2/10/08

Reconfortado

Hoy el dentista me ha abierto las encías sin apenas anestesia. Allí, frente a la luz cegadora de la lámpara y al ruido ensordecedor del aspirador quirúrgico, en medio de un dolor creciente, me he sentido reconfortado. Una tranquilidad sin igual se ha apoderado de mí. He recordado entonces el aforismo de Cioran con el que anoche me dormí: "En este momento estoy solo. ¿Podría desear algo mejor, existe dicha más intensa? Sí, la de oír, a fuerza de silencio, cómo se agranda mi soledad".

Luego he querido mirar al cielo, dar un grito y decir "se ha cumplido". Desafortunadamente, la tortura ha acabado pronto y me he dado de bruces con la realidad. En el móvil tenía diez llamadas perdidas. Las he borrado todas y he jurado odio eterno al teléfono.

3 comentarios:

Mery dijo...

Mozo, así empiezan los sado-masoquistas...
Es broma.
Un abrazo

Antonio Rentero dijo...

Yo tb iba a decirte que te estas volviendo masoca ;-)

Lo de ignorar las llamadas perdidas de los moviles he aprendido yo a hacerlo ultimamente y no veas lo que relaja. De hecho hay dias hasta que apago el movil y todo... bueno, lo que pasa es que estoy de vacaciones... pero tengo intencion de seguir practicandolo. Seguiremos informando.

Ramón Monedero dijo...

Es curiosos eso que decís Mahn y Antonio porque a mi también me está pasando algo curioso. Yo, que siempre he sido de los que "llevaba el móvil pegado al culo", como me solía decir una ex con evidente sorna y bastante mala uva, ahora me suelo dejar el móvil por cualquier esquina sin demasiada preocupación. Puede quedarse sin bateria e importarme un jodido bledo si me llaman o no, y ahora que ademñas tengo móvil para el trabajo, pues casi que lo mismo, aunque en este caso tengo que estar algo más atento por razones obvias.
Y no será, digo yo, ahora que me pongo a divagar, que habiendo alcanzado la cumbre de la sociedad de la comunciación (internet, móviles, las dos cosas en una...) el hombre haya terminado hasta los huevos y prefiera algo de los oríegenes, algo de auqellos tiempos en las que quedábamos con un amigo, volviamos a casa de madrugada y en ese tiempo, media ciudad había intetado localizarnos sin éxito alguno y no nos importaba... (salvo cuando era una chica sobre la que habíamos descargado toda nuestra artillería la que podía llamar, en ese caso plantábamos al amigo y nos quedábamos recluidos en casa rezando, no, suplicando, que la hermosa doncella que había despertado nuestro interés se dignara a marcar, una determinada combinación de números, sólo una...., ¡Ay!)