10/11/15

Diario de Ithaca 6 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 9/10/15.

Ithaca-Philadelphia, Philadephia-Barcelona, Barcelona-Alicante, Alicante-Murcia. Más de veinte horas de viaje entre aviones y esperas. En el aeropuerto de Philadelphia acabo de ver The Flash. Cuatro episodios seguidos. Disfruto como un crío. En el avión, comienzo a leer la última versión de La edad media, la novela de Leonardo Cano que va a publicar Candaya. Hay momentos en los que no puedo contener la risa.

Miro por la ventana, veo la tele, leo, cierro los ojos, no duermo… No puedo parar de pensar en lo que supone el viaje de vuelta. La cabeza es ahora un torbellino. Una felicidad que se me ve en el gesto por mucho que quiera esconderlo.

Al llegar a Alicante, me espera Leo. Nos abrazamos y me dice: “Estás igual”. Llego a casa unos minutos antes que Raquel. Abro la puerta y me quedo unos momentos ahí intentando asimilar que ésa realmente es mi casa. Todo me resulta extraño. Me paseo como un flaneur distante por todas las habitaciones. Entro con sigilo, como cuando uno baja un sujetador para descubrir en un tesoro, en mi despacho. Miro los libros con nostalgia. Me siento unos segundos frente al escritorio. Es aquí, sí. Este es el lugar.

Cuando llega Raquel nos quedamos unos segundos mirando y también nos decimos “qué raro”. Nos vemos todos los días por Internet, así que parece que la distancia se ha evaporado. Pero la imagen no es el cuerpo. Nos abrazamos, nos besamos, apenas paramos unos minutos para comer. Nos redescubrimos. Todo es igual y diferente. El calor, la piel, el placer… nos quedamos tendidos toda la tarde sobre la cama.

Al día siguiente, visito a mis hermanos a la huerta murciana. Desayunamos carne a la brasa y vino de barril. Eso también lo he echado de menos. Después, me acerco con Leo a la plaza de las Flores. Una cerveza y una marinera. Vemos la primera parte del Madrid en el Parlamento. Es casi una visita notarial, para comprobar que todo sigue en el mismo lugar.

Por la noche duermo lo justo. Al día siguiente, salimos para Barcelona. Y esa noche sí que no duermo. Intento relajarme, pero los nervios me consumen. Los nervios y el jet lag. Intento no pensar en nada. A veces lo consigo, pero enseguida hay una vocecita que me dice: es más de lo que habías soñado. Debes saborear hasta el último momento. No duermas. Disfruta.

Por la mañana encuentro a Marta Sanz en el desayuno y nos abrazamos. No concibo mejor compañía para el Premio Herralde. Marta es una de las escritoras que más admiro. Es inteligente, precisa, irónica, y escribe como Dios. Y sobre todo, es una de las mejores personas que conozco. La alegría es doble.

Llega el momento. Maria Teresa nos hace de anfitriona y nos lleva de un lado a otro mientras no cesan de fotografiarnos. Me dicen que sonría, pero digo que tengo que poner cara de malo porque si no parezco un pánfilo.

Después llega Herralde y se para el tiempo. Sigue siendo un mito para mí. Por mucho que sea agradable y simpático, por mucho que lo quiera. Hay una especie de aura que no puedo evitar.

La rueda de prensa es rápida y sale bien. Hablamos como buenos profesores. Lo llevamos todo pensado. Después, la locura. Preguntas, entrevistas, mil mensajes, tuits… todas las aplicaciones del móvil se llenan de puntitos rojos de mensajes sin contestar.

Raquel hace buenas migas con Chema y los demás. Todo es pura normalidad. Gente normal, me dice. Así da gusto.

En la siesta entro un segundo a Internet y todo me desborda. Intento contestar mensajes, los que puedo. Y de nuevo no duermo. Percibo una felicidad sincera en las enhorabuenas. Siento realmente el calor de los amigos. Se lo digo a Raquel: no sé si puedo pedir más en la vida.

Por la tarde es el cóctel. El St. Remy ya es otra cosa. Está a rebosar. Encuentro allí algunos amigos: Llucia, Juan, Iván, Ella, Milena, Eloy, Menene… y muchísima gente que se acerca a dar la enhorabuena. Nos entregan el premio y tenemos que decir unas palabras. En ese momento, me aturullo y pongo el piloto automático. Me veo desde fuera y sigo estando en una especie de nube. Creo que se me nota que soy de pueblo.

Cenamos con los miembros del jurado y parte del equipo de Anagrama. Nos reímos con las historias de Salvador y Lali. El ambiente es relajado. Todo es fiesta.

La noche acaba en el Ghiardinetto. No aguanta todo el mundo. Pero yo me quedo hasta que cierran. Con la euforia no logro emborracharme y conservo la lucidez por mucho que beba. Por eso cuando nos echan del bar decido que es buena hora para regresar al hotel. Los más intrépidos siguen a Llucia. Yo emprendo el camino a la cama.

El martes visito la editorial por primera vez. Me quedo embobado. Me quedaría a vivir allí dentro. Paula me regala libros y yo salgo orgulloso con la bolsa de Anagrama, como un niño que hubiera ido a visitar una fábrica de chocolate. Pienso una vez más que de eso de trata todo esto. De la emoción de un niño grande al que los sueños se le han cumplido.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

La obra es un autentico producto del provincianismo mas profundo. El que cree que la literatura es encadenar topicos y adornarlos con metaforas. Preocupa enormemente que hubiera algun editor que considerare que eso era otra cosa que el bodrio infumable que es.

Anónimo dijo...

¿A qué obra se refiere usted?