23/2/15

Emociones cotidianas


Hay libros emocionantes que pulsan la tecla justa para conmovernos. Libros que dan en el sitio que el lector tiene reservado para ser tocado. No se trata siempre de obras maestras, de novelas perfectas e intachables, per golpean en el lugar preciso, ahí donde más duele. Y lo hacen con elegancia y sutileza, sin demasiados artificios, sin grandes despliegues narrativos. Son libros que uno recuerda después, no tanto por la historia que contaron, sino por el modo en el que uno fue conmovido, por los momentos en los que una parte invisible del cuerpo vibró. La semana pasada hablaba aquí de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin. Sin duda, es uno de esos libros: sincero, sencillo, efectivo, justo; no es la gran novela, pero es un libro que se introduce dentro de nosotros.

Estos días he acabado de leer algunos otros que también trabajan a ese nivel. Delicados, breves, sin fuegos artificiales, pero apuntando de lleno al mundo de las emociones. Y, sobre todo, integrándolas en el ámbito de lo cotidiano. Porque, pase lo que pase, la vida siempre continúa. Porque nada frena nada por completo y todo acaba diluyéndose en la experiencia.


También esto pasará, de Milena Busquets (Anagrama), la gran revelación de la temporada, tiene ese estatus de libro emotivo. Lo devoré en un viaje en tren de Madrid a Murcia. No podía parar de leerlo. Está escrito en el tono justo en el que los libros se van introduciendo en el cuerpo, poco a poco. Se me quedó dentro el modo que tiene de trabajar el duelo, con una aparente liviandad que lleva lo terrible al ámbito de lo cotidiano. Y me intrigó también la presencia del sexo como algo curativo, reconfortante y al mismo tiempo alienante, la reverberación del cuerpo, que no nos abandona del todo ni cuando estamos poseídos por el recuerdo de la madre perdida.


Una de las claves de la novela de Busquets es, sin duda, la cotidianidad, el convertir el duelo en una emoción de andar por casa. Algo semejante ocurre –al menos a mí me ocurrió– con El viaje a pie de Johann Sebastian, de Carlos Pardo (Periférica). El modo en el que da cuenta de la vejez y la enfermedad de su padre me tocó directamente. Y lo hizo no sólo porque me recordase a la del mío, sino sobre todo por la sencillez y la sutileza con la que lo hace, integrándolo en el curso de la vida, en el ámbito de lo ordinario. Es así como suceden las cosas. El mundo no se frena. La vida es un presente continuo en el que el tiempo sigue avanzando.



Un tiempo que, es cierto, se hace lento y espeso por momentos, pero que nunca se detiene del todo. Un tiempo que está siempre permeado por lo más banal y frecuente. Algo de esto es lo que cuenta Blitz, la última novela de David Trueba (Anagrama). De nuevo, una obra sencilla pero preñada de emociones que logran conmovernos. El desamor, la soledad y el desamparo aparecen aquí a través del continuum. Tras la ruptura con Marta, el protagonista no se paraliza, como tampoco lo hacen los narradores de las novelas que he mencionado anteriormente. No; el punto de ruptura, el relámpago –ése es el significado de la palabra blitz–, aunque marque un antes y un después, no detiene el mundo. Todo continúa. Modifica la experiencia, todo se vuelve extraño, pero seguimos andando, vagando de un lugar a otro, sin saber demasiado bien dónde debemos detenernos. Quizá la vida no sea otra cosa: un trayecto ordinario donde todo, incluso lo terrible –“también esto”– pasará.



18/2/15

Libros emocionantes

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros, 14/02/15]

Hace unos meses, Salva Crespo me invitó a la librería Picasso de Granada para hacer una lectura de Intento de escapada. Habíamos intercambiado algunos tuits y nos seguíamos en Instagram, repartiéndonos me gustas y favs en las fotos y comentarios sobre algunos de los libros que estábamos leyendo. La experiencia granadina fue encantadora –a todos los niveles–. Entre otras cosas, tenía ganas de ir a esa librería y estaba dispuesto a dejarme las pestañas comprando ensayos y novelas. Lo que no imaginaba es que iba a acabar cargado de libros de la misma editorial. Desde el momento en que puse los pies allí, Salva no paró de alabar las virtudes de un sello del que decía estar absolutamente enamorado: Libros del Asteroide. Confieso que por un momento su entusiasmo me llegó a parecer excesivo –sobre todo en el desayuno, mientras yo intentaba recuperarme de la resaca y él seguía emocionado recordando algunos de los títulos que había leído en los últimos meses–. Pero al final acabó convenciéndome y me vine cargado de Granada con libros para varias semanas de lectura. Al terminar de leer el último de ellos, hace no demasiado, después de ser consciente de que entre noviembre y enero prácticamente no había hecho otra cosa que devorar novelas de esta editorial, pude comprender por fin a Salva y sentí que, en efecto, algunos de esos libros me habían enamorado y necesitaba compartir mi entusiasmo.



Por supuesto, ya había leído antes varios Libros del Asteroide –sigo fascinado, por ejemplo, con Monasterio, de Eduardo Halfon; y Antonio Ubero me había introducido tiempo atrás en el mundo de Robertson Davies–, pero confieso que nunca había prestado una atención especial al “mundo” que estos libros abría. Sin embargo, en estos meses he quedado prendado de su edición bella y cuidada, de sus traducciones precisas y elegantes, y sobre todo unos textos que dan en un lugar concreto al que no es fácil llegar: el alma. Ya sé que esto queda cursi decirlo –y aún más escribirlo–. Pero el caso es que la literatura que publica Luis Solano se le mete a uno muy dentro y reverbera después durante mucho tiempo. Eso es lo que me pasó con uno de los libros más hermosos que he leído en tiempo: ¡Melisande!¿Qué son los sueños?, la primera novela de Hillel Halkin, un autor que, con 73 años escribe como un joven enamorado y cuya prosa sencilla, desnuda y sincera te posee como si alguien te estuviese hablando al oído, susurrándote las verdades más profundas sobre la existencia humana. Después, leí Qué fue de Sophie Wilder, de Christopher Beha, y En lugar seguro, de Wallace Stegner. Los dos fueron grandes descubrimientos. Y los dos entran también de lleno en el ámbito de las emociones: la amistad y el amor, y cómo se deterioran o modifican con el paso del tiempo. Uno se sumerge allí de lleno en la vida de los otros. Una vida donde la presencia de la fe, de lo moral y de los cuestionamientos éticos está siempre presente. Libros como vidas. Libros que hacen pensar a través de las emociones. Ahora tengo sobre la mesita de noche Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler. De nuevo, ha sido Salva quien me ha puesto los dientes largos. Supongo que en cuanto acabe de escribir esta columna, lo abriré y me perderé entre sus páginas, consciente de que allí dentro me espera otra historia inolvidable.



13/2/15

Auster

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros]

La semana pasada Paul Auster cumplió 68 años y, como homenaje, yo subí a Facebook una foto de algunos de sus libros –los que han regresado a casa después de haber sobrevivido a préstamos varios–. Soy fan, lo confieso. Auster es el autor de uno de los libros más bellos que jamás he leído: La invención de la soledad. Un recuerdo del padre, una metáfora de la escritura como memoria y de la narración como medio para salvar la vida. Un libro emocionante y sincero. Eso fue lo primero que leí de él. Después, me enamoré de su prosa, de su mundo, de sus casualidades, de sus historias llenas de vasos comunicantes, de su metanarrativa, me enamoré incluso de su voz grave y su tez cobriza. Y no hay una sola línea suya que no considere esencial.



Sé esto que digo es irracional —así somos los fans; no atendemos a razones— y que, para muchos, Auster es un moderno de medio pelo: vanguardia popular, experimentalismo banalizado; nada que ver con la altura de Pynchon, Roth o DeLillo. Pero sobre todo soy consciente de que lo común suele ser decir: «¿Auster? Sí, al principio. Pero ya hace tiempo que no. Me gustaba cuando no era mainstream. Sus primeros libros están bien —La trilogía de Nueva York, La música del azar, si me apuras, Leviatán o El palacio de la luna—, pero luego ya no volvió a escribir nada bueno. Sin embargo, para mí Auster es un grande. Y, como digo, me gusta todo lo que escribe. No puedo escribir una línea sin sentir la influencia de sus lecturas. Y si me entero que va a publicar algo, cualquier cosa, no me quedo tranquilo hasta que lo leo. Lo compro en inglés aunque me cueste trabajo entenderlo. En ebook y después en papel. Creo que leería hasta sus whatsapps.

Hay escritores de libros y escritores de obra. Eso lo ha dicho en varias ocasiones Vila-Matas. Escritores de grandes libros, diferentes entre sí, y escritores que poco a poco, libro a libro, van construyendo un edificio literario. Yo creo que Auster se encuentra a medio camino entre una cosa y la otra. Tiene libros magníficos, historias memorables, narraciones singulares de las que uno ya no se olvida jamás (¿cómo quitarse de la cabeza las películas de Hector Mann que vertebran El libro de las ilusiones, o los vuelos del joven protagonista de Mr. Vértigo?—. Pero junto a esas grandes historias, a través de sus libros, el escritor de Brooklyn ha ido construyendo paso a paso un mundo reconocible y habitable por los lectores —una estética, unos temas, unos personajes, una manera de entender la vida, una voz—, un edificio en el que cada texto es un peldaño, un muro, una esquina, un elemento constitutivo esencial. En los escritores de obra todo cuenta, incluso los libros que aparentemente ‘se repiten’. Porque el gran libro de Auster es precisamente ese mundo ‘austeriano’ construido por el conjunto de sus libros. Un mundo lleno de azares, de lugares nostálgicos y de contadores de historias. Un mundo moderno y al mismo tiempo encantado en el que la magia aún no ha desaparecido del todo y las cosas cambian de la noche a la mañana. Un mundo propio que se pone en juego en cada párrafo, en cada historia, en cada personaje. Confieso que en pocos lugares me encuentro más a gusto que en ese universo literario.