20/4/15

Tiempo y memoria en la cultura visual contemporánea

Esta semana, en el Museo de Bellas Artes de Murcia (MUBAM), la pasaremos reflexionando sobre tiempo y memoria en la cultura visual contemporánea. Os dejo aquí el programa por si a alguien le interesa acercarse en algún momento. Bienvenido será.




19/4/15

Versos al final de todo

[Publicado en La Opinión, 18/04/2015]

No soy yo muy de leer poesía. Por alguna razón extraña, la tengo abandonada. A veces la leo muy rápido y siento que me pierdo demasiadas cosas. Es problema mío, lo sé. Y tengo que solventarlo, también lo sé. Aun así, de vez en cuando cae en mis manos algún poemario que se me mete dentro y ya no sé cómo sacármelo. Es lo que me ha pasado recientemente con El hundimiento, el libro con el que Manuel Vilas ha ganado el XVII Premio de Poesía Generación del 27. Llevo unas semanas atrapado en su interior y no puedo parar de releerlo, una y otra vez. Se ha quedado a vivir en la mesita de noche y vuelvo a él de vez en cuando como si fuera una especie de droga perversa. Supongo que será que estoy melancólico estas semanas,  sensible, con las emociones a flor de piel. Será eso y será sobre todo que se trata de un libro sobrecogedor, terrible, brutal, absolutamente necesario. Cada poema es una bofetada. Algunos vibran directamente en las entrañas y te dejan sin aliento.

No soy crítico de poesía y no sabría juzgar el ritmo, los versos o el fraseado. Lo único que sé es que El hundimiento me ha dejado hundido. Que hay poemas allí de los que no encuentro el modo de salir. Poemas a los que vuelvo de modo obsesivo, como ocurre ante el trauma que no se puede superar y que sólo es posible repetir, de modo infinito, para hacerse aún más daño, para romperse un poco más, como una especie de pulsión masoquista. Así es como leo, por ejemplo, “974310439”, escrito a la muerte de su madre. Un bello y crudo poema en que la madre es un número de teléfono que ya nunca más aparecerá en la pantalla del móvil. 

En ese poema, como en todos los de este libro,  habita la desesperanza, la frustración, la sensación de fin, de acabamiento, de “hundimiento” y, sobre todo, de desdicha. Las cosas han salido mal; el plan era vivir de otro modo. Y aun así, al fondo late una pequeña luz, mínima, casi imperceptible: la luz de la memoria, la irradiación del pasado que se tuvo durante un momento fugaz e incluso del que se podría haber tenido. Una luz tenue y brumosa que llega al final, cuando todo está a punto de acabar o cuando ya es demasiado tarde y las cosas no tienen remedio. Es en ese momento postrero cuando recordamos a quienes hemos amado, el mundo que hemos perdido, la felicidad del aire que una vez respiramos y todo aquello que se ha desvanecido para siempre. Así ocurre en “Los cobardes”: “A cuántas mujeres has amado, di. Esa es la pregunta final, ¿en cuántas viste la felicidad universal? Hubo una, ¿te acuerdas? Hubo una, tan especial, de la que te acuerdas ahora que vas a morir.” Y así ocurre también en el poema a la madre: “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré / Te amo, finalmente.” Al final, por tanto, el reconocimiento. Pero también al final la toma de conciencia de que ya sólo queda eso. Y nada más puede hacerse: “Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero/ o te quise, ya no sé, y a quién le importa/ desde luego no a la Historia de España/ nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba/ la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.”



12/4/15

Contar historias

[Publicado en La Opinión, 11/04/2015]

Desde que leí La invención de la soledad, no puedo quitarme de la cabeza la expresión “contar historias para salvar la vida”. Allí Paul Auster aludía a la figura de Sherezade como metáfora de la pulsión de narrar para hacernos cargo de un mundo que nos sobrepasa y para suspender por un instante el momento de la finitud. Estos días he vuelto a hojear –o a “ojear”; nunca he sabido si se trata de pasar hojas o de echar un ojo– la maravillosa edición de Las mil y unas noches que ha publicado la editorial Atalanta y de nuevo he caído rendido ante la capacidad hipnótica de estos cuentos que son una especie de enciclopedia ficcional del medievo oriental. Y por supuesto, Sherezade me ha conquistado una vez más. Aunque parece seguro que el personaje es un añadido posterior para dotar de cierta linealidad a las historias, su presencia lo dota todo de un sentido diferente y convierte el libro en algo más que una serie de historias encadenadas, haciendo que los cuentos funcionen casi como una elipsis –como tiempo suspendido– de la historia con la que el lector realmente conecta, la de la propia narradora, que trabaja casi como una montadora de secuencias ya dadas, utilizando las historias de los otros para continuar pudiendo contar la suya propia.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de leer Coronel lágrimas, la primera novela del joven escritor Carlos Fonseca (Costa Rica, 1987), y allí encontré esa pulsión narrativa a la que se refería Auster. Con una prosa elegante y meditada, y una sorprendente capacidad para crear imágenes líricas, Fonseca es partícipe de esa mencionada necesidad de contar historias para entender el mundo y también para entenderse a uno mismo. En el libro, un viejo coronel se retira a los Pirineos para escribir la historia del mundo. Este retiro, que pudiera estar inspirado en los últimos días del matemático francés Alexander Grothendieck, es el punto de partida para una serie de historias donde el tiempo se retuerce y presente y pasado se confunden, y sobre todo, donde las vidas de los otros se entremezclan con la existencia del propio coronel, como si las vidas ajenas fueran configurando, casi como espejos, la vida propia.

En su análisis de la formación de la subjetividad, Jacques Lacan aludió a la “identificación con el otro” en el proceso de construcción de la identidad: comenzamos a ser conscientes de nosotros cuando nos reconocemos en el otro. Es en el afuera, en la alteridad, donde comienza a formarse lo que somos. El coronel de la novela de Fonseca parece entender esto a la perfección. Y contar la historia del mundo, una historia llena de pequeñas historias, le sirve como un modo de contarse la suya propia.


Entre otras muchas cuestiones que merecerían destacarse de este libro, me ha llamado poderosamente la atención el modo en que el narrador muestra el mundo como si fuera el operador de una cámara de cine, conduciendo los ojos del lector por los rincones de la historia. Con esa visión cinematográfica, Fonseca construye la narración a través de la focalización y el detalle, con acercamientos y alejamientos constantes tanto a la realidad física como a las historias contadas. Esta “escritura-zoom” muestra desde el principio una fuerte voluntad de estilo que confiere al libro de una alta potencia literaria y que hace pensar que cualquier relato que surja de ese dispositivo construido por Fonseca es susceptible de convertirse en una gran historia.

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