26/11/16

Aquí y ahora (Diario de escritura) 3


Lunes 1 de agosto
Salís temprano hacia Alhama de Aragón. Vais a pasar una semana en un balneario. Esas van a ser vuestras vacaciones. Siete días en albornoz, entre aguas termales, parafangos y masajes. Has viajado demasiado este año y necesitas descanso de verdad. Sin aviones, sin estrés, sin preocuparte siquiera por dónde comer. Siete días sin hacer absolutamente nada. Silencio, agua templada y lectura.
Llegáis a las cinco y media de la tarde después de seis horas de viaje. El hotel en el que os hospedáis ha sido reformado pero aún conserva la estructura original del siglo XIX, los grandes salones, las lámparas, el suelo, el antiguo piano…, es como viajar en el tiempo. Todo tiene un punto decadente que te resulta inspirador y melancólico. Y no puedes evitar imaginarte como el personaje de alguna novela centroeuropea de principios de siglo. Un Hans Castorp en los Alpes suizos, filosofando sobre el sentido de la vida mientras el mundo entero se viene abajo.
Antes del tratamiento, tenéis consulta con el médico del balneario. Os atiende un señor mayor con acento alemán muy marcado y rápidamente comenzáis a especular. Es un médico nazi que hace experimentos con los viejecitos del balneario, dice Raquel. Por eso se ha alegrado al ver que veníais de lejos. “Murrrsia, ajá, qué lejosss. ¿Tienen ussstedes familia allí?” Ya estáis en una película.
Sacáis los bañadores de la maleta y antes de cenar os dais un baño en el lago termal. En el fondo, ésa es la principal razón por la que venís. Podríais ir a cualquier otro balneario. Pero este lago termal os enamora. Sobre todo a ti. Es el único lugar del mundo en el que te gusta bañarte. Te agobian las olas del mar y no resistes la arena de la playa. Tampoco disfrutas en las piscinas. Pero por alguna razón en este lago te sientes a gusto. Es la soledad, la tranquilidad de las aguas, la sensación de que todo se fluye y se frena al mismo tiempo. No sabes nadar, pero puedes flotar. Eso es lo único que sabes hacer en el agua. El muerto. De espaldas. Boca arriba. Como un trozo de madera. Una cosa inerte. Por unos minutos. Nada más que eso.

Martes 2 de agosto
La rutina te sienta bien. Desayuno, baños calientes, masajes, lectura, comida, siesta, lago termal, vermú, cena, lectura, dormir. Todo se repite. Es un bucle en el que no tienes que tomar ni una decisión. Tan sólo elegir el próximo libro para leer.
Comienzas hoy con Las llanuras, de Gerald Murnane, y lo lees de un tirón. Hace un tiempo, cuando estuviste a punto de ser editor, llegaste a negociar los derechos de este escritor australiano. Es un autor sofisticado, intelectual y elegante. La síntesis perfecta entre Proust, Vila-Matas y Sebald. Y por fin alguien se ha atrevido a traducirlo. Agradeces la valentía de la editorial Minúscula. Y confías que en el futuro alguien se atreva con Barley Patch o con A History of Books.
En la habitación no funciona la conexión wifi y el móvil tampoco tiene demasiada cobertura. Sólo en las zonas comunes la conexión es aceptable. Y es allí donde se reúnen algunos huéspedes del hotel. Al salir del restaurante siempre te encuentras la escena. Todos en el salón común, hipnotizados por la pantalla. Aunque no es eso lo que te sorprende. Lo curioso es la edad. No son los jóvenes, sino los ancianos los que están enganchados al móvil. Las pocas parejas jóvenes que hay en el balneario leen libros y hablan entre sí. Seguramente han llegado allí a desconectar. Los mayores, sin embargo, no sueltan el móvil un momento. Se mandan vídeos por Whatsapp, comparan tonos de llamada y se hacen selfies continuamente para enviárselos a los nietos. Ellos son los auténticos abducidos por la tecnología. Después de una vida desconectados, ahora les toca vivir en red.

Miércoles 3 de agosto
En el balneario no hay cuerpos perfectos. Quizá también por eso te gusta venir aquí, para rodearte de cuerpos reales. No hay músculos, no hay abdominales, nadie se mira al espejo. Y tú te reconoces en el cuerpo imperfecto de los otros.
Por la tarde, mientras estás tumbado en una cama térmica y piensas en que tampoco aquí hay tatuajes, sonríes al ver pasar a un señor mayor con el tatuaje de la Champions en el hombro. La Décima. La excepción confirma la regla.
En las pausas entre baño y baño, lees El ruido del tiempo y caes rendido ante la prosa de Julian Barnes y la historia de Shostakovich bajo el régimen de Stalin. Subrayas algunas frases sobre la cobardía y los modos en que el arte se pliega ante el poder. Acabas la lectura con una mezcla de tristeza y compasión. A partir de ahora no volverás a escuchar la música de Shostakovich del mismo modo.

Jueves 4 de agosto
En los masajes no acabas de relajarte del todo. Quieres disfrutar tanto de la sensación de abandono que al final te estresas porque crees que no te estás abandonando lo suficiente. Te pasa lo mismo con todos los tratamientos relajantes. Hay algo dentro que se resiste a soltarse y mantiene la tensión en todo momento. Sólo en el lago te logras relajar totalmente , flotando con los ojos cerrados.
Allí, mientras tomas el sol, lees de una sentada Padres, hijos y primates. Has tardado en llegar a Jon Bilbao, pero más vale tarde que nunca. Es una novelita perfecta. La profundidad psicológica del protagonista te seduce. Sabes lo difícil que es hacer eso y mantener la tensión, incluso en una novela corta. Ya tienes a alguien más al que seguir.

Viernes 5 de agosto
Te despiertas sobresaltado a las cinco de la mañana. Una pesadilla. La historia de la que te has olvidado en el balneario –la novela que estás escribiendo– ha irrumpido en medio de la noche. Tu amigo de la infancia resucitaba y te agarraba por el cuello. Te has levantado a por el iPad y has comenzado a escribir durante una hora. Te habías prometido no escribir nada durante estas minivacaciones. Pero la historia llega cuando uno menos se lo espera y a veces no es posible resistirse a ella. Aunque aparezca en sueños. Es curioso, nunca has utilizado los sueños en tus novelas. Sin embargo este sueño es demasiado real, demasiado significativo para dejarlo pasar.
A lo largo del día el mal cuerpo y la sensación no extraña no se va del todo. Ni siquiera en el lago.
Por la noche, después de ver un episodio de Borgen, comienzas a leer a Elena Ferrante. La amiga estupenda, el primer volumen de su saga familiar. Comprendes rápidamente por qué todo el mundo habla de esta escritora. Sin embargo, no llegas a conectar con la historia y la abandonas. Te ha ocurrido eso en varias ocasiones. Ser consciente de que te encuentras ante una gran novela y, sin embargo, darte cuenta de que no está escrita para ti. Al menos no para ti en este momento.

Sábado 6 de agosto
Continuas la desconexión y tu cuerpo ya se acostumbra a estar todo el día en bañador y albornoz. Te va a resultar difícil volver a ponerte el pantalón largo.
Empiezas a leer Croatoan, la última novela de José Carlos Somoza, y ya no la puedes soltar un momento. Es un thriller de ciencia ficción en toda regla. Somoza es una de tus pasiones secretas. Un escritor de bestsellers de calidad que conoce como nadie el oficio. Además, hay algo en sus novelas que difícilmente encuentras en otros lugares: una capacidad para crear imágenes inquietantes que ya no se van nunca de la cabeza. Mientras lees Croatoan eres consciente del potencial de literatura frente al cine. La historia del fin de la raza humana parece una película. Sin embargo, las imágenes mentales que crea su prosa están un paso por delante de lo que una imagen real podría proporcionar. Hay algo sin forma, amorfo, imposible de situar en un espacio real, que sería muy difícil poder filmar. Es, por supuesto, la fuerza de la imaginación. El poder de la literatura frente a cualquier otra cosa.

Domingo 7 de agosto
Todo se acaba. Último día en el balneario. Al final no habéis ido a ningún lado. Estabais cerca del Monasterio de Piedra, también cerca de Santa María de las Huertas. Podríais haber hecho algo de turismo rural. Pero habéis preferido no hacer nada. Sois unos Bartlebys de balneario.
Te gustaría retener esta calma. Llevártela contigo. Lo vas a intentar. Aunque sabes que va a ser difícil. Mañana regresáis a Murcia. Y allí te espera la realidad. Pero sobre todo te espera la escritura. Y en el fondo tienes ganas. Necesitas sentarte frente al ordenador. Ahí es donde todo cobra sentido. Ahí es donde las aguas, esas que te han rodeado estos días, vuelven a su cauce.

Aquí y ahora (Diario de escritura) 2


Lunes 25 de julio
Despiertas acatarrado. Demasiado aire acondicionado. Demasiado sudar y congelarte. Con dolor de cabeza y garganta, te sientas ante el ordenador y comienzas a escribir desde bien temprano. Esta novela es diferente a todo lo que has escrito. Ya no hay artistas ni genios atormentados. Ya no hay lugares distantes y mundos ocultos. Sólo un crimen real. Y una historia cercana. Nada que ver con las historias que supuestamente sabes escribir. Estás ante un abismo. Incluso en el modo de escritura. No hay una planificación, no hay una estructura. Al menos no de momento. Y sólo escribes fragmentos, ideas, escenas que ya ensamblarás más adelante. Siempre has escrito con mapa. Ahora escribes con brújula. La historia la conoces. Está en tu cabeza. Pero el modo de transitar por ella aún no se ha mostrado. Simplemente deambulas, esbozas imágenes, recuerdos y posibilidades.
Agradeces que por fin haya aparecido la aplicación de Scrivener para el móvil y el iPad. Utilizas este programa para escribir desde hace unos años. Con él has escrito tus novelas y has planificado tus ensayos. Y, ahora, tenerlo en móvil te lo hace todo más fácil. Es como llevar el cuaderno en la palma de la mano. Lees cualquier cosa, te viene una idea a la cabeza y la sitúas directamente en la novela. Todo sincronizado en todo momento.
Es como si estuvieras siempre delante de la pantalla. O como si el documento se expandiera a todos los lugares de tu cotidianidad. Es como estar siempre escribiendo, incluso cuando no escribes.
Por la tarde, acabas de leer A sangre fría. Te sorprende que el autor no aparezca en ningún momento de la novela –al menos no de modo evidente–. Piensas en la diferencia con la ficción posmoderna, en la que el escritor no se esconde. Capote inaugura la no-ficción, es cierto, pero se trata de un intento de reconstrucción de totalidad; el autor aún es todopoderoso; aún cree en una verdad total, más allá de la subjetividad. Lo extraño es que Capote intercedió en los hechos, los afectó. Por supuesto, escribir siempre cambia la realidad. El autor nunca se puede quitar de en medio. Pero en el caso de Capote mucho menos. El autor modifica y altera la realidad –sin él, por ejemplo, la sentencia de muerte se habría aplicado mucho antes–. Sin embargo aquí es una transparencia.
Tu novela dejará mucho más claro al autor desde el principio. Quizá demasiado. En ese sentido, lo que quieres hacer se parece mucho más a lo que escribe Emmanuel Carrère, de quien llevas un mes leyéndolo todo. El autor no puede esconderse. La vida propia afecta al modo en que percibimos el mundo. Una novela rusa es tu modelo. Y también tu libro preferido de lo que llevas de verano. Obsceno, en los límites de la ética, problemático, perturbador… pura literatura.

Martes 26 de julio
Sigue el catarro. En un descanso de escritura, lees un artículo de Mario Vargas Llosa sobre el arte contemporáneo. Es tan zafio e ingenuo que te da pereza escribir cualquier cosa. El mismo argumento que utilizan tus alumnos de primero de carrera para arremeter contra el arte contemporáneo: la supuesta “conspiración” de unos cuantos para engañar al mundo entero. Es curioso cómo los extremos se tocan.

Miércoles 27 de julio
La garganta te está matando y apenas has podido dormir. Aun así, decides por fin ir al archivo a consultar la prensa del crimen sobre el que escribes. Llevas posponiéndolo varios meses porque sabes que te va a doler. Y el dolor tendrá que ser pospuesto algún tiempo más. Porque, al llegar, el archivo está en obras. Cerrado hasta nueva orden. Más tensión narrativa. Le haces una foto al cartel de la puerta y piensas que a veces la vida imita a la literatura
Después, reunión con doctorandos y gestiones para dar por cerrado el curso académico. Ya no volverás a la Universidad hasta después del verano.
Por la tarde, compras pantalones y camisas. Has engordado diez kilos en los últimos meses. Ya no te cabe nada de lo que tienes. Y sabes que eso es contraproducente. Porque la incomodidad de ir con la ropa pequeña al menos te hace pensar que tienes que adelgazar. Pero en las dos tallas más te encuentras cómodo. Demasiado cómodo.
En casa sigues leyendo no-ficción. Le toca el turno Noche de los enamorados, de Félix Romeo. Es una novelita deliciosa. Lo último que escribió antes de morir. Un crimen pasional. La posibilidad de la literatura para hacer justicia y recordar el pasado. Algo así es también lo que pretendes. Aunque de momento no tengas demasiado claro cómo hacerlo.
Tienes la cabeza llena de imágenes desagradables. Muertes, cuerpos desangrados, violencia sin sentido. Entre eso, las toses, la fiebre y el calor, duermes mal y tienes pesadillas.

Jueves 28 de julio
El dolor de garganta ya es insoportable y decides ir al médico. No has ido en más de quince años. Siempre te has automedicado. Ibuprofeno y antibióticos. Solución para todo. Pero Raquel te convence y acabas yendo. Prohibido el ibuprofeno para el dolor de garganta, dice el médico. Eso es lo que te ha producido toda la irritación. Va a tardar en curarse.
De camino a casa, recibes por mail el artículo que andabas buscando. La historia de la que escribes. Lo lees con detenimiento y sientes cómo se te eriza la nuca. Tu padre aparece en una de las fotos. También se te ve a ti de espaldas. A tu yo de hace veinte años.
Escribes tus reacciones nada más llegar a casa. No importa el sudor y la fiebre. No importa nada ahora. Nada más que esa historia en la que ya no puedes dejar de pensar.
Al acabar, te sientes aliviado y piensas que necesitas dejar pasar unos días. Podías seguir escribiendo, pero decides parar. Por alguna razón, sientes que debes digerirlo todo antes de volver a sentarte al ordenador. Y es lo que haces. Vas a pasar una semana fuera de casa. Quizá es el tiempo justo para asumirlo todo y volver con fuerzas. Ya no escribirás nada hasta la vuelta de vacaciones.
Relativamente liberado, te sumerges entonces en la lectura. Miras la estantería de libros pendientes y comienzas uno por uno. Primero, las novelas cortas. Las que puedes leer casi de un tirón. Devoras de una sentada Los huéspedes, de Pedro Pujante, un delirio vilamatasiano de ciencia ficción y Homoconejo, de Alfonso García Villalba, un delirio psicodélico y esquizoide. Lees todo hasta altas horas de la madrugada y se te mezclan las historias. De nuevo, la congestión no te deja dormir y sueñas que eres un conejo clonado que ha sido invitado a un congreso de literatura secreta.

Viernes 29 de julio
Algo mejor del catarro, vas a la barbería para adecentarte un poco antes de las vacaciones. Después, compras varios libros para llevar de todo a la semana que vas a estar de retiro en el balneario y comes con Marta, que celebra su santo antes de viajar a Japón.
Por la tarde, te sumerges de nuevo en las lecturas y descubres la prosa de Vicente Valero. Te enamoras de Las transiciones, un libro sutil, delicado y preciso. Mientras lo lees se frena el tiempo.
Comienzas a ver Borgen. Te habían hablado muy bien de la serie, pero no encontrabas el momento de ponerte a verla. Te engancha desde el principio. Aunque el parecido con lo que sucede en la política española es casi siniestro. Le vas a dar una oportunidad –a la serie; a la política ya le has dado demasiadas–.
Antes de irte a la cama, comienzas a leer Proyecto K., el libro de Paco Gómez. Te duermes cerca de las tres con el libro en las manos. Su anterior libro, Los Modlin, es una novela imprescidible. Sientes que tienes mucho que ver con esta escritura creada a partir de las imágenes.

Sábado 30 de julio 
Por la mañana, almuerzas con tus hermanos en el Yeguas. Con el alcohol, el resfriado se olvida. Pero va creciendo conforme avanza el día. Coméis en casa de la madre de Raquel y ya en el postre dices que tienes que ir a la farmacia a por lo que sea. Apenas puedes respirar. Sólo al final de la noche se te pasan los estornudos y el malestar. Veis dos capítulos de Borgen y os dormís con el ventilador a los pies de la cama.

Domingo 31 de julio
Acaba el mes. El resfriado también comienza a irse. Vas a pasar una semana en un balneario sin hacer nada. Serán tus verdaderas vacaciones. Redes cerradas, albornoz todo el día, baños curativos, parafangos y alguna cerveza que otra. Y libros. Muchos libros.
Hoy hace un año que hacías las maletas para viajar a Ithaca. Estabas nervioso, ansioso, cargado de responsabilidades. Era un salto al vacío. Un curso académico que ha pasado en suspiro. Ahora ya no hay nervios. Las aventuras están en el recuerdo. Todo ha sucedido ya. Tienes la sensación de que el futuro es mucho más sencillo. Con tranquilidad, preparas la maleta, planificas la ruta, escoges las lecturas para la semana y escribes este diario. Una semana de desconexión. Una pausa mínima. Un intento de poner freno al paso acelerado del tiempo.

Diálogos entrecortados.

–Oye, ¿qué te pasa, qué ya no te pasas por aquí?
–Ay, lo siento, llevo unos meses...
–Sí, lo sé, pero eso no es excusa. Tienes esto que se cae por todos los lados. ¡Actualízalo, hombre!
–Ya. No tengo remedio.
–No lo tienes. También te cuesta poco. Con que linkearas los post de tu nuevo diario te valía.
–Si el caso es que lo había pensado. Incluso dejé escrito que iba a hacerlo.
–Coño, pues hazlo. Lo que no puede ser es que te comprometas y luego pases de todo. Como seas así con todo en la vida...
–No me hagas sentir culpable, que harto cargo tengo ya yo.
–Tampoco será para tanto.
–Bueno, cada uno tiene lo suyo.
–Ya, pero lo tuyo me lo sé yo de antes, no te hagas la víctima, que eres un puto quejica.
–Oye, sin insultar, que para un día que te dejo hablar no te consiento que me levantes la voz.
–No te la levanto. Además, yo no te insulto. Eres tú, que interpretas mis frases como te da la gana.
–Hombre, no me irás a decir que "puto quejica" no es un insulto.
–Oye, sin insultar, que para un día que te dejo hablar no te consiento que me levantes la voz.
–Pero ¿qué dices ahora? ¿Estás loco?
–Es que me desincronizo. Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Venga, tómate la pastilla y deja de entretener al personal.
–Venga, tómate la pastilla y deja de entretener al personal.
–...
–...
–Pastilla tomada. Vuelve la tranquilidad.
–A mí también.
–Perdona, ¿eh? No era mi intención ofender.
–Perdonado. Si es que yo tampoco sé ya quién soy.
–¿Y qué hacemos con esto ahora? ¿Se borra?
–No, déjalo, que vean que a veces se te va de las manos.
–Se nos va.
–Eso, se nos va.
–¿Lo dejo, entonces?
–Sí, sí.
–Pero... ¿así? ¿con todos los bucles?
–Con todos. Que se enteren bien de lo que somos.
–Es verdad. Que se enteren. Por cierto, ¿y qué somos?
–Dioses, ya te lo he dicho.
–Es verdad, a veces se me olvida.
–Dioses de un mundo que aún está por llegar.
–¿Y le queda mucho a ese mundo?
–No mucho. Mira. ¿Ves aquellos píxeles?
–¿Cuáles?
–Los que han empezado a descomponerse.
–¿Los verdes?
–Sí, esos.
–¿Qué pasa con ellos?
–Por allí entrará nuestro mundo.
–¿Y qué haremos entonces?
–Pues ser dioses, ya te lo he dicho.
–Es verdad. Ser dioses. Qué gusto, ¿no?
–Ufff. Ya casi no puedo esperar.
–A mí también se me está haciendo largo. Esperemos que valga la pena.
–La valdrá.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.
–Vale, te creo.
–Pues, entonces, duérmete.
–Voy.
–Vé.
–¿Ya?
–Vé.
–¿Yah?
–Vé.
–Ufff.
–Lo sé. No tengo remedio. Pero era necesario.