17/10/08

Obscena materialidad

Esta semana apenas he podido sentarme frente al ordenador unos minutos. Las clases y los eventos del Cendeac, amén de otros líos varios, me han tenido alejado de la pantalla del ordenador y de la escritura. Sin embargo, la experiencia de las cosas de la que hablé en el post anterior ha seguido escribiéndose en mi mente. Tengo aún clavada la imagen de los zapatos de mi madre situados exactamente igual que la noche anterior a su muerte, esperando ser usados el día siguiente. Un día siguiente que no llegó. Y unos zapatos que ya nunca más fueron usados. Porque, ahora que recuerdo, en el lecho de muerte, sus pies estaban desnudos. Ya nunca más necesitó los zapatos, como ya nunca más necesitó de las cosas. Cosas que, sin embargo, seguían esperando.

Recuerdo que, cuando revolví el pasado, tuve esa sensación de espera incluso con las cosas que estaban allí antes de su muerte. Me encontré cubiertos, manteles, ropa, radios… objetos que seguían dispuestos s ser utilizados. Y fue entonces cuando tomé conciencia de que aquella inmersión en el pasado era en el fondo una inmersión en el futuro. Durante todo el tiempo en el que estuve ordenando el pasado, más que con cosas inservibles e inútiles, me encontré con futuros nos cumplidos, con cosas emplazadas a un tiempo por venir. Me di cuenta que ahondar en el pasado es enfrentarse a todos los futuros que no llegaron a cumplirse, es darse de bruces con cosas que no pertenecen al tiempo que ocupan, cosas que deberían cumplirse en el mañana.

Al ver aquellas cosas allí dispuestas, llenas de posibilidades y, sin embargo, inertes, me acordé de esa idea de Walter Benjamin según la cual el pasado se compone de miles de futuros incumplidos. En ese momento me sentí como un comerciante de trapos que trae al presente los futuros no cumplidos del pasado. Quise entonces recomponer esa historia frustrada, dar vida a esos objetos-en-espera, pero me di cuenta de que había allí una imposibilidad insalvable, que esos objetos no eran sólo objetos, que esas cosas no eran aún meras cosas, y, sobre todo, que allí faltaba un cuerpo, y que nada tiene sentido sin el cuerpo, por mucho que la obscena materialidad de las cosas se posicione frente a nuestros ojos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Creo que de alguna manera hay que cumplir con un rito de despedida, de desprendimiento de las cosas con el cuerpo. Es inevitable que nos invada el recuerdo y supongo que debe ser una manera sana que tiene nuestra psiquis de hacer su duelo. Hace diez años me separé del padre de mis hijas, amándolo, decidí que era mejor no estar juntos. Hace siete que murió y muchas de sus cosas, que no son meras vestiduras, sino cosas que él escribiera aún están ahí, esperando que algo se haga, pienso que sería la real despedida. Anoche me visitó, como yo digo, cuando sueño con él, y "obscenamente" yo estaba husmeando en la casa que nunca tuvo con una otra mujer que no hubo, y yo ardía de celos, pues a pesar de estar allí, él no me veía, y yo sentía que había prescindido de mí. Creo que lo que haces cuando hablas de lo que sientes , lo que debería hacer yo en algún momento con sus cosas, es exorcisar el dolor. Y está bien. Un beso.