20/11/14

Perder el oremus

–¿No echas de menos el Presente continuo?
–Te lo iba a preguntar yo.
–Yo sí. Mucho.
–Yo también. Más.
–Ya estás. Igual que siempre. Yo más. Yo más. Yo más.
–Es que soy un objeto a minúscula imposible de satisfacer. Necesito autoafirmarme.
–Lacaniano estás hoy, ¿no?
–Un poco, la verdad. Me ha entrado la nostalgia.
–¿Nostalgia?
–Sí, aquellos años, cuando me leí los escritos y los seminarios, cuando me creí sus cosas.
–¿Ya no te las crees?
–Menos. Lo de lo Real y todo el rollo, sí. Pero el resto, uff, puto loco.
–Ya. Dímelo a mí. Aún estoy como Antígona, entre dos muertes.
–Qué capullo eres.
–Jajajaja.
–Por cierto, lo del Presente, decía. ¿Lo echas de menos?
–Pues sí, un poco sí, pero las cosas son así. Tienen que terminar. Además era un estrés. Todos los viernes. Un taco de palabras. Deja, deja. Todo tiene su tiempo.
–Lo tiene, es verdad.
–Oye, ya que lo dices: ¿el mundo está lleno de locos o soy yo, que miro ahora y veo esto hecho un solar?
–Las dos cosas.
–...
–Cada vez hay más locos. Por todas partes. Y lo del solar, también.
–Vamos, un desastre.
–Como lo oyes.
–Dirás "como lo dices".
–Como lo digas.
–Ah, vale, no entremos en conflicto.
–Otra cosa: las lecturas. ¿Cómo van?
–Pues el caso es que no paro. Una tras otra. Y como no escribo de ninguna, se me pasan. Acabo de empezar el de Cercas. Estoy a medio con uno de DeLillo. Tengo sobre la mesita el último Herralde, el de Nettel. Pero estoy apático. Llevo unas semanas que las cosas me gustan menos.
–¿Has ido al médico? Lo mismo es del estómago.
–Todo puede ser.
–Por cierto, ¿has notado cómo se nos va de las manos esto?
–Ya te digo. Nos ponemos a hablar y perdemos hasta el oremus.
–Eso va a ser falta de calcio.
–¿Lo del oremus?
–Lo mismo.
–Habrá que probar.
–Venga, déjalo por hoy, que mañana te vas a Eñe.
–Es verdad. Ganas tengo.
–Da recuerdos a la gente.
–Lo haré.
–Y no te drogues mucho.
–Lo intentaré.
–Y una cosa, por cierto, antes de acabar.
–Dime.
–Qué fuerte lo de la Duquesa de Alba.
–¿Qué pasa?
–Que dicen que resucita.
–No jodas.
–Sí, tío, lo he oído.
–Joder, con la nobleza.
–Nobleza obliga.
–Ya, pero resucitar...
–Yo que sé, me lo han dicho. Son fuentes fiables.
–Tú mismo.
–Pues nada, que des recuerdos y que escribas mucho.
–No lo dudes. Salúdame tú por ahí al personal.
–Siguen cabreados con lo del trauma. Me dicen que sublimes, que si no se quedan ahí y no espuman.
–Lo intentaré, te lo juro. Este finde sublimo. Voy a sublimar hasta que me haga sangre.
–Ése es mi mahn.
–Qué cabrón, cómo me manejas.
–jjajajaja.
–...


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13/11/14

Diálogos a destiempo

–Cuánto tiempo, ¿no?
–Sí, he estado desaparecido.
–¿Haciendo?
–Lo de siempre. Escribir, leer, morir de amor. Esas cosas.
–Ya veo.
–...
–No me mientas, estás jodido; lo intuyo.
–No sé por qué lo dices.
–Porque te conozco. Tu tono. Tus puntos suspensivos. Esas cosas.
–Quizá sí. Quizá un poco. Pero ya está. Afortunadamente.
–Cuenta, hombre, cuenta.
–Si es igual, tampoco importa demasiado. Supongo que es la vida. Unos días te crees Dios y otros, una puta mierda.
–Tampoco es eso.
–Sí. Lo es. Las cosas suben y bajan. De un día a otro. Acabas de follar. Todo es perfecto. Y a los dos minutos el mundo se desmorona.
–Entonces a lo mejor es que todo no era perfecto antes.
–A lo mejor. Pero no importa, no te preocupes.
–Vale. Pues a lo que voy –de hecho es lo único que me interesa ahora–: ¿cuándo acabas tu puta novela?
–Está casi ya.
–Eso llevas diciéndolo unas semanas.
–No. Te lo juro. Ahora sí. Estoy retocándola. Recortando cosas, reiteraciones, repeticiones, fallos.
–Vamos, editando.
–Casi. También hay cosas que quiero enfatizar y que no quedaban muy claras.
–Pues dale ya y entrega. Eso es ponerse.
–Eso quisiera. El problema es sacar tiempo.
–Si estás tocándote los huevos todo el día. Los profesores de universidad no trabajáis.
–Eso lo dices tú.
–No. Lo dices tú. Aunque lo escriba yo.
–Jajaja. Ahí tienes razón toda. Lo digo yo. Pero es mentira. Estoy algo puteado con la asignatura de este año.
–Teoría de la Historia del Arte, dijiste.
–Sí.
–Pero eso lo tienes hecho, hombre.
–Los cojones. Quiero darla bien y se me hacen las tantas preparándola. Y luego, para nada.
–Ya.
–Al final, entre eso, las tutorías, las presentaciones, los compromisos sociales, me queda el tiempo justo para sentarme a escribir.
–Pues bien que ahora te pones a hacer el tonto con este diálogo.
–Lo sé. Pero es que tenía ganas de conversar contigo. Además, has sido tú el que ha empezado. Yo estaba tranquilo escribiendo y has preguntado.
–Porque tú me has llamado. Que yo estaba en el magma de tu inconsciente, dándome un bañito en el Ello.
–Por cierto, ¿cómo va? ¿Hace frío por allí?
–Aún no ha llegado el invierno, pero ya sabes, es lo mismo, el magma está siempre tibio.
–Y lo de la luz... ¿se solucionó?
–Qué va. Seguimos a oscuras. Hasta que no acabes la novela seguimos siendo sombra y abismo.
–Es culpa mía.
–Sí. Lo que es, es. No hay que darle más vueltas.
–Lo siento.
–Lo sentimos todos.
–Prometo acabar y encargarme de que todo se arregle.
–Acuérdate también de lo del trauma, que no se vuelva a repetir.
–Lo intentaré, pero no te garantizo nada.
–Si no lo digo por mí. Hablo de parte de los demás. Nos está machacando.
–Dale tiempo.
–Es intemporal, eterno y algunos días cíclico.
–Ufff, es que así no hay manera.
–No la hay.
–En fin, saluda.
–Saludaré.
–...
–Y tú escribe.
–Escribiré.

10/11/14

Al final

Al final, el final. Lo que todos esperaban. Un día de vida. Poco más. Después, el tanatorio. El mismo lugar, la misma sala, los mismos sillones roídos, la misma máquina de café, el mismo olor a flores, la misma ventana, el mismo rectángulo que muestra el cadáver. Otro cuerpo, es cierto. Pero para ti es el mismo. Siempre el mismo.

No puedes evitar que la retina se te llene de imágenes de otro tiempo. Y en esa pantalla que separa la vida de la muerte ves de nuevo a tu madre. La memoria no te deja mirar el presente. Todo es bruma, niebla, aire denso que viene del pasado. Estás en el mismo lugar. Una y otra vez. Viendo la misma imagen. Una y otra vez. Sintiendo el mismo escozor en las pupilas. Una y otra vez. Una y otra vez. El eco no se desvanece. Toma vida –curioso, el eco de la muerte, más vivo que su origen–. Se abalanza sobre ti. Te muerde. Te araña. Te posee. Y ya no te lo quitas de encima. Es una vibración, un infrasonido, una infraimagen. Está ahí. Aunque no lo escuches. Aunque no lo veas. Está ahí. Y se introduce poco a poco en tu organismo. Como un virus. El virus de la memoria, el virus incurable, el virus que te hace enfermar de pasado. El que te eriza la nuca, el que te remueve el estómago, el que te hace temblar las rodillas, el que hace que los labios se cuarteen. La vida de la muerte. La reverberación de lo incomprensible. El sonido oscuro que vuelve para resquebrajar cualquier posibilidad de sentido.

9/11/14

Presente discontinuo

Por primera vez en más de un año despiertas un domingo sin tu “Presente continuo”. Lo haces con mal cuerpo y recuerdas el día de ayer:

Te llaman por la tarde para decir que el suegro de tu hermano ha tenido un derrame cerebral. La fatalidad se está cebando en estos meses con la familia. Es cuestión de horas que ocurra lo inminente. Los médicos no han dado ninguna esperanza. Cuando entras a la habitación, no sabes qué decir. Cualquier palabra sobra. Es el momento de la agonía. Miras la cama y ves al padre de tu cuñada con la respiración entrecortada y unas pequeñas convulsiones en el estómago que anuncian lo peor. No puedes animar, ni decir nada al enfermo. Oye, dicen, pero ya no siente. Allí sólo cabe esperar. Tienes en la cabeza desde el primer minuto la visión de tu padre agonizando en el hospital. La cama, la familia junto a él, la respiración entrecortada, el rostro desencajado, la desesperanza. Intentas poner una compuerta a tu memoria para contener todo esto y no derrumbarte. Tienes que afirmar la vida en el contexto en el que la mancha de la muerte lo inunda todo. Para eso has ido, para animar, para ser cuerpo vivo y latente en el que la familia pueda apoyarse. Lo intentas. Lo haces con todas tus fuerzas. Pero en un momento tu fortaleza se viene abajo. Es un sonido, un ruido terrible, el que lo rompe todo. El tubo para sacar la mucosidad acumulada en el pecho. Sientes cómo la vibración de ese rumor rompe el fino muro de cristal que mantenía a raya tus recuerdos. Todo se hace trizas. El pasado se clava en la carne bajo la forma de miles de trozos de vidrio y no puedes aguantar un segundo más. Abrazas a tu cuñada y a tu hermano. Dices “lo siento” y sales de la habitación. Mientras bajas las escaleras y te permites el llanto, miras el móvil y ves que alguien te ha nombrado en Facebook, que te llama de usted con agresividad y que parece hacerte casi responsable de algo sobre lo que tan sólo has mostrado tu punto de vista. Se han malinterpretado tus palabras y todo se ha salido de madre. Intentas ser cordial y razonable. Pero no hay manera. No entiendes nada de lo que está pasando. Sólo sientes que es muy triste. A veces sería mejor callar. Te acuestas con la sensación de que el mundo es un lugar extraño difícil de comprender. Cuando despiertas ves las noticias del autobús accidentado en Cieza. Piensas en los muertos, en los heridos, en la gente de Bullas, en los familiares, en todo el dolor, en la imposibilidad de encontrar consuelo, en la sensación que deben de tener de absoluta falta de sentido en todo lo que ocurre.

Después, ahora, sientes la necesidad de escribir. Y mientras lo haces percibes cómo todo se calma y vuelve a su lugar. Quizá, en el fondo, las palabras, esas que a veces nos condenan, son también lo único que nos salva. A ti, hoy, te sirven, te colman, te arropan, te abrazan, te protegen. Por eso escribes. Por eso no puedes dejar de hacerlo.

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7/11/14

Autopsia

[Publicado originalmente en Otra Parte Semanal]
Autopsia es la primera y esperada novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), autor que, gracias a la inteligencia narrativa desplegada en muchos de los cuentos de Órbita, su anterior libro, ha encontrado ya un lugar destacado en la literatura española de su generación. Con esta novela, Serrano demuestra que aquella potencia de los cuentos de Órbita es capaz de aguantar con vigor las casi cuatrocientas páginas de este libro y sumergirse con brillantez en cuestiones centrales como la memoria, la culpa, el miedo, la amistad, el éxito y el fracaso. Cuestiones que toman forma en una historia, la del joven Miguel (un aspirante a escritor que podríamos confundir con el autor), construida a través de varios tiempos que se intercalan y se superponen: la infancia, la adolescencia y la actualidad. Se trata de fragmentos que se van hilando conforme avanza la narración y que surgen especialmente de dos sucesos traumáticos. El primero tiene lugar el día en que al protagonista le pegan unos skinheads, un momento crucial que se repite una y otra vez y del que brota un poema y también una novela inacabada —quién sabe si Autopsia no será precisamente esa novela—. El segundo momento traumático proviene de la sensación de culpabilidad por el maltrato que el narrador y otros infligieron a una compañera de colegio, una sensación latente que se vuelve manifiesta tras un encuentro casual en el presente del relato.
Si se piensa bien, el título del libro remite en realidad a la disección de un cadáver: el pasado; un cadáver que, al ser abierto y despedazado, al ser explorado, vuelve al presente para romperlo todo y poner las cosas patas arriba. Pero sobre todo la novela puede ser leída como una puesta en escena de la memoria, que se presenta aquí de varias maneras. En primer lugar, la memoria como trauma: el trauma de ser golpeado, el miedo, el maltrato, la culpa. Ambos traumas aparecen fuera de campo y en acción diferida, actuando a contratiempo y repitiéndose una y otra vez. En segundo lugar, la cuestión de la memoria aparece en la propia estructura del relato, que se construye a través de saltos temporales, discontinuidades y retornos, emulando el funcionamiento del tiempo psíquico. En este sentido, el autor reflexiona constantemente sobre la escritura, la posibilidad de contar, qué escribir, cómo hacerlo, por dónde empezar y por qué hacerlo. El libro, de este modo, se retuerce sobre sí mismo y establece un vínculo esencial con su propia construcción, en un juego metaliterario resuelto con maestría y expandido mediante la puesta en cuestión de los límites entre realidad y ficción, entre autor y narrador.  Por último, la memoria hace su aparición como memoria generacional, la cartografía nostálgica de un tiempo, los ochenta y los noventa, que ha calado fuerte en el imaginario de la cultura española. Una cultura de masas previa a la era de Internet y que es vista ahora casi como una especie de ruina contemporánea, la cultura de la telebasura, que todavía pervive, aunque de modo zombi, sin la hegemonía y centralidad que tuvo antes de la era digital. Un tiempo que no se ha acabado de ir, como nada nunca se va. Porque si algo enseña Autopsia es que nada se borra del todo, que el pasado queda ahí, latente, y que a veces es necesario desmembrar los cadáveres y buscar el origen de su muerte y enfrentarnos a ellos, aunque el encuentro nunca sea satisfactorio. Aunque llegue, como siempre, demasiado tarde.

5/11/14

Me piden algunos amigos que me posicione sobre la no renovación de contrato de Javier Fuentes como director del Cendeac. No he querido hacerlo porque se trata de un centro con el que he estado vinculado desde sus inicios y mi opinión puede que no sea objetiva. Aun así diré varias cosas desde la razón pero también desde el corazón. 
La primera: Javier me parece un grandísimo profesional. Un intelectual, comprometido, serio, que ha sabido hacer milagros con el poco dinero que tenía. El Cendeac venía de antes, y también es de rigor –aunque era otra época– admitir que algo bueno se hizo en aquel momento. Algo, aunque fuera dar visibilidad, crear una biblioteca e iniciar una colección de libros que ha sido una referencia en España. Esto es innegable. Como también es innegable que la gestión de Javier, con lo poco que había, ha contribuido a profesionalizar y consolidar muchas de las cosas que antes no eran sino intuiciones. Así pues: un ejemplo de gestor. 
La segunda: Me llama la atención que muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras con la no renovación del contrato también se la rasgaron cuando fue nombrado a dedo –igual que a dedo fui nombrado yo años antes– como director del Cendeac. Por mucho que en ese momento se dijera que era un gran profesional, en todos los medios fue visto como una imposición pepera del anterior equipo de gobierno –ese al que no se cesa de criticar por todo–. El propio IAC –al que pertenezco– emprendió una lucha furibunda y los periódicos se hicieron eco del escándalo en Murcia. Sin embargo, como hemos tenido la oportunidad de comprobar estos años, Javier ha sido un muy buen gestor. Y, entre otras cosas, si se ha montado el revuelo que se ha montado por su cese, es que algo bien –muchísimo– ha hecho.
La tercera: No sé cuáles han sido los motivos de su cese. No estoy en la cabeza de los que no han renovado su contrato. Desde luego, si ha sido cesado por organizar un congreso con implicaciones políticas –no sólo por invitar a Iñigo Errejón– que tocaba las narices, me parece un disparate de grandes dimensiones. Sobre todo porque esto habla 1) de una impericia absoluta de los responsables de cultura –fallo estratégico– y 2) de un castigo que no puede ser permitido en tiempos de democracia y libertad de expresión.
Tres: En cualquiera de los casos, hay algo que no puede pasar desapercibido: un nombramiento público a dedo implica también que en cualquier momento el cese se produzca a dedo y de modo caprichoso –por el mismo capricho y azar que el nombramiento–. Por supuesto, esto no debería ocurrir así. Ni el nombramiento a dedo, ni el cese a dedo. Sobre todo porque entre dedo y dedo uno es capaz de demostrar su valía –como ha sucedido en el caso de Javier–. Aunque también uno acaba entendiendo que el juego en el que ha entrado tiene unas reglas no escritas: no importa lo bien que lo hagas, lo bien que funcionen las cosas; siempre hay alguien –otra opción– que a los nuevos les parece mejor. Y eso es así. Igual que tu opción sustituyó a una opción anterior. Y a otras muchas posibilidades que nunca se verán porque no entran en la terna de los posibles.
En definitiva: que creo que Javier merece todos mis respetos. Como murciano e interesado en la cultura no puedo sino agradecerle todo el esfuerzo y la dedicación. Si su cese se debe a cuestiones que tienen que ver con la libertad de expresión, me indigno mucho y me parece intorable. Si no, y su cese se debe a que el nuevo equipo considera que hay otra opción que ellos consideran más viable en su visión del mundo, me indigno también –por la valía de Javier–; pero en este último caso no puedo sino aceptar que son las reglas del juego. Exactamente igual que me habría indignado si yo hubiera permanecido como director del Cendeac y en el cambio de consejeros, por muy bien que yo lo hubiera hecho, hubieran decidido cambiarme –por las razones que ellos considerasen oportunas–; al final uno ocupa un asiento prestado. 
Por supuesto: no es así como deberían funcionar los centros de arte –ni nada en este país–. No. Debería haber concursos públicos limpios a los que cualquiera pudiera optar en igualdad de posibilidades. Y que siempre fuera la persona más preparada la encargada de llevar las cosas a buen puerto. El problema es que sabemos que eso también tiene truco. Como todo. Es España; no lo olvidemos. Esta es de las cosas que deberíamos cambiar. Urgentemente. Y lo dice uno que también fue elegido a dedo –y que en la medida de sus posibilidades hizo todo lo que supo y más; mejor o peor, pero se dejó el pellejo, sabiendo que todo era contingente y en cualquier momento se podía ir a la mierda–. 
Conclusión: que me entristece un montón, pero que no hagamos lecturas simples del mundo.

4/11/14

Presente continuo (semana del 24 al 30 de octubre) / Fin

VIERNES 24 / Memoria
Te levantas con dolor de cabeza aunque enseguida se te pasa. Antes de ponerte a escribir acabas de leer Los huérfanos, de Jorge Carrión. Te ha acompañado las dos últimas semanas y anoche dejaste unas páginas para poder terminar hoy la lectura con tranquilidad. La historia de los supervivientes “bunkerizados” de una tercera guerra mundial te lleva directamente al imaginario de ciertas series televisivas. No puedes evitar pensar en  la escotilla de Perdidos, entre otras cosas. Sin embargo, rápidamente la novela se mueve hacia el ámbito del lenguaje. A pesar de lo que cuenta, de la cantidad de imágenes que pone en circulación, lo que más te llama la atención es la reflexión sobre el propio acto de escribir y recordar, sobre el problema del lenguaje y la memoria. Es, en realidad, un libro acerca de cómo uno puede o debe recordar. Las reflexiones de Carrión sobre la memoria, la historia, la narración y el lenguaje son tremendamente lúcidas y dan de lleno en el centro de las prácticas artísticas que más te interesan. En un momento de hipertrofia de la memoria –donde incluso algunos momentos y acciones del pasado se vuelven a realizar a través de lo que en el libro se llama reanimaciones históricas–, los personajes, tras sus años de aislamiento en el búnker, viven al límite del olvido. El lenguaje es lo único que queda cuando ya no queda nada. Es la única memoria del mundo. El diccionario, aunque deje de significar afectivamente, es el disco duro de una civilización.
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A lo largo del día escribes el “Presente continuo” y logras terminar el texto sobre el video arte en la obra de Mieke Bal. Lo envías todo y descansas. Sabes que mañana empieza todo.

SÁBADO 25 / El instante decisivo
Te encierras a escribir desde bien temprano. Has decidido darle el empujón definitivo a la novela. Ha llegado el momento. Te sientas frente al ordenador y percibes cómo fluye la escritura. Ya nada te va a parar.
Haces un pequeño descanso para ver el Madrid-Barça. Y continúas las escritura. Sigues hasta bien tarde. Casi no duermes.

DOMINGO 26 / No respiras
Desayunas y te sientas a escribir. Tienes la historia en los dedos. La sientes salir, casi como si te fueras vaciando de algún fluido consistente. A media mañana, haces una pequeña relajación para visualizar el final de la historia. Lo ves. Por la tarde sigues, no hay pausa. La intensidad de trabajo es brutal. Casi ni respiras. Te levantas para cenar y te sientas de nuevo.  Cuando te vienes a dar cuenta son las tres de la mañana y al incorporarte de la silla notas cómo te crujen las rodillas.

LUNES 27 / Acabando
Te levantas temprano y te sientas a escribir. Es la rutina. Ahora no hay otra. Esta semana el “Presente continuo” es un continuo de escritura. Estás absolutamente inspirado, drogado por la literatura. Casi en trance. Avanzas en un día lo que antes avanzabas en varias semanas. No existe el mundo exterior. Haces planes para acabar capítulos y los terminas antes del tiempo imaginado. Es un subidón literario. Percibes cómo todo se va acabando, poco a poco. Por supuesto, tendrás que volver, y corregir, mil veces quizá. Pero esto ya va siendo una historia, cerrada, legible.
Acabas el penúltimo capítulo ya en la madrugada. Cambias cosas en el último instante. Sólo te queda el final.
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MARTES 28 / Fin
Por la mañana escribes el último capítulo. Hay momentos en los que tienes que levantarte y saltar. Te tiembla el cuerpo. Es como si una fuerza sobrehumana te hubiera poseído y tuvieras que sacártela de encima. Intentas hacer una meditación en la cama, pero el cuerpo te palpita; son pequeñas convulsiones. Notas que la historia está saliendo de ti. Imaginas el proceso casi como un exorcismo. Y hay algo en el interior de tu cuerpo que no deja a la historia salir del todo. Quizá sea porque al dejarla ir la pierdes un poco. Escribir, piensas, es perder la intimidad con las historias. No se van para siempre de ti, pero al plasmarlas sobre el papel, al ser compartidas, pierden algo de esa magia de lo clandestino, de esa secreta solidaridad que comparten con el escritor.
Antes de comer acabas el capítulo. Te queda la coda final, las últimas dos páginas, el momento en que la historia toma sentido.
Llevas por la tarde a R. al médico a que le hagan unas punciones en el brazo. No puedes dejar de pensar en esas páginas por venir. Caminas como un zombi, con el piloto automático. Tu cabeza está en otro lugar. Pides perdón a R. por no estar en tu totalidad. De hecho, estos últimos días no has estado allí. Tu mente ha habitado la novela. Por completo.
Tras la cena le dices a R. que ahora sí necesitas estar solo. Es la última página, los dos últimos párrafos. Sabes lo que va a ocurrir, estaban escritos prácticamente desde el principio. Había una frase final. Pero tienes que darle forma para encajarlo dentro del gran puzle que has escrito. Es el cierre perfecto.
En las páginas finales todo se ralentiza. Cesan los temblores. El final no es como el orgasmo sino que quizá es más parecido a un acabamiento lento y pausado. Toda la última parte es en sí un momento de placer, un sentimiento de satisfacción expandida. El punto final, la última frase, la sientes no como una explosión de júbilo, sino como si algo que se pierde en la distancia, sonando cada vez más flojo, casi en fade out, desvaneciéndose como un susurro.
Es así como acabas la novela, aflojando la cadencia de escritura, relajando la presión con la que tecleas, respirando profundamente, como cuando uno deja de correr y lo hace poco a poco, en fase de enfriamiento. Así llegas a la última frase, así la escribes con los ojos humedecidos, así pones el punto final, así levantas la mano del teclado.
Tomas aire y lo retienes. Cierras los ojos. Te levantas de la silla. Te apoyas en la estantería junto a la mesa del ordenador. Miras con distancia la pantalla. Y comienzas a expulsar muy lentamente el aire, consciente de que ahí, en ese último soplo ha salido de ti lo que aún quedaba de historia.
Es después cuando te sientas y escribes “FIN”. Y lo fotografías. Y compartes tu alegría. Pero eso es sólo después. El momento bello e inexplicable es el del último párrafo, la última frase, el último momento de intimidad absoluta con algo que has llevado dentro de ti prácticamente un año y medio.
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MIÉRCOLES 29 / Nube
Cuando te despiertas vuelves a ver la foto que has subido a Instagram y te das cuenta de que no es un sueño. Preparas la clase que tienes en apenas dos horas. Comenzar a leer sobre el concepto de “Estilo” te lleva de vuelta a la realidad. Hablas en clase del concepto y comienzas a trazar la importancia de lo visual. Después, empiezas a preparar las clases del día siguiente. Este día has vivido alejando del mundo. Miras los periódicos y ves que la que hay montada. Todo sigue rumbo peor. Es necesario que algo cambie. Y estás convencido de que en el fondo algo va a cambiar. Aunque no sabes qué, ni cómo, ni cuándo.
Comes con E. y le cuentas que has acabado la novela. Sigues en la nube. Por todo. Por tantas cosas que aún no sabes cómo asumir.
Por la tarde, en el MUBAM, asistes a un encuentro con los lectores de Intento de escapada. S. hace una introducción lúcida y tú te encuentras muy cómodo hablando. Firmas algunos libros y acabas contento.
Llegas a casa y, casi sin cenar, y preparas las clases del día siguiente hasta las tres de la madrugada.

JUEVES 30 / Punto final
Dos horas seguidas de clase. Hablas del formalismo y de la obra de Riegl, un historiador del arte que te sigue pareciendo fundamental. Cuando acabas, llevas el USB a la fotocopiadora para imprimir unas copias de la novela y te dicen que pases a por ellas en unas horas.
Por la tarde, te recortas la barba y vuelves a tu estado normal de estos años. Ahora sí, un cambio visible. Después recoges las copias y tienes por fin la novela encuadernada en las manos. Es un momento de felicidad. Ves ahí, en esas doscientas y pico páginas, todos los desvelos de estos últimos meses. Tendrás que trabajarla, claro, pero ya hay algo que crees que funciona. Te falta distancia, por supuesto; todo son inseguridades. Pero el gran trabajo está terminado. Y estás satisfecho.
Pasas un momento por la casa de los chicos de La Mano Robada, que preparan su exposición para la siguiente semana. Le das las frases que prometiste. Te despides de ellos y te dicen que será la última vez que lo hagas en esa casa. Se mudan.
Cenas con L. y J., que ha vuelto de viaje. Os cuenta experiencias y te entran unas ganas tremendas de volver a los Estados Unidos. Tomáis unas copas en el Bizz’art. Esta vez la noche no se alarga demasiado.
Mientras vuelves a casa sientes que todo suena a conclusión, a clausura de algo, a colofón de un periodo especial. Y percibes entonces el fin de este presente continuo. Lo habías intuido en las últimas semanas, pero ahora estás convencido.
Durante este año y tres meses, la única constante ha sido la escritura de la novela, las preocupaciones, los fallos, los bloqueos, las sesiones de escritura, las procrastinaciones… En el fondo, el presente continuo ha sido una especie de making-of. Tiene sentido que el fin de la novela sea también el fin de este diario íntimo en segunda persona.
Te recuestas junto a R., la besas en la frente y apagas la luz. Cierras los ojos y haces recuento de estos últimos meses. Esta será la última noche. Piensas en cómo será el último párrafo.
Las historias acaban. Todas. Y después siguen su camino. Continúan en otro lugar. Quizá tengan otra vida, en el futuro, con aire fresco, con otras preocupaciones. La vida sigue, claro. Pero en algún momento hay que dejar de contar. Y ese momento ha llegado. Es ahora. Te despides. Escribes las últimas frases. Das las gracias a los lectores por todo este tiempo. Sientes un picor en los ojos. Pones punto final.
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1/11/14

Presente continuo (semana del 17 al 23 de octubre)

VIERNES 17 / Demasiado tarde
Resaca. Otra vez. Aunque menos de la que esperabas. No has dormido apenas, pero el dolor de cabeza se evapora cuando piensas en la intensidad y la belleza de las emociones de la noche anterior.
Te llaman de Suecia para ofrecerte colaborar en un proyecto académico. Te sientes muy honrado por que haya pensado en ti, aunque no sabes si vas a estar a la altura.
Escribes el “Presente continuo”, con un tono cada vez más crepuscular, de acabamiento, sintiendo que se acerca el momento de dejar paso a esta sucesión de eventos que quizá ya comience a ser reiterativa y que siempre comienza igual: viernes, resaca.
Por la noche cenas con L. y B. en el Mundano. A B. lo conociste en Madrid. Has leído sus libros y sus artículos. Admiras su humildad y su inteligencia. Y sobre todo su humor. Es curioso cómo tu mente se activa cada vez que estás cerca de él. Esa noche habláis de Houellebecq y del comportamiento de algunos artistas o escritores. Dice que en ocasiones el artista tiene que performar su rol de artista, hacerse el estupendo y simular que no es un tío normal. A veces el artista tiene que ser un gilipollas, dice. Es necesario. Pero no todos pueden permitírselo, ni tampoco en todo momento. Se os ocurre el título para un artículo: «El artista como gilipollas». Lo dejas anotado. Quizá vuelvas en serio sobre el tema, te gusta. Despedís a B. y te quedas un momento con L.
Después, ya tarde, cuando los bares cierran, recibes un mensaje de N.; tienes pensado tomar la última con él. Sin embargo, cuando llegas te sucede algo extraño: te sientes mayor. Te ves desde fuera, entre los chiquillos, con la barba llena de canas y decides que es hora de irse a casa, que mañana tienes que escribir y que hay cosas que hacer.
Perdiste tu juventud estudiando. Tus noches de fiesta las pasaste con el joven Werther y otros personajes de novela, encerrado en tu habitación casi sin contacto con el mundo. Ahora estás viviendo una especie de segunda etapa. Estás haciendo las cosas que no hiciste en el pasado –porque no pudiste, porque no supiste o porque no quisiste–como si el tiempo no hubiera pasado. Pero hoy te has visto en el espejo. La puerta del Revólver llena de muchachada ha funcionado como una especie de espejo de Dorian Grey que ha revelado que ya no eres tan joven, que tu mundo está en otro lugar, que tu segunda juventud también tiene fecha de caducidad. Es hora de retomar también una segunda madurez. Al menos eso es lo que piensas. Es lo que te pasa por la cabeza mientras vuelves andando a casa. Es tarde. Demasiado tarde.

SÁBADO 18 / Procrastinar
Pasas la mañana leyendo los suplementos de los periódicos. De nuevo, el arte te importa menos que la literatura. Intentas escribir, pero por alguna razón no te concentras demasiado. Así que decides leer. Y continúas con El idioma materno.
Ves el Madrid en la siesta, casi lo dormitas. Por la tarde procrastinas un poco más. Vuelves a leer. Buscas excusas para no sentarte a escribir. Por la noche la procrastinación hace que veas los últimos tres episodios de The Strain. Te convences de que es mala, casi serie Z. Comenzó bien, pero ha ido convirtiéndose en una suerte de disparate narrativo. Aún así, la disfrutas. Hay momentos en los que si logras entrar en el juego puedes perdonar los errores y fallos de guión. Y esta serie lo ha conseguido contigo.

DOMINGO 19 / Proceso
Sale tu entrevista y compras el periódico. Te hace gracia leerla. Siempre piensas que has dado las respuestas erróneas y que si hubieras pensado dos minutos antes de hablar habría salido todo mejor.
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Antes de acostarte le das una vuelta a la cuarta parte de la novela. Un capítulo, el del divorcio, crees que no está bien situado. Lo cambias de lugar. Planificas la semana de escritura. Es lo que más te gusta, planificar, esbozar, cambiar, situar, cortar y pegar. Más incluso que escribir. Escribir es una tarea costosa. La satisfacción está en haber escrito, en sacarte las cosas de encima. Pero el proceso…, el proceso te cansa.

LUNES 20 / Nostalgia
Escribes toda la mañana. El primer capítulo de la cuarta parte. Lo terminas más rápido de lo que imaginabas. Hay momentos en los que, a pesar de todo, la escritura fluye.
Tu vecina J. hace de comer y le llevas la entrevista para que la lea. Sabes lo que alegra ver que has salido en el periódico. Es la misma alegría que embargaba a tu madre, que tenía una pequeña carpeta con todos los recortes, casi una especie de archivo portátil de los éxitos de sus hijos. Allí ponía todo lo que salía de la ermita, de tu hermano escultor, del pueblo, de ti… “Cosas de mi Miguel” se llamaba tu apartado. Aquel archivo quedó incompleto. El objeto de estudio sobrevive siempre al archivero.
Por la tarde devoras lo que te falta por leer de El idioma materno. Es primer libro de Fabio Morábito al que te acercas. Y es todo un descubrimiento. Una joya llena de páginas que no cesas de subrayar. Reflexiones sobre el lenguaje y la escritura llenas de afectos y anécdotas. Es uno de esos libros que te habría gustado escribir.
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Cuando lo acabas, comienzas a ver Twin Peaks. No recuerdas nada porque eras demasiado joven. Pero sí el ambiente, la música, el misterio. El salón se llena de nostalgia con la banda sonora de Angelo Badalamenti y el nombre de Laura Palmer.
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MARTES 21 / Sudor
Escribes toda la mañana. Segundo capítulo de la cuarta parte. Lo reescribes casi todo. Pocas cosas sirven de lo que tenías. Cuanto más avanzas más precario está todo y más trabajo te cuesta adecentarlo y ordenarlo.
Antes de comer vas al gimnasio. Llevabas tiempo sin ir y te cansas rápido. El sudor no se va en todo el día.
Comienzas a preparar las clases del día siguiente. Lees sobre Taine, el determinismo y la Historia del Arte positivista. Te das cuenta de que hay muchas cosas que aún no han cambiado del todo. La disciplina sigue anclada en presupuestos decimonónicos.
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Por la tarde os reunís para el concurso de relatos de la revista Magma. El ganador es bueno. Después, en AB9 ves el montaje de la exposición que se inaugura mañana y tomas unas cervezas con los artistas y algunos amigos. Lo saboreas todo y adviertes que estás poseído por una libido extraña, un deseo que no se llega a calmar del todo. Tu cuerpo sigue siendo una fábrica de sudor. La noche no se alarga demasiado porque al día siguiente tienes clase.

MIÉRCOLES 22 / Homenaje
Apenas has dormido tres horas. Te levantas zombi y acabas el power point que vas a proyectar. La clase es breve. Tan sólo te da tiempo a hablar de cómo el positivismo influye en las humanidades en el siglo XIX. A las once es el homenaje a cuatro profesores del departamento. Se jubilan. Es emotivo, sobre todo en algún caso. Después, comida con los compañeros. Te sientas con J., A., F., N. y C. Os reís. Hay cosas de las que es necesario reír. Reír por no llorar. Le dices a A. si ya es tarde para hacerte medievalista o aún tienes posibilidades de poder decir algo sobre una época en la que no eres especialista. Lo cierto es que aunque sois todos compañeros de departamento, historiadores del arte, en el fondo compartís pocas cosas. Vuestro campo de estudio es tan distinto que apenas tenéis en común el término «arte».  Y en cada caso su significado es completamente diferente.
Al acabar la comida, tomáis unos gin-tonics en La Ronería. Recibes un mensaje y te pones nervioso. Ya estás inquieto toda la tarde. Asistes a la inauguración de A través de la mirilla. Y después sientes que te estás muriendo. Estás muy cansado. El día está siendo intenso. No ves el Madrid. Le regalas a E. un libro de Vila-Matas.
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En un bar junto a la Plaza de Europa bebes una coca-cola y tocas un piano desafinado. Improvisas lo primero que se te ocurren mientras todos te escuchan en silencio. Dices que mañana los acompañarás a la noche murciana, pero que esta noche no puedes más. Llegas a casa como si una apisonadora hubiera pasado sobre ti.

JUEVES 23 / Perfección
Temprano, a clase. Dos horas seguidas hablando sin cesar de Taine, Semper y del atribucionismo. Intentas ver en todos los casos lo que hay debajo de la disciplina. Acabas cansado físicamente. Dar clase agota.  Es un trabajo físico. Al salir, te encuentras con E. y te dice que lo que tienes que hacer es usar micrófono.
Tomas un café con L. y habláis de su tesis. Sigues nervioso por el mensaje de la tarde anterior. Llega la llamada y a partir de ese momento te cuesta trabajo pensar en otra cosa.
Te centras un poco e intentas terminar de editar un texto para una retrospectiva que Mieke Bal tiene en México el próximo enero. Quizá viajes también. Tienes muchas ganas de hacerlo. Lees de un tirón las últimas cincuenta páginas de Los huérfanos, de Jorge Carrión. Cada vez te gusta más. Justo cuando te quedan sólo cuatro páginas para acabarlo y te das cuenta de que llegas tarde a Murcia y dejas el libro sin acabar. Mañana leerás esas páginas con tranquilidad y degustarás el final como se merece. Así podrás escribir también algo en condiciones para el próximo Presente continuo.
En AB9 Ángel Manuel Gómez Espada presenta su poemario. Lo organiza la revista La Galla Ciencia, que no paran de hacer cosas en Murcia. La sala se llena. Hay actividad cultural en esta ciudad para parar un tren.
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Después, cenáis y tomáis unas copas. Tú estás exultante, rebosas felicidad. Pocas noches como esta. Parece que los astros se han alineado hoy y todo es perfecto; por momentos incluso te da miedo esa perfección. Cuando regresas a casa R. se acaba de levantar. Es también una buena manera de poder desayunar juntos, viviendo a contratiempo.