23/12/08

Pongamos que todos son tú

Pongamos que todos son tú. Que todos de los que escribes, en el fondo, son tú. O mejor: que tú eres escrito por ellos, por todos de los que escribes, por todos los que te acechan. Todos los que te escriben.

Tú eres en ellos. Pongamos que tú eres en ellos. O pongamos que ellos son tu yo. ¿Ellos? Ellos. Todos de los que escribes. Ellos. Los que están ahora ahí, rodeándote, acechándote, mirándote fijamente. Ellos, por supuesto. Todos de los que escribes. Los que te siguen en cada palabra, en cada línea, en cada punto y seguido. Ellos. Los que están ahí. Ahora. En este preciso momento. Ellos, por supuesto. Todos de los que escribes.

Pero ¿qué hacen ellos aquí?

Estaban ahí mucho antes de que osaras preguntarlo. Ellos, todos de los que escribes. Estaban ahí. Antes. Sentados a tu mesa. Antes de que tuvieras lengua para preguntar, antes de que se inventaran las preguntas. Mucho antes. Antes incluso de que hubiera luz sobre la tierra. Ellos ya estaban ahí. Esperándote. Esperando a ser escritos. Ahora. En tu cuaderno, con tu pluma recargable. Ahora. Esperando a ser escritos. En este preciso momento. Ellos, por supuesto. Todos de los que escribes.

Estás sentado a tu mesa y han venido a comer. Hoy no los esperabas. Pero han venido todos. ¿Quiénes? Por supuesto. Ellos. Están todos. Está el niño sin ojos. Se acerca, te agarra la mano, te muerde en el codo y te dice que lo mires. Pero no puedes hacerlo. No puedes mirarlo. Lo intentas, pero ya no está. Te muerde, pero ya no está. Lo miras pero no puedes verlo. Y no lo puedes ver porque él es también ellos. Es una parte de ellos. Es una parte de todos de los que escribes. De esos que esta noche, de nuevo, han venido a tu mesa.

El hombre mayor espera a que se siente el niño sin ojos. Y luego se acerca. Reconoces en él a tu padre. Pero también es el niño. Ahora miras y lo encuentras agazapado en una estantería, junto a los libros de Maurice Blanchot. Dice que no quiere salir. Que le da vergüenza que lo veas desnudo. Entonces cierras los ojos. Y en ese momento consigues verlo. Junto a Thomas el oscuro, totalmente desnudo. Al descubierto. Sin nada que hacer, sin nada que vestir. Y sientes lástima. De Thomas y de tu padre. Y también de Maurice, y por supuesto del niño. Sientes lástima porque ellos son, en el fondo, Ellos. Sí. Ellos. Todos de los que escribes.

4 comentarios:

Miriam Cánovas Andreo dijo...

¡Hola!

Todo lo que escribimos en el fondo es una parte de nosotros. Un protagonista de una novela que estemos escribiendo siempre tendrá algo de nuestra experiencia personal.
Ellos ya estaban allí, solo hace falta que cerremos los ojos para poder verlos.

Un saludo

MLL dijo...

Están ahí, incluso moviendo la mano que lo escribe y provocando la conciencia que lo advierte. ¿No? Si están todos... uno es todos...también.

Antonio Rentero dijo...

Lo peor es que nos dan tanto miedo esos ellos pq en el fondo sabemos que son lo que llevamos dentro.

Leandro dijo...

Me ha recordado al colegio. Don Álvaro, nuestro profesor de Historia del Arte, nos contaba cómo Miguel Ángel, a su vez, explicaba la razón de su talento como escultor: las figuras están ahí, dentro de la piedra; sólo hay que quitar lo que sobra. Eso y no otra cosa es lo que hacen los Esclavos: quitarse de encima la piedra que les sobra.

Por otro lado, lástima que se acabó. ¿Habrá más?