27/10/15

Diario de Ithaca 4 (Prefería no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 
Escuchar el podcast (Mins. 46'30''-52')]


Los aviones me dan miedo. Lo confieso. Nunca he llegado acostumbrarme al vértigo del momento del despegue. En ese instante cierro los ojos, me arrepiento de mis pecados y dejo todo en manos de una fuerza mayor.

En el vuelo de regreso de Washington he rezado más que nunca. El avión ha tomado velocidad para despegar y, justo cuando iba a elevarse, el piloto ha decidido no hacerlo. Un fallo en el motor, ha dicho. Una suerte que lo hayamos detectado a tiempo. Mientras volvíamos a la terminal y esperábamos allí más de cinco horas he pensado en lo que eso significaba. Una suerte, sí. Después, al subir al avión y comprobar que era el mismo de antes, el miedo se ha apoderado de mí. Está todo arreglado, ha dicho por megafonía. O eso he podido entender en mi inglés defectuoso. El olor a gasolina es normal, no se preocupen.

He repasado toda mi vida mientras despegaba. Me quedan mil cosas por hacer, he pensado, pero no ha estado mal. He sido feliz. He vivido. Puedo morir tranquilo. Sólo espero que sea rápido. Y por un milisegundo –ese mismo milisegundo eterno en que me he convencido de que al final morir tampoco está tan mal– he deseado esa muerte instantánea. No me he acordado de nadie. No había más mundo que ese instante. Todo se ha frenado. Sólo había paz. Una paz interior que ahora intento volver a saborear.

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Al llegar a Ithaca, después de haber perdido varias conexiones y diez horas más tarde lo previsto, he sentido la necesidad de emborracharme. Joe y Maria me esperaban en el Chanticleer con un whisky y una cerveza sobre la barra. Abrazarlos y beberlo todo de un tirón ha sido como tocar tierra. Después me he dado cuenta de que en realidad estaba cansado. La noche ha sido extraña y aún hay cosas que no recuerdo del todo. He pensado que en realidad he muerto en el avión y todo lo que ha sucedido después ha sido una especie de segunda oportunidad.


Quizá todos morimos un poco cuando hacemos recuento de lo vivido. Y la vida que volvemos a vivir, la que emprendemos después de pensarnos en la muerte, es una nueva vida, un nuevo arranque. No sé. Quizá más que un presente continuo la vida sea una serie de infinitas paradas y arranques, de saltos incesantes hasta el gran salto final.

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El domingo por la mañana cae la primera nevada del otoño y yo me quedo hipnotizado mirando desde la ventana. Sé que voy a acabar odiando la nieve, pero no puedo evitar experimentar estos momentos como si fueran parte de una película. La ventana funciona como encuadre. Las hojas amarillentas de los árboles y la casa de madera del fondo forman la escena perfecta. En el interior también hay otra parte de la imagen. Allí estoy yo, con camisa de cuadros remangada y una gran taza de café en la mano. También eso es una imagen. El escritor nostálgico viendo nevar mientras bebe café. Me doy cuenta en ese momento de que soy espectador e imagen. Sujeto y objeto. Y eso, ese darse cuenta de formar parte de la imagen, también lo experimento como imagen. Y me quedo enredado en ese pensamiento toda la mañana.


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Noche de cervezas con Francisco y Sebastián. Hablamos en español. Literatura, fútbol y mujeres. Me siento como en casa. Bebo más de lo que puedo aguantar. Pierdo la voz. Llego tambaleándome. Vomito en la escalera. Escribo este último párrafo. Grabo este diario. Después, supongo, me tiraré sobre la cama.



20/10/15

Diario de Ithaca 3 (Prefería no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. Escuchar el podcast AQUÍ (Mins. 25'-31')]



Dos kilos más esta semana. Desde que llegué aquí no he parado de engordar. También la piel se me ha llenado de granos. Quizá sea que no como bien o que me masturbo demasiado –tampoco tanto; lo justo; dos o tres veces a la semana; no mucho más–. Aunque pienso que en realidad todo se debe al estrés. No me había dado cuenta hasta ahora. Vivo estresado. A pesar de todo, de estar aquí, en medio del bosque… en este paraíso intelectual. Sin duda, sí, es el estrés. Una especie de estrés interior. Y creo que el inglés tiene parte de culpa. No hay manera de acostumbrarse a él. Siento que pierdo pie cuando tengo que comunicarme. Quisiera ser brillante, incisivo, simpático e irónico. Y tengo que conformarme con articular cuatro simples fórmulas comunes. Esto me rompe por dentro. También me devora la responsabilidad de estar en Cornell. La necesidad de intentar en cada minuto demostrar que no se han equivocado con la beca y que sirvo para estar aquí.

Hay momentos en los que me vence la pereza y pienso en lo a gusto que estaría en casa, en mi idioma, con los míos, disfrutando de ese universo a medida que a lo largo del tiempo he logrado construirme. Allí todo es fácil. Aquí, en cambio, me siento como arrojado a un lugar que aún no me pertenece. Comienzo a habitarlo, sí. Pero aún estoy lejos de haberlo construido. Aquí no soy sino una pieza más de una maquinaria que jamás podré llegar a controlar.

Algunos días la presión es fuerte y no puedo evitar encoger el cuerpo como un niño y decir entre dientes “ay, yo quiero irme a mi casa”. Pero enseguida me recompongo, finjo que todo esto es importante, que es un gran aventura, que soy un privilegiado y que merece la pena esfuerzo. Eso me digo. A veces me convenzo. Otras, no tanto.

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Salgo de viaje hacia Washington. Colaboro en el proyecto Art in Translation y esta semana nos encontramos en la National Gallery. Por alguna razón, viajar cuando uno ya está fuera es diferente. Es irse aún más lejos. Uno siente cada movimiento del cuerpo, cada traslado, como un alejamiento constante de un hogar que ya no se  habita.

El aeropuerto de Ithaca es mínimo. Doméstico. Es como volar desde tu sala de estar. Sin duda, Marc Augé no pensaba en esto cuando cuando hablaba de los no-lugares. Al llegar a Washington me doy cuenta de que en estos meses realmente he estado viviendo en un pueblo. La ciudad me desborda. El tránsito de la gente en la calle, los edificios, el tráfico… tengo que pararme unos segundos para asumirlo.

Es una escala diferente. En Ithaca, las casas de madera. Aquí, los grandes edificios. Todo es monumental. Más allá de lo humano. Es la forma que tiene el poder de afirmarse. Imponiendo su presencia más allá de nuestra capacidad de asimilarlo. Aun así, la ciudad me gusta. Pienso que podría vivir aquí. Quizá tengo demasiado presente en la cabeza House of Cards y Washington me parece una película. En la tarde libre no puedo aguantarme y me acerco a la Casa Blanca. Quiero verla de cerca. En este mundo en el que todos los centros de poder supuestamente se han deslocalizado todavía quedan algunos. La Casa Blanca es, sin duda, uno de ellos.

Llego y hago la foto en el lugar icónico. Pienso en lo que significa hacer esa foto. Quiero llegar justo al lugar para tenerla. No vale la esquina, no vale otro punto de vista que el de la imagen icónica. Y pienso que quizá todos somos parte de una gran foto y que vamos buscando encuadres para reconocernos en la imagen. Cuando llego a la perspectiva justa, tomo la foto y observo el mundo desde allí. Hacer la foto es lo de menos. Lo realmente importante es que todo es una escena. Aunque no llevara el móvil. Yo buscaba un punto de vista, buscaba una foto, no un edificio.




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En el seminario, tengo una ardua discusión metodológica con Serge Guilbaut. Aprendí Historia del Arte con sus libros. Es uno de los mas grandes. Y sin embargo, en lugar de aceptar su propuesta sin más, se me ha ocurrido matizarla y criticarla. En mi inglés desastroso. Conforme hablaba me poseía una cierta sensación de irrealidad. Qué impertinencia, discutir de tú a tú con Guilbaut como si nada. Cronología o anacronismo. Los jóvenes ya no tienen respeto por sus mayores. Y al final, sin embargo, tan amigos. Hemos tenido un desacuerdo, ha dicho después en la cena, pero me ha gustado la discusión. En ese momento he pensado enviarme un Whatsapp a mí mismo, a mi otro yo, ese que a veces vive en su mundo, y decirme: “no te lo vas a creer, colega, acabo de discutir con Guilbaut. Qué cosas, eh?”.

Escribo todo esto –lo susurro al micrófono–  desde el hotel Liaison, casi al lado del Capitolio. La cama es más grande que mi sala de estar en Ithaca. Estos lujos como invitado jamás puedo pagarlos cuando viajo de cuenta propia y me alojo en hostales baratos. Puedo dormir en cualquier lugar. Pero es cierto que estas noches de lujo se agradecen. Sobre todo cuando está uno agotado. Como ahora, cuando después de exprimir las neuronas comienzo a notar el peso de los párpados y la cabeza apenas funciona.

Estaría más cómodo en casa, por supuesto. Allí todo es más fácil. Pero estos momentos… La vida, como la verdad, también está aquí fuera.

6/10/15

Diario de Ithaca 2 (Preferiría no hacerlo)

[ Transcripción del texto leído en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. Escuchar el podcast aquí (Mins. 27'-33')]



La única obligación de la beca durante este semestre es asistir al seminario de los miércoles. Cada semana, uno de los becarios envía un texto a los demás y durante dos horas lo discutimos en profundidad, como si nos fuera la vida en ello. Es una especie de performance académica en la que uno tiene que mostrarse y afirmar que sabe lo suficiente para estar aquí.

Reconozco que me está costando acostumbrarme. Los miro a todos, comprometidos con lo que dicen, inteligentes, leídos, perfectos… y tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Hay momentos en los que no llego a saber del todo si soy el más listo de la clase o si no me he enterado de nada, si he llegado a esto demasiado tarde o demasiado pronto. Me pasa lo mismo con mucho de lo que leo. Nunca tengo claro si estoy de vuelta de todo y he adquirido ya la distancia justa para ver las cosas con una mirada crítica o si en el fondo nunca he llegado del todo a estar en este lado y no soy más que un impostor que ni siquiera sabe cuándo está fingiendo. Como digo, n o lo tengo nada claro. En los seminarios me consuelo pensando que la culpa la tiene el inglés.

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Domingo de festival y luna sangrienta. El porchfest llena los porches de Fall Creek de música de todos los estilos. La gente del pueblo toma las calles y se percibe una especie de buen ambiente extraño. Todo se mueve entre lo hippie y lo hipster. Entre lo ecológico y lo cool. Entre el Quechua  y las camisas de cuadros. Así es Ithaca. Ecoológica y hippyster. Estos son los únicos juegos de palabras que de momento puedo hacer en inglés.

Por la noche, contemplo el eclipse de luna desde el observatorio de la Universidad. Camino en la oscuridad y siento que algo se mueve por dentro, como si realmente comenzase a recuperar el tiempo. ¿Será necesario que la luna se vuelva roja para que por fin todo se ralentice? De vuelta a casa, compro un sándwich sin pararme siquiera a ver de lo que es y me tiendo en el césped de un parque a disfrutar del momento. Son las once de la noche. El sándwich es de mermelada y crema de cacahuete. Todo está en silencio. Miro la luna. Comienzo a estar aquí.



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Lectura pública de Colson Whitehead organizada por el departamento de inglés. He leído Zona Uno, una especie de thriller culto sobre zombis que, aunque me dejó algo frío, me pareció una apuesta interesante. Ricardo, uno de los becarios, ha escrito sobre él y me recomienda vivamente El intuicionista. Es su novela de verdad, dice. Después de la lectura, compro el libro sin pensarlo demasiado, cautivado por lo que veo y escucho en la sala. La puesta en escena es brillante: rastas, chaqueta de cuadros, camiseta verde, impostación perfecta de la voz, elegancia… es un escritor como los de las películas. La lectura, con la sala a rebosar de fans, parece, de hecho, una escena típicas de las películas sobre escritores. La recepción posterior la sirven en la segunda planta, junto al lounge Pálido Fuego, una especie de santuario profano dedicado a Nabokov. Me quedo allí un momento capturado por las imágenes y los libros. Me sobreviene de pronto una especie Stendhal al verme desde fuera en ese lugar. 

Comento a unos amigos que también yo escribo ficción. Cuando me preguntan si he publicado algo y digo que sí, siento cómo se transforman las miradas. So you are a published writer, my God. Tengo la sensación de que aquí realmente importa haber escrito un libro. Aquí eso es algo serio. Aquí un libro es un libro.


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Ocurre en este lugar algo con los pies que no acabo de entender. Una pulsión de chancla, una tendencia incluso a ir descalzo que me llama profundamente la atención. En casa, todo el mundo. Y en la calle, también. No importa que llueva, truene o haga frío. Abrigo y chancleta. Y pies polvorientos, llenos de barro y encallecidos. Sé que me pierdo algo en la conexión con la naturaleza, pero nunca he podido con la sensación de tener los pies sucios. Soy demasiado urbanita para eso. Me siento extraño fuera de los calcetines. Por alguna razón necesito esa profilaxis para caminar. Calcetines y zapatillas. Esa es mi desnudez.

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Me he emborrachado varias veces con mis vecinos. Joe es americano y hace años trabajó de camarero en Ithaca. Conoce todos los bares y me asesora con las cervezas. Maria es irlandesa y tiene más aguante del que yo jamás podré soñar. Además, lee a Joyce en voz alta y escribe sobre cine  .  Los viernes comienzan en su casa. Vino, whisky y cerveza. Luego bajamos al Downtown y tomamos unos cócteles junto al restaurante francés. Después siempre hay algo en casa de alguien. No importa la hora que sea. Hay bebida gratis, música y conversación. Sin embargo, en ese momento del día mi inglés ya se ha derrumbado del todo y a veces incluso he perdido mi acento.

Al final ha sido una suerte tener que cambiarme de casa. En el fondo esto es lo que andaba buscando. Una puerta abierta al mundo real. Ithaca ha dejado de ser una postal exótica. Comienzo por primera vez a tener la sensación de que habito este lugar. Siento por fin que empiezo a estar dentro de la imagen.