30/1/16

Diario de Ithaca 16 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 25/1/16. Escuchar Podcast]

Amanezco en Ithaca y me asomo a la ventana. Mientras desayuno me quedo hipnotizado con la nevada. Hoy es el primer día después de la vuelta. Lo tomamos con calma. Voy a la Society y Raquel me acompaña. Quiero enseñarle el camino desde esta casa. Allí, saludo a Mary y a los administrativos de la A. D. White House. Sólo están ellas. Los demás regresan en dos semanas. Soy el único becario que ha llegado. Cornell parece un desierto.

Envío unos mails, almorzamos en el comedor universitario y bajamos al pueblo a contratar la televisión por cable. La tuve durante unas semanas pero me di de baja porque no le sacaba partido. No encontraba el modo de aguantar la publicidad y, con Netflix e internet, tenía más que suficiente para desperdiciar mis noches. Pero ahora Raquel dice que llegan los Oscars, que podemos ver capítulos nuevos de series y que es bueno tenerla. 


Cuando llegamos a casa y abro internet me encuentro con la foto de la semana: Rajoy mirando de reojo a un diputado con rastas. Ya hay tema para varios días: pijos contra perroflautas, señoritos contra desarrapados. El debate me parece una tontería. Por los dos lados. Desde luego, simpatizo más con los que se visten de modo casual que con los que se ponen la corbata. Pero, como era de esperar, enseguida todo se polariza y se convierte en postureo. Los unos y los otros, los viejos y los nuevos, los malos y los buenos. Todo esto me cansa. La política se ha convertido en pura escenografía. Espectáculo y representación. Me alegra ahora estar lejos y poder librarme de toda la tontería.


El viernes por la mañana hace frío en el salón. La calefacción no funciona. Malas noticias. Llamo al casero y al día siguiente llegan los operarios. Intentan arreglarla, pero el radiador funciona cuando quiere. Puro capricho. La nieve afuera es una postal de navidad. Pero sólo cuando uno está caliente sentado en el sofá. Con frío la ilusión se viene abajo.


Comienzo a escribir el prólogo para el libro de Mieke Bal que va a publicar Akal. Tiempos trastornados, un reader que recopila su pensamiento desde mediados de los noventa. Un libro imprescindible que rápidamente se va a convertir en una referencia.  Seguro. Mientras lo leo y reviso la traducción, no puedo parar de subrayar ideas. Afecto, movilidad, intersubjetividad... Mieke es una de las grandes intelectuales del presente. Y el libro da muy buena cuenta de lo que ha ido haciendo en los últimos años. Escribir el prólogo es toda una responsabilidad. Pero lo he dejado para último momento y ahora apenas tengo una semana para entregarlo. Como siempre, parece sin presión no sé trabajar.


Por la noche vamos al cine a ver La chica danesa. El cine del downtawn tiene un punto retro-hipster que le da a todo un aura extraña. La película es bella. Como la historia que cuenta. Me interesa sobre todo el modo en que se tratan los vestidos, las telas. Me recuerda eso que Mario Perniola llamó el sexappeal de lo inorgánico. La vida de las cosas. El género y la identidad de los objetos.


El sábado me despierto con una sorpresa: en el suplemento cultural de La Verdad aparece un reportaje sobre El instante de peligro. Una gran fotografía de Tatiana Abellán y texto suyo que me emociona. Recuerda cuándo nos conocimos y me lleno de nostalgia de aquel tiempo.



La prensa se ha llenado de referencias. Y yo, aquí, tan lejos, sin poder disfrutar de ellas. ¿Disfrutar? ¿Cómo se disfruta de eso? ¿Por qué es necesario estar cerca? Me lo pregunto durante unos segundos y no encuentro el por qué. Sólo sé que me habría gustado salir a celebrarlo con los amigos. Tomar una marinera y unas cervezas en la plaza de las flores. No sé. Hoy me gustaría estar allí.

En el exterior sigue nevando. La sensación térmica es de 21 bajo cero. Y cuando sales, te congelas.Me peso y veo que he llegado  a los 107 kilos. En los últimos meses he engordado casi siete kilos. Más de diez desde el último año. Mi cuerpo ha tomado una inercia peligrosa. Espero poder revertirla. De momento, la balanza tiene el poder de amargarme el día.

La cama de la habitación hace demasiado ruido. Lo compruebo cuando tenemos sexo, pero también cuando nos movemos por la noche. Cada vez que me doy la vuelta parece un terremoto.

Comienzo a despertarme instintivamente a las siete de la mañana y me pongo a trabajar. Parece que poco a poco voy cogiendo el ritmo. Al menos ahí ha llegado la normalidad. El prólogo del libro de Mieke Bal me tiene entretenido todo el tiempo. Y ahora pienso que no voy a poder acabarlo.

Esta semana no he leído nada de literatura. Echo de menos eso antes de cerrar los ojos por la noche. Un poquito, aunque sea una página. Pero me lo he prohibido hasta terminar el texto. La semana que viene regreso. Me espera Nabokov y Pálido Fuego. Lo he traído conmigo para comenzar con buen pie las lecturas de Ithaca. Lo miro en la estantería y se me hace la boca agua. Intuyo que no voy a poder aguantarme. 



22/1/16

Diario de Ithaca 15 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 18/1/16. Escuchar Podcast]

La mañana jueves después de Reyes la dedico a gestiones de la universidad. Me recorto la barba y me entrevistan en la radio. Por la tarde es la presentación de Presente continuo. Diario de una novela. Veo por primera vez el libro y, cuando lo tengo en mis manos, me posee una sensación extraña: ahí está mi vida, mi intimidad, mis recuerdos… todo desvelado, todo convertido en palabras. No puedo estar más feliz. En acto intervienen Ángel Montiel, mi editor en el periódico, y José Alcaraz, el editor de Balduque. Ambos son los culpables del libro. Yo improviso de principio a fin. Creo que no se hace demasiado pesado.


Después, la noche se vuelve mágica. Es el último acto antes de regresar a Ithaca. Todo suena a despedida. Pero una despedida sin drama. Feliz.

El viernes por la mañana, aún con el mareo del Jägermeister, me entrevisto con Antonio Arco. Acabo justo a la hora de comer y no tengo tiempo de dormir la siesta. Vuelvo a la universidad por la tarde y quedo con Alejandro para hablar sobre el grupo de investigación y la universidad. Hemos demorado demasiado la conversación, pero más vale tarde que nunca.

Después, me despido de Marta y todo es belleza. Una película francesa. Más tarde, salgo con Leo y más amigos y también nos despedimos. En la Yesería siento que mi cuerpo ya no da más de sí. Durante este mes no he parado un segundo. Ha llegado el momento de cerrar. Necesito la tranquilidad de Ithaca. Ahora sí. Ya no lo puedo demorar.

El domingo salgo en tren para Madrid. Viajo con Raquel. Durante el trayecto devoro la autobiografía de Ibrahimovic. Es tremendamente divertida y está llena de anécdotas que me hacen sonreír. La nostalgia desaparece. Por la noche cenamos en el Oh Baboo, un restaurante italiano que conocí con Leo gracias a Jaime. El dueño tiene una voz de cine y la pasta fresca con trufa está deliciosa.

El avión a Nueva York sale el lunes al mediodía. Hemos comprado un pasaje barato y nos toca en el peor sitio. Apenas hay espacio para las piernas. Una hora más y me las tienen que cortar. Al llegar al JFK, tras la hora y pico de cola de inmigración me meten al cuartito. Una vez más. No hay manera de que me libre. “Miguel Hernández”. La combinación es demasiado común. Tengo nombre de narco.

Tomamos un taxi que nos lleva a Brooklyn y nos cuesta más que el viaje de Murcia a Madrid. Allí nos espera Elena, que nos deja su apartamento en una de las zonas más cool de la ciudad. Hablamos sobre arte y literatura y alargamos la noche hasta que el jet lag hace su aparición. Estamos menos cansados de lo que habríamos imaginado.

Por la mañana del martes me quedo en casa acabando un texto para la exposición de La Conservera. Miro por la ventana y quisiera salir a pasear por Brooklyn. Estoy harto de que las obligaciones me impidan disfrutar de estos momentos.

A las cinco de la tarde he quedado con Keith Moxey y Michael Ann Holly para preparar el evento al que me han invitado: un diálogo sobre El instante de peligro en el Explorers Club. El Clark Institute organiza allí conferencias y hoy acoge la conversación sobre mi novela. Con ese motivo hay una recepción con vinos de Murcia, queso, jamón y productos de España. Yo llevo varios días nervioso. El inglés, por supuesto. Después de un mes en España, lo poco que sabía se ha ido perdiendo. Al final, aunque me lío en alguna parte, la intervención no sale mal del todo y los organizadores quedan contentos. Lo importante son las ideas, dice Elena. No puedo estar más de acuerdo.     


Antes de irnos a la cama, visitamos a Valeria, que está en Nueva York y nos enseña la casa que le han dejado junto al río. Desde ella se ven perfectamente el Empire State y el Chrysler. Parece sacada de una película. Raquel y ella por fin se conocen. Creo que acaban congeniando.

El miércoles, temprano, salimos para Ithaca. Alquilamos un coche y cruzamos Manhattan. Cuando me veo en el coche junto al World Trade Center, pienso en lo extraño que es todo y lo pequeño que es el mundo. Conducir por allí como si nada, como si fueran los carriles de la huerta o la gran vía de Murcia. Es una ciudad, una carretera, un coche… Todo es lo mismo. Y sin embargo no puedo parar de decirle a Raquel: ¿te das cuenta de que estoy conduciendo por Nueva York?

El viaje es agradable esta vez. Nada que ver con la agonía del principio. Cruzamos Newark (el lugar más feo del mundo) y nos dirigimos al Norte. Conforme avanza el coche, hay más nieve en la carretera y el termómetro marca menos grados. Al llegar a Ithaca, cuatro horas y pico después, todo parece una postal y el frío nos hiela los huesos.

Dejo a Raquel en la casa y devuelvo el coche al aeropuerto. Regreso en autobús y me bajo en la universidad para volver andando. No hay nadie en el campus. Camino con parsimonia mientras el frío me corta la piel de la cara. Me quedan seis meses aquí. Tengo que hacer que merezca la pena.



15/1/16

Diario de Ithaca 14 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 4/1/16. Escuchar Podcast]

El primer día de 2016 lo paso leyendo la última novela de Chirbes, sin resacas e intentando recuperarme de los excesos de la semana. Paris-Austerlitz es una pequeña delicia. Triste y melancólica, pero llena de sinceridad. Es un Chirbes diferente, más cercano a sus primeras novelas, más íntimo, más sensible. En el amor también está la política.

El sábado por la mañana almuerzo con mis hermanos en la huerta. A las diez de la mañana apenas me cabe nada en el cuerpo. Sobre todo porque llego algo tocado por la mala crítica de Babelia. En las redes escribo que todas las lecturas son posibles y que en el fondo sobre gustos no hay nada escrito. Pero no puedo evitar que enerve la lectura que Orejudo hace del libro, especialmente sus alusiones a la ligereza con la que utilizo las ideas de Benjamin. Quizá otra cosa vale, pero Benjamin… Prefiero no pensar. Afortunadamente, otras críticas me alegran la mañana. Y los gintonics con mis hermanos acaban por dejarlo todo en una anécdota sin importancia. Pero Benjamin...., precisamente Benjamin.... Ay.

Por la noche, cena con los amigos de Raquel. Nos vamos temprano a la cama.

El domingo comemos en Cabo de Palos en casa de Diego y María Luisa. La excusa es que vienen Olga y Paco, de Candaya, a presentar Familias de Cereal, de Tomás Sánchez Bellocchio. El libro es una maravilla. Casi todos los cuentos tienen un altísimo nivel, pero hay tres especialmente brillantes, sobre todo el último, que leo con muchísima emoción y que me toca directamente.


Comemos un arroz caldero, hablamos de literatura y pasamos un día muy agradable. Hay pocas personas en el mundo que hablen con tanta pasión de los libros como Olga y Paco. Y su editorial, Candaya, es un monumento a esa pasión. La literatura es posible gracias a gente como ellos, que creen en lo que hace y que pone toda su vida en ello. Hablamos del libro de Tomás y también de la próxima novela de Leo, que ya está a punto de ver la luz.

El lunes por la mañana me entrevista Luis Alcázar en el Matinal de 7TV. Me maquillan y salgo al plató con gorra. Extrañamente no me pongo nervioso. La conversación fluye y hablamos incluso de la generación Morcilla. Me siento a gusto y muy cómodo. Cuando acabo llamo a mi vecina Julia y le pregunto que cómo ha salido. Me dice que muy bien, pero "nene, vas muy feo con la barba y la gorra, no se te ve esclarecío”.


Después de la entrevista preparo la presentación del libro. Como con Marta y parece que el pasado no haya pasado y el presente siga siendo continuo. Por la tarde, la presentación es un éxito. Son malas fechas, pero la sala se llena. Converso con Tomás sobre el libro y señalo algunas de las ideas centrales de sus cuentos: lo desfamiliar, la imagen, la tecnología, el vacío, lo intergeneracional y la relación con el arte y la creatividad en la mayoría de los personajes. Realmente me ha gustado el libro. Mucho. Y creo que se me nota mientras hablo.

Buscamos un sitio para cenar y está todo hasta arriba de gente. Acabamos en un lugar donde nos sirven la cerveza en jarras de vino. De nuevo, comida y amistad en torno a los libros. Aunque sólo fuera por estos momentos la literatura merecería la pena.

Tomamos la última en el Secreto y nos vamos temprano a casa. Al día siguiente hay que comprar los reyes.

A medio día Elisa me entrevista en el Café del Arco y se nos van dos horas en la conversación. Siento que ya no me queda nada nuevo por decir y que comienzo a repetirme. Llego a casa con el roscón debajo del brazo y en cuanto lo abro comienzo a comer prácticamente hasta que se acaba. Le ponen algún tipo de droga que produce en mí un comportamiento compulsivo.

Por la noche vemos The Irrational Man. Es la mejor de las últimas de Woody Allen. Cuando la película acaba, llegan los Reyes Magos. Aunque en otros lugares la tradición es que lleguen por la mañana del día de Reyes, en mi casa siempre llegaban la noche antes. Y yo no puedo esperar. Me traen un dron. Lo había pedido todos los años, pero Raquel siempre me decía que era una tontería. Este año he debido de ser más bueno de la cuenta, o quizá a fuerza de ser pesado he logrado convencerla. Cuando abro la caja, doy un salto de alegría. Soy como un niño, lo sé. Me pongo inmediatamente a montarlo y me doy cuenta de que le falta la batería. Mañana no podré volarlo ni salir con los demás niños al parque. No importa, puedo esperar. Comienzo a leer la biografía de Ibrahimovic que también me han traído. El primer capítulo es una obra maestra. Y la última frase, me recuerda que hay cosas que perviven en nosotros por mucho que hayamos cambiado: “puedes sacar a un niño del gueto, pero nunca sacarás al gueto del él”.





10/1/16

Diario de Ithaca 13 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 4/1/16. Escuchar podcast]

Salgo con Raquel de aperitivo el día de Nochebuena. Murcia es una fiesta. Las calles están a rebosar de gente. Por algunas es imposible cruzar. Leo nos espera con y Diego y María Luisa acodado a una barra. Comemos hasta que no queda nada en el bar. 

Por la tarde Raquel regresa un momento a casa y me quedo con Leo y Diego en el exterior del Alter Ego. La cola para entrar al local da la vuelta a la esquina. No se nos pasa por la cabeza entrar. Estamos bien en el trozo de barra en el que nos hemos atrincherado. Al menos hasta que comienza el sonido atronador del sintetizador de los músicos ambulantes. Camela de Navidad. Buen momento para salir de allí.

Ceno en casa de mi cuñada, con mi suegra, las hermanas de Raquel y mi sobrino. Represento a la perfección el papel de yerno simpático y cuñado ocurrente que abre las botellas de champán. No dejo que se note en ningún momento que recuerdo a mi padre y a mi madre, que no puedo olvidar las nochebuenas cantando al belén, que sé que no volverán esas cenas en las que ya no cabía nadie más en casa. Todo aquello desapareció. Y yo hago ahora como si no lo recordara.

Al día siguiente, aún con la cena a medio digerir, visito en la huerta a mis hermanos. Ese recuerdo de los momentos de felicidad familiar –de esa totalidad perdida– regresa cuando estamos casi todos allí. Percibimos el vacío. Y nadie se atreve a hablar. También hay muchos espacios que se han transformado. Las casas se han llenado de niños. Sobrinos nietos que ya no han conocido a sus abuelos. Un futuro para el que nuestro pasado apenas es un pensamiento fugaz.

El fin de semana, lo paso en casa. Vemos Fargo y leo de un tirón El adversario. Había guardado esta novela de Carrère para un momento especial. Y ese momento ha llegado. Esta Navidad hace 20 de años que sucedió un crimen sobre el que he comenzado a escribir. Si nada ocurre, de ahí saldrá mi próxima novela. Ahora yo también he empezado a encontrarme con mi adversario. Y no tengo demasiado claro si voy a salir indemne de la batalla.




El lunes por la mañana, con 1er Escalón, comienzo el montaje de una exposición en la Conservera. Gramáticas de la temporalidad. 14 artistas que reflexionan sobre el tiempo a través de distintas disciplinas. Yo escribo los textos y teorizo. Mis compañeras se encargan de disponer las obras en la sala. Nos repartimos el trabajo.

Por la noche tenemos cena literaria. La generación morcilla se reúne en un hindú y algunos de sus miembros acabamos en un karaoke. Es tradición cada vez que Juan Soto viene a Murcia. Leo pide una canción que no me sé y la destrozamos a dúo. Acabamos en su casa y nos bebemos su whisky.

Me resfrío y paso dos días sin salir a la calle. Devoro Idea de la ceniza, de María Virginia Jaua, y me emociono con la historia de amor y duelo que vibra en sus páginas. Esbozo el texto general de la exposición, envío varias decenas de mails y siento que voy cerrando las tareas de fin de año.

El 31 me levanto algo mejor e, igual que Nochebuena, salgo de aperitivo con Raquel. De nuevo, Murcia está inundada de gente y los bares están llenos. Me quedo al final un poco con Leo y Jorge hasta que la gente comienza a irse a sus casas. Raquel dice que ya está hora de que vuelva y llego algo cansado a la casa de mi cuñada, donde cenamos con mi suegra, ella y mi sobrino. Whatsapp se cae por una hora y la gente no sabe qué hacer. Los mensajes dejan de llegar y por un instante el mundo descansa. Comemos las uvas con el vestido de Cristina Pedroche. Sólo me tomo diez, porque alguien se ha equivocado al contar. Mal augurio, pienso. Y salgo corriendo a la cocina en busca de las demás.

Después, una copa rápida y a casa. Abro Paris-Austerlitz y leo unos párrafos. Pocas cosas mejores que Chirbes para empezar el año. Cierro los ojos a las tres de la mañana. 2016 comienza. Y yo quisiera vivir en un continuo infinito. Así, siempre.