29/3/15

Escritura y contemporaneidad

[Publicado en La Opinión, 28/03/15]

Hay libros que sientes que están escritos para ti, que te hablan y te aluden directamente, como si el escritor te hubiera tenido en la cabeza en todo momento como lector ideal. Evidentemente, se trata de una ilusión. Pero no deja de ser sorprendente, porque a veces se establece una intimidad y cercanía con lo leído que va un paso más allá de la habitual comunicación narrador-lector.

Algo así es lo que me ocurre con los libros de joven norteamericano Ben Lerner. Su primera novela, Saliendo de la estación de Atocha, la disfruté con una intimidad inusitada. Y, ahora, con 10.04, que acaba de publicar Reservoir Books, esa cercanía no sólo se ha vuelto a producir, sino que se ha hecho aún mayor. Hay algo en su escritura que me cautiva. Tiene mucho que ver, desde luego, con su capacidad de análisis de la realidad, su racionalización de la experiencia, su examen minucioso de las emociones y su desapego irónico respecto al mundo intelectual en el que se mueve. Y por supuesto, también con la atención prestada al arte contemporáneo y el lúcido recuento de su experiencia ante las obras –como ocurre en 10.04 con las instalaciones de Donald Judd en Marfa, las obras de Christian Marclay, o su absolutamente genial relato de los ready-mades desfetichizados del Instituto del Arte Siniestrado–. Pero sobre todo, si percibo esa cercanía, si siento que “Lerner escribe para mí”, es, creo, porque me habla desde un tiempo común; es decir, porque es mi contemporáneo. Mientras leía 10.04 percibía que era así como hay que escribir ahora, que ése es el lugar preciso de la novela: consciente de su artificialidad, mostrando sus costuras, aprovechándola como dispositivo de análisis de la realidad contemporánea. Lerner es, pues, nuestro contemporáneo. Lo escribí respecto a su primera novela y ahora lo repito. Toma el pulso al presente. Y le habla en su propio idioma.


10.04 me ha fascinado por muchísimas cosas, aunque reconozco que ha sido su reflexión sobre la temporalidad la que más ha llamado la atención. En realidad, todo el libro tiene que ver con las diversas maneras en las que percibimos el tiempo. La enfermedad que le diagnostican al protagonista le hace sentirlo de modo alterado y la propia novela, en sí, trabaja con el dentro y el fuera del tiempo, casi como en las obras de Escher. Todo camina hacia la toma de conciencia de la experiencia temporal, como sucede con la obsesión del protagonista por The Clock, la película de 24 horas realizada por Christian Marclay y compuesta por el montaje, minuto a minuto, de escenas de la historia del cine en la que aparece un reloj marcando la hora. 


Cuando leía el momento en que se experimenta la instalación, no podía evitar pensar en el protagonista de Punto Omega, de Don DeLillo, que también nota cómo se ralentiza el tiempo en la obra de Douglas Gordon 24Hour Psycho. Allí el sujeto percibía el tiempo expandido, denso, casi táctil. En la obra de Ben Lerner, en cambio, el sujeto siente que el tiempo se diluye, se volatiza. Sin embargo, en ambos casos la escena artística es mostrada como un lugar en el que el tiempo fluye de modo diferente al de la vida cotidiana. Frente a los ritmos del capital y la mercancía, el arte propone experiencias temporales alteradas. Y esa trasformación del tiempo es, en cierto modo, una metáfora de la literatura –de la buena literatura–, que también nos hace conscientes del tiempo que habitamos, e introduce en él temporalidades alternativas que nos resitúan en el presente y nos hacen habitarlo conscientemente.



22/3/15

En el instante del peligro

[Publicado en La Opinión, 21/03/15]

La semana pasada hablábamos aquí de la editorial Candaya y de lo difícil y heroico que es montar una editorial en los tiempos que corren. Otra de esas iniciativas locas es Micromegas, el pequeño sello creado en Murcia por Javier Castro y Marisol Salanova, que, centrado en el ensayo sobre arte, ha logrado, también en muy poco tiempo, una gran visibilidad en el contexto español.

El último título de su colección, el sexto, es En el instante del peligro: postales y souvenirs del viaje hiper-estético contemporáneo, un texto de Fernando Castro Flórez que vuelve sobre las obsesiones de este profesor y crítico de arte, autor ya de una extensa obra en la que destacan libros como El texto íntimo: Kafka, Rilke, Pessoa o más recientemente Mierda y catástrofe. Con una escritura fragmentaria y plagada de citas –uno puede leer sus textos por arriba y por debajo–, Fernando Castro se interesa una vez más por las mutaciones de la cultura contemporánea y por las contradicciones de la modernidad avanzada. Y de nuevo, para analizar esos problemas, despliega una arquitectura teórica desbordante. Un corpus que emerge del cruce de la Filosofía, la Sociología, la Antropología, la Estética, el Psicoanálisis y la Historia del Arte y que realmente podríamos ponerlo en el ámbito de lo que en el contexto anglosajón se han llamado “estudios culturales”. Porque eso es en última instancia lo que presenta Castro en sus libros –y que de nuevo vemos aquí–:  un estudio de la cultura contemporánea, donde la imagen y el arte tienen un protagonismo especial, pero se encuentran rodeadas de otras manifestaciones fundamentales.



El diagnóstico que presenta Fernando Castro, y que coincide con algunos desarrollos de la teoría posmoderna (Baudrillard o Virilio), pasa por la idea de que la gran catástrofe está a punto de suceder. La sociedad va rumbo a peor y sólo hace poner la tele o mirar a nuestro alrededor para ser conscientes de eso. El lodazal del reality show, las formas del capitalismo avanzado contemporáneo, la industria del entretenimiento… han producido una banalización sin precedentes de la cultura y una extensión de la tontería que ha impregnado prácticamente todos los rincones de nuestra sociedad. Partiendo de ahí, Castro examina algunas de las connivencias de cierto arte contemporáneo con la industria cultural y con el turismo integrado –especialmente en una crítica mordaz al bienalismo y a ese arte aparentemente comprometido que en el fondo cae en el falso sociologismo y la pataleta mainstream–. Pero su texto no es sólo una denuncia de esas connivencias del arte con el sistema, también es una exploración de algunas estrategias certeras de resistencia, de la obra de algunos artistas, de algunos pensadores, que sí nos hacen ver lo que sucede a nuestro alrededor. Frente a los agoreros del “todo tiempo pasado fue mejor”, Castro propone que aún es posible el pensamiento y el arte, que aún hay espacio para la esperanza. Pero ese espacio sólo se abre si uno es consciente de que estamos “en el instante del peligro”. Esta fórmula, que proviene de la tesis VI de la filosofía de la historia de Walter Benjamin, recorre prácticamente todo el libro: debemos estar alerta; el pensador, el artista, el escritor… debe tener los ojos bien abiertos, jugárselo todo, como si estuviera ante un instante de peligro, como si le fuera la vida en ello. Todo o nada.


15/3/15

El anticuario

[Publicado en La Opinión de Murcia, 14/03/15]

En un tiempo relativamente corto –o largo, según se mire (diez años de trabajo incesante)– la editorial Candaya ha conseguido posicionarse como una de las referencias centrales en la publicación de literatura de calidad en el ámbito español. No es posible hacer una historia de la literatura contemporánea sin pasar por sus autores: descubrimientos españoles (como Agustín Fernández Mallo, Javier Moreno o Miguel Serrano), o escritores latinoamericanos cuya obra han logrado introducir –no sin cierta dificultad– en nuestro país. Autores centrales como Ednodio Quintero, Victoria de Stefano o Sergio Chejfec, que, por las más extrañas razones –que pueden ser resumidas en la dificultad de los libros para cruzar el Atlántico–, no habían tenido aún aquí la repercusión que su obra merecía. Muchos de ellos son ahora piezas indispensables de nuestro mapa literario. Confieso, por ejemplo que en mi comprensión de la literatura hay un antes y un después de Sergio Chejfec.

Es dentro de esta “recontextualización” de literaturas de calidad contrastada donde se encuadra la publicación en España de El anticuario, la primera novela del escritor peruano Gustavo Faverón, que ya ha conseguido un grandísimo éxito crítico tanto en español como en su traducción al inglés. A Faverón, profesor en Bowdoin College, le seguía la pista desde hacía un tiempo por su blog Puente Aéreo, del que fui asiduo lector durante el tiempo en que estuvo en la red. Allí se intuía una prosa y un conocimiento literario que era lógico que, antes o después, acabase explotando por algún lado. Un lado que ha sido, entre otras cosas, esta novela excepcional, celebrada por la crítica, que es una especie de caverna oscura repleta de pura literatura.


La novela, de la que autores de generaciones y gustos tan dispares como Vargas Llosa o Daniel Alarcón han escrito maravillas, es un monumento al arte de contar y una reflexión profunda y sólida sobre los límites de la razón. Una exploración de la conciencia humana y de los límites de la ética, del bien, de la responsabilidad, presidida por el espíritu del thriller y la novela policiaca.

Daniel, encerrado en un psiquiátrico por un crimen. Gustavo, el narrador, que intenta comprenderlo. Y junto a ellos, una galería de personajes en el borde de la locura. Ésos son los ingredientes una historia de adivinación, violencia e intriga escrita con belleza como un continuum obsesivo que recuerda por momentos al Gaddis de Ágape se paga.


Uno de los elementos que más me han llamado la atención de El anticuario es la capacidad de Faverón para crear atmósferas asfixiantes. Se ha comparado la obra de este autor con Borges y con Calvino. Y es cierto, la inteligencia, el modo de describir espacios, ciudades, arquitectura, tiene mucho de ellos. Pero hay en Faverón un punto de opresión que va más allá; el espacio se cierne sobre los sujetos, se convierte en algo mental y angustioso, asfixiante, como las atmósferas abstractas de Beckett. Y es que aunque uno pueda ver esos espacios descritos, hay algo que los abomba y los confunde, que los convierte en lugares con vida propia. En sujetos. Ésa es una de las características de esta novela: que los espacios acaban teniendo una entidad subjetiva. Y todo se vuelve material y denso. Los cuerpos se hacen presentes. Unos cuerpos que, sin embargo, son siembre cuerpos extraños, fuera de la norma. La enfermedad, la fragilidad o la deformidad presiden la novela. Cuerpos otros, excluidos, marginados, expulsados, cuerpos que por momentos también recuerdan a los cuerpos extraños que aparecen en los libros de Mario Bellatin. Sujetos monstruosos y grotescos que, sin embargo, están llenos de un mundo interior presidido por el arte y la poesía. Sujetos habitados por la literatura, por la pulsión de contar historias que den sentido al mundo que les ha tocado vivir. Individuos poseídos por el espíritu de Sherezade, por la necesidad de relatar historias. Historias para salvar la vida. Historias para mantener la cordura.

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9/3/15

El Imperio de Moyano

[Publicado en La Opinión, Canal de Libros, 07/03/15]

Manuel Moyano es uno de los escritores a los que más admiro. No puedo ser objetivo porque es mi amigo y, además, porque esto que escribo me va a servir de comienzo para la presentación de su novela El Imperio de Yegorov en la librería Diego Marín. Pero una cosa es no ser objetivo y otra bien distinta no reconocer el talento. A Moyano lo admiro desde hace tiempo. Y en cierto modo, aunque él no lo sabe, me hice escritor siguiendo sus pasos. La primera noticia que tuve de él fue un domingo de 2002, cuando yo tenía 24 años y había comenzado a escribir relatos. Lo recuerdo perfectamente: había dejado a mi novia –ahora mi mujer– en la casa de mis suegros y regresaba a casa en coche escuchando La torre de papel, el programa que dirigía José Cantabella en Onda Regional de Murcia. Esa noche entrevistaba a un escritor cordobés afincado en Molina que había publicado un libro magistral merecedor del Premio Tigre Juan: El amigo de Kafka y otros relatos. Moyano habló como un escritor serio, con voz grave y dominio perfecto del lenguaje. También leyó algún cuento y yo me quedé hipnotizado. Al día siguiente por la mañana compré el libro y por la tarde descubrí un mundo con el que rápidamente conecté. Desde ese momento he seguido con pasión todo lo que ha publicado. Sus libros de cuentos –El oro celeste me parece el mejor de todos–, sus dietarios, sus microficciones y también sus novelas. Sigo reivindicando a voz en grito La coartada del diablo, una novela de terror rural perturbadora e inquietante de la que no entiendo cómo no se ha hecho aún una película.

Cuando me enteré de que había quedado finalista del Herralde no pude alegrarme más. Sentí que se reconocía el talento, la trayectoria y el saber hacer de un escritor tremendamente completo. Además, el hecho de compartir editorial con un amigo era una gran satisfacción. Y tener otro “anagramo” en Murcia me hacía si cabe más ilusión.



El imperio de Yeogorov lo leí de un tirón. Es una novela hipnótica y adictiva que uno se bebe con desenfreno, casi con vicio. A pesar de su aparente experimentalismo –está construida como un collage de fragmentos archivados a través del tiempo–, el ritmo es frenético. Y en la mente del lector todas las piezas encajan. De nuevo, la dimensión visual está presente. Y de ahí sale una muy buena serie de televisión. Al leerla, por ejemplo, me acordaba de The Strain, la serie de vampiros de Guillermo del Toro.

Si alguna pega hay que ponerle es que se acaba enseguida y uno se queda con ganas de más. Se lee con la intensidad de un cuento. Y es que Moyano tiene la capacidad de tratar la novela con la energía del relato; y casi diríamos que al revés: el cuento con la profundidad y la complejidad de la novela. Incluso el microcuento. Quien haya leído sus píldoras narrativas sabrá que en cada párrafo –en ocasiones, en cada frase– hay una historia compleja. Un universo, un imperio. Y eso es lo que, por encima de cualquier otra cosa –incluso por encima del lenguaje cuidado, preciso y lleno de imágenes potentes– hace de su literatura algo realmente significativo: la presencia de un mundo. Un mundo caracterizado por lo siniestro, lo familiar-extraño, lo cotidiano mostrado a través de su reverso, lo inquietante. Un mundo donde el terror y la ironía van de la mano, y donde lo pequeño e intrascendente puede convertirse en cualquier momento en lo sublime terrible. Un universo un universo propio y singular que, a partir de ahora, deberíamos llamar “moyanesco”.



7/3/15

El cuerpo siente

Te levantas cansado. Los sueños no se van del todo. Sientes algo extraño. Los ojos húmedos. Ganas de llorar. No sabes por qué es. Escribes, lees. Vuelves a dormir. Te levantas aún más raro. Ahora tu tío escribe en tu muro de Facebook. "Lloremos juntos, sobrino", dice. Y caes en la cuenta. Siete de marzo. Siete años de la muerte de tu madre. El cuerpo, a veces, es más sabio que la mente. El cuerpo no olvida. El cuerpo siente. El cuerpo anhela. El cuerpo llora.

1/3/15

Autorreferencialidad


Una de las cosas que más me fascina de ciertas novelas contemporáneas es la manera en la que el narrador relata cómo ha construido el texto que el lector tiene delante de sus ojos. Se trata, como sabemos, de una de las características centrales de la literatura posmoderna: mostrar las costuras e iluminar el interior de la caja para mostrar que allí no hay magia, sino más bien una serie de decisiones artificiales. Ese trabajo en torno al proceso caracteriza también a gran parte del arte contemporáneo. De hecho, una de las claves del minimalismo norteamericano de los sesenta fue precisamente eso: frente al expresionismo abstracto, que intentaba exponer las verdades del ser y comunicar lo incomunicable, se interesó por cómo se hacen las cosas e inició un modo de trabajar anti-ilusiorio que, poco a poco, culminó en la puesta en evidencia de la estructura de la propia obra. En 1962, por ejemplo, Robert Morris realizó Card file, un fichero en el que cada una de las fichas aludía al propio proceso de realización del fichero. La obra se refería a sí misma y cuestionaba las fronteras entre exterior e interior.



En la literatura contemporánea ese modo de hacer es bastante común. No hay que pensar demasiado para que a uno se le llene la cabeza de cientos de libros en los que el protagonista del relato –por lo general, el narrador– escribe una novela que, al final, es la que acaba leyendo el lector. Uno de los magos de ese procedimiento es, sin duda, Paul Auster. El libro de las ilusiones, Leviatán, El palacio de la luna… sus libros son novelas sobre alguien que escribe una novela, y esa novela es la que al final leemos. Textos que remiten a sí mismos. En España podemos encontrar esa estrategia en autores como Javier Cercas. También sus novelas muestran a escritores investigando, creando un libro, escribiéndolo. Evidencian el proceso de escritura e investigación. Casi todas son así. Pero creo que La velocidad de la luz –que a mí me sigue cautivando; no me preguntéis por qué– y El impostor, su último trabajo, son las obras donde ese escribir sobre cómo se escribe se vuelve más evidente. Una escritura sobre la escritura que está en el límite del solipsismo si no fuera porque siempre hay algo, una historia –el objeto sobre el que se escribe: la violencia de la guerra, la figura de un impostor como Enric Marco– que sirve de línea de fuga y evita que la narración no acabe en una mera reflexión sobre el proceso de escritura; algo que a mí, sin embargo, me encantaría. De hecho, reconozco que Cercas me gusta más cuando escribe sobre cómo escribir que cuando lo hace como intelectual.



Son los juegos autorreferenciales los que me cautivan. Y como escritor confieso que no encuentro el modo de salir de ellos. Me atrae ese espacio intermedio en el que la realidad y la ficción se confunden. Es un lugar incómodo, móvil, en tensión, pero también un lugar seguro. Un punto ciego, un espacio informe, que siempre me ha recordado a los dibujos topológico de M. C. Escher, a sus escaleras infinitas e imposibles, y especialmente a la célebre mano pintándose a sí misma, que rompe la estructura de la representación y que al mismo tiempo la hace funcionar. Un dentro/fuera que conecta dos universos y que transforma la obra de arte –visual y literaria– en un dispositivo capaz de movilizarnos. Un artilugio que nos acoge y nos expulsa, que nos abre un espacio y al mismo tiempo nos los cierra. Creo que eso es lo propio de la gran literatura –y del gran arte–: la capacidad de retorcer el mundo, de arrugar el tiempo y el espacio, o lo que es lo mismo, de darle la vuelta a las cosas.