12/12/06

Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte

[A mi madre, In memoriam]


Desde que su marido murió, ella no hacía más que mirarse al espejo. Siempre al mismo espejo. Allí pasaba horas y horas. Casi todo el día. Sentada. Mirando aquel espejo que nada tenía de particular.

Vivía sola, en un primer piso en el que apenas penetraba la luz. Y en aquella penumbra, apenas paliada por la incandescencia de una bombilla, el espejo le ofrecía siempre la misma imagen, el reflejo de un rostro aún joven, pero, en cierto modo, marchito, un rostro marcado por el sufrimiento, ojeroso, descuidado, velado en ocasiones por algún cabello grasiento de un larga melena que en origen debió de ser rubia.

Sentada frente al espejo llevaba casi cuatro meses. Pero no estaba loca. Ella no estaba loca, se repetía una y otra vez, simplemente indagaba, estaba buscando algo, algo que tenía que estar allí. De algún modo tiene que permanecer, pensaba. Algo debe quedar. Algo de él, ahí, mirándose, algún miasma de su reflejo habitando en la superficie especular.

Él se había mirado en aquel espejo pocos segundos antes de su muerte. ¿Quedaba algo de su mirada?, se preguntaba a cada momento. Quería reencontrarse allí con el infraleve poso de una mirada en un espejo. Y lo buscaba por todos los medios, amparada en la creencia de una posible sedimentación del ver, en la creencia de que lo que vemos, en cierto modo, también es lo que nos mira y que, desde allí, algo permanece.

La casa había dejado de oler a él. Progresivamente su esencia iba desapareciendo de todo. Su armario, su ropa, sus libros… sus cosas comenzaban a dejar de ser sus cosas para volver a ser solamente cosas, y nada de él iba quedando ya.

¿Lo último que tocó? Una pastilla de jabón. La pastilla con la que lavó sus manos. La misma pastilla que ella, desde entonces, acariciaba cada mañana para intentar sentir de nuevo su tacto. Pero aquella pastilla de jabón, poco a poco, también fue deshaciéndose cada mañana hasta que, cuatro meses después, apenas se podía percibir, y ella se había percatado de eso. Sabía que aquella mañana debía ser la última, la última que intentaría buscarlo en el espejo, la última que intentaría tocarlo en el jabón.

Se sentó como cada día a mirar el espejo. Tanto tiempo lo había mirado que ya ni siquiera veía un rostro —el de ella— que se había hecho consustancial al espejo. Miraba sus propios ojos, pero tan sólo para intentar colocarlos en el mismo lugar en el que él pudo haber tenido los suyos, intentando hacerlos coincidir con lo que podría haber sido su última mirada. Si algo quedaba de él, sus ojos seguramente lo notarían.

Pero, como siempre, sus ojos no notaron nada. Sin embargo, ese día, al intentar ladear la mirada, sintió de repente un escalofrío que le subió por la nuca hasta el cuero cabelludo, y su cuerpo se erizó por completo.

¿Qué estaba sucediendo?

Nada.

Eso era precisamente lo que ocurría, que en el espejo no había nada. Absolutamente nada. Ocurría que ésa era la respuesta que tanto tiempo había buscado: lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte, dijo para sus adentros. Nada. De él no queda ya nada allí, tan sólo su ausencia, una gran nada, inmensa, inabarcable.

Abatida, como último recurso, pensó entonces en conservar el pequeño y casi inexistente fragmento de jabón. Allí al menos sus manos sí habían tenido contacto directo. Para poder contemplarlo cada día, pensó en conservarlo en una urna de cristal. Pero cuando fue a guardarlo, la certidumbre de que, aun recordándolo, nunca más volvería a tocar lo que él tocó, hizo brotar en su ojo una lágrima, una sola, pero tan densa que, tras surcar su rostro, cayó sobre el pedacito de jabón y lo deshizo por completo.

Y allí acabó todo. El último resquicio de él diluido por una lágrima, lo infraleve de su tacto, por última vez, tocado infralevemente, y diluido para siempre.

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3 comentarios:

Anónimo dijo...

12.12.06


Llega la noche y Rita se desviste, sola. Se enfunda el viejo camisón, conocido y extraño. Abre el tercer cajón, coge el cepillo y, maquinalmente, recorre de arriba a abajo sus largos cabellos grises. No se mira al espejo. No sabe si piensa en algo. Se detiene en el gesto, un segundo, como siempre, con la mirada perdida en dirección al pasillo. El teléfono no suena, tampoco esta noche sonará. Luego, serena, afronta el vacío que hay entre sus ojos y las zapatillas, allí abajo. Todos duermen.
Rita recorre el pasillo, está cansada. De mala gana frunce el ceño. Se para. Vuelve la cabeza y apaga la luz.

Jaume dijo...

¿ que estaba sucediendo?

Nada


- (para entendernos) TODO!!!

Leandro dijo...

Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte es un título que ni siquiera necesita un cuento debajo