5/10/08

Y queda escribir

Escribir como un ser para la muerte. Es lo único posible en estos momentos. Escribir por el mero hecho de escribir. Con los ojos cerrados, sin ni tan siquiera mirar el teclado. Hacer frases en la mente. No importa equivocarse, no importa nada. Importa sólo el recuerdo. El recuerdo que se va, que parece llegar, pero que con las mismas sale volando, el recuerdo que llega como un fogonazo. Escribir mirándose las manos en el teclado, sin mirar a la pantalla del ordenador. Escribir como si sólo fuese manos, o qué se yo. Escribir mientras lo único que importa se ha ido para siempre. Escribir cuando ya no queda otra cosa. Escribir cuando lo único que resta es escribir. Y nada más. Imaginar que ya no hay nada más. Perder el tiempo en lo accesorio. Y seguir perdiéndolo para siempre. Vivir: perder tiempo. Perder el tiempo en los otros. Como si los otros no fueran más que excusas. Eso es quizá vivir. Eso y poco más. Vivir se trata de tiempo. De tiempo perdido, de tiempo que resiste a quedarse. Hoy pienso todo esto y me pongo a escribir. Escribir como si esto fuese lo único que puedo hacer ante la pérdida. Escribir como única salida.

Es ahora cuando improviso. Como si estuviese al piano. Música. Al teclado. Mis dedos se mueven y lo único que me importa es simplemente el sonido de las teclas. El sonido de las teclas al escribir. No quiero mirar. Quizá la solución sea no mirar a la página. La historia de la escritura ha sido la historia de mirar a la página. Mirar a la pantalla ahora. Quizá vaya siendo hora de mirar sólo al teclado. La escritura como un proceso, como algo de lo que no queda huella, una huella que se desvanece. Un proceso de escritura radical y nada más, quizá eso sea lo único que resta decir después del día. Después del sueño. Después del sueño en el que todo ya se ha perdido. Escribir con la noche. Escribir con la muerte. Escribir hacia lo oscuro, en la propia oscuridad, preñado de sombras. Repleto de tristeza. Quizá eso es lo único que me queda para escribir. Sólo las manos recorriendo el teclado. Poseídas por algún tipo de espíritu que se resiste a dar su nombre. Esperando a que algún espíritu conduzca sus manos. Alguien cercano. Alguien que quiera decir algo a través de la pantalla. El mundo de los muertos y el mundo de los vivos encadenado a través de la escritura.

Realmente no sé si lo que quiero hacer es lo que quiero hacer. No sé nada. No sé nada de lo que quiero hacer. Y sin embargo es el día de la autoafirmación, enecistao autoafirmamen [sic].
Descubro que la mejor manera de escribir es cerrar los ojos. El mejor modo para no mirar a la pantalla. Luego vendrá la coerción. La coerción es lo de menos. Ahora no importa demasiado. La coerción ya vendrá. Lo hará un día. Y es siempre lo de menos. Aunque a veces se lo lleva todo. A veces demasiado. Escribir en la sombra del teclado. En la ceguera de las manos y no en lo luz de la pantalla. De espaldas a la mirada. La mirada es lo de menos. La mirada se va, hay que ladearla. Las manos no. Las manos quedan allí para siempre. Como una caricia. Cercanas, cálidas, rugosas. Durante un instante prolongado en el tiempo. Para siempre. Sobre el teclado. Donde escribo estas palabras sin sentido. Palabras sin sentido. Nada más que eso. Nada menos que eso. Palabras. Desorden. Escritura. Oscuridad.

4 comentarios:

Leandro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Leandro dijo...

Felix Romeo nos dijo una tarde, hace casi un par de años, que no es la cabeza la que escribe; es la mano.

Mapuche´s dijo...

Me ha pasado esto, o mejor dicho, he sentido esto, cuando trabajando en barro trataba de hacer mi cabeza.
De pronto mis manos empezaron a expresarse por sí. Y al cabo, según mi hija, ahí quedó la cabeza de la abuela.
Las manos tienen memoria y son muchas veces independientes de nuestras intenciones.

Mery dijo...

Actualmente tenemos una ventaja con el ordenador: podemos escribir y apagar el PC sin mirar siquiera lo que hemos dejado plasmado.
Ante el papel se está indefenso, siguiendo con los ojos la mano que se desliza linea a línea.
Así que no te quejes, mozo.
Un abrazo