31/5/15

Ferias y envidias

[Publicado en La Opinión, 30/05/2010]

El viernes se inauguró en Madrid la Feria del Libro y a mí no me cabe en el cuerpo más envidia. Envidia sana y de la otra. La Feria del Libro madrileña es una cita ineludible, un momento de visualización del libro y de la literatura que durante unas semanas supone un empujón importante para la industria librera –por las ventas, claro está–, pero también para la literatura y el arte de escribir libros –encuentros, charlas, tomas de contacto…–. Yo intento ir todos los años y mi tarjeta de crédito comienza a temblar cuando emprendo el viaje a Madrid. Soy un vicioso de los libros y me gusta tenerlos, aparte, por supuesto, de leerlos. Y cuando paso por las casetas de las editoriales y veo allí su catálogo todo dispuesto, me entra una felicidad indescriptible y un deseo irrefrenable. Encontrar allí desplegados todos los libros de Anagrama, de Siruela, de Tusquets, de Salto de Página, de Libros del Asteroide, de Sexto Piso...; y también de otras editoriales que no siempre uno se encuentra en las mesas de novedades, como Delirio, La Uña Rota o Gallo Nero, entre otras muchas, es un placer. Como es un placer sobre todo hablar con los editores, dejarse recomendar, preguntar “¿qué habéis publicado este año?”, esperar que te convenzan, que te muestren el catálogo, que se entusiasmen al comentar tal o cual libro… Uno siente allí un verdadero amor por los libros.



Y luego están las firmas, claro. Eso lo dejo para los más fetichistas. Aunque es cierto que uno pasea por la feria con curiosidad, mirando a los autores en la caseta, viendo a muchos de ellos con la mirada perdida esperando lectores, y a otros, desbordados por las colas. Hay algo divertido en fijarse en quien tiene la cola más larga. Recuerdo la única vez que fui a firmar, hace dos años; me confundían con librero y me pedían libros de todo tipo. Después de varias horas, aprendí donde estaban todos y acabé ejerciendo mi otra vocación, trabajar en una librería. Y también recuerdo que en una caseta cercana firmaban los cocineros de Master Chef y los cantantes de Aurin, y que allí había incluso problemas serios para mantener a la gente en la cola. Y yo miraba aquello con cierta envidia, aunque en aquel momento era envidia sana, porque yo no podía pedir más: estaba sentado en una caseta y tenía delante de mí mi novela, mi libro querido, mi hijo predilecto, y de vez en cuando –sólo de vez en cuando– alguien se acercaba y preguntaba. Y algunos compraban, y otros miraban el libro y lo volvían a dejar sobre la mesa. Pero yo era feliz. Y la envidia por la cola de los otros era una envidia sana.

La envidia mucho más insana, casi dramática, es la tengo por las ciudades, como Madrid, que no han olvidado su Feria del libro. Y la tengo porque en Murcia hace ya un tiempo que no sabemos lo que es eso. Una feria del libro como Dios manda. Que una ciudad como Murcia, en la que tantas cosas en torno a la literatura están surgiendo, haya dejado morir su Feria del Libro es triste. Mucho. Por los editores, por los autores, por los lectores, por la literatura. Por las mil cosas que suceden en torno a los libros.




26/5/15

Escribir sobre libros

[Publicado en La Opinión, 23/5/2015]

Escribir sobre libros no es hacer crítica literaria. Eso es de sentido común, pero no siempre se tiene tan claro. La crítica literaria es algo serio. Se necesita experiencia, formación, técnica, conocimiento- del objeto que se analiza… No todo lo que leemos en los periódicos o en los blogs es crítica literaria –de hecho, muy poco–. La mayoría de veces leemos reseñas –algo que está más cerca del periodismo cultural y la mera información–, o simples comentarios con pretensión de objetividad. 

Yo no soy crítico literario. Escribo de libros porque me gustan, porque me lo paso bien leyéndolos y porque a veces escribir me sirve para entender mejor lo que he leído, o para recordar, o para compartir las ideas que me resultan interesantes o las que creo que pueden resultar atractivas a otros lectores. Digo esto porque a veces me echan en cara que pongo demasiado bien los libros sobre los que escribo, que me gusta todo y que tengo la mancha muy ancha. Un poco es así, la verdad, no lo negaré; me gustan muchas cosas –en la vida y también en la literatura–, pero no me gustan todas, ni mucho menos. Lo que ocurre es que sólo suelo escribir de los libros que me interesan. O mejor, que sólo intento leer los libros que me interesan. No pierdo el tiempo leyendo libros que me están pareciendo bazofia, y mucho menos escribiendo de ellos.

Pocas veces me he levantado del cine a media película  –creo recordar que sólo dos–, pero cientos de veces sí que he dejado un libro a medio –quizá porque una película es no dura más de dos horas, y un libro te posee durante varios días–. Hay demasiados libros buenos por leer y demasiada poca vida como para andar perdiendo el tiempo en leer por obligación, y mucho menos en escribir –a no ser que uno se dedique profesionalmente a eso–.

Tengo aprobada la Literatura en el instituto. Allí sí tuve que leer por obligación. Ahora ya no. Por eso, cierro un libro si no me gusta o no encuentro allí nada interesante. Y no suelo escribir casi nunca –casi nunca– de los libros que no me gustan. Primero, como digo, porque no los termino, o acabo sobrevolándolos, leyendo en diagonal o pasando directamente al final para quitar toda la intriga –y eso no es leer en condiciones como para luego escribir–. Y luego porque me parece que, incluso aunque no me guste, el escritor merece un respeto –el escritor de verdad, digo, el que ha trabajado en un libro dejándose la piel; no el escritor de postureo–. La escritura no es fácil. Requiere paciencia, sacrificio, tiempo… y son muy pocos los beneficios a la postre.


Como mucho, si un libro no me ha interesado nada, lo resuelvo con un tuit, con una frase o un comentario rápido. Algo así como “pues yo no lo veo; o no es para tanto”. Pero no gasto una tarde de mi vida –una tarde de esas que estaría leyendo un buen libro– en argumentar por qué tal o cual libro no hay que leerlo. Por eso no soy crítico literario. Por eso lo que hago no es crítica. Es lectura, opinión, impresiones de un lector sobre los libros que le gustan o las ideas interesantes que aparecen en ellos. Y quizá por eso esta columna debería llamarse “los libros que me gustan”. O “los libros que leo son los libros que me gustan”. O “los libros de los que hablo son los libros que me gustan”. Así nadie se llamaría a engaño. No es crítica esto, no. Es amor por la lectura.  


El límite inferior

[Publicado en La Opinión]

De un tiempo a esta parte, un gran número de novelistas se han acercado a la complicada realidad socioeconómica por la que está pasando este país. Bajo la etiqueta –peligrosa– de “literatura de la crisis”, autores como Pablo Gutiérrez, Lara Moreno, Recaredo Veredas, Elvira Navarro o Bruno Galindo –por nombrar sólo unos pocos de una larga nómina– han mirado cara a cara al presente para dar cuenta de la situación precaria, inestable y demoledora que, tristemente, se ha convertido ya en el fondo de contraste del mundo que vivimos. La sensación de fin de una época, el derrumbe de todas las certidumbres sobre lo que significa vivir en un país civilizado, la demolición del mundo soñado del pasado… se han convertido en temas centrales y lugares ineludibles que cualquier literatura comprometida no puede dejar de transitar.

Dentro de esa literatura que vuelve su mirada a lo social, se suele privilegiar la visión del presente sin futuro, el panorama ruinoso tras la desolación, la pérdida de esperanza o la desolación por todo lo desvanecido, pero no siempre –o muy pocas veces– se mira hacia los orígenes del desmoronamiento. El límite inferior, la segunda novela de Nere Basabe (Bilbao, 1978), pone el foco en ese momento del pasado –del pasado reciente– en el que todo lo que era sólido comenzó a desvanecerse en el aire –quizá porque era mucho menos sólido de lo que creíamos–. Basabe sitúa su narración unos años atrás –quizá menos de una década–, en un periodo y un contexto en el que comienza a producirse el inicio del desencanto. No son los años de la bonanza económica o el pelotazo absoluto, ni los del derrumbe total, sino los del quiasmo, el instante intermedio entre el sueño y el despertar.

En la contraportada del libro se hace evidente la referencia a Rafael Chirbes, sin duda el escritor que mejor ha sabido cartografiar la España contemporánea. Y es cierto; uno no puede evitar pensar en Chirbes mientras lee El límite inferior. Una novela que se encuentra entre Crematorio y En la orilla, entre dos momentos –el de la ilusión y el de la catástrofe–, y que muestra de modo magistral la transición hacia el desastre cuando las cosas aún no se han descompuesto del todo.


El paisaje de fondo, el lodazal, la sensación de derrumbe no sólo se produce en el ámbito económico. La corrupción, la crisis, la sensación de fin de todo, de pérdida de sentido, de resquebrajamiento inminente aparece como condición última de los personajes que pueblan este libro. En La Solana, el pueblo levantino en el que se desarrolla la narración, los sujetos, atrapados ahí casi por una especie de condena, van mostrando sus contradicciones y revelándose como individuos complejos cargados de historia. Brigitte, Valeria, Víctor o Breogán, cuyas vidas se tocan en momentos particulares de la trama, son figuras profundas, llenas de recovecos que van emergiendo poco a poco. Y todos son culpables de algo; de un pasado, de un presente, o incluso de un futuro al que se resisten a entrar. No hay héroes; y la sensación con la que acabamos la lectura es desoladora. Los personajes se hacen trizas. Algunos resisten, aunque oculten sus heridas; otros no pueden evitar ser lo que son. Lo que muestra la novela es que en fondo es de ahí de donde venimos, de ese estado de cosas, de esa incertidumbre, de esa pérdida de sentido. Esa es la verdadera crisis, el origen de todo lo demás.


16/5/15

Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte

Hace ya algún tiempo escribí un pequeño cuento que titulé "Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte". Me sirvió para cerrar Infraleve, un libro de esos que uno publica cuando es demasiado joven y luego no deja de arrepentirse una y otra vez. En el relato contaba una historia real que luego muchas veces mi madre recordó: la historia de una pastilla de jabón y de una mirada en un espejo. 
Hoy, más de diez años después, una pastilla de jabón casi desaparece en mi mano. Y no he podido evitar recordar. El cuento, el jabón, el espejo, mi padre y mi madre. Ya no me reconozco en esa manera de escribir. Y al cuento le falta ritmo por todos los lados. Pero la imagen me sigue pareciendo bella. Y cada vez que me viene a la cabeza me emociono. Por eso he decidido publicarlo de nuevo aquí. Una vez más. A pesar de todo.


Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte
Desde que su marido murió, ella no hacía más que mirarse al espejo. Siempre al mismo espejo. Una y otra vez. Allí pasaba horas y horas. Mañanas, tardes y noches. Sentada. Recostada a veces sobre la silla. Mirando aquel espejo que nada tenía de particular.
Vivía sola, en un primer piso en el que apenas penetraba la luz. Y en aquella penumbra, paliada por la incandescencia de una bombilla, el espejo le ofrecía siempre la misma imagen, el reflejo de un rostro aún joven, pero marchito, marcado por el sufrimiento, ojeroso, descuidado, velado en ocasiones por algún cabello grasiento de un larga melena que en origen debió de ser rubia.
Sentada frente al espejo llevaba casi cuatro meses. Pero no estaba loca. Ella no estaba loca, se repetía una y otra vez; simplemente indagaba, buscaba algo que tenía que estar allí. De algún modo tiene que permanecer, pensaba. Algo debe quedar. Algo de él, ahí, mirándose, algún miasma de su reflejo habitando en la superficie especular.
Él se había mirado en aquel espejo pocos segundos antes de su muerte. ¿Quedaba algo de su mirada?, se preguntaba a cada momento. Quería reencontrarse allí con el infraleve poso de una mirada en un espejo. Y lo buscaba por todos los medios, amparada en la creencia de una posible sedimentación del ver, en la creencia de que lo que vemos, en cierto modo, también es lo que nos mira y que, desde allí, algo permanece.
La casa había dejado de oler a él. Progresivamente su esencia iba desapareciendo de todo. Su armario, su ropa, sus libros... sus cosas comenzaban a dejar de ser sus cosas para volver a ser solamente cosas, y nada de él iba quedando ya.
¿Lo último que tocó? Una pastilla de jabón. La pastilla con la que lavó sus manos. La misma que ella, desde entonces, acariciaba cada mañana para intentar sentir de nuevo su tacto. Pero aquella pastilla de jabón, poco a poco, también fue deshaciéndose cada mañana hasta que, cuatro meses después, apenas podía percibirse sobre sus manos.
Una mañana, cuando la pastilla se había convertido en un cristal transparente, ella supo que era la última mañana. La última que intentaría buscarlo en el espejo, la última que intentaría tocarlo en el jabón.
Se sentó como cada día a mirar su reflejo. Tanto tiempo lo había mirado que ya ni siquiera veía un rostro —el de ella— que se había hecho consustancial al espejo. Miraba sus propios ojos, pero tan sólo para in- tentar colocarlos en el mismo lugar en el que él pudo haber tenido los suyos, intentando hacerlos coincidir con lo que podría haber sido su última mirada. Si algo quedaba de él, sus ojos seguramente lo notarían.
Pero, como siempre, sus ojos no notaron nada. Sin embargo, ese día, al intentar ladear la mirada, sintió de repente un escalofrío que le subió por la nuca hasta el cuero cabelludo, y su cuerpo se erizó por completo.
¿Qué estaba sucediendo?

Nada.

Eso era precisamente lo que ocurría: que en el espejo no había nada. Absolutamente nada. Ocurría que ésa era la respuesta que tanto tiempo había buscado: “lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte”, murmulló. Nada. De él no queda ya nada allí, tan sólo su ausencia, una gran nada, inmensa, inabarcable.
Abatida, como último recurso, pensó entonces en conservar el pequeño y casi inexistente fragmento de jabón. Allí al menos sus manos sí habían tenido contacto directo. Para poder contemplarlo cada día, pensó en conservarlo en una urna de cristal. Pero cuando fue a guardarlo, la certidumbre de que, aun recordándolo, nunca más volvería a tocar lo que él tocó, hizo brotar en su ojo una lágrima, una sola, pero tan densa que, tras surcar su rostro, cayó sobre el pedacito de jabón y lo deshizo por completo.
Y allí acabó todo. El último resquicio de él diluido por una lágrima, lo infraleve de su tacto, por última vez, tocado infralevemente, y diluido para siempre.



10/5/15

Decepción

[Publicado en La Opinión, 09/05/15]

La semana pasada, en la mesa redonda que el SOS 4.8 dedicaba a “Narrar la decepción”, defendí la tesis de que uno de los orígenes de la literatura, al menos tal y como yo la entiendo, se encuentra en el desencanto con el mundo, en la sensación de que las cosas no han salido como esperábamos, que los planes se han truncado y que precisamente por eso es necesario escribir, como un remedio ante aquello que no podemos controlar. La idea de partida me la dio Muy poco… casi nada, el fascinante ensayo de Simon Critchley sobre el nihilismo contemporáneo. Allí el pensador británico observa que el origen de la Filosofía, en lugar de provenir, según la tradición  clásica, de la admiración por la belleza y las maravillas del mundo, se encuentra en la desilusión ante la imposibilidad de dar sentido a aquello que, en algún momento, creíamos conocer. La filosofía comienza, dice Critchley, “con un sentimiento indeterminado pero palpable de que algo deseado no se ha cumplido, de que un proyecto fantástico ha fracasado”.

Critchley escribe este libro tras la muerte de su padre. Y siente que debe escribirlo porque su vida se ha desmoronado, porque todo aquello que tenía sentido ha dejado de tenerlo. En ese momento el mundo encantado desaparece y se muestra en su otro, se le ven las costuras y se revela que el truco de magia era sólo un truco, que el aparente sentido del mundo es sólo aparente. Y todo se deshilacha.

La decepción surge de la articulación de dos emociones primarias: la sorpresa y la pena. La sorpresa llega porque encontramos una realidad imprevista: porque aquello que pensábamos acaba siendo diferente, porque no se ajusta a la expectativa. Y la pena, la frustración, precisamente surge porque esa cara que muestran las cosas es lado negativo de nuestros planes.

Muchos son los escritores que se han adentrado en la decepción –no se puede entender la historia de la literatura moderna sin atender a esta sensación–, pero quizá pocos hayan llegado tan lejos como el austriaco Thomas Bernhard. Toda su obra se halla atravesada por la frustración, pero hay un libro que, casi de modo destilado, muestra el modo en que esa sensación funciona en la literatura: El malogrado, una de las novelas más terribles y lúcidas que jamás he leído. Escrita en un tono obsesivo, desgarrador y áspero –como todo Bernhard–, esta obra relata la historia de aquellos que, ante la visión del genio absoluto –el pianista Glenn Gould y su ejecución de las Variaciones Goldberg de Bach–, toman consciencia de que jamás alcanzarán la gloria del arte. Wertheimer, uno de ellos –el malogrado–, vive atormentado por no poder llegar a la altura del genio y acaba sus días ahorcándose frente a la casa de su hermana –así comienza la novela–; y el narrador, también consciente de esta imposibilidad, decide dejar la música y dedicarse a la escritura, rendir memoria, contar historias, hablar acerca del genio porque jamás él podrá serlo.


La contemplación del genio, la decepción, la frustración por no poder lograr aquello que desearíamos, se muestra aquí como origen de la escritura. Si lo pensamos bien, lo que está detrás de la novela de Bernhard es la toma de consciencia de que la propia literatura es una forma de decepción. El libro surge como respuesta a la decepción. Escribimos para afrontar la decepción ante el mundo: el rechazo, la frustración, el deseo incumplido. Escribimos para entender. Escribimos, en el fondo, porque somos malogrados.

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