29/11/15

Un año sin hablarnos

–Oye, tú ¿qué?, que ni me escribes ni me dices nada. Me tienes abandonado.
–Ay, perdona, es que llevo unos meses...
–Dirás "un año". 
–Eso, un año.
–Pero bien, ¿no?
–No te diré que no. No creo que me pueda quejar.
–Ni se te ocurra.
–Hombre, todo siempre puede ir mejor. Pero la verdad es que todo se parece mucho a un sueño.
–¿Lo dices por el Herralde?
–Lo digo por todo. 
–Lo de Cornell y eso, ¿no?
–Sí, claro. Y todo lo demás.
–Lo demás ¿qué?
–Todo, ya sabes, las cosas. La vida. Todo.
–Pero el caso es que yo te veo más gordo.
–Ya, y más calvo, y me noto como cansado. Pero pienso que será la edad.
–Entonces todo todo quizá no vaya tan bien. 
–Que sí, que va bien, que lo de la edad es inevitable.
–Pero ¿no te notas... como más viejo? ¿No sientes que ya todo es cuesta abajo? ¿No piensas que ya has dado todo lo que puedes dar y que el resto no es más que comenzar a descender la montaña?
–Si pensara eso, me dejaba morir ahora. 
–Ya..., no te creo. Te lo veo en los ojos. Estás triste. Por mucho que lo ocultes con la mierda esa de la novela.
–¿Triste? ¿Por qué debería estarlo?
–No sé, si no triste, melancólico, nostálgico... algo, tío, pero no estás bien.
–Y en qué te basas, si se puede saber, vamos.
–Joder, ¿lo dudas? En que has comenzado esta tarde a hablar conmigo después de casi un año de silencio. 
–Pero has sido tú el que ha empezado la conversación. Yo siempre he estado ahí. Siempre estoy, de hecho.
–¿Sí? Entonces ¿por qué no me hablas? ¿Por qué no me dices nada? ¿Por qué esperas a que sea yo el que inicie siempre el diálogo?
–¿Porque tú eres mi Súper Yo?
–Sí hombre, tu súper mierda. Aquí no hay jerarquías, lo sabes. Te apoyas en ellas para evadir tu responsabilidad. Pero sabes que nunca ha habido aquí nadie más importante que nadie. Nos lo dijeron al nacer y siempre ha sido así.
–Permíteme que discrepe. Yo siempre he querido ser como tú. Desde el principio, desde que me criaron en cautiverio. Ahí estabas tú ya, con tu gorra y tus gafas de pasta, y tus libros, y tus cuadernos...
–¿Yo? Dirás tú.
–No, tío. Eras tú. Siempre. Ahí. Por delante.
–No te entiendo. Confundes las cosas. 
–Los dos las confundimos.
–Quizá entonces no estés triste. Quizá simplemente confuso. Quizá es que mezcles lo que eres con lo que quieres ser.
–Quizá. 
–Quizá no. Seguro. A eso se llama insatisfacción. 
–¿Insatisfacción?
–Sí, como lo oyes. Frustración. Querer ser siempre lo que no eres. 
–Pero yo sólo quiero ser tú. 
–Y yo te digo que tú siempre has sido yo. 
–No lo recuerdo.
–No quieres recordarlo. 
–No. No lo recuerdo.
–Piensa un momento. Un segundo tan solo. 
–¿En qué?
–Pon la mente en blanco. 
–Ya. Ahora qué. 
–Déjala ahí.
–Eso es.
–¿Eso?
–Sí, lo que ves.
–¿Eso?
–Exacto. 
–¿Cómo has podido adivinarlo?
–Porque siempre hemos sido el mismo.
–Pero... yo te quería.
–Ya, y yo a ti. Pero las cosas son como son las cosas. Y no hay otro modo de encontrarse.
–Yo no quiero eso.
–Tú no puedes evitarlo. Eso te quiere a ti. No importa lo que tú quieras, pienses o desees.
–No lo acepto. 
–No tienes otra opción. Escribe: "se ha cumplido". Y déjalo en mis manos.
–Me resisto.
–No puedes.
–Sí puedo. Jamás vencerás.
–Ay, eres tan previsible.
–¿Sí?
–Sí.
–¿Por qué lo dices?
–Porque ya lo has escrito. 
–¿Yo? ¿Cuándo?
–Ahora. 
–Se ha cumplido.

25/11/15

Diario de Ithaca 8 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 23/11/15.

He perdido todo el inglés que había aprendido. La semana y media en España se lo ha llevado por delante. Mi cabeza está ahora en español. Y creo que no voy a encontrar el modo de cambiarla. Por eso, me dejo vencer y abro una de las novelas que he traído conmigo. El comensal, de Gabriela Ybarra. La leo casi entera de un tirón. Es cierto lo que había oído. Emocionante, justa, precisa, valiente.

Paso el viernes planificando el mes y contestando e-mails. Si los archivos digitales ocuparan espacio en mi mesa, estaría prácticamente sepultado por correos sin contestar. Demasiado trabajo aplazado. Cuando acabo, tomo unas cervezas con Joe en el Big Red Barn. De regreso a casa me doy cuenta de que debería haber ido al aseo antes de salir del bar. Hace frío y está lloviendo. Mi vejiga no puede más. Cuando veo la casa en la lejanía, noto que voy a explotar y comienzo a correr. Al llegar, no encuentro la llave. No quiero mear en la calle. Busco otra vez. Siento que todo se suelta. Me pongo nervioso. Salgo corriendo afuera. No me da tiempo a bajarme la bragueta. Y decido rendirme. Me orino encima como cuando era un niño pequeño. Siento la orina caliente llegar a los tobillos. Joe me mira desde lejos. Este momento es demasiado íntimo, dice. Y entra en casa. Imagino lo que piensa de mí. He vomitado en la escalera. Me he meado encima. Lo próximo no quiere imaginarlo.

Me ducho dos veces para quitarme el olor y llego a Coltivare Ithaca, donde he quedado con Katryn, Valeria y otros profesores españoles. Mientras los espero en la barra miro internet y no doy crédito a lo que leo: 120 muertos en París. Durante esa noche aún no soy consciente de lo que eso significa.

El sábado lo paso en casa sin separar la vista de la pantalla. No sé qué hacer o qué decir. El atentado me ha dejado sin palabras. Es como si de un plumazo se hubieran llevado por delante todos mis argumentos. Aún hoy no me sale decir nada. En las redes sociales tan sólo escribo “ufff” o “nublado”. Y es que es así cómo me siento. Paralizado, sin posibilidad de pensar nada en claro. Frente a tanta opinión y tanto experto por todos los lugares, lo que ocurre en el mundo me ha dejado absolutamente en blanco. Me miro al espejo y me doy cuenta de lo inútil que soy en estas situaciones. Estoy bloqueado. Cómo podría siquiera entender a los que tienen que actuar, a los que tienen que tomar decisiones. Todo me da vértigo. Y no encuentro la manera de superarlo.

El lunes por la mañana hago de amo de casa. Lavo, limpio, friego… pongo orden en la casa como un intento de ordenarme yo también. Por la tarde, llega mi novela. Es el momento más hermoso. El tiempo se detiene. Cierro la puerta del despacho. Abro el paquete con lentitud. Saco el libro y lo dejo sobre la mesa. Me quedo mirándolo unos segundos. Luego lo abro, lo huelo, lo llevo a mi rostro, paso página por página para comprobar que todo está ahí. Leo con miedo el primer párrafo y el último. Perfecto. Tantas noches sin dormir, tantos desvelos, tantas obsesiones… Tanto, en tan sólo doscientas y pico páginas.


Y ahora yo, tan lejos. Me gustaría estar en España. Y ver el libro en las librerías. Estar cerca de él. Me siento aquí como un padre que se pierde los primeros pasos de su hijo.

Con el rostro feliz, voy a la conferencia de Michael Löwy sobre Walter Benjamin en Latinoamérica. Aviso de incendio, su libro sobre las tesis de la historia es fundamental para mí. Después de la charla me lo presentan y le regalo mi ensayo sobre Benjamin y el arte contemporáneo. Por la noche, mientras celebro la llegada de la novela con unas cervezas y discuto sobre poliamor con Katryn, Valeria y Jonathan, comienzo a sentir el dolor de garganta. Al día siguiente me levanto con fiebre. La gripe ha llegado a la ciudad.

El miércoles, casi sin poder hablar, conferencia de Jonathan Culler sobre la actualidad de la teoría literaria. Después, cena en la Society. Allí me siento un privilegiado. Se habla de Derrida, de Agamben, de Lyotard y Foucault como si fueran amigos de toda la vida. Revivo el pasaje de mi novela en el que el personaje se siente como un impostor en medio de intelectuales comprometidos. Lo experimento todo con distancia. Pierdo por completo la voz. Vuelvo a salirme de la imagen.





20/11/15

Diario de Ithaca 7 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 16/11/15.


Semana mágica e intensa. Apenas paro un momento entre evento y evento.  Visito el despacho de la universidad y recojo el correo de tres meses. Entro en la librería y compro las novedades de tres meses. Me encuentro con Marta y le doy el abrazo de tres meses.

El jueves comienza el seminario Contratiempos: gramáticas de la temporalidad en el arte reciente, que dirijo como miembro del colectivo 1er escalón. Es el tema de mi proyecto de investigación y supuestamente debería de estar encantado con poder asistir al fin. Pero confieso que el seminario me rompe. Me habría gustado tener el tiempo libre y saborear la estancia en Murcia en lugar de estar encerrado escuchando conferencias. Aun así, acabo disfrutando del debate, aunque mi cabeza está en otro lado.

Por la noche, cuando acuesto a los ponentes, salgo con Leo por los bares. Llevo tres meses esperando el momento. Revólver está lleno y la gente me saluda. Bizz’art está extrañamente vacío, pero los conozco a casi todos. El DJ baja a saludar. Pone la última de New Order. Leo y Jorge se van. Yo me quedo hasta el final. Están los chicos de La Mano Robada. Acabo en su casa.

Al día siguiente, como con Marta y nos contamos estos meses. Después, toda la tarde de seminario. Acabamos rápido y ceno con Raquel en el Via Apóstolo. Volvemos rápido a casa y nos tendemos en el sofá.

El sábado es completo. Por la mañana, de nuevo seminario. Gran conferencia de Eloy Fernández Porta sobre la muerte del cantante de Joy Division y el arte contemporáneo. Por la tarde es la presentación de Acontecimiento, la última novela de Javier Moreno. Leo, que iba a presentarla, se pone enfermo en el último momento y tengo que improvisar una presentación con lo que recordaba de haber leído el manuscrito. No sale mal. La novela da para reflexiones infinitas. Filosofía, capitalismo emocional, paternidad, tecnología… podríamos estar toda la noche. Acabamos tarde y cenamos en el Vives. Allí “nos echan de comer”. Quizá por eso salimos a cinco euros por persona después de habernos bebido media hectárea de cebada.

La noche se alarga y se llena de amigos. María Luisa dice que se me ve radiante. Imagino que debe ser el volver a estar entre amigos, rodeado de la energía de la gente. Me siento querido, apreciado, amado. Quizá sea eso en el fondo. Sí, seguro que es eso. Acabamos la noche en la Yesería. Tenía que visitarla antes de regresar a Ithaca. No me caben más gintonics en el cuerpo. Han renovado los aseos. Todo es nuevo y brillante. Todo es mágico y extraño.

El domingo comienza la nostalgia. No me quiero ir. No ahora. Tengo miedo de perder toda esa energía que he recuperado de golpe. Llamad a Ithaca y decidles que me quedo. Aunque también es cierto que esta semana no he podido hacer nada. Ha sido todo fiesta, celebración y reencuentro. Y necesito centrarme y trabajar. Y volver un momento a la soledad. Quizá la distancia me sirva para asimilar todo esto mejor. Todo, y no sólo la novela. También la amistad, el amor, gestionar las emociones. Verlo todo en perspectiva.

El martes salgo temprano. A las seis y media de la mañana ya estoy en el autobús. En Philadelphia por primera vez no me meten al cuarto de inmigración. Han debido de pillar al Narco que se llamaba como yo. Tras seis horas de espera, el vuelo a Ithaca comienza a retrasarse en los monitores. Mala señal, dice una mujer. A las diez de la noche, tras varios retrasos más, en efecto, el vuelo se cancela y yo me caigo de sueño. Me logran recolocar a la mañana siguiente y me dan un vale para pasar la noche en un motel. Llamo por teléfono y vienen a recogerme. El coche de recogida ya se cae por todos los lados. Cuando entro al hotel, la recepción invita a todo menos a la confianza. Pero yo estoy tan cansado que podría quedarme en el motel de psicosis.  


El escándalo se oye desde la escalera. En el pasillo infinito de camino a la habitación me cruzo con cuatro hombres y dos mujeres esposados y custodiados por dos policías con chaleco antibalas y la pistola en la mano. Me tengo que hacer a un lado para dejarlos pasar. El policía me mira con cara de pocos de amigos, como diciendo “aquí no hay nada que ver, prosiga”. Y yo prosigo, justo a la habitación de enfrente de donde habían salido los esposados. Cierro con todos los pestillos del mundo y me tiro sobre la cama. La maleta sigue en el avión y duermo en calzoncillos. Estoy tan cansado que no tengo ni miedo.

Llego a Ithaca después de treinta y seis horas de viaje.  Al bajar del autobús me encuentro a Maria. Nos hemos echado de menos. También aquí hay amigos. Justo antes de entrar en casa, me resbalo y me caigo por las escaleras. No ha sido nada, digo mientras me levanto y oculto el dolor en la espalda. El viaje no podía acabar de otra forma. Con un aterrizaje forzoso.

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