25/2/16

Diario de Ithaca 20 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 22/02/16. Escuchar Podcast]

La clase se me hace esta mañana más larga de la cuenta. Una vez más he pasado la noche preparándola. A la mitad me siento cansado y no encuentro las palabras. Quiero explicar un concepto complejo, pero el inglés no me da para ello. Mientras hablo, con el piloto automático puesto, pienso en parar, levantarme y salir a tomar aire. Me puede, el inglés me puede.

Por la tarde asisto a la conferencia de Elizabeth Povinelli. Es una de las senior fellow de este año y habla sobre el concepto de geontopower. Después de dos días leyendo sus textos, un seminario y una conferencia, no logro entender nada. Estos días estoy absolutamente lost in translation, totalmente extraviado en el lenguaje y sin posibilidad de salir.

Después de la charla, Viranji invita a todos los becarios a una cena en honor de Povinelli. Con el primer dry Martini recupero el inglés y empiezo a verlo todo de modo diferente. Hablo, intento hacer gracias e incluso acabo tocando el piano. Todo es armonía ahora. Raquel también lo siente. Hay feeling. Buen rollo. Al menos eso.

Al día siguiente llega el verdadero frío y se va la calefacción. Desde que llegué no funciona bien, y sobre todo se estropea cuando comienza el frío extremo. La casera nos trae un radiador eléctrico y al menos así se puede aguantar la noche.

El sábado miro el termómetro en el móvil y no doy crédito al frío que hace en el exterior. Sensación térmica de menos 34. Desde la ventana veo pasar a la gente en la nieve y parece una escena de Fargo, o de Juego de Tronos, el mundo más allá del muro. Salgo unos segundos a la calle sólo para comprobar que es verdad. Se me congela el alma.


Paso el fin de semana encerrado corrigiendo las traducciones para el catálogo de Gramáticas de la Temporalidad y empiezo a preparar las clases sobre el anacronismo. Mientras, acabo la lectura del manuscrito de la novela de un amigo. Es mucho mejor escritor que yo y no sé cómo se tomará mis correcciones. Al final soy sincero y le digo lo que pienso. Le escribo un largo mail con lo que yo haría con la novela y cómo podría mejorar. Uno no sabe nunca cómo afrontar estas cosas. De nada sirve decir “me ha encantado”. Hay que ser incluso más duro de la cuenta. De lo contrario no tiene sentido.

El lunes por la mañana tengo una epifanía: encuentro el modo de escribir el ensayo sobre el anacronismo en el arte contemporáneo. El texto experimental que he escrito para la exposición de Pablo Genovés me ha abierto los ojos. Es así como quiero escribir. Al menos como quiero hacerlo en este momento. Entre la crítica de arte y la narrativa. Esbozo unos párrafos y me convenzo del todo. Eso sí que me apetece escribirlo. Comienzo la semana ilusionado.

Por la noche, vemos el penúltimo capítulo de Expediente X. Este regreso sólo es apto para nostálgicos. Es puro manierismo y reflexión sobre lo que ya dicho, una apostilla que no tiene demasiado sentido más allá de poder volver a decir la serie, a enunciarla, en un contexto diferente. O lo que es lo mismo: una estrategia de mercado. Poder vender lo ya vendido sin decir nada nuevo. Supongo que la Nueva Twin Peaks será algo parecido. Aprovechar el tirón y el mercado de las series actuales para hacer regresar productos que ya tuvieron su vida. se me ocurre el concepto de “series zombie”. Lo único bueno es que ha vuelto Scully. Y cada semana que pasa me enamoro un poquito más de ella.

El martes por la tarde, después de pasar el día encerrado releyendo las consideraciones sobre Brecht de Didi-Huberman, nos animamos a acercarnos a la noche de trivial de The Hunt. Algunos becarios acuden todos los martes. Cultura popular, historia, música… no acierto ni una pregunta. Raquel descifra varias y la fichan para la próxima semana. A mí el Trivial nunca se me ha dado bien, ni siquiera cuando entiendo lo que me preguntan.

El miércoles Ithaca parece una pista de hielo. La lluvia del día anterior se ha congelado y apenas  es posible andar sin resbalarse. Milagrosamente llego a la Society sin caerme. Cuando regreso por la tarde, me pilla una tormenta de nieve y apenas puedo encontrar el camino. Esto es inhóspito. Pienso en Murcia. Pienso en mi casa. Pienso en que no veo el momento de regresar.




20/2/16

Diario de Ithaca 19 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 15/02/16. Escuchar Podcast]

Llego a clase cansado y con ojeras de no haber dormido la noche anterior. Hoy comenzamos de verdad. Empiezo a hablar sobre los textos que he enviado para leer, voy hilando referencias y acabo hablando más de la cuenta. Aquí son ellos los que tienen que construir el conocimiento, me han dicho. Tienes que dejarlos debatir. Para eso han leído los textos. Lo sé, es lo que quería hacer, pero no puedo evitar ser pesado, ni siquiera en inglés.

Después, dos tutorías, las primeras. Logro hacerme entender. Recomiendo libros, obras y referencias y me siento útil. Pienso que, de no ser por el inglés, podría ser profesor aquí y no desmerecería demasiado.

El viernes intentamos ir al cine a ver la última de Sorrentino, pero nos confundimos de hora y llegamos tarde. Lo cambiamos por una cena romántica en Coltivare Ithaca. Nos sale por un ojo de la cara.

El sábado es el chili cook-off en el downtown, una especie de festival del chile. Todos los restaurantes de la ciudad ponen su puesto de chile en la calle. Hace un frío tremendo y hay que comer con guantes. Uno de los chiles me deja sin habla durante unos minutos. El frío desaparece.  

Por la noche, tanto chile me pasa factura y no puedo cenar. No me encuentro bien, pero vemos A perfect day, la película de Fernando León. Nada del otro mundo. Aunque no llega a estar mal.

Durante el domingo me sumerjo en la escritura del texto para la exposición de Pablo Genovés en Verónicas. Llevo varias semanas tomando notas y no tengo ni idea de cómo escribirlo. Sólo sé lo que no quiero hacer. No quiero escribir un texto de crítica de arte.

Por la tarde, cuando he comenzado a aclararme con el texto, vamos al Buffalo Wild Wings a ver la Super Bowl. El sitio una especie de McDonald’s gigante lleno de televisores. Todo tiene que ver con el fútbol. El atuendo de los camareros, el menú, la decoración. Es puro espectáculo. Pasamos allí cuatro horas. Yo no sé hacia dónde mirar. Es como un panóptico invertido. Ganan los Broncos a los Panthers. Aunque eso es lo de menos. El fútbol parece la excusa. La excusa para sentarse allí con los amigos y comer hasta reventar, la excusa para ver los anuncios –cada dos minutos, como mucho, cortan para publicidad– y sobre todo la excusa para el ver el show del descanso. Cold Play, Bruno Mars y Beyoncé. La gente tararea las canciones en el restaurante. Las aplaude igual que aplaude los touchdawn y los anuncios. Todo es lo mismo. El gran espectáculo americano. Justo al acabar el show, con el restaurante enfervorecido y el escenario repleto de figurantes, Stephen me mira y dice: “And this, my friend, this is America”.


Al llegar a casa, mientras asimilo todo lo que he visto, logro encauzar el texto sobre Genovés. Me acuesto de madrugada y tengo pesadillas. No sé si es el texto, la tensión, la hamburguesa o la saturación de imágenes. Pero apenas puedo dormir.

El lunes me entero de que Ricardo Menéndez Salmón ha ganado el Premio Biblioteca Breve. No puedo estar más contento. Por él y por la literatura. Es uno de los escritores que más admiro. Y una de las personas que más respeto. Me alegro casi tanto como si me lo hubieran dado a mí.

Después, veo en las redes las fotos de los amigos en la celebración del Premio y me muero de envidia. Recuerdo los buenos momentos del año pasado. Quisiera estar ahí. Con ellos, en Barcelona. Y quisiera también estar en España, leyendo novelas, escribiendo narrativa, disfrutando del mundo de la literatura. Hoy me ha entrado de nuevo la nostalgia. Y también la impaciencia. Una vez más quiero y no quiero estar aquí. Quiero y no quiero volver.

El martes termino el texto de Genovés. Al final he escrito algo extraño. Un experimento. Estoy contento. Aunque no tengo demasiado claro si funcionará en el catálogo. Al artista le ha gustado. Al final eso es lo importante.


Por la noche intento leer el texto de Elizabeth Povinelli para el seminario del día siguiente. No me entero de nada. Pura abstracción conceptual. Cuando al día siguiente veo en el seminario que todos siguen la discusión me siento un fraude. Después les pregunto y me dicen que el texto era difícil, sí, y que no saben sin han llegado a comprender algo. Pero que les parecía interesante y que por eso hablaban. De nuevo me invade la sensación de no pertenecer a este lugar.




10/2/16

Diario de Ithaca 18 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 08/02/16. Escuchar Podcast]

Llega el día. Comienzan las clases. Me despierto temprano y preparo todo el material. No sé qué ropa ponerme –formal o informal– y al final opto por los vaqueros y la camisa por fuera. Al menos en eso quiero evitar la impostura. 

Subo al campus andando mientras escucho un podcast en inglés para ir poniéndome en situación. Llego, pruebo el Power Point y lo dejo todo preparado para la clase. Diez minutos antes de la hora, comienzan a aparecer los estudiantes y yo aprovecho para ir por última vez al aseo y servirme  una taza de café. Mientras subo por la escalera con la taza en la mano vuelvo a pensar en cómo efectuar la entrada. He imaginado muchas veces este momento. Llegar al aula, con la gran taza de café, decir Good morning y sentarme en la mesa del profesor. Sin embargo, aquí la ficción no funciona del todo. Es un aula de seminarios y todos nos sentamos alrededor de una gran mesa. Son trece. El máximo eran quince. Algunos compañeros tienen dos o cuatro. No sé qué es mejor.

Comienzo excusándome por mi inglés. Es, realmente, lo único que pone nervioso. Afortunadamente algunos hablan español y eso me da confianza. Me presento y hago que se presenten. Vienen de varias disciplinas. Historia del arte, teatro, literatura, arquitectura o bellas artes. Son graduados y pregraduados. Son serios. Toman notas. Son un desafío.

Hago un recorrido por el programa de la asignatura –el maldito Syllabus–, deteniéndome en el sentido de cada uno de los textos que vamos a leer y, cuando me vengo a dar cuenta, han pasado dos horas. Salgo contento de la clase. Me encierro en el despacho y respiro, como si hubiera estado trasteando una bomba de relojería y, al menos esta vez, hubiese podido cortar el cable que la desactiva. 


Por la tarde, aún con la adrenalina por las nubes, asisto a una conferencia sobre Walter Benjamin y la radio. El ponente también tiene problemas con el inglés. Y yo me solidarizo con él. Mientras habla lo miro fijamente, como intentando decirle con los ojos que no se preocupe,  que en el público hay alguien de esa comunidad secreta a la que el inglés se le resiste.

Al día siguiente comienzo a escribir el texto para el catálogo de la exposición de La Conservera. En unos días tengo que entregarlo y no he podido ponerme hasta este momento. Pienso que este trabajo por sí sólo podría ocupar varios meses de escritura para cualquier persona normal. Yo tengo que escribirlo en menos de una semana. Y tengo la cabeza en otra cosa. No veo el momento de terminar este tipo de encargos y poder ponerme con cosas que realmente me mueven por dentro. Me he venido aquí para aislarme pero España me persigue.

Cuando no puedo más, bajo con Raquel al pueblo y nos comemos una hamburguesa que apenas cabe en el plano de la foto de Instagram. Por la noche, vemos la nueva película de Amenábar. No tiene nada de especial. Podría haberla dirigido cualquiera.

El sábado me levanto temprano y vuelvo a texto de La Conservera. Por la noche es la despedida de Valeria, que se va Jerusalén hasta finales de curso. Cuando la fiesta acaba en el Lot10 intentamos entrar al Chanticleer y no nos dejan. No aceptan ID extranjeras. Ni ganas de entrar a esta mierda de bar, digo en español, mientras me posee un sentimiento de orgullo y rabia.

El domingo tomo unas cervezas con Philip en Argos y después voy con Raquel al Creeker, un bar decadente y extraño, a encontrarme con Craig, Maria y Steve. Hablamos en inglés y, gracias a la cerveza, lo entiendo casi todo. Por la sueño que hablo un inglés perfecto y siento que poco a poco voy entrando de nuevo en el idioma.

Lunes y martes me quedo en casa recluido acabando los textos del libro de La Conservera. El martes por la noche, por fin, lo envío todo y suspiro aliviado. Acabo mareado y con dolor de espalda, como si hubiera corrido una maratón o me hubieran pegado una paliza. Escribir es un ejercicio físico. Escribir cuesta. Escribir duele.

El miércoles, después del seminario, comienzo a preparar la clase del día siguiente. Me doy cuenta de que, una vez más, se me ha hecho demasiado tarde y apenas me da tiempo a leerme los textos que he enviado a los alumnos. Pensaba que aquí sería diferente, que iba a preparar las clases con varias semanas de antelación. Pero creo que no tengo remedio. Da igual que esté en la Universidad de Murcia, en Madrid o en Cornell. Siempre espero al último minuto. Algún día, lo sé, se me hará demasiado tarde.



4/2/16

Diario de Ithaca 17 (Prefería no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 01/02/16. Escuchar Podcast]

El sábado, cenamos  en casa de Valeria, con Raquel y Katryn. Cena vegana. Hablamos de Derrida, del judaísmo y de la vida intelectual. Valeria no cesa de rellenar mi copa de vino y cuando me levanto de la silla soy consciente de que he bebido demasiado. No coordino y, al intentar atarme las botas, tiro la tele al suelo. Afortunadamente no se rompe. O al menos eso me dicen para tranquilizarme. Raquel me mira avergonzada. De camino a casa no siento el frío. Ni siquiera me pongo los guantes. Justo antes de entrar, me caigo, o me dejo caer –no lo recuerdo– sobre la nieve.

Cuando me levanto al día siguiente, me prometo no beber así en un tiempo. Sobre todo porque el domingo no consigo hacer nada. Así que abandono la posibilidad de acabar la introducción al libro de Mieke Bal y me sumerjo en la lectura de Consumidos, la primera novela de David Cronenberg. Es como sus películas. Siniestra, extraña, desagradable por momentos, pero me fascina. Mientras la leo me llega la nostalgia de las películas de los noventa. No puedo dejar de pensar en Crash. Esa nostalgia de los noventa se dispara cuando a las ocho me siento a ver el retorno de Expediente X. Regresa inmediatamente mi adolescencia: las noches solitarias en mi habitación, entre el miedo, lo desagradable y la excitación. Porque pocas me han excitado y enamorado más que la agente Scully. Ahora me sigue enamorando. Y me gusta aún más que antes. Es curioso cómo evoluciona el deseo. O cómo se mantiene y es capaz de transformarse.


El lunes me quedo en casa y termino por fin la introducción. Lo que iban a ser dos páginas se han convertido en diez. Las envío a Mieke Bal y me contesta emocionada.  

El martes lo paso en la Society intentando acabar el programa del curso que comienza esta semana. Estoy nervioso. Y una vez más lo he dejado todo para el último día. Tenía una idea aproximada de la estructura del curso, pero tengo que preparar el cronograma detallado con los temas y las lecturas para cada sesión. Llego a casa mareado después de siete horas sin levantarme de la silla. Hago un poco de bicicleta para intentar despejarme y acabo más cansado de la cuenta. Termino de leer el paper para el seminario del día siguiente y me pongo de nuevo con el programa del curso, el Syllabus. Se me ha atravesado ya esa palabra. Me acuesto pasada la medianoche y apenas duermo.

Al día siguiente, cansado, intento mantener el tipo en el seminario. El inglés aún no ha decidido regresar y me cuesta trabajo seguir la discusión. Comienzo a angustiarme seriamente por la clase. Tengo once matriculados.

A medio día llega la traducción inglesa de Intento de escapada y por un momento regresa la alegría. Me gusta el tacto de la cubierta y estoy feliz con el resultado. Pero sobre todo me alegra la oportunidad de tener por fin algo que mostrar en inglés. Por fin sabrán que sé hablar, que sé pensar, que sé escribir; aunque haya tenido que llegar alguien para traducirme.


El orgullo me dura unas horas; hasta que me doy cuenta de que al día siguiente comienza el curso y debería preparar un Power Point para explicar el desarrollo de las clases y presentar algunas de las ideas generales. Buscando imágenes y organizándolo todo se me hace más de medianoche. De nuevo, la cabeza me explota y comienzo a estar mareado.

Cuando voy a cerrar el portátil para acostarme y descansar, caigo en la cuenta de que no he escrito el diario de Ithaca. Se me había pasado por completo. Pero apenas logro mantener los ojos abiertos. Me tomo un café y escribo rápidamente lo que puedo. Lo grabo susurrando más de la cuenta porque son casi las dos de la madrugada. Mañana –en unas horas–  es el día. Intuyo que esta noche la pasaré en vela.