28/12/06

El padre de Thomas Bernhard

Aún recuerdo aquella noche como la más larga de mi vida. La más larga y la más amarga. La noche en que vi morir a mi padre. O mejor, la noche en que “sentí” morir a mi padre. Y escribo “sentir” porque aquella noche tuve su mano cogida hasta el último momento. Él sufría, pero en ese último momento agarró con fuerza mi mano como si fuese lo único capaz de asirlo a la vida. Decían que estaba inconsciente, que ya no sentía nada, que sólo era cuerpo, que ya nada humano quedaba en él. Sólo cuerpo, carne y sangre: órganos que poco a poco dejaban de funcionar. Y a pesar de todo se aferraba a la vida, o a lo que él, en su ser-cuerpo, pensaba, o sentía, que era la vida: mi mano.
Yo sentía con fuerza cómo apretaban sus dedos, y me parecía entonces que mi mano era un ancla, un último amarre que evitaba su partida. Pero ese anclaje, pienso ahora, lejos de sostenerse en tierra firme, lo hacía un fango movedizo, en el lodazal de mi perversión. Y es que en esos momentos yo no era tierra firme. No estaba realmente allí. O, al menos, no estaba como debía haberlo estado.

*

Para intentar evadirme del momento y adormecer la realidad, utilizaba la literatura. En la espera muerta de la muerte la literatura sólo sirve como anestesia, como narcosis del sufrimiento, y eso es lo que necesitaba. Así que leía compulsivamente, y también pensaba en cómo podría utilizar aquella experiencia para uno de mis relatos, aquella semana retenido en un asiento de la sala de espera de la UCI, y sobre todo aquella noche en la que me habían dicho que sólo quedaba esperar.
Todo el tiempo releía yo El malogrado, de Thomas Bernhard, su obra más lograda —y valga el juego de palabras—, quizá la más accesible, pero también la más cruenta. Sabía que lo único que me podría ayudar a llevar mi sufrimiento lejos de allí era concentrarme en el sufrimiento ajeno. Jamás me hubiese centrado con otro libro, pero con El malogrado iba a empatizar al instante. Aquél era el momento justo. Thomas Bernhard había pensado en ese preciso momento. El libro había sido escrito para mí, para aquel instante.

*
Después de varias noches sin dormir, la noche en que me dijeron que ya sólo cabía esperar, releía yo, una y otra vez, El malogrado. Y mientras quería suspender el sufrimiento real en el sufrimiento ajeno, comenzó a suceder algo extraño. No sé si por el cansancio, por el excesivo número de cafés o por algún tipo de esquizofrenia que no se me había mostrado hasta el momento, aquella última noche de mi padre emergió en la habitación un tercer espacio. Un espacio a medio camino entre el dolor real de mi padre y el dolor literario que escribía Thomas Bernhard.
En el duermevela, con mi padre muriéndose frente a mí, y el malogrado colgándose de un árbol en algún lugar de Austria, empecé a sentirme entre mi padre y el malogrado, y a imaginar cosas que me sacaban del momento real y me hacían sentirlo de un modo completamente diferente.
El malogrado es la historia de una frustración. De dos frustraciones. Tras haber escuchado a Glenn Gould interpretar las Variaciones Goldberg, dos pianistas sienten que ya nada más se puede hacer en la música después de aquello. Uno de ellos, el narrador de la historia, el trasunto de Thomas Bernhard, deja la música y se convierte en biógrafo de Gould. Y el otro, Wertheimer, el malogrado, consciente de que por muy bueno que fuera siempre habría alguien a quien no podría superar, acaba sus días ahorcado en un árbol frente a la casa de su hermana.
Aquella noche, sentado en el incómodo sillón del hospital, pasaba yo unos momentos con mi padre y otros con Wertheimer. Y no podía sino intentar construir historias, vivir en un universo a medio camino entre la obsesión de Bernhard y la insoportable realidad de mi padre. Imaginaba por momentos que mi padre era Glenn Gould y que ahora estaba pagando por el daño hecho a Wertheimer. A él y a tantos otros pianistas a los que había usurpado las variaciones Goldberg, igual que Cézanne usurpó la Montaña de Santa Victoria al resto de los mortales. Imaginaba que aquella mano que sostenía —o que me sostenía— había tocado el marfil de los mejores pianos del mundo y que bajo sus dedos incluso Bach se había rendido.
También por momentos imaginaba que mi padre era Thomas Bernhard. Físicamente le parecía bastante. Y en sus últimos días, demacrado, sin expresión y casi en los huesos, era igual a una de las últimas fotos de Bernhard. Y experimentaba yo entonces el sentimiento de perder a un padre y al mismo tiempo a un genio. Yo era por momentos el hijo de Thomas Bernhard, ese que nunca tuvo, o ese que nunca quiso. Y se me venían a la mente sentencias que, aunque inspiradas por el momento, podría haber escrito el propio Bernhard: “nunca sabrán los hijos que no tuve la felicidad que me deben”; los hijos que nunca tuve ni tendré, porque tener hijos, los hijos, más que nada en este mundo, contribuye a la perdición de la especie, los hijos que, una y otra vez, ignoran la felicidad que podría haberles proporcionado no teniéndolos, por eso odio lo hijos, mis hijos, los que nunca tendré, y los hijos de los demás, e incluso me odio a mí en mi calidad de hijo, y a mi padre y a todos los padres que han sido hijos en alguna ocasión.

*
Bernhard murió como mi padre, en una cama, con un familiar a su lado. Un incoherente final del que me había enterado pocas semanas antes, después de haber leído la biografía que de él había escrito Miguel Sáez.
Siempre había ansiado suicidarme como Thomas Bernhard, y, por lo que había leído, resultaba que nunca se suicidó, que murió sin pasar al acto, en la cobardía de la enfermedad, de esa enfermedad que siempre lo acompañó. El narrador nunca muere y siempre es testigo de la muerte del otro. Bernhard, como Cioran, había sido notario del suicidio en su escritura, pero en la vida nunca dio el paso. Se suicidó hacia la vida, han escrito algunos.
Bernhard murió como en ese momento estaba muriendo mi padre. No con su hijo, porque jamás lo tuvo, sino con su hermano. Y yo, siendo el hijo de Bernhard y viendo morir a mi padre, tenía más que él nunca había tenido. Ni padre ni hijos. Sólo la escritura, pensaba. Y me vengaba de él. De mi padre ficticio, de Thomas Bernhard, del mundo y de los hijos que nunca tendré. Y ya no sabía yo dónde estaba realmente, si allí, aquí, fuera, dentro o en otro lugar.
Cansado, adormecido, con los pantalones manchados de café y la camisa de sudor, imaginaba todo eso aquella noche, aquella última noche en la que apenas me quedaban veinte páginas para volver a terminar El malogrado.

*
Por el rostro de mi padre, que de vez en cuando miraba, a él también le quedaba bastante poco, quizá menos de veinte páginas. Por eso me levanté del sillón y me coloqué junto a la cama. Y fue entonces cuando tomé su mano y ya no la volví a soltar.
A poco que uno supiera lo que tarda la muerte, se veía claro que no le quedaba mucho tiempo de vida. Pero yo, y no me cuesta reconocerlo ahora, no sufría por eso. Sufría por ese espacio ficticio, efímero, que allí me había creado, pero sobre todo sufría porque mi lectura podía interrumpirse en cualquier momento.
Recuerdo ahora que, egoístamente, esperaba que la muerte al menos tuviese la condescendencia de demorar su llegada hasta el fin de la lectura, y con esa intención creo que sostenía su mano en algunos momentos, como diciéndole: espera un momento, cinco minutos, ya voy, ya termino.
Ni siquiera en los últimos minutos, he pensado después muchas veces, pude estar con él plenamente. Mi cuerpo estaba allí, pero el lugar que yo habitaba era otro muy diferente, otro lugar, otro hospital, otro sufrimiento. Se estaba muriendo mi padre, pero era otro padre el que yo sentía. La mano que sostenía pertenecía a mi padre real, a Glenn Gould, a Thomas Bernhard, y no a aquel padre ficticio que me había criado. El hospital en el que yo estaba era igual que aquel, pero no estaba en ese país; quizá en Austria, en Mallorca o, lo más probable, en ningún lugar conocido.

*

Mi padre se revolvía de dolor y yo esperaba que la muerte se demorase al menos un minuto. Todo su cuerpo comenzó a ponerse de color amarillo. Los órganos habían dejado de funcionar. No le quedaba demasiado. A mí tampoco. Podría haber llamado a la enfermera. Para qué, estaba a punto de acabar, no me quedaba apenas nada. Podría esperar. La última página; eso era lo único que pedía. Tiempo para acabar la última página; tenía que acabarla, llegar al final. Aguanta, puedes hacerlo, un último favor, pensaba, no lo fastidies ahora, un momento, ya acabo.
Su mano apretaba con mucha fuerza. Estaba a punto de suceder. Me quedaba un párrafo. Una frase. Una fuerte sacudida. Un último suspiro. Una última letra.
Un “ya puedes morir tranquilo”.

*

Había acompasado mi lectura a la muerte de mi padre. Los dos finales habían sucedido al mismo tiempo. Y en ese momento, los dos tenían la misma importancia para mí. Si mi padre hubiese muerto un minuto antes, la sensación de frustración habría sido insoportable. Afortunadamente supo aguantar. Y pude acabar esa lectura en la que yo construía un mundo en el que habitaba mi padre.
El final de la ficción acabó también con la realidad.
Ése fue mi espacio efímero.

*

Durante aquella noche yo había habitado una especie de espacio que no estaba en ningún lugar. Se podría decir que aquel era el espacio de la literatura, el espacio literario, que me había alejado incluso de la más radical de las experiencias, la de la muerte.

*

Desde el momento de la muerte hasta su entierro tampoco estuve allí. La muerte de un padre es una experiencia traumática y tenía que aprovecharla de alguna manera. Un revés así no podía pasar en vano.
El problema era que el tema de la muerte del padre ya lo había utilizado en varias ocasiones anteriormente. De hecho, mi primer libro de relatos estaba todo él construido sobre la muerte de mi padre. Una muerte que yo había fingido. Lo había hecho en algún relato del final, el penúltimo capítulo, en el que escribí que tras la muerte de mi padre ya no podía contar historias, tan sólo hablar de la muerte. También en el último relato, que daba título al libro, donde reconstruía la trayectoria de una lágrima de mi madre desde su ojo hasta un pequeño pedazo de jabón, única huella que supuestamente quedaba de mi padre. Y sobre todo había tenido la desfachatez de dedicar todo el libro a la memoria de mi padre, que, aunque bastante enfermo, aún vivía.
Lo cierto, en cualquier caso, es que ya había utilizado con profusión y hasta la saciedad la muerte de mi padre, y ahora que ocurría de verdad no sabía qué hacer con ella. Necesitaba construir una historia. Y en esa construcción ocupé el tiempo desde el velatorio hasta el entierro.
Aunque mi intención no fuese escribir un texto abiertamente autobiográfico, tampoco podía escorar del todo el tema de la muerte del padre. Tenía que partir de ahí. Además, en los últimos meses había leído mucha literatura que empezaba de ese modo. Tres libros completamente distintos comienzan prácticamente igual: El extranjero, de Camus, Plataforma, de Houellebecq, y el que parecía estar más cercano a lo biográfico, es decir, a mi experiencia en ese momento, La invención de la soledad, donde Paul Auster, tras la muerte de su padre, comienza a escribir unas memorias o recuerdos en los que el padre se convierte en una presencia que habita cada letra.
Quizá tuviese que escribir un ensayo mejor que una novela. Material no me iba a faltar. Y lo podría enfocar desde el psicoanálisis, donde hasta cierto punto me desenvolvía bien. La tesis que defendería podría ser que esas muertes del padre que dan origen a la novela, nos hablan en realidad de la escritura como trasgresión, como la superación de la barrera paterna, pero de una trasgresión pasiva, puesto que no existe parricidio, una culminación de una larga espera inconsciente que desencadena el completo desarrollo del sujeto. Esa muerte es el momento culminante del deseo último del individuo, mantenido desde la infancia, y sólo entonces el sujeto se siente pleno y realizado. Toda literatura, podría concluir el ensayo, es fruto de un deseo de ver morir al padre, no de matarlo, sino de verlo morir. Una contemplación de la muerte, una suspensión de la propia existencia tras la visión del fin del origen y la percepción del propio fin en ese fin del principio. En ese ver morir ficticio también sucedería, me podría inventar sin justificación alguna, una sujeción ficcional de la personalidad del escritor.
Tenía material y argumentos, pero no me interesaba el ensayo. Y, además, yo quería que la experiencia de la muerte de mi padre me sirviese para convertirme en un escritor famoso, y escribiendo ensayos no iba a llegar demasiado lejos. Necesitaba una novela, una historia impactante. Una historia inspirada en un hecho real, terrible, como la muerte de un padre, un hecho que estaría escondido en cada uno de los párrafos del libro que iba a escribir.

*

Pensaba y pensaba. Pensaba mientras las vecinas me daban el pésame. Pensaba mientras preparaba una tila a mi madre. Pensaba mientras abrían las cortinillas de la vitrina del tanatorio. Pensaba y pensaba en la historia, en aprovechar aquella experiencia, aquel sufrimiento tan terrible. Yo intentaba aprovechar aquella experiencia, y ese intento de aprovecharla me llevaba lejos de la experiencia, hacía que la experimentase en otro tiempo, en otro lugar, me alejaba de lo que vivía en esos momentos.
Como no se me ocurría nada, evocaba la noche agónica, la mano sujeta, el movimiento convulso, los ojos en blanco. Y sobre todo intentaba explorar el sentimiento de culpa, declarándome culpable por no haber estado realmente con él durante sus últimos momentos. Intentaba sentirme culpable por haber estado pensando en otra muerte, en otro padre. Y llevando la cosa al extremo del paroxismo, intentaba sentirme culpable por intentar evocar esa sensación de culpa que me alejaba del momento real. Pero no se me ocurría nada.

*
Fue durante el funeral cuando se me vino por fin a la cabeza la idea de la novela y me aclaré sobre lo que realmente tenía que hacer. La experiencia relatada no podía ser igual a la que yo había sufrido. Necesitaba algo que tuviese un anclaje real, pero que al mismo tiempo me alejase de la biografía. No quería contar un hecho, sino narrar una historia. Y la historia partió de una afirmación que el cura pronunció en el sermón. Después de consolar a mi madre y de alabar las virtudes de mi padre, me miró y vino a decir algo así como “rogad también ahora por este hijo que ha quedado sin padre… su otro padre, su padre primero acogerá a este padre, y sus dos padres, el terreno y el celestial, vivirán para siempre la gloria del Señor”.
Y entonces, mientras pensaba que era un ser muy afortunado por tener dos padres que me esperarían al llegar al cielo, pensé de nuevo en Thomas Bernhard y en que él no tuvo ningún padre. Y eso fue lo que desencadenó la historia.
Imaginé a un personaje, un trasunto de Bernhard, que no había tenido padre y que soñaba, no con tener un padre, eso es fácilmente sustituible, sino con ver morir a un padre. Toda su ansia y frustración sería que no habría visto morir a un padre. Aprovecharía yo entonces la experiencia que había acumulado en aquellos días y empezaría escribiendo sobre la necesidad de ver morir a un padre y sobre lo huérfano que uno puede llegar a sentirse sin esa experiencia. Aquí podría introducir alguno de los argumentos a los que había llegado mientras pensaba en escribir el ensayo.
Pero no me demoraría demasiado en la teoría. Sólo dos o tres frases para introducir el concepto de “orfandad tanatológica”, idea clave de la novela que el protagonista del libro intentaría paliar en un peregrinaje de hospital en hospital para asistir a los moribundos, intentando simular que en cada uno de ellos moría su padre…
La novela daría un giro sorprendente más o menos a la mitad, cuando en una de estas ayudas a morir, el protagonista encontraría a su verdadero padre. Se descubriría que no murió antes de que Tomás —así llamaría al protagonista— naciese, sino que se vio obligado a exiliarse y que su madre nunca le habló de él. Ya vería después cómo iba a resolver eso, que sin duda sería lo más difícil de articular. No me preocupaba demasiado. Seguramente hallaría al final alguna argucia literaria para llegar a ese momento culminante: el hijo que ansia ver morir a su padre encuentra a su padre real moribundo y ambos se reconocen.
El padre estaría a punto de morir, probablemente le faltarían una o dos semanas. Y el protagonista del relato sufriría con él los últimos días de su vida. Pasaría con él esas semanas, y para paliar el tiempo, de vez en cuando se llevaría algún libro. La noche última de agonía, el protagonista del relato estaría a punto de terminar una novela, que para que la experiencia fuese más intensa no podría ser otra que El malogrado. Este sería el momento donde la historia real y la ficticia más se acercasen. Así, la noche de la muerte de su padre, el protagonista de mi novela, que podría titular El padre de Thomas Bernhard —aunque eso ya lo vería después—, se enfrentaría a las últimas páginas de El malogrado. Y construiría un espacio alejado de ese lugar.
Nunca antes, al atender a sus padres ficticios, habría sentido Tomás esa necesidad de ausentarse mentalmente para paliar su sufrimiento. Por primera vez se concentraría por completo en la lectura, con una atención desconocida para él. Y justo en el momento de finalizar la lectura, cuando quedasen cinco o seis páginas, su padre empezaría a gritar, a moverse compulsivamente, a alterar los aparatos a los que estaría enchufado. Todo se volvería contra su lectura. Y en ese momento, el protagonista, el trasunto de Thomas Bernhard, se levantaría del sillón, con la novela en la mano, se aproximaría, cogería su mano y miraría a sus ojos.
Entonces le quebraría los dedos, le escupiría y se acercaría a su oído para susurrarle: “cerdo hijo de puta”.
Después se daría la vuelta, dejaría el libro en el suelo para no acabarlo jamás y cogería la mano del moribundo desconocido de la cama de al lado, a quien acompañaría en su muerte, ya sin volver a pensar en El malogrado ni en el viejo de atrás que por fin habría dejado de moverse.

*
En todo esto pensaba yo mientras cargaba el féretro de mi padre de la iglesia al coche fúnebre, camino del cementerio y aun después, mientras el sepulturero levantaba una pequeña pared en el nicho. En todo eso pensaba mientras enterraban a mi padre al que tanto quería.
Y por un momento quise estar allí en cuerpo y alma, sentir el dolor real, consolar a mi madre, secar sus lágrimas, llorar a mi padre. Pero al ver aquel pequeño tabique recién levantado me vino a la mente la imagen de la tumba de Thomas Bernhard en Viena, en el cementerio de Grizing. Sabía que los primeros años había sido una tumba sin nombre, como aquella pared del nicho de mi padre. Pero que después ya fue posible leer el nombre de Thomas Bernhard escrito en la tumba. Y esa imagen me hizo de nuevo desaparecer.
Esperé a quedarme solo y, cuando todos se fueron, escribí en el yeso aún fresco: “Aquí yace El padre de Thomas Bernhard”.

*
Durante tres semanas llevé flores a la tumba, no sé si a mi padre, al padre de Thomas Bernhard o a mi novela. Al mes, mi madre encargó una lápida de mármol y nunca más volví a pisar el cementerio.


Publicado en la Revista Antaria, 3. Murcia, 2005.

6 comentarios:

ELENA dijo...

No me ha impactado menos tu texto que “El malogrado”.
Con la diferencia, que aquí no escucho esa canción jadeante de los que rumian y rumian hasta acabar dibujando un círculo sobre sí mismos. Feliz encuentro.

Abrazo en semicírculo.

mahn dijo...

Muchas gracias por tus palabras.

Abrazo que cierra el círculo.

Leandro dijo...

A lo largo del proceso, creo que el que murió, en realidad, fue este relato. Asfixiado, sepultado por un montón de explicaciones que le cayeron encima como toneladas de escombro. Tu erudición es incontenible. Estoy casi seguro de que me habría gustado más, mucho más, El padre de Thomas Bernhard. ¿Llegaste a escribirlo?

mahn dijo...

Pues al final no lo escribí, no. Quedó en el ámbito de lo posible. Pero seguro que iba a ser tan pestiño como el cuento. Como bien dices, no me puedo contener.

mahn dijo...

Pues al final no lo escribí, no. Quedó en el ámbito de lo posible. Pero seguro que iba a ser tan pestiño como el cuento. Como bien dices, no me puedo contener.

Leandro dijo...

Yo no he dicho que el cuento sea un pestiño. Ni siquiera he querido decirlo. No creo tener ni la suficiente capacidad, ni la suficiente presunción, como para decir una cosa así. Ni siquiera para intentarlo. Sólo he lamentado que esa magnífica historia que apunta el relato se haya quedado en eso, en un apunte. A mí, y esto es sólo una apreciación personal, me hubiese gustado más la historia que su explicación. O mejor dicho, que esa descripción metaliteraria sobre el proceso de creación de la historia. Eso es algo que me he encontrado en otros escritores: historias sobre escritores que escriben, están escribiendo o van a escribir una historia. A veces, resulta que esa historia secundaria sobre la que trabaja el protagonista de la historia principal apunta a algo tan bueno, que no puedo dejar de preguntarme ¿y por qué coño no la escribiste directamente?. De todas formas, es muy posible que esté equivocado, y que el mejor resultado sea el que el autor nos presenta al final; yo soy bien pensado, y doy por hecho que el autor habrá barajado todas las posibilidades.

En cuanto a tu incontenible erudición, la envidio. Ojalá estuviese a mi alcance, y lo digo sin segundas y sin retranca de ningún tipo. Sin embargo, y esto vuelve a ser sólo otra apreciación personal, creo que a la hora de escribir ficción, el autor no debe hacer demasiado evidentes su ciencia y sus conocimientos. Eso lastra el relato. Le pasaba a Jules Verne, que no podía evitar mostrarnos todas las horas que pasaba en la biblioteca documentándose para sus novelas. Y a otro nivel, por supuesto, es también la pega que siempre han tenido para mí los cuentos de Borges: son magníficos, pero la superlativa erudición del autor los pone muchas veces fuera de mi alcance.