31/12/14

Cosas de 2014

Se acaba el año y no sabes si quieres que termine. Cinco minutitos más, cinco minutitos, dices. Durante el año no han dejado de suceder cosas. La mayoría han sido buenas. Ahora, de hecho, sólo te acuerdas de esas. Las malas ya las sufriste; los peores momentos han pasado. Miras hacia atrás y te preguntas: ¿y qué he hecho yo en 2014? Algunas cosas. Las piensas durante un momento y decides escribirlas conforme te vienen a la cabeza. No todas, claro. Pero sí algunas.

Has escrito una novela. Lees los posts del Presente continuo de fin de año y ves que la noche del 31 de diciembre de 2013 por fin habías encontrado el tono y la estructura de la novela. Aunque ya estuviera allí desde bastantes meses antes, has tardado un año en escribirla y darle la forma definitiva. Así que, en cierto modo, 2014 lo recordarás por ser el año en que escribiste tu segunda novela.

Además de eso, en 2014...

-Te has apuntado al gimnasio y has vuelto a pasar semanas sin ir. Estas cosas nunca cambian.

-Has corrido menos que en 2013. Has perdido el hábito. Volverás a recuperarlo –esperas.

-Te has operado y has pasado un verano bastante jodido. Pero ahora tu cuerpo lo agradece y estás contento.

-Has bebido demasiado. No sabes si vas a hacer propuesta de enmienda de esto. Quizá otro año.

-Has escrito algunos artículos sobre arte. Cada vez te gusta menos hacerlo.

-Has salido de fiesta. Mucho. Tampoco sabes si vas a intentar cambiarlo. Aunque es cierto que te sientes cada vez más viejo. Tu segunda juventud –en realidad, tu primera, porque la primera la pasaste leyendo recluido casa– tiene visos de ir llegando a su fin. Te notas cansado, te vas antes de los bares, te cuesta aguantar hasta el final. Serán los años.

-Has viajado. Menos que otros años, pero también bastante

-Han traducido tu novela a varios idiomas. Todavía no te lo crees.

-Te han concedido una beca para pasar el curso que viene en Cornell y ahora sientes miedo y responsabilidad.

-Has dormido. Menos de lo que te gustaría. Esto sí quisieras cambiarlo.

-Has comido. Mucho. Más de lo necesario. Pero es que te gusta tanto...

-Has dado clase sin parar. Has hecho papeles hasta el fin.

-Has bebido café.

-Has visto fútbol. No todo el que te gustaría. Pero bastante. Con la Décima te fumaste un puro y te bebiste un whisky de los buenos.

-Has escuchado música. Todos los días.

-Has escrito casi todos los días un diario, Presente continuo, que al final has dejado antes de que se acabara el año. Ha sido una gran experiencia que quizá algún día vuelvas a repetir.

-Te las levantado algunos días con dolor de cabeza. Por varias razones.

-Has ido a algunas inauguraciones. No demasiadas.

-Has dado conferencias y has presentado libros en público. Hasta la extenuación.

-Has estado escribiendo hasta las tantas y luego casi no has podido dormir.

-Has visto algunas películas buenas. No demasiadas. Algunas series buenas. No tantas como quisieras.

-Has leído todo lo que ha caído en tu mano. Has pasado noches en vela con un libro en la mano. Pocas cosas te resultan más placenteras.

-Has follado. Con ganas. Todo lo que has podido –lo que te han dejado–. Esto tampoco te gustaría cambiarlo.

-Has conocido a gente excepcional. Este año especialmente. Personas que ya nunca podrás olvidar.

-Has amado. Mucho. Todo lo que has sabido. No puedes ser más afortunado.

¿Y ahora qué?, te preguntas. No sabes qué más pedir. Quizá que el 31 de diciembre de 2015 puedas volver a hacer esta lista. Y que alguna de las cosas –sobre todo la última– vuelva a suceder.


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28/12/14

El virus de la escritura

Terminas. Dices fin. Una vez más: fin ahora. Fin de nuevo. Corriges, quitas erratas, eliminas reiteraciones, insertas palabras, música, ritmo, miras desde lejos, desde cerca, haces todas esas cosas, sí. Pero ya has terminado. Lo sabes, lo intuyes, lo tienes claro. Y lo sabes porque la novela ya no está ahí. Ya no está dentro. Ha salido. No te obsesiona. Se ha ido. Ha ido saliendo poco a poco. Te importa como forma, como objeto, como mero dispositivo artesanal: quién la publicará, cómo, cuándo, cómo hacer para que se lea mejor, para mantener la tensión, para que se entienda esta frase, esta idea, este párrafo... Pero ya no te obsesiona. Se ha ido. No está.

Te das cuenta por la noche, antes de dormir. Ya no piensas en ella. No piensas en Martín, en Anna, en Sophie, en Lara, en Dominique, en Rick. No piensas más en ellos. La historia te ha abandonado. Sólo quedan flecos, síntomas de que hubo un tiempo en que te poseyó por completo. Moratones, arañazos, pequeñas heridas que aún debes curar. Pero ya no la historia. Ya no el virus. Ya no el cuerpo inflamado en todo momento por la historia. Por esa historia que te ha acompañado en el último año.

Pero no hay vacío. Acabar no es, al menos en tu caso, un vacío. No hay vértigo; sólo continuidad de espacios. La historia que has escrito acaba de ser expulsada por otra. Por otra historia que has notado llegar poco a poco, que se cierne sobre ti antes de dormir.

Por un momento las historias conviven. La nueva surge como vibración, como posibilidad futura para cuando la anterior desaparezca. Pero la posibilidad crece día tras día. Y hay un instante en el que adviertes que ha ganado la batalla. Aunque la otra aún no se haya publicado, aunque aún falte trabajo para dejarla como tú querías. Tendrás que hacerlo, claro; es un libro. Pero ya es trabajo; pura artesanía. Harás lo que sepas; no más. Está fuera. No es cosa tuya. Podría hacerlo cualquiera. Ya no hay obsesión ahí. Ahora sólo te importa la otra, la que no te deja dormir, la que arrebata tu realidad, la que ya no sabes quitarte de encima. Lleva un tiempo instalándose en tu organismo. Y no tiene intención de moverse de ahí a menos que encuentres la manera de escribirla.


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21/12/14

Yo también hago listas, aunque sean cortas: mis tres mejores libros de 2014

Por supuesto, faltaría más, aquí también habrá que hacer listas. Lo mejor de 2014. Tendría que decir: mucho. Porque en 2014 me he dejado las retinas a base de bien. He leído todo lo que ha caído en mi mano. Y puedo decir, así, a bote pronto, que ha sido maravilloso. Es cierto que a mí me gusta casi todo, que aprecio que alguien se ponga a escribir un libro en lugar de hacer cualquier otra cosa y que quizá por eso suelo ser bastante generoso con mis comentarios. Pero es que el hecho de que un tipo se siente a escribir una novela, por ejemplo, que se deje la piel y emplee meses y años de vida en crear algo que la inmensa mayoría de la sociedad considera una puta mierda, me parece absolutamente encomiable. Y que encima lo haga relativamente bien creo que es para poner un pedestal.

Suelto todo este rollo para decir que en 2014 se han publicado muchas cosas buenas. Y que me costaría trabajo quedarme sólo con algunas. Pero si alguien me dijera que me decidiera por tres libros que me han parecido de matrícula de honor, de esos que uno recuerda para siempre y que va a recomendar, regalar y sugerir a sus amigos una y otra vez, entonces, sin necesidad siquiera de justificar por qué, diría que son estas tres obras maestras:


Hillel Halkin, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? (Libros del Asteroide)


Sergio del Molino, Lo que a nadie le importa (Literatura Random House)




Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso)





Esta noche he soñado que moría

Esta noche he soñado que moría. Es la segunda vez que me ocurre, soñar que muero, digo, no morir. En mi anterior sueño percibía la muerte como un apagamiento; notaba cómo me iba apagando poco a poco, y cuando la muerte llegaba sentía una pena inmensa por mí; me lloraba a mí mismo como si fuera otro, con una tristeza exterior que nunca había experimentado. Esta noche, sin embargo, la muerte ha llegado de modo exclusivamente físico. He sentido una presión en el pecho, algo parecido a un infarto, y un tremendo dolor que me quemaba por dentro. No había allí pena o tristeza, sólo un cuerpo que quería vivir y que notaba cómo todo se venía abajo en unos segundos. Ha sido pura biología; perder la respiración, sentir el corazón explotar. Y luego, el fundido en negro.

Del otro sueño me desperté con lágrimas en los ojos –me había llorado a mí mismo–. De este me he despertado con mal cuerpo, como si realmente algo se hubiera muerto por dentro. En mi pecho todavía sigue algo del dolor sentido, como una especie de eco, de reverberación siniestra que no sé muy bien cómo explicar. Sólo sé que me siento extraño y que necesito escribirlo, y decir: he muerto, he muerto esta noche y creo que ha sido para siempre. He muerto como un cuerpo, sin alma. Sólo he sentido dolor. No había tristeza, pero tampoco alegría. No había nada. Tan sólo un cuerpo infartado que dejaba de respirar.

15/12/14

Entrevista en la revista "Pliego Suelto"

"El arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y actuar sobre las cosas"
Entrevista realizada por Raquel Moraleja y publicada Pliego Suelto
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Más allá de la escritura académica, ¿cómo has afrontado la escritura y publicación de tu primera novela?
Ha sido todo un reto. No es fácil escapar de un modo de escritura encorsetado y lleno de fórmulas hechas e inamovibles, como el de la crítica y la historia del arte, y adentrarse en un espacio de absoluta libertad como el de la novela. Creo que, en el fondo, ha sido una liberación. Algo que necesitaba. La literatura era desde bien temprano mi pasión oculta, y con la escritura de esta novela la he dejado salir a la superficie.

¿Qué hay de autobiográfico y de alter egos en los personajes de la novela: Marcos, Helena y en el propio Jacobo Montes? 
En toda escritura hay siempre algo de autobiográfico, por mucho que uno se esfuerce en ocultarlo. A mí es algo que me interesa poner en juego. En todos los personajes de mi novela hay algo de mí, aunque quizá sea más evidente en Marcos, con quien comparto un modo de ser, al menos durante mi adolescencia. Quien me conoce no deja de identificarme con él, aunque las diferencias sean abismales. También, claro, está Helena. Sus clases son como las mías, y su biblioteca es la mía. O incluso Montes: hay ideas y pensamientos artísticos que son comunes. Uno no puede escapar a su experiencia.


La trama de Intento de escapada se desarrolla principalmente en una facultad de Bellas Artes de una ciudad de provincias. Como profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, ¿qué te interesa transmitir fundamentalmente a tus alumnos?
Aquí volvemos a lo autobiográfico. Me identifico bastante con las ideas de Helena sobre la docencia. Ella intentaba mostrar el arte como herramienta de acción y pensamiento. Y yo también. Me interesa hacer ver a mis estudiantes que el arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y también para actuar sobre las cosas.
A menudo mis clases son más sobre el mundo que sobre el arte. Quizá sea porque el arte trata más sobre el mundo que sobre el propio arte. Hablar de arte es hablar de mil cosas. Es hablar de amor, de muerte, de poder, de justicia, de ética. Es, como digo, una plataforma para pensar y para hacer. Porque el arte también hace el mundo, lo cambia, lo transforma, actúa sobre él. Por eso es tan importante.
En la novela se plantean debates acerca de los límites del arte contemporáneo y se hacen alusiones a algunos creadores actuales reales, como Abel Azcona, que se encierra 60 días en una habitación “en busca de sí mismo”, o Santiago Sierra, que desgarra las espaldas de una fila de personas, ¿por qué debe considerarse arte este tipo de acciones? 
Es un debate complejo. Son arte porque pertenecen a una tradición artística. Ambos artistas se insertan en una historia. Sus obras están llenas de referencias a esa tradición. No se podrían entender, ni haber tenido lugar, sin sus precedentes. Y esa tradición, la que se comienza a establecer en la modernidad y se desarrolla hasta nuestros días, observa el arte como una experiencia de intensificación del mundo, es decir, como una toma de conciencia –habitualmente crítica– de aquello que nos rodea.
Arte es todo lo que la institución arte entiende como tal –esa es la definición institucional–, pero para estar ahí suele haber una historia compartida, y un modo de entender la práctica. A mí, como digo, me interesa el arte que propone experiencias de intensidad que cuestionan nuestro modo cotidiano de experimentar la vida. Las prácticas que nos hacen ver y sentir las cosas de modo diferente.
Hay muchas dudas sobre el arte contemporáneo que rondan a Marcos, tu joven protagonista. ¿Crees que el arte contemporáneo es apto para todos los públicos o solo para aquellos “educados” al respecto?
El arte contemporáneo se ha convertido en un espacio para minorías, para élites culturales. Pero no todo. Hay un arte que sigue siendo para las masas, un arte kitsch y fácil de consumir. También hay otro excesivamente hermético, casi para críticos y especialistas. Entre esos dos extremos está la virtud.
En cualquier caso, lo que hay que tener claro es que el arte contemporáneo –como el arte del pasado– solo se entiende si uno pone algo de su parte, si lee, si intenta comprender aquello que está viendo. Las obras no se abren como por arte de magia ante nosotros y nos muestran sus significados.
El arte se lee, se interpreta, y solo así se experimenta. Es como un libro. Uno tiene que abrirlo y leerlo; no puede juzgarlo por el lomo, o simplemente después de hojearlo. Con el arte sucede lo mismo: hay que intentar leerlo. Y claro, para eso es necesario un proceso de alfabetización artística. No es tan difícil. Es cuestión de dedicar algo de tiempo a mirar con la mente. A través de vistazos uno no entiende nada.