25/3/16

Diario de Ithaca 24 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 23/03/16. Escuchar Podcast] 

La clase pasa más rápida de la cuenta. Comienzo a estar a gusto. Disfruto. Quizá sea porque mañana regreso a España unos días y sólo aprecio las cosas cuando empiezo a perderlas.   

Lleno las maletas de libros leídos y libros que sé que no voy a leer en los dos meses que me quedan. Como siempre, pensé que iba a poder hacer más de lo que realmente he hecho.

El viernes nos levantamos temprano y salimos para Nueva York en el coche alquilado. Ya conozco el camino casi de memoria. Lo he hecho más veces que el trayecto Murcia-Caravaca. Aunque me confundo al cruzar el Washington Bridge, llegamos al aeropuerto con tiempo para desesperarnos.

En el avión intento dormir pero no puedo. Leo de un tirón la novela La hora más corta, la novela que Francisco Díaz Klaassen me ha regalado. Sexo naturalizado, terreno, desublimado. El deseo se mezcla con la apatía y la falta de futuro, y todo parece estancado en una especie de presente incómodo que se resiste a moverse. Me gusta cómo escribe Francisco. Es una suerte haberlo conocido.

Después intento dormir otra vez y me molestan las luces del baño. Me pongo una servilleta sobre la cabeza y no me importa cómo me ven desde fuera.

Llegamos a Madrid antes de la cuenta. En el tren del aeropuerto todos tienen los ojos rojos. A la salida nos encontramos a Melendi con su guitarra y fantaseo con la idea de que haya viajado con nosotros. Ya tengo chiste para Facebook.

Tomamos el tren y ahí sí que dormimos del tirón casi las cuatro horas. Murcia me espera. Por la tarde ya estoy en el paraíso.

Al día siguiente, por la mañana, almuerzo con Leo y mis hermanos en el Yeguas. Cada vez me gustan más estas inmersiones en la huerta profunda. Continuamos el almuerzo al mediodía y nos acercamos al Luis de la Rosario a que nos insulte el camarero. Esa es la gracia del bar. Pero por alguna extraña razón el camarero es amable y me dice “hombre, cuánto tiempo, Michi. Cómo te va la vida”. Nos sirve rápido y es efectivo. Leo dice: la hemos fastidiado. Ya no volvemos más.

Acabamos tarde después de varias horas de peregrinaje. Para ser el primer día, no está mal.

El lunes lo paso escribiendo un texto sobre la influencia de Cervantes en mis novelas. Me invento una historia. Siento que ése es el tono en el que quiero escribir a partir de ahora. De nuevo, algo a medio camino entre la narrativa y la autobiografía.  

Martes comemos en casa de mi vecina Julia. Dice que pasó mucha hambre en la guerra y que hay que repelar los platos. Está leyendo mi novela. Una página al día porque no ve demasiado bien. El marcapáginas es una estampita de la Virgen de la Huerta. Me dice que por qué he hecho yo todas esas cosas. Le contesto que no son verdad. No sé si la convenzo.

Por la tarde entro a la librería y casi me arruino. En los dos meses que he estado fuera se han publicado libros que estoy deseando leer. Pron, Jerome Ferrari, Tavares, Menéndez Salmón, Cercas… Quisiera que se parara el tiempo para esconderme a leer.


Pierdo tres horas de mi vida en un consejo de departamento bochornoso. El retorno de lo real. Ítaca de mi vida, escribo en un tuit.

El miércoles por la mañana la fisio intenta arreglarme el dolor de brazo. Después, el barbero me recorta la barba y me llena la cara de lociones.

Me acerco a la exposición de Pablo Genovés en Verónicas. Escribí de las obras sin haberlas visto. Son potentes, hipnóticas. Me quedó allí casi una hora.

Después, comida con Alejandro. Hablamos de proyectos y libros de arte. Por la noche, cena con Leo y Juan Antonio. Hablamos de cine y de literatura. No todo va a ser beber.

Hoy quería estirar la noche hasta el amanecer. Pero a las dos el masaje del fisio comienza a pasarme factura y casi no puedo tenerme en pie. Entramos al Revólver y me siento mayor. En un espejo me veo las canas de la barba. Tengo sueño y me duele todo. Es hora de volver a casa. Dormir también es una fiesta.


16/3/16

Diario de Ithaca 23 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 14/03/16. Escuchar Podcast]

El jueves la clase de nuevo se hace larga, aunque tenemos una discusión productiva y por un momento parece que todo avanza. Justo después de salir llega la traducción del texto sobre Bryce que tengo que presentar la semana que viene y me quedo en el despacho repasándola hasta bien tarde. Por la noche, en casa, sigo trabajando y me acuesto de madrugada con el texto ya casi acabado.

El viernes me levanto temprano, escaneo las imágenes, las inserto en el documento y envío por fin el paper al resto de los becarios. Siento el alivio directamente en la espalda, como si me hubieran quitado una losa que comenzaba a enquistarse en la piel.

Por la tarde, celebramos el cumpleaños de Craig en el Finger Lakes Cider House, una especie de restaurante en las afueras de Ithaca donde sirven sidra artesanal y comida local. El ambiente no puede ser más auténtico. La clientela, las barbas, las camisas de cuadros, los granjeros, el violinista y la cantante country… Lo observo como si fuera una imagen típica. Lo veo todo a través de un filtro de Instagram.

Después, nos quedamos con Maria y Jessica en el Argos y conocemos al dueño del bar y a unos artistas locales. Cuando cierran nos llevan a un almacén oscuro y polvoriento en el que trabajan. Raquel dice: “y ahora es cuando sacan la motosierra y comienza la película”. Es siempre la voz de la razón.

El sábado, a pesar de la resaca, logro trabajar toda la mañana y comienzo a perfilar la versión del texto sobre Bryce que tengo que enviar a la revista académica que ya me asedia. Me falta tan sólo la introducción. Siento ya el final en la punta de mis dedos.

Por la tarde, Tim me invita al partido de Hockey que juega Cornell contra Union. Es la primera vez que voy al Hockey. Y la experiencia me fascina. El ambiente, el himno, la banda de música, de nuevo todo se convierte en imagen. Otra vez estoy en una película. Tardo un tiempo en acostumbrar la vista a la rapidez de la pastilla. Es velocidad pura. Me hechiza el sonido de los sticks y los jugadores chocando con el cristal. Es una coreografía extraña e hipnótica. Al final gana Cornell. Pasan a los cuartos de final. Me alegro como si fuera mi Real Murcia. Será por los colores. Let’s go Reds.


Al llegar a casa, vemos tres capítulos de la nueva temporada de House of Cards. Creo que es incluso mejor que la anterior. El poder, el mal, la estrategia… y esa sensación de no saber de qué parte estás. De nuevo, como con Breaking Bad, uno se sorprende deseando que triunfe el villano.

El domingo por la mañana me levanto temprano y logro, por fin, acabar el texto. Lo envío y entonces cae la otra losa que aún estaba sobre mi espalda. Me quedo unos minutos sentado frente al ordenador, con la mirada perdida, como si estuviese asumiendo que realmente he podido con esto. En silencio, limpio la mesa de trabajo y lo dejo todo listo para empezar de nuevo. Ese espacio vacío que ahora es necesario llenar es lo que me da la vida.

Bajamos al pueblo y nos comemos una hamburguesa obscena para celebrarlo. Es el último domingo que Raquel está en Ithaca. Todo le sabe a nostalgia.

El lunes hace ocho años que murió mi madre. Es extraño cómo el paso del tiempo acaba quitándonos las palabras. He escrito mucho sobre esta pérdida. Pero ahora, ocho años después, no sé qué decir o escribir. Ni siquiera sé qué es lo que pienso. Sólo sé que hoy hace ocho años que murió mi madre.

Por la tarde hacemos un maratón de House of Cards y la acabamos del tirón. Las miradas a cámara del final me dejan petrificado. Los Underwood son la nueva Górgona Medusa.

El miércoles llega el seminario.  Supuestamente es el día de la performance mayor, el momento en que tengo que demostrar al resto de los becarios por qué estoy aquí. Todos han leído el paper. Yo sólo tengo que explicarlo durante unos minutos y después comienzan las dos horas de asedio. Quince intelectuales de alto nivel contra un señor de Murcia. Durante un instante veo esa imagen desde fuera. 

Me defiendo como puedo, y al final sobrevivo. Las felicitaciones parecen sinceras. Les ha gustado el artículo. Cuando acabo, entro en mi despacho unos segundos y respiro. Por un momento me siento parte de esa comunidad intelectual. Por un momento, siento el privilegio y la fortuna de estar aquí. Por un momento, le encuentro sentido a todo esto. Por un momento, sí. Ahora, mientras lo escribo, intento evocarlo.  



10/3/16

Diario de Ithaca 22 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 22/02/16. Escuchar Podcast]

Hoy la clase sale mejor de lo esperado. Me centro tanto en el tema que se olvida el inglés. Después, algunos alumnos me comentan que están aprendiendo con las lecturas y que tendría que estar contento. Me alegran la mañana.

Por la tarde asisto a una velada poética que organizan l]os estudiantes de Romance Studies. Leen en inglés y no me entero de nada. Pero disfruto de la experiencia. Me encantaría, eso sí, continuar con ellos en el sarao de después, pero soy responsable y regreso a casa a continuar con el texto sobre Fernando Bryce que tengo que entregar. Cuando me despido y digo que me tengo que ir se me parte el alma. Cuando llego a casa y me sitúo frente al ordenador me siento un héroe. A pesar de que esa noche apenas avance unos párrafos.

El viernes por la mañana no me concentro y decido acabar Marienbad eléctrico. Había previsto degustarlo a pequeños sorbitos, pero no me puedo aguantar y lo leo del tirón. Hay en Vila-Matas más sabiduría que en todos los textos sobre arte que estoy leyendo para el artículo que escribo. Leo el libro con pasión pero también con una especie de deseo. Ése es el tono que quisiera lograr en mi artículo, esas son las sensaciones que quisiera transmitir. Por supuesto, no soy Vila-Matas, ni quiero copiarlo. Pero no puedo evitar encontrar en él  la inspiración. Cuando acabo de leer, le hago una foto al libro con lo que debió de ser el despacho de Nabokov al fondo y se la envío a Vila-Matas. Me contesta con un e-mail brillante y cariñoso. Me alegra la mañana, el día y la semana.



Por la noche cenamos en casa de Jonathan. No nos ha dado tiempo a pasar por el supermercado y somos los únicos que no llevamos nada. Afortunadamente llegamos los primeros y sólo los anfitriones se pueden hacer una mala imagen de nosotros. Cuando los demás llegan con flores, botellas, dulces y otros regalos miramos hacia el suelo intentando encontrar el sitio para escondernos. Aun así, la velada es agradable y la comida está deliciosa. Todo el mundo es simpático y complaciente. Regresamos a casa con la sonrisa en la boca.

El sábado amanece la calefacción rota y me subo a trabajar a la Society. Raquel se queda junto al radiador eléctrico. Paso toda el día en la oficina, solo, concentrado, intentando acabar el texto que ya se me está atragantado. El deadline es unos días y tengo también que traducirlo para el seminario de la semana próxima. No encuentro el modo de sacármelo de encima. Es una especie de condena. Creo que he engordado precisamente porque estoy somatizando la saturación de información  –de todo lo que he leído– y la imposibilidad de ponerla por escrito.

Sólo cuando por la noche comienzo a quitarle importancia a la tarea, el texto comienza a salir. A veces uno se bloquea porque piensa que las cosas son más importantes de lo que realmente son. Escribe un artículo para una revista académica y cree que lo va a leer todo el mundo. Pero en realidad está escribiendo para cuatro o cinco interesados. No más. No va a cambiar el mundo si el texto es mejor o peor. Cuando llego a esa conclusión y me relajo, el texto fluye. Hoy me alivia no tomarme demasiado en serio, aunque en el fondo sepa que no voy a poder escapar del todo a la responsabilidad.

El domingo por la mañana estamos invitados a un brunch en casa de Annetta. De nuevo, allí los fellows de la society son amables, agradables… buena gente. Hace un día soleado y apetece pasear, pero tras la comida me vuelvo a encerrar con el texto. Ya fluye, pero necesito horas y horas para terminarlo. Apenas salgo de la habitación para asomarme a la ceremonia de los oscars. Este año no he visto ninguna de las películas. Me interesa poco, pero me sirve para relajarme.

Al día siguiente acabo una parte y la envío a traducir. Voy acabando el texto por fragmentos. Al fondo comienzo a ver la luz. En una semana es posible que esté todo. 

Comenzamos a ver 11.22.63, la nueva serie de J. J. Abrams basada en la novela de Stephen King. Engancha desde un principio. Es magistral. El viaje en el tiempo está utilizado con una inteligencia tremenda. Después veo un episodio El ministerio del tiempo. Me gusta la serie y me divierto mucho con ella. Pero la cuestión de la verosimilitud y los problemas ideológicos que hay detrás –los menos evidentes– me dan mucho que pensar. Tomo notas para escribir algo en algún momento.


El miércoles, en el seminario, no me entero de mucho. Pongo el piloto automático y pienso en cómo acabar el texto sobre Bryce. Después, por la tarde, tampoco presto demasiada atención a la conferencia sobre Franz Fanon y la negritud. Me siento mal por tener la cabeza en otra cosa. Cuando intento engancharme a la charla ya es demasiado tarde y no logro seguirla. Aprovecho entonces y saco el cuaderno. Esbozo la entrada del diario de esta semana. Llego a casa y lo escribo de un tirón. Lo escribo mientras pienso en todo lo que me queda por hacer. Lo escribo, como todo lo que he hecho esta semana, con la cabeza en otra cosa, en otro lugar, en un tiempo por venir, en un tiempo que se resiste a llegar.




4/3/16

Diario de Ithaca 21 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 22/02/16. Escuchar Podcast] 

En la clase de nuevo hablo más de la cuenta. No consigo que los estudiantes se suelten. Y las dos horas se me hacen eternas. Es una pesadilla, el inglés. Me pregunto ya seriamente por qué sucede eso, por qué me afecta de esa manera. Y me doy cuenta de que para mí el idioma no es sólo es sólo el modo de comunicación, es también mi herramienta de trabajo. No es un medio para un fin, es un fin en sí mismo. No soy más que lenguaje. Es todo lo que tengo. No puedo entender a escritores como Beckett, como Cioran, o como Nabokov, que abandonan un idioma, un mundo, y se adentran en otro complemente diferente. Es como tirarse al océano. Confieso que soy más cobarde, y que me gusta bañarme en la orilla, donde no cubre. Es ahí donde sé nadar y hacer las piruetas. En mi piscina del lenguaje.

Por la tarde es la conversación sobre El instante de peligro Romance Studies. En español. Por fin. Lo ha organizado Simone y le estoy tremendamente agradecido. Converso con Francisco y Katryn. Simone les ha dicho que sean severos e incisivos, que no se convierta el acto en una presentación autocomplaciente sino en una discusión sobre literatura. Y yo, sin embargo, disfruto como un crío. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien en un acto. Es la primera vez aquí que hablo en público en español. Vocalizo como si no fuera murciano, siento que estoy hablando el español más bello de la historia. Intento ser preciso en el lenguaje, en las contestaciones. Disfruto cada palabra, cada frase, cada giro, cada ironía. La mantengo en la boca y la paladeo como si fuera un vino de reserva. Me emborracho con el idioma. Me habría quedado en esa sala toda la tarde.



Luego Katryn está preocupada por si ha sido demasiado dura y me ha hecho sentir incómodo con alguna de las preguntas. No imagina, no puede hacerlo, que aunque me hubiera preguntado la lista de los reyes godos no me habría incomodado. Cualquier cosa. Hoy, cualquier cosa.

La felicidad es completa cuando llega la pregunta de Enzo Traverso, uno de los historiadores que más admiro y que se ha acercado allí a escucharme. Llevo varios días leyendo sus libros sobre la historia europea y él me pregunta si escribo por la mañana o por la noche, y cuál es la diferencia entre escribir en uno o en otro momento. Me pregunta como si me tomara en serio, como si de verdad sintiera curiosidad por lo que escribo. Y yo respondo inventando sobre la marcha una teoría que al final consigo creerme: que escribir por la noche –que es cuando suelo escribir– afecta a la escritura porque uno intenta acabarlo todo, hay una urgencia, un temor de que quizá el día siguiente todo se haya desvanecido. Por la mañana uno decide dejar de escribir. Por la noche uno es vencido por el cuerpo. Y en su escritura hay un sentido de cercanía del fin del mundo. Me invento esto mientras hablo y parece que lo tuviera pensado y teorizado desde mucho antes. Ahora lo escribo aquí. Y no sé si tiene mucho sentido. 

Después de la charla bebemos hasta tarde en el Stadler hotel. Bebemos hasta que nos echan. Katryn  enciende un cigarro y nos obligan a salir de allí. Hemos sido incivilizados. Hemos roto las normas. Poner una bomba habría sido menos embarazoso. De vuelta a casa, tarde, vemos gente tirarse en trineos por la ladera. También están borrachos. Lo recuerdo como si fuera un sueño.

El fin de semana lo paso encerrado en casa escribiendo el artículo que tendría que haber entregado en octubre. Fernando Bryce y el anacronismo de las imágenes. Llevo leyendo sobre esto prácticamente desde que llegué, pero estoy bloqueado. Sólo a finales del domingo se desatasca la escritura y el texto comienza a salir.

El lunes me dispongo  leer un libro de Georges Didi-Huberman sobre el tiempo y justo en el momento en que lo abro recibo un mail suyo. Es la respuesta a un correo que envié hace varias semanas. Tampoco es tan extraño. Pero esa sincronización entre el sonido de la alerta del mail y la apertura de la página me hace especular sobre la sincronicidad y el modo en que todo está conectado.

Voy escribiendo en segundo plano el ensayo que he comenzado a fraguar. Lo escribo en la cabeza, mientras en la realidad tengo que terminar el texto que ya me solicitan. Creo que, definitivamente, he encontrado la forma perfecta. A medio camino entre narración y crítica de arte.

Me pregunto cómo será el último libro de Vila-Matas. No puedo esperar a llegar a España. Lo compro para el Kindle.

Tengo mil cosas que hacer. Apenas doy abasto con todo. Pero el tiempo se frena cuando comienzo a leer Marienbad eléctrico. Es Vila-Matas. Es el escritor que admiro. Es la literatura que algún día me gustaría poder escribir.