24/3/14

Presente continuo (14 - 20 marzo)

VIERNES 14 / Llanto desconsolado
Te levantas cansado y casi sin haber dormido. La noche anterior fue larga. Ahora, dos horas de clase en Filosofía. Has empezado las vanguardias y te toca hablar de Las señoritas de Aviñón, el comienzo de la verdadera modernidad en arte, la fractura más decisiva. Hablas del primitivismo, de la ruptura del espacio ilusorio de la perspectiva, del corte respecto al naturalismo… Y luego acabas hablando del contenido: unas señoritas en un burdel. Dejas caer esa frase que dices todos los años y que ya se ha convertido en un clásico: “el arte moderno nace en una casa de putas”. Piensas en Manet (Olympia), por ejemplo, y comentas el significado del burdel para el arte moderno. Por supuesto, se trata de una perspectiva masculina, en la que el hombre es el sujeto deseante y la mujer el objeto del deseo. Aun así, las señoritas de Picasso, como la Olympia, no ceden al deseo, se muestran literalmente “impenetrables”, y al mismo tiempo se exponen directamente, sin mediación. Es un cuadro, dices, sobre Eros y Tánatos, sobre el amor y la muerte, sobre la cercanía entre esas dos ideas sobre las que el arte ha reflexionado constantemente.



La muerte está siempre acechando. En todos los lugares. Y la muerte es precisamente la responsable de que acabes un poco antes la clase. A las once es el funeral de la madre de M.T. Llegas con el tiempo justo y ya encuentras allí la escena. Los tres nietos, vestidos de negro riguroso, y un primo al que no conoces, cargando el ataúd hacia el interior de la iglesia mientras suena una música que se ya comienza a emocionarte. Por alguna razón, durante toda la misa vas cayendo poco a poco en la tristeza. Cuando la misa acaba y sacan el ataúd, de nuevo la escena te conmueve. Te has intentado aguantar las lágrimas durante todo el tiempo. Pero justo en el momento en el que ves a P. y te abrazas con él, comienzas a llorar. A llorar desconsoladamente. Luego te abrazas con M.T. Casi te avergüenzas del momento. Pero no puedes parar. Es como si se te hubiera soltado por dentro algo y ahora ya no supieras como cerrarlo. Imaginas que es la emoción del momento y que enseguida se te pasará. Pero cuando subes al coche para regresar a casa empiezas a llorar con sollozos, desconsoladamente. Tienes incluso que parar el coche para secar las lágrimas y poder ver algo. No lo comprendes. No sabes por qué es exactamente ese llanto, de dónde proviene.

Tanto que has escrito y leído sobre las lágrimas… y ahora no sabes por qué lloras. Sólo sabes que es bueno, que libera, aunque no sepas de qué te está liberando. Está claro que hay algo dentro que quiere salir, aunque no sepas exactamente lo que es. Será la primavera, que está a punto de llegar. O quizá sea otra cosa. No lo sabes. Solo lloras. Ahora. Durante todo el día –incluso en la noche–. Sin saber muy bien por qué.

Por la noche te quedas en casa poniendo en orden las cosas. Respondes mails y planificas trabajo por hacer.


SÁBADO 15 / Un cuerpo es un cuerpo
Desde bien temprano retomas la revisión de la traducción del libro de Mieke Bal sobre Doris Salcedo. Estás prácticamente todo el día sin levantarte de la silla. No te queda demasiado. Ya ves el final.

A media tarde vas al cine con R. para ver Ocho apellidos vascos. Está llena de tópicos fáciles, pero te ríes. Después de tanto llanto, necesitas reír. Más tarde, compras unas hamburguesas en el bar del pueblo al que no habías entrado en casi diez años. Se pueden comer. Casi sin tempo, te despides de R. y asistes con L. y J. al concierto de Yuck. Es un grupo que te gusta. Fue parte de tu banda sonora en Cornell hace dos años. Y el concierto no te decepciona. Aunque ciertamente no llega a todo lo esperado. Le falta ahora algo de punch. Pero es innegable su elegancia pop.



Salís de la sala de conciertos y volvéis al centro. Allí te encuentras con N. y más tarde coincides con M. y una amiga suya canadiense. Estáis hasta bien tarde hablando de la admiración por la inteligencia. Después te das cuenta de que sigue siendo sólo un discurso. Un cuerpo es un cuerpo. La historia se repite. Te sientes muy Marcos. No sabes aún que esta semana tu novela va a volver a tu imaginario, por varias razones.

DOMINGO 16 / Victimizar
Todo el día con la traducción. De hoy no pasa. Apenas te levantas para comer y poco más. Por la noche, ves en la tele el documental sobre la artista mexicana Teresa Margolles. Es curioso, lo tienes de fondo mientras revisas el libro sobre Doris Salcedo. Las dos hablan sobre las víctimas de la violencia. Pero mientras que en la obra de Margolles la violencia se vuelve obscena y la víctima vuelve a ser victimizada, las obras abstractas de la artista colombiana intentan salvar a la víctima de una nueva muerte: son sutiles, elegantes, abstractas, y sin embargo potentes y perturbadoras. Te está costando más de lo previsto esta traducción, pero te has enamorado de la obra de Salcedo.

LUNES 17 / Fin
Te levantas con sueño. Y acabas por fin la traducción. Han sido varias semanas de trabajo duro. Juras que nunca más harás algo así. Y sales a correr para cerrar una etapa. Hace calor. Un sol de justicia. Vuelves casi deshidratado.

Por la noche, comienzas a leer Es un decir, la última novela de Jenn Díaz. Es una escritora joven que ya te cautivó con Belfondo. A esta novela le tienes ganas. Muchas.



MARTES 18 / Organización
Dos horas de clase en Historia del Arte sobre Marina Abramovic. Recuerdas cuando estuvo en el CENDEAC. Primero, Ulay y después, Marina. Los dos. Lo piensas. Has sido muy afortunado. Recuerdas especialmente un viaje en coche con Abramovic hacia Cabo de Palos. Una noche entera contando chistes verdes. Recuerdas que le contaste el chiste célebre de la orgía. El de “organización, organización”. Y te viene a la cabeza la voz intensa y grave de Marina –“organizzazione… organizzazione …”– y su risa perversa. Pocas veces has estado más cerca de tocar el cielo. De ella también te enamoraste. Fue una experiencia intensa como pocas.


Sales corriendo para la radio: territorio G. Los nombres del sexo. Dices “Yo soy muy de conejo”. Y te paran antes de que se te vaya la cosa de las manos –más bien, de la boca–. No tienes vergüenza. Ninguna.

Por la tarde, dos horas y media de Crítica de arte en Bellas Artes. Sólo vienen cinco alumnos de treinta matriculados. Es extraño hablar para tan pocos. Te cuesta trabajo ponerte en situación. Es una pena, piensas. La mejor asignatura.


MIÉRCOLES 19 / Es un decir
Día del padre. Ni por arriba, ni por abajo. Ni tienes, ni eres. Recuerdas al tuyo. Más de diez años ya sin poder felicitarlo. Y un padre también es un padre. También se ama. También se añora. También duele. Aunque nunca logre ser una madre.

Hoy, por fin, retomas la novela. Desde ARCO no has escrito una línea. Vuelves a leer parte del cuaderno; la última parte. Necesitas volver a coger el tono. Escribir es como tocar música; es necesario afinar el instrumento. Y la lectura te sirve como diapasón. Vuelves a oír la voz. Vuelves a sentir que late. Está ahí. Es cuestión de tiempo que vuelva a surgir de tus dedos.  

Mientras comes, ves en el telediario las imágenes del “gran salto”. Son tremendas. Nunca llegas a entenderlas del todo. “Entrar en España o morir”, escuchas decir a un inmigrante. Te quedas sin palabras. Los medios hablan de “amenaza”. Las imágenes de los inmigrantes en la valla los hacen parecer animales. Objetualización, animalización… el otro como una masa informe. Ahí nadie tiene un nombre. Son sólo inmigrantes. No llegan a ser personas. No aún. Quieren entrar en Europa. Quieren tener lo que nosotros tenemos. Y eso no puede ser; no todos somos iguales. Eso parecen decirnos las vallas, las leyes, las fronteras.  Es, lo confiesas, lo que más asco e incomprensión te produce.

Por la noche, acabas la lectura de Es un decir. Lo lees casi de una sentada. Está escrito como si alguien te susurrara al oído una historia. Está claro que Jenn, a pesar de su juventud, es una contadora nata de historias. Una escritora que ha logrado una voz, un tono –uno como ese que tú buscas desesperadamente– justo y preciso para lo que tiene que ser contado. La voz de Mariela, la joven protagonista de la novela, se queda reverberando en un tu mente después de cerrar el libro; su voz, sus giros, su modo de decir y de ocultar. La novela fluye como si hubiera sido escrita de un tirón, es una flecha, una historia de amor y muerte –de muerte extraña, fría, distanciada–. La historia de hombres que no hablan y de mujeres que ceden ante su destino aciago. Pero también la historia de una niña que necesita saber. Saber para no repetir. Saber para poder ser.

Acabas la lectura justo después de medianoche y sales en moto a recibir a J., que acaba de llegar en tren desde Barcelona y mañana actúa en el Centro Párraga. Tienes previsto tomarte una copa con él y volverte rápidamente, pero la noche se alarga hasta las cinco y pico de la madrugada, y acabáis con unos amigos en La vie en Rose. Querías llevarlo allí porque ese bar en tu novela se llama Rrose Selavy, como el personaje andrógino
de Duchamp. Y te apetece que un duchampiano como él conozca en profundidad la noche murciana. Como primera cata está bien.

JUEVES  20 / Loopoesía es amor
Te levantas con algo de resaca y continúas en clase con la obra de Abramovic y Ulay. Acabas con The Great Wall Walk, su última acción conjunta, en la que los dos representan su ruptura como pareja artística y real. Es una acción emocionante que no puedes ver sin que se te salten de nuevo las lágrimas.

Justo después de la clase, subes al “fiestódromo” del campus de Espinardo y pasas allí unas horas celebrando las fiestas de Bellas Artes. Este año regresas pronto a casa. Estás cansado y tienes varias cosas por entregar.


A las nueve, en primera fila, Loopoesía en el Párraga. Jordi Corominas urde un espectáculo divertido y memorable. Lo notas a gusto, entregado. El espacio está lleno. Disfrutas. Y te alegras mucho por él. Después, como no podía ser de otro modo, la noche se alarga. Te encuentras a varios alumnos desperdigados por los bares. Habláis de literatura, de ciudades y de mujeres –es un tema común–. J. se inclina por la teoría del doppelgänger. A última hora, un tapón de ron acaba con tu estómago masoquista. La noche termina tarde, aunque no tanto como preveías. Desde las doce es el día internacional de la poesía. Ha entrado la primavera. Y sólo tienes clara una cosa: Loopoesía es amor.



16/3/14

Presente continuo (7 - 13 marzo)

VIERNES 7 / Frente al tiempo
Hoy hace seis años que murió tu madre. También era viernes. El teléfono sonó a las ocho y tu hermano pronunció unas palabras que no has conseguido barrar de tu mente. Palabras que has escrito en otro lugar y que hoy no quieres volver a repetir. Entonces todo se suspendió y se produjo en ti una escisión de la que tardaste tiempo en recuperarte –de la que jamás te recuperarás, de hecho–.

Hoy el teléfono no suena. Pero a las ocho te despierta el sonido del silencio. Un silencio que trae de nuevo todos los recuerdos. Y por un momento todo vuelve a ti de nuevo. Aquel día. Aquellos momentos. Aquellas sensaciones que ya se quedaron para siempre a vivir en tu interior. Ha pasado tiempo, es cierto. Todo se ha normalizado, la ausencia se ha integrado. Ahora los recuerdos no son dolorosos y a veces incluso esbozas una sonrisa. Una sonrisa triste y nostálgica. Son recuerdos que, aunque no duelan, traen el eco del dolor, se clavan en la piel como pequeños alfileres y ya no como grandes clavos. Pero siguen punzando. Porque una madre es siempre una madre. Antes, durante y después. Por mucho tiempo que pase.

Hoy no lloras, ni siquiera una pequeña lágrima, ni siquiera los ojos húmedos. No sabes aún que llorarás más tarde, que llorarás mucho. Porque ahora las lágrimas esperan, saben esperar. Y aparecen justo en el momento preciso. Un momento que, paradójicamente, es siempre es el momento más inesperado. Hoy el recuerdo es una sonrisa. Seca, sin sollozos. Y un sentimiento de orfandad, como el que siempre tienes, como el que no te puedes quitar de encima. Ese sentimiento de no tener ya nada por delante. De ser el próximo. De estar frente a las cosas –al futuro, a lo que venga– sin ningún escudo. Sin ninguna guardia que te proteja. Eso es ser huérfano. Ser el primero. Estar al descubierto. A la intemperie del tiempo.

SÁBADO 8 / El viento en tu rostro
Almuerzo con tus hermanos en El Yeguas. A las diez de la mañana. Decides irte en bici para hacer algo de hueco en el estómago. Llegas sudado pero con hambre. Por supuesto, decís “hace ya seis años que se murió la mamá; y ¿cuántos ya que se murió el papá?” Os miráis. Sabéis que algo se mueve por dentro. Y decidís seguir comiendo y bebiendo. Hoy te apetece dulce. Después de la carne a la brasa, torta de chicharrones. Es una manera de dulcificar el día. Antes de irte, tu hermano J. trae la Velosolex que se ha comprado. Un bici de los años cincuenta con motor que ha conseguido arreglar. Te subes y te das una vuelta. Es como entrar en una puerta de tiempo. Imaginas que así sonaría la huerta hace sesenta años.

Cuando vuelves a casa son cerca de las dos y el sol comienza a picar. Regresas despacio en la bici, casi saboreando el momento, sintiendo el viento en tu rostro. No sabes si será por el alcohol, pero el caso es que percibes ese instante como un momento de intensa felicidad. El paraíso se recobra por momentos. El viento hace las funciones de la magdalena de Proust. El viento, que parece venir del pasado.

Por la noche, cenas con R. en un japonés. Es una noche agradable. Estás cansado, pero extrañamente feliz. Y el cuerpo te pide exprimir el día hasta el final. R. te aguanta el ritmo lo que puede. Quedáis con J., tomáis una copa y al rato la acompañas al coche. Sigues la noche algo más con J. Compráis las entradas para el concierto de la semana siguiente. Después te encuentras con N., M. y R. Habláis de todo un poco. De quién es guapo y quién es atractivo, de lo que importa el cuerpo o la mente en una relación. Las conversaciones a esas horas son extrañas y son más de las seis de la madrugada. Está bien para un día que empezó tan temprano.

LUNES 10 / Aire de Kassel
Temprano continúas con la revisión de la traducción del libro de Mieke Bal. Después, a las once, sesión de fisioterapia. El cuello ya está mucho mejor, aunque aún te duela. Al llegar a casa, en ese estado casi hipnótico en el que sale uno del masaje, te encierras y acabas por fin Kassel no invita a la lógica. Has demorado la lectura todo lo que has podido. Es la obra que más te ha gustado de Vila-Matas. Haces una fotografía de cómo ha quedado el libro, completamente desvencijado y lleno de subrayados. Te recuerda al ready-made malheureux de Marcel Duchamp al que alude en algún momento Roberto Bolaño en 2666. El viento, moviendo un libro de geografía. Una de las obras de arte que Vila-Matas ve en Kassel y que atraviesa toda la reflexión –The Invisible Pull, de Ryan Gander– es precisamente una ráfaga de viento. Por alguna razón el aire, la brisa, la experiencia del paseo y del arte es lo que está detrás de lo que cuenta Vila-Matas. Te hace gracia esa ironía. Cuelgas la foto en Instagram y también se la envías a Enrique. Te responde al minuto, como si el mail lo hubiera llevado y traído un viento ligero.


Por la tarde sales a correr. Parece que te han dejado un cuerpo nuevo. Llegas casi sin cansancio. Y te pones a preparar la intervención del seminario de Narrativa que tienes el jueves. Has pensado una conferencia sobre tecnología y nostalgia en la obra de Agustín Fernández Mallo, en cómo las tecnologías del pasado vuelven al presente a través de los objetos obsoletos. Pero te falta por leer su último libro, Limbo. Sospechas que hay mucho allí de eso sobre lo que quieres hablar.

MARTES 11 / Limbo
Te levantas temprano para preparar la clase sobre Arte de acción. Hablas de la transgresión de la norma, de la busca de la animalidad. Explicas en diez minutos los rudimentos del psicoanálisis y te das cuenta de que muy pocos lo entienden. Cuando acabas con la tradición del performance simbólico vienés, te adentras en el Body Art y la tradición norteamericana. Te interesa mucho más. Sobre todo la obra de Vito Acconci. Es un artista fascinante y central. El modo en que él y otros convierten el lenguaje en materia es esencial para entender los desarrollos de mucho del arte contemporáneo. Dices que este tipo de arte nos ayuda a pensar. Y planteas la pregunta de si alguien alguna vez en la vida se ha mordido el codo. Nos vamos a morir sin saber cómo saben nuestros codos. No podemos percibir del todo nuestro cuerpo. Tan sólo experimentamos fragmentos.

Después de clase, llegas a casa con el tiempo justo para comer y volverte al seminario. Globalización y tecnología en la narrativa hispánica. No es tu campo, te sientes un intruso. Y al mismo tiempo aprendes muchísimo. Aprendes de todas y cada una de las conferencias. Acabas tarde. Cuando llegas a casa terminas las pocas páginas que te quedaban de Limbo. Está lleno de imágenes inquietantes y perturbadoras. Imágenes poéticas capaces de sugerir intuiciones sobre el mundo. Eso es sin duda lo que más te gusta de la escritura (la narrativa y la poesía) de Fernández Mallo, su capacidad para enunciar un conocimiento poético del mundo. En Limbo, el recuerdo del pasado se amplía a través de la tecnología; los objetos guardan memorias intangibles e incomunicables. Y hay una especie de duelo por lo analógico, por esa imagen –y sonido– original que casi está rozando la reflexión sobre lo sublime. La obra de Agustín cruza al ámbito del arte a través de lo performativo. Quizá sea porque la has leído justo después de la de Vila-Matas, pero el caso es que encuentras bastantes cosas en común. Un interés por el arte, por el aire, por el paseo, por muchas cosas. Cada una es vanguardia a su manera y de un modo diferente. Y mientras que AFM presenta al final una especie de duelo, EVM deja en el sujeto una felicidad, una emoción. A pesar de ser tan alejadas, crees que comparten un cierto aire: lo intangible, la búsqueda de lo infraleve, de esa experiencia última y original. O quizá decir esto ahora haya sido arriesgar demasiado.


MIÉRCOLES 12 / Artista verdadero
Temprano arriba para ir a clase. Tienes que hablar del fauvismo y el expresionismo. No es tu día. Te aburres hablando y notas que los alumnos también están aburridos. No sabes quién ha empezado ese bucle de apatía.

Quisieras organizar la conferencia de mañana pero no tienes tiempo. Esta tarde tienes una mesa redonda con Isidoro Valcárcel Medina y aún no has preparado nada. Lees a toda prisa el catálogo de la exposición, sacas conclusiones, subrayas y escribes unas cuantas páginas para tener algo que decir. Pero estás muerto de sueño. Duermes una pequeña siesta y te levantas con el tiempo justo para llegar a la conferencia. Es excepcional. Valcárcel Medina es quizá el artista más auténtico de todos cuantos conoces. Es Marcel Duchamp. Algo así debería ser él. Su conferencia o su digresión es sobre el tiempo y el espacio. Habla del arte más allá o más acá del arte. Te acuerdas en todo momento del libro de Vila-Matas. Es como si hubiese entre ellos una extraña conexión. Incluso en las lógicas –en las no lógicas– y en el modo de pensar. Imaginas cómo debió de ser la “Conferencia para nadie” que plantea Vila-Matas al final del libro sobre Kassel, y piensas que tendría mucho que ver con eso que estás escuchando ahora. Y piensas también en John Cage, y en su “Conferencia sobre nada”. Y en la idea que en el fondo todos parecen compartir: que el arte nos rodea y no podemos escapar de él, que en el fondo los marcos y los pedestales son los que nos lo arrebatan y lo separan de nosotros. Que lo importante es el aire, el intervalo, es el espacio entre las obras. Lo que no se ve, pero se percibe. De nuevo, lo infraleve.

Después tienes que subirte a la mesa y hablar junto a otros dos ponentes, J. y A. No sabes qué decir. Cualquier cosa es un sinsentido y estropea la conferencia de Valcárcel Medina. Te esperas para hablar al final. Y lo haces de un modo demasiado académico. Usas términos como heterocronía, anacronismo, deslocalización… que crees que resumen en lenguaje académico lo que Isidoro ha dicho en lenguaje cotidiano. Fracasas. Tienes la sensación de haberte intentado pasar de listo. Estar ante un artista verdadero invalida –o deja a la altura del betún– el discurso crítico.

Quisieras haberte quedado a tomar unas cervezas con ellos, pero tienes que volver a casa para preparar los cuarenta minutos del día siguiente. Cenas un sándwich rápidamente y te sientas frente al ordenador. Retomas cosas escritas anteriormente. Cortas, pegas, mezclas, escribes…, poco a poco vas creando la ponencia y va tomando forma. Lo dejas todo trazado y a media noche sales para el tanatorio. Ha muerto la madre de M.T., la abuela de tus más queridos amigos. Sabes que en estos momentos es necesario estar. Llegas allí y los abrazas. Y te emocionas, aunque aún no lo hagas evidente –lo harás más adelante–. Es la vida. Es la muerte. Es lo que hay. Lo inevitable.


JUEVES 13 / El viento, de nuevo
Temprano, consejo de departamento. Acaba tranquilo. Más de la cuenta. Sin solución de continuidad, clase en Historia del Arte sobre Chris Burden y sus experiencias con el dolor y el imaginario del riesgo. Al proyectar la obra Shoot y preguntar si alguno de tus alumnos ha sido disparado alguna vez, dices que tú sí lo has sido. Eras pequeño, pero lo recuerdas. Es uno de los momentos célebres de tu infancia. Jugabas a los pistoleros con tus primos. Tenías cuatro años. Tu prima cogió la escopeta de su hermano sin saber que estaba cargada y te disparó en el entrecejo. Recuerdas los gritos, la sangre, el dolor, tu hermano E. conduciendo sin carnet hacia el hospital y tu madre con el pañuelo de urgencia por la ventanilla –el viento, de nuevo–; lo recuerdas como una especie de historia en la que tú eres el héroe. Todavía tienes guardado el balín. Podías haberte quedado ciego, podías haberte quedado tonto, podía haber pasado lo peor. Pero no pasó. De nuevo, el azar. La contingencia. El accidente. Duchamp. Otra vez.

Llegas a casa, preparas el Power Point para la presentación, y sin tiempo para comer vuelves para tu ponencia a las cuatro. Como siempre has preparado más material de la cuenta. Te aturullas al final y dejas caer ideas que no te da tiempo a explicar en detalle. Aun así disfrutas hablando en un campo que no es el tuyo. Disfrutas en esa nueva disciplina en la que no haces más que aprender constantemente. Como también aprendes y disfrutas con el resto de ponencias. Y en la cena, y en las copas.

Vuelves a casa en la moto. Es tarde. Sientes el viento en el rostro. Una vez más. Suave, agradable, como una caricia que te reconforta. Es tu madre. No se ha ido. Es el viento.

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10/3/14

Presente continuo (28 febrero - 6 marzo)

[Diario personal publicado semanalmente en La Opinión]

VIERNES 28 / El retorno del dolor
Sientes el crujido cuando te estás secando la cabeza. No, otra vez no, por favor. Intentas estirar el cuello, lo mueves para un lado y para el otro, pero el dolor no se va. Otra vez no, por favor, piensas. Te echas sobre la cama, te estiras, te tiras al suelo, intentas moverlo, pero ya es imposible. Se ha vuelto a quedar atascado. De nuevo. Justo ahora que ya había pasado. Justo ahora que habías comenzado a recuperar la normalidad. Te vistes lo más rápido que puedes para llegar a clase. Hoy tienes tres horas seguidas. Te tomas dos ibuprofenos y coges el coche sin poder mirar hacia la derecha.

Das la clase como puedes. Una vez más, mientras estás sobre la tarima parece que nada te duele. La intensidad elimina el dolor. Sobre todo la intensidad de la clase de hoy. Al hablar de las relaciones entre arte y ética a raíz de la Olympia de Manet, pones algunas imágenes impactantes. Dices que a partir de ese momento, el arte y la ética se separan, y que el artista se aleja progresivamente de su relación con la moral. Acabas hablando de la célebre obra de Guillermo Vargas sobre el perro que muere de hambre en una galería. Es la obra que en Intento de escapada atribuiste a Jacobo Montes. La indignación en el aula es creciente. Y se dispara por completo cuando proyectas unas imágenes de Zhu Yu, el artista chino que supuestamente comió unos fetos como crítica a la política china sobre la natalidad. Las caras de asco son evidentes. La polémica acaba por desatarse. Por un momento te das cuentas de que estás reviviendo los primeros capítulos de tu novela. Ahora tú eres Helena, la profesora que intenta explicar por qué eso es arte. E intentas buscar con la mirada algún Marcos, algún alumno que defienda tu postura. Pero apenas encuentras más que reticencias. Alguna defensa tamizada, pero poco más.

Acabas la clase agotado. Sabes que es imposible convencer a nadie, pero en el fondo sales contento. Cuando te vas escuchas las conversaciones entre los estudiantes. Están hablando de lo que han visto. Tienes la sensación de que en el fondo algo ha calado. De nuevo vuelves a cerciorarte de que el profesor está más para suscitar preguntas que para dar respuestas.

Te tomas otro ibuprofeno y casi sin solución de continuidad acudes a Fresh Friday que ha organizado Estrella de Levante por su cincuenta aniversario. Es una especie de reunión de tuiteros y agentes del social media murciano a la que has sido invitado. Os hacen una visita guiada por la fábrica y después tomáis unas cervezas (bastantes) y un tentempié que te sirve para comer sobradamente. “Pastel de carne y cerveza es un invento para exportar”, dice Y., que es otro de los invitados. El evento es un éxito y lo disfrutas. Sobre todo porque es la mejor manera de desvirtualizar a muchas personas a las que sigues en las redes sociales y que nunca habías visto ni tocado. Te das cuenta de que de vez en cuando el cuerpo es necesario. La cosa se alarga porque encuentras allí también a otros muchos amigos a los que ya has desvirtualizado más de una vez junto a unas cervezas. Casi os tienen que echar para que os vayáis. Seguís un poco más en el One y a las siete de la tarde el cuello casi ni te duele con la anestesia del alcohol. Aun así, esa es la hora a la que tienes que ir a la quiropráctica para que te suelte el cuello. El dolor del crujido al ponértelo en su sitio te levanta en peso y hace que casi vomites las cervezas. Pero el cuello mejora, al menos por unas horas.

Después, cargado de relajantes musculares y analgésicos vas al cine con R. a ver Her, de Spike Jonze. Con esa carga de medicamentos estás convencido de que te vas a dormir enseguida. Sin embargo, aguantas despierto. Y lo haces porque la película te fascina. No sabes si es porque te ha pillado sensible o por alguna razón que desconoces, pero el caso es que Her te enamora, te hace llorar y te emociona. Pero mucho más allá de eso ­–que puede ser porque el Yurelax te deja débil–, la película te interesa muchísimo por la visión que plantea de la tecnología. Por lo general, las películas futuristas están llenas de pantallas, y lo que Her muestra, en cambio, es la omnipresencia de la voz. Un retrofuturo donde lo auditivo sustituye a lo visual como patrón tecnológico. La interfaz es el diálogo, aunque sea un diálogo con una máquina. Es una distopía en el fondo –el hombre alienado, maquinizado, y la máquina humanizada–, pero no deja de sorprenderte cómo la voz y la escucha aparecen con tanta importancia. Te hace pensar. Y te hará escribir. En algún momento.

SÁBADO 1 / Dormir
Hoy dormitas casi todo el día. Te duele de nuevo el cuello. Mientras duermes el dolor se pasa, pero cuando te despiertas te vuelve a doler. Consigues leer un poco de Kassel no invita a la lógica. Sigues enamorado de este libro de Vila-Matas. Lo estás degustando muy poco a poco, disfrutándolo como los buenos vinos, saboreando cada página.

DOMINGO 2 / Somnolencia
Sigues dormitando. Y el cuello te sigue doliendo. Vas a casa de los padres de L. y te ve su hermano R., que es traumatólogo. Le dices que te inquieta ya este dolor continuo que vuelve una y otra vez. Te toca la espalda y dice que tienes una contractura sin curar. Necesitas fisioterapia. Y mientras tanto, Diazepan y un analgésico más potente. Nada más llegar a casa, sin comer casi, te tomas ambas cosas y vuelves a acostarte. Te levantas después de cuatro horas, intentas escribir algo pero no puedes. Cenas. Te tomas dos pastillas de Diazepan y recibes el sueño en la cama.  Mientras se te cierran los párpados, te das cuenta de que en estos dos días has dormido más que en toda la semana.

LUNES 3 / El futuro
Despiertas mucho mejor. El dolor apenas es un rumor. El Diazepan te ha hecho tener sueños lúcidos y has amanecido descansado. Te pones entonces frente al ordenador a la tarea que te tiene entretenido esta semana y de la que no vas a poder escapar: la revisión de la traducción del libro de Mieke Bal sobre Doris Salcedo. Está siendo mucho más duro de lo que habías imaginado. Y sobre todo mucho más complicado. Es la traducción que ha hecho un escritor argentino del texto en inglés americano de una autora holandesa y que va a ser publicado en una editorial colombiana. Y tu revisión la estás haciendo en castellano de España. Demasiada mezcla. Eso te desespera. Y te hace avanzar a pasos casi imperceptibles.

Por la noche vas a la Filmoteca a la inauguración del IBAFF. Quieres ver El futuro, la película de Luis López Carrasco de la que tanto has oído hablar. Al principio, lo que ves te desconcierta. Una fiesta ochentera en la que apenas se distinguen las conversaciones. Es la música –la banda sonora de las canciones de los ochenta– la que realmente cuenta todo. Conforme avanza la película más la comprendes. Está muy cerca de tus intereses en el arte de historia, en la manera en la que los artistas contemporáneos han comenzado a pensar el pasado. Ese pasado que imaginó un futuro. Observas que la película está en la frontera del cine-arte. Lo que muestra realmente son los sueños perdidos de una generación. Lo que se fue por un sumidero de sentido. El montaje, la música, la estructura, el pensamiento de la película te interesa mucho, aunque nunca te cautiva, porque el espectador acaba siempre frustrado. No hay posibilidad de establecer nunca una relación de empatía con lo que se está viendo. En el momento en el que uno quiere ser parte de la imagen, la imagen lo expulsa. Es una película compleja. Compleja a través de una aparente sencillez.

MARTES 4 / Provocación
Te levantas temprano y antes de ir a clase, sigues con la revisión de la traducción. El cuello te duele un poco. Aunque no demasiado. En clase hablas de la Merda d’artista de Manzoni y se produce un debate sobre lo escatológico. La provocación se te va de las manos.

Por la tarde, tienes cita con la fisio. Te hace daño. Mucho. Pero sales de allí con la sensación de que ha dado en el clavo, que sus dedos, que son como garras, han entrado en tu carne y han desecho una contractura que llevaba allí desde tiempo inmemorial. Sales algo mareado. Llegas a casa y te vuelves a poner con la traducción. Antes de dormir, Diazepan y Vila-Matas.

MIÉRCOLES 5 / Diazepan
De nuevo, temprano, la revisión de la traducción. Te está gustando mucho el libro, estás aprendiendo. Pero ya quieres terminarlo para ponerte por fin con lo tuyo. En clase, hoy toca el impresionismo. Ideas básicas, conceptos claves. Actualidad, fugacidad, pincelada suelta, vida moderna. Y crítica de género. En una hora lo ventilas.

Por la tarde, reuniones sin cesar y entrevista en la radio. Quieres ir a la presentación de Europa, pero te equivocas de lugar y ya no tienes tiempo de reacción. Empiezas a estar saturado. Vuelves a casa y te pones de nuevo con la revisión hasta más allá de la madrugada. Te tomas dos diazepanes y esperas a que te hagan efecto mientras escribes. Con somnolencia y casi inconsciente escribes en tu blog lo primero que se te viene a la cabeza.

JUEVES 6 / Escapar

Muy temprano, revisión. Luego, clase sobre el Accionismo vienés y el arte extremo. Por la tarde hay mil cosas a las que tienes que ir: conferencias, presentaciones, inauguraciones. Te tendrías que dividir para llegar a todo. Sólo de pensarlo te duele el cuello. Así que te quedas en casa trabajando. Hasta la medianoche. Hasta que se te cierran los ojos. Hasta que te queda un último capítulo del libro por revisar. Solo uno. Crees que todos tus dolores en el fondo se deben a esa tarea que te está quitando tiempo para tu escritura y para tu lectura. Quisieras perderte por unos días, desaparecer y encerrarte en una cabaña del bosque, sin compromisos, sin reuniones, sin charlas, sin nada. Solo tú y tu cuaderno. Ni siquiera Internet. Un hombre, una pluma y un cuaderno. Una historia de amor inolvidable. Es lo que imaginas. Es lo que quisieras. Es lo que piensas hacer. Algún día.

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6/3/14

La pausa intercrónica

En un texto sobre escultura y temporalidad, me asalta una cita de George Kubler sobre la naturaleza de la actualidad:
"Actualidad es cuando el faro está oscuro entre los destellos; es el instante entre el tic y el tac del reloj; es un intervalo vacío que se desliza para siempre en el tiempo; la ruptura entre pasado y futuro; la interrupción en los polos de un campo magnético giratorio, infinitesimalmente pequeño pero en suma real. Es la pausa intercrónica, cuando nada sucede. Es el vacío entre acontecimientos."

La configuración del tiempo (1962) es un libro al que habría que volver una y otra vez.