29/9/15

Diario de Ithaca (Preferiría no hacerlo)

Queridos amigos, a partir de esta semana comienzo a colaborar con el programa de radio Preferiría no hacerloque se emite en Aragón Radio todos los lunes a las 21'00h conducido con sabiduría y locuacidad literaria por Sergio del Molino e Iguazel Elhombre. Será un intento de diario o, más bien, de crónica de lo que me vaya sucediendo por aquí. En un alarde originalidad lo he llamado "Diario de Ithaca" –hay días en los que uno no está para pensar demasiado–.

La primera entrada es un tanto filosófica, casi de ponerse en situación. Las próximas serán más prosaicas. Al día siguiente de su emisión dejaré aquí en el blog el texto leído y el enlace al podcast, donde, aparte de mi voz temblorosa y falta de gracia, podréis escuchar entero el Preferiría no hacerlo de la semana, sin duda uno de los programas sobre libros y literatura más interesantes y divertidos del panorama radiofónico nacional.

Esta semana: Lolita, Nabokov, Marta Sanz, Martínez de Pisón y mucho más. Y en medio de todo eso, “Diario de Ithaca”.

Escuchar el podcast Aquí



Hoy comienzo este diario. Lo hago, una vez más, porque alguien me lo pide. Tengo la sensación de que todo lo que he hecho en la vida es porque alguien me lo ha sugerido. Soy un Bartleby al revés. Ante cualquier petición, por alocada que sea, acabo respondiendo: “prefería hacerlo”. Y es así como empiezo hoy, porque Sergio me lo ha pedido y yo no sé decir que no. Mejor un diario que otra cosa.

Escribo esta vez en primera persona, como si así intentase recuperarme y dejar de lado eso yo desdoblado de mi Presente continuo, un intento anterior de dar cuenta de mi vida como si eso le importase alguien. Aquí vuelvo al yo. Por alguna razón ahora lo necesito. Y es curioso. Porque cuando uno está solo –como ahora lo estoy yo en Ithaca, en los bosques del condado de Tompkins, en el estado de Nueva York– no cesa de hablarse a sí mismo. Y muchas veces incluso en voz alta. Es una manera de ser dos, un modo de paliar la soledad. Y sin embargo, yo, solo, esta vez, no quiero ser dos, o al menos no de ese modo. Y por eso escribo hoy: “Yo. Aquí. En este preciso momento. Escribo”.  

Llevo en Ithaca más de un mes y medio, aunque tengo la sensación de que realmente he comenzado a vivir en este pueblo desde hace dos semanas. Me he tenido que cambiar de casa por culpa de unos vecinos ruidosos. Hijos de puta. Casi me amargan la vida. Tomé la decisión de irme de allí el día en que imaginé claramente cómo sería verlos morir acribillados a balazos. Me di miedo. Mucho. Y eso sí que preferí no hacerlo.

Afortunadamente la casa nueva es tranquila. Hay ruido, claro. La gente al pasar, los coches a lo lejos, incluso las campanas de las iglesias del pueblo. Pero nada fuera de lo normal. El ruido que hace la vida al moverse hacia delante.

He comenzado a ver Mad men. A veces es todo el inglés que oigo en un día. Eso y algún podcast matutino mientras camino colina arriba hacia el despacho de la Universidad. En él supuestamente tengo que investigar sobre el tiempo. A eso es a lo que he venido a la universidad de Cornell, a la Society for the Humanities, a recluirme durante un curso académico a leer, pensar y escribir sobre las relaciones entre el tiempo y el arte contemporáneo.

El tiempo. Creo que eso es precisamente lo que en el fondo he venido he buscar. Y eso – el tiempo lento, pausado, el tiempo denso que uno experimenta cuando está solo– es lo que aún no he logrado encontrar por ninguna parte.

Siento que vivo desincronizado. El tiempo que he traído conmigo –la velocidad, las mil cosas que hacer, el tiempo ansioso y repetitivo de la actualidad– me acompaña como un eco todos los días y ahuyenta todo eso que aquí he venido a buscar. Quiero quitármelo de encima, como quien se quita un jersey o una mochila. Pero las cosas son más difíciles. Es necesario mudar la piel para mudar el tiempo. Y eso se me ha olvidado cómo hacerlo.

Me preguntan “qué tal Ithaca, qué tal tu retiro”… y yo respondo que bien, paz, tranquilidad, sosiego y esas cosas. Pero en el fondo sigo en el mismo lugar. No logro apartarme del mundo, no encuentro el modo de escapar del tiempo acelerado, dejarlo correr, hacerme a un lado y ver las cosas con distancia. Estoy lejos pero puedo alejarme de nada. 

Hoy me he puesto trascendente. Lo sé. Demasiado, quizá. No siempre será así. La vida sucede sobre todo en los pequeños detalles. Pero hoy, al comenzar este diario, no he podido evitar pensar que he venido aquí a escribir sobre el tiempo, y que eso, el tiempo, ese tiempo mágico que me tendría que haberme recibido con los brazos abiertos, ha decidido esconderse y alejarse de mí.

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17/9/15

Reset

–¿Oyes eso?
–¿El qué?
–Eso.
–No oigo nada.
–Presta atención.
–Nada.
–¿Seguro?
–Seguro.
–Un poco más.
–Nada. No oigo nada.
–¿Cómo que no?
–Nada.
–Es maravilloso.
–¿El qué?
–Esto.
–¿El qué?
–El silencio.

Los grillos, el movimiento de las ramas, el murmullo lejano de la gente en la calle, el ruido atenuado de los coches a lo lejos, la pisadas leves del vecino de la casa de abajo. El silencio de la vida. El sonido de la vida normal, moderna, rutinaria, el ruido de la normalidad. Sólo ahora lo aprecias. Una semana después de haberte mudado aún tenías en tu cabeza el estruendo insoportable de los hijos de puta de tus vecinos. Se ha quedado ahí como un eco cabrón. Aunque afortunadamente poco a poco se va desvaneciendo.

Te has tenido que mudar de casa por su culpa. No ha sido fácil encontrar algo a estas alturas, pero has tenido suerte y, después de buscar como un loco, has localizado un sitio que no está mal del todo. Humilde, nada pretencioso, pero tranquilo. Nadie te molesta caminando sobre tu cabeza porque estás en la última planta. Vecinos agradables. Ya os habéis emborrachado juntos y os seguís en Instagram. Por primera vez sientes que puedes trabajar a gusto en casa. Y sobre todo descansar, dormir, leer, ver la tele o mirar al techo con la mirada perdida. Esto es lo primero que escribes. Y sientes que el tiempo se frena. Ahora sí.

Ahora empieza todo. Otra vez. Reset.

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4/9/15

Mundos paralelos (entre el sueño y la pesadilla)

En Ithaca vives en algo así como dos mundos paralelos: el mundo feliz e ilusionante de la Society for the Humanities y el mundo hijoputa ruidoso de tus vecinos. El primero es un sueño; el segundo no te deja dormir.

En la Society trabajas, lees y escribes con una tranquilidad y concentración que ya habías olvidado. El tiempo pasa a un ritmo diferente. Vives en los libros, descubres teorías, autores, disfrutas volviendo a hacer eso que en estos años casi habías dejado de lado: investigar. Durante esta última semana has conocido al resto de los becarios. Es un honor y un privilegio compartir espacio con ellos. La idea de formar una comunidad intelectual de continuo debate sobre ideas y cuestiones que te interesan es algo así como un paraíso. A pesar de tu inglés zizekiano, te vas haciendo entender y ya has presentado tu proyecto en la temida ronda de introducciones en la que cada uno cuenta su vida y su tema de trabajo –una especie de alcohólicos anónimos intelectual–. Habéis sido presentados a la comunidad de amigos de las humanidades de Cornell y parece que ya todo va sobre ruedas. Los libros que solicitas en la web de la biblioteca llegan al despacho, el ventilador funciona, la impresora tiene toner nuevo, te has acostumbrado al teclado del ordenador y ayer echaste tu primera minisiesta entre los sillones. La Society es tu casa.


De hecho, en Ithaca, la Society es lo único que es tu casa. Porque tu casa es una puta pesadilla. Anoche tuviste que salir de allí porque la música se te metía en el estómago. Te fuiste al bar y te pusiste hasta arriba de cerveza intentando paliar el cabreo. Antes, escribiste a la casera para decir que esto no lo aguantas, que vas a llamar a la policía, que así no se puede vivir y que, si no cambian las cosas ,te vas de allí. Ya no es sólo la música los días de fiesta –que parecen infinitos–, es el escándalo, los golpes, los gritos. Te has comprado unos tapones, pero ni así se puede hacer nada. Has acabado cogiendo manía a la casa y vas a intentar irte de allí antes de que ocurra una desgracia. Y es que anoche sentiste que estás en el límite de perder el control y que se te vaya la pinza. Ibas a subir a media fiesta a pedir por favor que bajaran el volumen de la música antes de que se hundiera la casa. Estabas decidido. Pero justo cuando ibas a tocar a la puerta, viste por la ventana a un colega chungo, tatuado y musculado hasta el cuello, y te entró la cagalera. No sabes si eres cobarde o prudente. Pero está claro que la prudencia tiene también sus límites. Y el tocar los huevos siempre tiene un punto de ebullición. Los tuyos están cocinándose a fuego lento, pero ya sientes el chapoteo del agua fuera del cazo. Tienes que salir de allí antes de que la cosa acabe mal y se te quemen del todo.

Hoy has comenzado a buscar algo nuevo. Habitación, casa, refugio, puente… lo que sea con tal de que sea tranquilo, al menos relativamente tranquilo. De entre todos los estudiantes, te han tocado, sin duda, los más ruidosos. Hijos de puta. Esto es lo que, junto a sus golpes, resuena en tu cabeza una y otra vez. Hijos de puta. A esto es a lo que dedicas tu tiempo en la casa. No a leer, a escribir o a descansar. Sino a pensar –y poco a poco a decir en voz alta– “Hijos de puta”. La cosa no va a ser fácil. Firmaste un contrato de un año. Tendrás que negociar y encontrar una solución. Mientras tanto, mientras escribes este post y en la planta de arriba una manada de elefantes parece que acude al grito de  un Tarzán rubio y musculado, lo único que se te ocurre decir, pensar y escribir es: “hijos de puta”.