLÍN DEL DIABLO
Yo me acabo de comprar la novela porque hay amigos míos a los que les ha encantado. Una cosa está clara: algo debe de tener el EL VIOLÍN DEL DIABLO cuando A NADIE LE DEJA INDIFERENTE.

Saludos
Savater

Leandro dijo...

Lo dicho: ojo con los excesos de documentación que toman al asalto la narración

Anónimo dijo...

Nunca debiste salir de Grangé forastero...

Beatriz dijo...

Yo estoy con La soledad de Charles Dickens, al que he llegado gracias a un comentario de un lector de este blog, y me está fascinando...