30/12/15

Diario de Ithaca 12 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 28/12/15. 

Llego a Murcia en el tren de las nueve. Me espera Raquel. Hace un mes que me fui. Todo está igual. Ella también. Parece que ha sido un parpadeo. Caigo a la cama rendido y duermo hasta la noche del día siguiente.

El martes por la tarde Tatiana lee la tesis. Sobresaliente cum laude. Celebramos hasta altas horas de la madrugada. Toco el piano en El Albero.

Al día siguiente, cansado, conferencia en Filosofía. Me siento cómodo y salgo airoso. Más de lo que había imaginado. Almuerzo con Christian y Leo y regreso a casa temprano.

Duermo en el tren camino de Barcelona. Leo me acompaña. Por la tarde es la presentación. Comemos con Jordi y hablamos de literatura. Me fio de su opinión sobre mi novela. Es sincera. Y eso es mucho.

En la presentación, Juan Soto me entrevista y yo intento responderlo todo. Creo que no estoy demasiado lúcido. Comienzo a sentir que estoy sudando y me pongo nervioso. Hay una fuerza invisible que me impide disfrutar del todo. No sé lo que es.

Lo que viene después es otra cosa. Encuentros, reencuentros, desvirtualizaciones… Amigos de antes y ahora. Todo es hermoso. Se acuña el término “Generación Morcilla”. Álvaro Colomer dice que los murcianos le van a joder el hígado. Y la noche se alarga hasta que ya no queda nada abierto. En la oscuridad acariciamos el instante de peligro. Y yo regreso al hotel pensando de nuevo en que la novela no cesa de buscar caminos para hacerse real.

Duermo en el tren. Y llego descansado. Al día siguiente reencuentro a mis hermanos en el Yeguas. Hablamos de política. Es de lo único que se habla en estos momentos. El domingo voto. Me quedo un momento parado frente a las papeletas. Soy un indeciso. Pero al fin decido hacerlo. Voto inútil. Una vez más.

El lunes, otra tesis. Rocío. De nuevo, máxima calificación. En la comida desvelo que hay una frase suya en la novela. Una de las más brillantes. Confieso que soy un vampiro de experiencias, que siempre estoy escribiendo, incluso cuando no lo hago.

Por fin, la presentación en Murcia. Llego casi sin tiempo al Hemiciclo. Y allí sí que me encuentro a gusto. Es un momento de intensidad. Amigos, familiares, lectores. Respondo con lucidez las preguntas de Manolo y Leo. Podría estar hablando hasta el fin de los días. Podría habitar ese momento mágico en bucle, una y otra vez, y jamás me cansaría.



Después, como no podría ser de otro modo, la noche se alarga. Comemos, hablamos, bebemos, nos abrazamos. Hay una secreta comunión entre todos los que estamos allí. Me siento dichoso por formar parte de ella. Y en un momento determinado comienzo a verlo todo con distancia. Intuyo que es una modo de autoprotección. Demasiado placer también nos desestructura. Al final de la noche, la novela consigue llegar a la realidad.

De regreso a casa, cuando camino por las calles de Murcia con el sol ya sobre mi cabeza, comienzo a pensar que aquí, en esta felicidad, hay también un fin. Siento claramente que algo acaba. Es un fin de fiesta. Necesito sentarme, leer, escribir, reposar… Necesito regresar a Ithaca. Jamás pensé que lo diría.

Miro hacia atrás, miro hacia este año hermoso y lleno de magia. No puedo pedir más. Miro al presente, a este preciso momento y me doy cuenta de que sigue todo aquí. La carroza no se ha convertido en calabaza. El cuento de hadas continúa. Nada se desvanece. La ilusión no es mera ilusión. Todo es real. Y sin embargo siento que es preciso parar. Frenar. Regresar a casa. Y no hacerlo porque los sueños se hayan roto, sino todo lo contrario, hacerlo precisamente porque siguen aquí, para cuidarlos, para preservarlos, para volverlos a soñar cuando sea necesario.



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25/12/15

Mis tres libros de 2015

Ves las listas de los mejores libros de 2015 y no te puedes aguantar. Quisieras, pero no puedes. Cierras los ojos y piensas en todo lo que has leído. Mucho y bueno. Una vez más, has disfrutado con la literatura. Por un momento se te pasa por la cabeza tomar el lápiz y hacer recuento. Pero la literatura no es un concurso. No tiene que ver con puntos. No hay matemática que valga. Así que mantienes los ojos cerrados y dejas que regresen a ti los libros que te han tocado por dentro, los que te han acompañado durante semanas, los que has habitado como si hubieran sido escritos para ti. Y decides que hay tres.  El primero te estrujó las entrañas y te hizo sufrir. El segundo lo sentiste como tu contemporáneo radical, tu pareja de baile perfecta. El tercero lo subrayaste de principio a fin. Tres libros imprescindibles por los que este 2015 ya ha merecido la pena.









Sergio Chejfec, Últimas noticias de la escritura, Jekyll & Jill


24/12/15

Diario de Ithaca 11 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 21/12/15. 

Casi seis horas de autobús a Nueva York. Descanso, dormito, escucho música y durante varios momentos no puedo evitar recordar el viaje de hace cinco años. Williamstown-Nueva York. En aquel entonces tuve un Sthendal mientras miraba por la ventanilla y escuchaba la música God is an Astronaut. Ahora, vuelven al sonar las guitarras del grupo irlandés, y yo recuerdo la emoción que sentí cinco años atrás. Algo se mueve por dentro desde el pasado. Y de nuevo percibo que la novela vuelve sobre mí. Es una sombra de la que no puedo escapar.

Llego a Nueva York a la casa de Keith. El portero me deja entrar, pero me advierte de que las llaves del piso las tiene la otra pareja que también se aloja allí y que quizá no vuelva ya esta noche. Yo exploro la casa y rápidamente me pongo cómodo. Me descalzo, me enfundo el pijama sin ropa interior y me tiendo en el sofá a leer El reino, el libro de Carrere que estoy disfrutando estos días. A la media hora, oigo la cerradura y entra la pareja. Vienen de una cena de gala. Me recuerdan a Nicole Kidman y Tom Cruise en Eyes Wide Shut. Es la pareja perfecta. Que se encuentra en el salón con un señor descalzo y en pijama. No me ha dado tiempo a correr hacia la habitación y ya no puedo escapar de ellos. Al final, comenzamos a hablar y descubro que el hombre es el assistant director del Clark Art Institute y la mujer, una importante agente literaria norteamericana. Saben de la existencia de mi novela. Y les interesa. La suerte me pilla en pijama. Pero la suerte no se cuestiona jamás. Comienzo a pensar que este encuentro forzado ha sucedido por alguna razón. Azar objetivo.

Al día siguiente, después de una agradable conversación con David García Casado, visito la exposición de Fernando Bryce. Me fascina, como toda su obra. Fotografío uno por uno todos los paneles, e incluso los textos del catálogo. La cámara del móvil se convierte en mi memoria.

Por la tarde, me encuentro con Sergio Chejfec y lo felicito por su libro. Discutimos la obra de Bryce y hablamos de arte y literatura. Un privilegio absoluto. Cuando acabo, tomo el metro y llego a la universidad de Columbia justo a tiempo para la conferencia de Alain Badiou sobre el futuro de la política. Aunque hay varios lugares en que no acabo de estar de acuerdo, su exhortación final me emociona y siento los ojos humedecidos. Tengo la sensación de estar ante un grande.

La mañana del miércoles paseo sin demasiado rumbo por las calles de Nueva York. Escucho The National, recorro Columbus Avenue y recuerdo que allí también se inició algo que acabó después en la novela. La sombra me posee del todo.

El avión sale a las diez de la noche. Nueva York-Estocolmo-Madrid. Es la mejor hora para viajar, de noche. Me tomo una pastilla e intento dormir. Pero justo cuando estoy a punto de conciliar el sueño, el compañero de asiento me dice que necesita salir. Así, cada media hora. Parece una tortura china. Al final acabo con los nervios alterados y no consigo dormir más de cinco minutos seguidos.

Llego a las cinco a Madrid cansado y con sueño. Pero nada más pisar la calle me espabilo. Ceno con Leo y con Michelle en un venezolano. Algo rápido y a la cama, digo. A las tres y media estamos en El café Berlín y nos hemos bebido hasta el agua de los floreros.

Al día siguiente no estoy en el mejor de los estados para la presentación de la novela en la Central. Pero me sobrepongo en cuanto veo la sala llena de gente y me siento junto a Javier Gutiérrez y Jesús Marchamalo. La conversación fluye y me siento muy cómodo. Incluso lúcido por momentos. Hablamos de literatura, autoficción, amor, sexo y arte. Me quedo hipnotizado con unos ojos que me miran desde la cuarta fila. Después, firmo muchos más libros de lo que había imaginado firmar. Es un momento mágico. Me cuesta trabajo improvisar dedicatorias, me gusta ese instante de contacto entre lector y escritor, me encanta imaginar que esa persona va a transitar por lugares que antes sólo estaban en mi cabeza. Es como conocer a los habitantes de una ciudad que uno ha contribuido a crear. Magia. No creo que haya una palabra mejor para definirlo.



Después, la noche se alarga. Rodeado de amigos me siento realmente arropado. Ni siquiera siento el jet lag. Cuando la noche acaba, en una sala de fiestas alguien me dice que ha comprado el libro y que quizá incluso lo lea. Yo siento que la noche ha llegado a su fin, y regreso al hotel solo, con un trozo de pizza en la mano y degustando la felicidad. En esa flanerie solitaria por Madrid siento que todo ha tenido sentido. Me convenzo de que no hay mejor viaje al fin de la noche.



15/12/15

Diario de Ithaca 10 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 14/12/15.

El jueves es Thanksgiving. Me levanto con resaca porque la noche anterior estuve con Maria hasta las cinco de la madrugada hablando sobre arte y política y sin parar de abrir botellas de vino. Por alguna razón, el inglés se había reconectado.

Durante el día no tengo muy claro cómo actuar. Todos tienen tareas asignadas . Maria cocina el pavo relleno. Joe y Astra hacen los postres (el pumpkin pie y el pecan pie) y también la lasaña. Yo no sé hacer nada. Just show up, me dicen. Sólo ven. Me siento inútil. Cuando no hay libros de por medio, estoy perdido.

En la cena me dejan trinchar el pavo. Como en las películas. Está también David, un amigo de Joe, y Mel, amiga de Maria. Y después llegan Craig y Jessica. Es todo una especie de performance de alegría. Una acción de gracias. La performance consiste también en intentar comerlo todo sin vomitar. Un exceso detrás de otro.

La noche es extraña. Jugamos al Scrabble. Por supuesto, pierdo. Vemos varias películas. Y seguimos comiendo. Hay algo de concurso en todo esto. Quién come más, quién bebe más, quién aguanta más. La idea era estar hasta las tantas de las madrugada y agotar las reservas de alcohol. Pero a las once ya no puedo más y a las doce estoy en la cama.

El viernes intento leer algo, pero apenas puedo. Sigo sin tener la cabeza en condiciones. El sábado es el cumpleaños de Francisco. Conozco al resto de la gente de Romance Studies y hablamos en español. A la una cierra todo y ya no hay más sitios adonde ir.

Durante la semana leo La exforma, el último libro de Nicolas Bourriaud. Está lleno de banalidades, aunque siempre apunta alguna idea interesante. Después, disfruto durante varios días de Últimas noticias de la escritura. El libro de Chejfec es brillante. Subrayo hasta los números de página.

El jueves tengo la última clase de inglés. Me dan el diploma. No he aprendido nada. absolutamente nada. Pero pone Cornell University en grande y queda bien en la foto.

Asisto a la fiesta de Historia del Arte en la casa de Annetta. Hasta el momento no he conocido a nadie del departamento. Allí me encuentro, sin embargo, muy a gusto. Y pienso que realmente no he dejado nunca de ser historiador. Aunque siempre me presento de la misma manera: historiador del arte… y también escritor. Por alguna razón me da vergüenza decirlo, pero siempre lo dejo caer.

Leo en varios días los relatos de Francisco Díaz Klaassen. Cuando éramos jóvenes. Me gustan. Y me contagia de nuevo el virus del cuento. Me surgen algunas ideas y medio esbozo un par de cuentos. Quizá tendría que volver en algún momento a las formas breves.

El sábado es la fiesta de Romance Studies. Yo ya tengo la cabeza puesta en el viaje a España. Paso la mañana haciendo gifs en el ordenador y mirando periódicos. No encuentro reseñas de la novela. Es como una búsqueda frustrada.

La fiesta es en el Big Red Barn. El dj pincha salsa. Al final consigo bailar. Después, vamos al Lot 10, y acabamos en la casa de Christina bailando bajito. Vamos perdiendo efectivos. Nos quedamos unos pocos y cerramos la noche en casa de Katryn. Unas tostadas y unos dumpings nos salvan la vida.

Al irnos de allí, Valeria me dice que hay un piano en el sótano, que la habitación está insonorizada y que podríamos tocarlo. Yo no me lo pienso. Tocamos a cuatro manos. Improvisamos. Recuerdo la novela. Una y otra vez.



Hay algo extraño en El instante de peligro. Una especie de vórtice que comunica la ficción con la realidad y que hace que las cosas sucedan de modo siniestro. Mi vida se convierte en una especie de reverberación de la novela. A veces me da miedo. Otras, sin embargo, pienso que en el fondo yo soy el mismo autor. El de la novela y el de la vida. O que la vida es una extensión de la novela. Y que inconscientemente busco revivir lo que he escrito. Escribirlo a través de la experiencia. Como si en el fondo supiera que la ficción y la realidad son la misma cosa, y que los tiempos –los de la novela y los de la vida– también retornan, se retuercen y se dan la vuelta. Una y otra vez.


4/12/15

Diario de Ithaca 9 (Preferiría no hacerlo)


[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 30/11/15.

El jueves lo paso leyendo una tesis doctoral de la que soy tribunal al día siguiente.  Apropiación y estrategias publicitarias en el arte español contemporáneo. Aprendo y tomo nota de muchas obras que no conocía.

La tesis es a las cinco de la tarde en España. Las once en Ithaca. Me visto de cintura para arriba y me dejo el pijama y las zapatillas. La tecnología funciona y puedo escuchar a la doctoranda e intervenir. Incluso después, deliberar. Todo perfecto. Y sin embargo, durante todo el acto, tengo una sensación extraña, como si en cualquier momento fueran a descubrir que bajo la aparente imagen de seriedad y el discurso intelectual sofisticado se esconde un hombre en pijama y sin calzoncillos.

Por la tarde comienzo a escribir el prólogo para Presente continuo, el libro que la editorial Balduque va a publicar con el diario que escribí hace dos años en La Opinión de Murcia. Presente continuo, diario de una novela. Así he decidido titularlo. En realidad, el diario era una especie de making of de El instante de peligro. Y eso es lo que intento argumentar en el prólogo.


Pienso en quedarme toda la noche escribiendo. Pero a finales de la tarde Maria me envía un mensaje. Si llevo vino, ella cocina unos gnocchi. Buen plan. Bajo las botellas que me había traído de Murcia y nos bebemos una cada uno. Después, recibe un mensaje: hay un cumpleaños en NorthStar y me propone acompañarla. El ambiente allí es decadente, pero yo decido bailar y hacer como si me lo estuviera pasando bien. En realidad, después de la botella de vino que llevo en el cuerpo, algo de bien sí que lo estoy pasando. Cuando la cosa se pone algo tensa vamos al Lot 10 y tomamos un gintonic que sabe a basura. Después llega Norman y nos invita a algo que es whisky pero está caliente. Un mejunje vomitivo que me bebo sin rechistar. Una chica me pregunta por lo que estoy bebiendo. Va en una jarra y parece cerveza. Y yo, que aún no he recuperado el inglés, le intento decir “bebida caliente”, pero me sale algo así como “drunk and hot” (borracho y cachondo). La chica me mira raro y se aleja de mí. Maria vuelve a casa y yo decido quedarme un poco más. Al poco tiempo me arrepiento de haberme quedado solo y vuelvo andando a casa. Cuando me acuesto (aún no es ni la una) siento que he mezclado demasiado y maldigo ese whisky caliente.

Me levanto con una resaca tremenda y miro todos los suplementos culturales de España. Estoy nervioso. Inseguro. Deseoso de encontrar ya las primeras reseñas de la novela. En la Opinión publican la crítica de Leo y la de Rubén Castillo. Son elogiosas. Y aunque en cierto modo lo esperaba, me alegran la mañana. A las once, con una resaca de mil demonios, pasan a recogerme Francisco y Sebastián. Hemos quedado para ver el clásico, que aquí es a las doce. Yo no estoy en mis mejores condiciones. Y sólo cuando llega la pizza, después de dos Gatorades, comienzo a poder fijar la vista en la pantalla. Ya es demasiado tarde. La debacle en el Bernabéu ha tenido lugar. Lo que se ve es bochonorso. Francisco viste orgulloso la camiseta del Barça. A mí ni siquiera me afecta la derrota.

Continuamos bebiendo y hablando de literatura mientras en la tele ponen otro clásico, Juventus-Milan. Ese fondo de pantalla tiene un tinte nostálgico. Me recuerda a los noventa, cuando Il calcio era la mejor liga del mundo y yo era un adolescente.

A media tarde he resucitado del todo. Y continúo con Francisco, primero en el Westy’s, donde seguimos bebiendo cervezas, y luego en una hamburguesería en el Downtown. Demasiada vida insana para un día. Pero la conversación no puede ser más agradable. Siento que he encontrado compañeros de intereses.

El domingo lo paso encerrado en casa revisando de la traducción al inglés de Intento de escapada. Me fascina leerme desde fuera. Incluso subrayo frases del libro como si hubieran escrito por otro.

El lunes me despierto y todo está nevado. Llego a Society y desde mi despacho observo el paisaje. Me quedo hipnotizado frente a la ventana. Después de comer, tomo un café con Valeria. Le digo que se parece a Anna, uno de los personajes de la novela, sobre todo en el modo en que se pinta los ojos. Es todo muy extraño. La ficción se abalanza sobre la realidad.

Por la noche, y hasta la madrugada del día siguiente, escribo el epílogo de Presente continuo. Describo el viaje al muro que protagoniza la novela. Me posee la voz. La segunda persona y la frase corta. Vuelvo a revivirlo todo. Es una performance. Una actuación. Como meterse dentro de un personaje. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para escapar de ese personaje y quitármelo de encima ahora, cuando escribo este diario y siento que esa voz me habla desde un yo del pasado.

Una crítica mala me amarga la mañana. Me da justo en el punto de flotación. Estoy inseguro. Mucho más que de costumbre. Será eso de estar lejos.

La universidad comienza a estar vacía. El martes apenas hay nadie. Parece un desierto. En el comedor coincido con un alemán que conocí en septiembre. Viene con un militar que dice que la III Guerra mundial está a punto de comenzar. No puedo parar de mirar noticias. Se me mete el miedo en el cuerpo. Me lo quita un pequeño muñeco de nieve que se resiste a desparecer en una esquina del campus.


El miércoles por la tarde hacemos la compras para la cena de Thanksgiving. Maria y Joe van a cocinar y saben lo que hay que comprar. Yo llevo el carrito detrás de ellos y me siento inútil. No tengo ni idea de lo que hablan. El vocabulario culinario no es lo mío. Compramos comida como si estuviéramos esperando una guerra nuclear. Y bebida, como si nos preparásemos para el fin del mundo. Es Acción de gracias, qué esperabas, dice Joe. Es verdad. Qué esperaba. Mañana, una vez más, todo será como en las películas.