27/11/13

Presente Continuo 12

VIERNES 15
Cursos y seminarios.
Despiertas temprano en Huesca. Demasiado temprano. Te has traído la ropa de deporte para ir al gimnasio del hotel, pero en el último momento te arrepientes y subes a la habitación. Quizá la próxima vez.

La jornada es larga. Cinco conferencias y una mesa redonda desde la nueve de la mañana a las nueve de la noche. El tema es el álbum familiar y las maneras en las que ha cambiado la representación de la familia en los últimos años. Entre los ponentes hay de todo: artistas, guionistas, cineastas, antropólogos y tú, historiador del arte, que hablas de las obras de arte que reflexionan sobre el pasado para construir relatos familiares. Hablas de la memoria, del recuerdo, del olvido, de la guerra, del trauma. Y te sientes muy cómodo. Es una charla parecida a la que diste en Helsinki hace unos meses, pero ahora es en español, y puedes improvisar sobre la marcha, saltarte cosas e introducir nuevas ideas. Mientras lo haces piensas en la libertad que permite el lenguaje cuando eres tú el que lo domina y no al revés.

En la cena te sientas junto a S., cuyo último corto ganó un Goya el año pasado. Su trabajo te parece muy interesante, pero sobre todo su personalidad y sus intereses. Conectáis de inmediato. Y pasáis toda la noche hablando de literatura. Es curioso, comparte contigo autores, temas y rutinas de lectura. A veces uno encuentra almas gemelas de modo fugaz. Y es consciente de que esas personas, si vivieran cerca, seguramente estarían entre sus mejores amigos.

SÁBADO 16
Más que literatura.
El AVE hacia Madrid sale a las ocho. Te levantas a las seis y media para hacer la maleta y llegar a tiempo a la estación. Apenas has dormido y el día va a ser también intenso. Quieres ver exposiciones en Madrid y pasar la tarde en el festival Eñe. Y el trayecto del tren, las dos horas y pico, lo quieres dedicar a escribir el Presente Continuo de la semana pasada que, una vez más, lo has dejado para el final y lo vas a escribir de un tirón, a partir de las pequeñas anotaciones que has ido tomando durante la semana.

Subes al AVE, sacas el ordenador y comienzas a escribir. A los quince minutos de viaje, el tren se para. Sigues escribiendo, metido de lleno en los recuerdos de la semana. Para no escuchar a la gente del vagón, tienes la música a todo volumen. Es un manera de abstraerte del entorno y poder concentrarte. Después de un tiempo, vuelves en ti, miras a tu alrededor y te das cuenta de que el tren no se ha movido. Lleva ahí media hora. Te quitas los auriculares y por fin escuchas: se ha roto, nos vamos a quedar aquí hasta que venga otro tren.

Así, parados, estáis más de tres horas, sin cobertura móvil y en medio de ninguna parte. Al final llega un tren. Tenéis que bajar todos –los treinta y cinco viajeros– por una escalera hacia las vías y subir en el otro tren. Comienza a llover. Hace cada vez más frío. La Guardia Civil ha venido para ayudar a la gente a acceder al nuevo tren. No es demasiado fácil subir por la escalerilla que han puesto allí. Tú no tienes demasiado problema. Pero piensas en las señoras mayores que iban en el asiento de al lado. Haces fotos de la escena. El tren llega a Madrid a las dos, con cuatro horas de retraso. Adiós exposiciones.

Comes con L. y B. en un restaurante cubano. Empezáis a beber daiquiris para acompañar la yuca y la carne mechada y acabáis justo a tiempo para llegar al Círculo de Bellas Artes y ver la primera mesa redonda de la tarde. No tenéis entrada. J. llevaba unas cuantas pero aún no ha llegado. Así que os coláis. Entráis con decisión y nadie os para. Os han visto cara de escritores. O algo así.

Entre charla y charla saludas a muchos amigos y conoces a varios escritores y editores. Desvirtualizas a muchos que sólo conocías a través de las redes sociales. Cuando los saludas parece que os uniese una gran amistad. Es extraño. Más que conocer, parece que ahora la gente se reconoce. El primer contacto no es exactamente el primero. Es una suerte de déjà vu siniestro.

Después, cena y copas. En el Galdós, dejas que G. te pinte los labios de rojo sangre. Mientras estáis sentados hablando de literatura, oyes un estruendo y ves que alguien está tirado en el suelo. Es R., que ha tropezado con la puerta y ha tenido una caída monumental. Os acercáis corriendo para ver si está bien. Perfectamente. Ha sido un lapsus, dice. La literatura tiene estas cosas.

La noche se alarga bastante. Se forman parejas extrañas. Os quedáis al final sólo unos cuantos. Cuando lo cierran todo, B. os lleva a un antro cuyo nombre no recuerdas. Está cerrado. Toca a la puerta durante varios minutos con suavidad diciendo “Tony, Tony, Tony”. A ti te recuerda a Sheldon Cooper. A esas horas todo recuerda a algo.

Allí pides un Oporto que ya no te puedes beber. Te das cuenta de que a lo largo del día has bebido vermú, vino, cerveza, whisky, ron, ginebra y ahora, el Oporto. Sólo de pensar en la resaca del día siguiente te entra un mareo. Son más de las cinco. No puedes seguir la conversación. Te adentras hacia el baño con dificultad y por allí te encuentras a otros escritores que te saludan. Decides que es hora de volver al hotel.

DOMINGO 17
Deseos.
La resaca es de las mayores que has tenido. L. dice “esto ha estado a punto de salir mal”. Y es verdad. El dolor de cabeza es tremendo y el traslado en taxi hasta Chamartín es duro. Quizá si vomitaras… El viaje va a ser largo. Lo vas a sufrir. Cuando te subes en el tren, el vagón parece una guardería. Niños que no paran de gritar y dar saltos. Estás rodeado. Va a ser largo, sí. Sin embargo, como por arte de magia, al abrir La calle Great Jones, de Don DeLillo, el mareo desaparece. Te sumerges en la lectura y apenas das dos o tres cabezadas. Llegas a Murcia siendo persona, pero al levantarte te das cuenta que no puedes ni con tu alma. Te arrastras hasta el coche prometiéndote no volver a repetir estas cosas.

En casa, R. te ha preparado una sorpresa que no cuentas por pudor y que te despierta del todo. Creías que estabas muerto, pero tu libido está por las nubes. Sucede en el sofá. Es de los mejores que recuerdas. Después de tanto tiempo juntos, el sexo no sólo no se ha resentido sino que cada vez es mejor. Es diferente, conocéis ya de sobra el cuerpo del otro. Pero hay algo que sigue latente desde la primera vez y que revive en cada momento. Algo secreto, oculto, invisible, que aparece cuando menos te lo esperas y hace que sientas la necesidad imperiosa y urgente de recorrer de nuevo ese lugar que ya habitas. No sabes cómo llamarlo. Amor, claro. Pero hay algo más. Deseo. Animal, puro, sin destilar.


MARTES 19
Afectos.
Asistes en el Espacio Pático a la presentación de El verbo de hizo carne, el libro de relatos erótico-religiosos de Rubén Castillo. Tienes pendiente leerlo. Después, os quedáis un rato hablando entre amigos sobre arte y literatura. Se produce un pequeño momento de tensión que, afortunadamente, acaba arreglándose al final. Te das cuenta de que ante la cultura no puede uno posicionarse desde un punto de vista meramente racional. Es como la vida; está construida a través de emociones y afectos. Y éstos son delicados y sensibles.


JUEVES 21
Futuro.
Por la mañana, conferencia de José Carlos Somoza sobre Shakespeare y la novela de suspense. La disfrutas y aprendes. Somoza es uno de tus escritores favoritos. Es autor de thrillers. Un autor best-seller, se podría decir. Pero su imaginación y su capacidad para crear suspense y tensión es excepcional.

Por la tarde, sigues con la literatura y acudes a la presentación de Edición anotada de la tristeza, el libro de poemas con el que José Alcaraz ha ganado el Premio de Poesía Joven de RNE. Es un libro hermoso, construido a través de grandes espacios en blanco y pequeñas notas al pie. Recuerdas que su lectura fue sobrecogedora. La presentación también lo es. Y acabas con la sensación de que quizá sea cierto eso de que Murcia es un lugar de escritores. Están sucediendo muchas cosas. O quizá siempre han sucedido y ahora tú les prestas más atención. Pero acabas teniendo claro que si algo no está en crisis en esta región, eso es, sin duda, la literatura.

Después, en la noche, la presentación de otra iniciativa más: AHARMUR, la asociación de Historiadores del Arte que han iniciado unos jóvenes con ganas de hacer cosas. Está claro: nadie se queda parado, la gente se mueve. Y esto es un signo de esperanza. El futuro se construye así. Desde el presente, creando, haciéndose ver, mostrando que seguimos vivos, que está surgiendo vida en medio de toda la mierda que nos rodea. El futuro es ahora. En todas estas pequeñas grandes cosas. Hay que comenzar a saber verlo.


18/11/13

Presente continuo 11

VIERNES 8
Tecnología.
Nuevo teléfono. Llevabas algunos meses queriéndolo cambiar. Con las actualizaciones continuas se había quedado demasiado lento y llegaba a desesperarte. El nuevo es mucho más rápido. Una máquina fascinante.

La tecnología te apasiona. Siempre te han atraído las maquinitas. Eres un geek. Lo reconoces: te gustan todos los gadgets. Es un vicio, casi tanto como los libros. Cuando piensas en todos los cachivaches electrónicos que has ido teniendo a lo largo de los años, te ruborizas. Sobre todo porque ahora ya ninguno sirve para nada. Cada dispositivo venía con una promesa de felicidad. Y ninguno llegó a cumplirla del todo. Todos fueron sustituidos en la plenitud de su vida. Obsolescencia programada. Caminos cortados, vidas posibles, cajones llenos de sueños que no llegaron nunca a hacerse realidad.


SÁBADO 9
Gravedad.
Sientes cierta culpabilidad por haber estado toda la noche con el nuevo juguete. Así que te levantas temprano y te pones a escribir. Toda la mañana. Escribes precisamente este diario, la parte publicada la semana pasada. Tenías que haberlo enviado anoche, pero con el móvil te distrajiste y ahora vas con el tiempo justo. Necesitas más de dos horas para escribirlo. Esta semana apenas has podido sentarte frente al ordenador y ahora tienes que reconstruirlo todo a partir de unas simples notas.

Después de comer, en la hora de la siesta, ves el Madrid con L. en El Parlamento. Gana el Madrid. Sin solución de continuidad, y antes de volver a casa, en un bar de copas de Pérez Casas ves empatar al Murcia. Son las ocho de la tarde y te das cuenta de que llevas varios gin-tonics encima. Has quedado con R. para ir al cine a ver Gravity y L. dice que te vas a marear entre el 3D y las copas. Pero no te mareas, no. Lo que sí ocurre es que Gravity te enerva. Es una película plana, sin historia, sin guión, sin profundidad emocional alguna. Es pura superficie, efectismo burdo. Crees que funcionaría mejor como el vídeo promocional de un planetario que como película. Imágenes impactantes, todas construidas digitalmente. Pero ya está. Experiencia visual despojada de todo lo demás. Y muy pretenciosa. Sales cabreado del cine. R. comparte tu indignación.

DOMINGO 10
Lo imposible.
Ves las noticias del tifón de Filipinas y te quedas sin habla. Es imposible hacerse cargo del número de víctimas. Lo inimaginable tiene lugar. Si lo pensaras detenidamente te romperías por dentro. Quizá por eso no lo piensas, para seguir escribiendo, para seguir leyendo, para seguir comiéndote los macarrones con queso después de las imágenes que muestra el telediario. Unas imágenes que no te afectan. Son tan inconcebibles que no es posible asumirlas. Al final del telediario, sin embargo, vuelven a ponerlas. Esta vez, con música. Utilizan la banda sonora de Lo imposible. Y la realidad se convierte en una película. Es entonces cuando consiguen emocionarte. Y te enfadas contigo mismo porque sabes que la emoción y el estremecimiento no provienen de la realidad, sino de la ficción. Si ahora lloras con las imágenes es porque la música conecta con un imaginario establecido de sensaciones y emociones. El espectáculo sustituye lo real.

LUNES 11
Texto para un cuerpo.
Pasas toda la mañana preparando el recital literario que tienes por la tarde en el Zalacaín. Estás nervioso. Es tu primer recital. En alguna ocasión has leído cuentos en público, pero ha sido siempre algo breve. Así que lo preparas a conciencia. Quieres leer un poco de todo, desde tus primeros cuentos hasta algún fragmento de la novela que estás escribiendo ahora. Y también hacer algo diferente. Algo que escribiste ayer y llevas pensando unos días. Un texto para un cuerpo. El jueves pasado, hablando sobre cómo colaborar con el colectivo La Mano Robada, pensaste en que esa sería una buena manera de hacer algo juntos. Un cuento-performance. M. ofreció su cuerpo como página en blanco. Y tú aceptaste el reto.

Por la tarde, antes del recital, pasas por la casa de los chicos de La mano robada para guiarlos en la escritura y asegurarte de que vas a poder leer el texto. J.I. comienza a escribir en el brazo de M. y, a las pocas palabras, te das cuenta de que no entiendes del todo su letra. Será mejor que lo escribas directamente. Esto no estaba planeado. Aun así, decirles hacerlo. Y lo que sucede en ese momento es extraño. Aunque el cuento ya está pensado y escrito en el papel, escribirlo sobre el cuerpo desnudo de M. es como volver a materializarlo. Te sientes como una especie de copista medieval. Recuerdas mientras escribes algunas escenas de The Pillow Book, la película de Peter Greenaway en la que el cuerpo se convierte en un libro. Y eso es para ti ahora el cuerpo de M., un libro. O mejor, un cuaderno. Un cuaderno vivo que recorres con tu escritura. Ella está desnuda. Completamente. Es joven. Muy bella. Su piel es suave. Sus pechos son hermosos. En otras circunstancias probablemente estarías excitado. Sin embargo, cuando escribes, cuando recorres su piel con tu escritura, cuando tienes que tocar sus pechos para escribir en uno de sus pezones, cuando recorres su vientre o incluso cuando tienes que arrodillarte frente a su pubis y posar tus manos sobre su sexo para escribir en él, paradójicamente, te das cuenta de que tu libido ha sido sublimada. Es un acto puro, despojado de toda sexualidad. Estás ante un cuerpo. No un objeto, ni mucho menos. Sino un cuerpo que siente, lleno de vida. Un cuerpo que respira. Ésa es la clave. Eso es lo que hace que la escritura tenga sentido. Vida desnuda, intensa, natural, salvaje.

Más tarde, cuando leas su cuerpo para finalizar el recital, de nuevo volverás a sentir esa extraña neutralidad paradójica. Una sublimación absoluta. Un texto que es un cuerpo. Un cuerpo que es un texto. Una escritura viva. Un acto de belleza.

El Zalacaín está lleno de amigos y también de gente que no conoces. Tus nervios aumentan por momentos. Y un instante antes de ponerte frente al micrófono, tu corazón comienza a palpitar con intensidad. Es raro, has dado más de doscientas conferencias, has recorrido los espacios más variopintos y te has enfrentado a todo tipo de público. Pero esta noche es diferente. No sabes por qué, pero lo que sientes no se parece a nada que hayas experimentado antes. No es exactamente nerviosismo. Y de eso te das cuenta en el momento en el que comienzas a leer uno de los primeros cuentos que escribiste. Aumentan las palpitaciones y notas cómo algo se mueve por dentro. A diferencia de lo que ocurre con las conferencias, donde sientes que te vas gastando conforme avanzas, ahora sientes todo lo contrario; es como si te estuvieses llenando de energía. Imaginas entonces las palpitaciones como el parpadeo de la luz en el cargador de una batería. Cuando acabas, estás pletórico. Es como un subidón de una extraña droga de diseño.

Por la noche no puedes dormir. Todo vibra. Tienes que hacer una meditación para sacar de tu cuerpo la energía sobrante. Imaginas que sale por tu pecho, como una explosión hacia el resto del mundo. Mientras lo haces, intentas saborear el momento. Te gustaría retenerlo para siempre. Quisieras que fuera posible meter algo de esto dentro de una cajita para poder rescatarlo en el futuro. Porque eres consciente de que todo pasa y las cosas no van a ser así para siempre. Precisamente por eso quieres detener el tiempo, apresar este instante de absoluta felicidad. E intentas grabarlo a fuego en tu memoria. Para que cuando las cosas sean diferentes puedas decirte: sí, ese día fue feliz, estuvo ahí, existió.

MIÉRCOLES 13
Magma.
Presentación de la Revista Magma en el Espacio Pático. No cabe un alma. Tienes que decir unas palabras. Apenas tienes tiempo de preparar nada e improvisas sobre la marcha. No es difícil esta vez. Sólo tienes que agradecer: agradecer que hayan contado contigo, que existan iniciativas así, que la gente no se quede parada en tiempos como estos, que nazca una plataforma para dar voz a la cultura en Murcia, y que lo haga de esa manera, elegante, con estilo, con inteligencia, como si fuera una revista cultural de Brooklyn. Larga vida a Magma, dices para acabar. Y esperas que sea así.


JUEVES 14
Fin de fiesta.
Sales temprano para Huesca. Haces escala en Madrid durante unas horas y aprovechas para solicitar el visado chino. Al final te convencieron para viajar a Pekín. Cuando llegas a Madrid no das crédito a lo que sucede con la basura. Lo habías visto en la televisión, pero no podías imaginar que estaba por todas partes. La sensación es extraña. Parece el día después de algo. Un día de resaca. El fin de una fiesta bizarra.
Después, comes con A. y, entre otras cosas, habláis precisamente de esa sensación de post-festum. Reconoces que eres un afortunado habiendo nacido unos años antes, cuando había oportunidades. Ahora ni siquiera habrías podido conseguir una beca. Por muchas matrículas de honor que hubieras sacado. Porque ahora las cosas son mucho más difíciles. Es el final de una fiesta. Es el día después. El momento en el que todo ha comenzado a resquebrajarse.


A las nueve llegas a Huesca. Está lejos. Hace frío. Mañana hablas sobre arte y memoria. Estás cansado. Caes a la cama y te duermes sin leer.

Presente continuo 10


VIERNES 1
Viajar en el tiempo.
Las tres y media de la tarde. El cementerio está vivo. Parece un día alegre, de una extraña felicidad nostálgica. Flores, bullicio, gente que se mueve de un lugar a otro. El cementerio convertido en un pueblo. Un pueblo vivo al que ahora tú regresas. Y de camino hacia el panteón familiar tropiezas con muchos rostros conocidos. Compañeros de colegio, madres que iban a recoger a sus hijos, gente que esperaba en la parada del autobús, que hacía cola en el kiosco, en la librería… figuras que fueron el paisaje visual de tu infancia y que cada año vuelves a encontrar en el cementerio. A algunos no los reconoces del todo, a otros muchos sí; sus rostros han cambiado, pero hay algo en ellos que te lleva al pasado. Aun así, no los saludas. Los miras de reojo, pero no los saludas. No los saludabas en el colegio y no lo vas a hacer ahora. Eran simplemente parte de una imagen, estaban allí, como figurantes, eran el telón de fondo de todo lo que sucedía en aquellos años. E imaginas que tú también debiste serlo para ellos. Paisaje, atrezo, mera escenografía de esa gran obra de teatro que es la vida. Por eso sientes también que eres mirado, que para los demás formas parte de esa imagen que ahora vuelve a ser construida. Qué paradoja, piensas, con ellos –con esos que nunca saludaste aunque conviviste de algún modo– compartirás este espacio para siempre. Pero entonces ya no os veréis, ni os miraréis de reojo. Tan solo seréis paisaje. Esta vez sí. Paisaje mineral, cosa, objeto, tierra, polvo.

Pasas unas horas frente a la tumba de tus padres con tus hermanos. Es extraño. Habéis naturalizado la pérdida. Miráis las fotos y ya no sentís esa punzada de los primeros años. Ahora las fotos os miran pero ya dicen menos. O siguen diciendo, pero de otro modo.

Sentados en unas sillas parece que estéis representando una reunión familiar. Habláis entre vosotros, pero mentalmente –y eso ninguno lo dice– también incluís en la conversación a los que están detrás del mármol, como si ellos os pudieran escuchar, como si todo lo que decís estuviera reverberando en otro lugar. Quizá por eso habláis de la huerta, del lugar que todos habitaron alguna vez, y J. dice que ha plantado patatas pero que les está costando salir. No es tan fácil ser agricultor. Sobre todo después de toda una vida trabajando en otra cosa. Ya no quedan huertanos como los de antes, dice P. Apenas quedan unos cuantos que sepan cómo respira la tierra. Son los últimos habitantes de un mundo que ya hace algún tiempo que se fue. Los nuevos huertanos tienen que aprender desde cero. Huertanos de Internet, los llama tu sobrina. Porque J., su padre, mira en Internet cómo se cultiva, qué tipos de patatas son los mejores para la tierra… pero aun así no siempre salen las cosas. Hay que escuchar la tierra, dice el vecino. Los huertos hablan. El problema es que ya no hay nadie que sepa entenderlos. Se ha perdido todo, vuelve a decir. Y entonces se hace el silencio. Miras las fotos de las lápidas. Miras a tus hermanos. Habéis perdido mucho, es cierto. Pero no se ha perdido todo, piensas. Nada se pierde para siempre.

Cuando subes al coche para volver a casa ni siquiera pones la radio. Necesitas ese espacio de silencio para poder regresar al presente. En quince minutos vuelves a 2013. Existen los viajes en el tiempo. De eso estás seguro. Este es uno de ellos.


DOMINGO 3
Leer.
Pasas el sábado y el domingo encerrado leyendo una tesis de la que serás tribunal el lunes en Granada. Lo has dejado para el último momento y se te ha echado el tiempo encima. R. se quedó a dormir con su madre y tú has pasado la noche en vela con las más de quinientas páginas de la tesis. No es la mejor que has leído, pero es buena. Aprendes cosas, anotas ideas, descubres algún libro que no conocías.

Apenas has dormido para intentar hacerlo en autobús. En tren puedes leer y trabajar, pero en autobús te mareas y sabes que la única opción que te queda es dormir. Es lo único productivo que puedes hacer durante el viaje. Sin embargo, el autobús que te toca en el trayecto hacia Granada es tan estrecho que apenas puedes moverte. Y cuando el pasajero del asiento de delante se reclina, el espacio que te queda es prácticamente inexistente. Las tres horas y media se te hacen eternas y llegas con un dolor de rodillas que ya no se irá en toda la semana.

Cenas temprano y te subes al hotel a leer tranquilamente. No tienes sueño, la tele no funciona y lees prácticamente de un tirón lo que te falta de Fuera de aquí, las conversaciones de Enrique Vila-Matas con su traductor francés. El libro es maravilloso. Vila-Matas habla de sus inicios en la escritura, da claves sobre cada uno de sus libros, menciona a sus referentes, sugiere lecturas… una joya para los vilamatianos como tú. Cuando acabas de leer te entran unas ganas terribles de ponerte a escribir y una frase te taladra la cabeza: “Escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente.”

LUNES 4
Cum laude.
Casi todas las tesis a las que asistes acaban con el cum laude. Algunas lo merecen, otras no tanto. Esta es muy buena, y sin duda lo merece, al menos el cum laude que se da en España. Porque quizá el cum laude debería quedar solo para alguna ocasión excepcional, para esas tesis que te dejan sin respiración, para esas que aparecen muy de vez en cuando y siempre se recuerdan.

Conoces en Granada a gente interesante. Al final, la experiencia es provechosa. La ciudad es preciosa y huele bien. Te llama la atención el olor a especias de las calles por las que te llevan al restaurante después de la lectura. La vuelta es mucho más agradable que la ida y tienes más espacio en el autobús. Puedes dormir algo. Sueñas con Vila-Matas. Te dice que escribas. Te lo ordena.

MARTES 5
Escribir.
Sales a correr temprano y nada más volver te pones a escribir. Es un mandato. Es necesario. Te lo ha dicho Vila-Matas. La novela estaba casi parada desde que regresaste de Venezuela. Después de cada viaje tu cabeza necesita un tiempo para volverse a poner en marcha. Lees lo que llevas escrito hasta el momento. La distancia te hace ser demasiado crítico y apenas salvarías nada. Aunque es cierto que hay partes que te gustan. Y decides continuar por ahí. Escribes del tirón diez páginas de las que te sientes contento. La semana ha tenido sentido.

MIÉRCOLES 6
Política.
Te das cuenta de que en este diario apenas hablas de política. Te parece todo una gran parodia trágica. Cierran Canal 9 y te parece un disparate. Pero los argumentos te parecen un disparate mayor. Todo puro cinismo. Pero lo que te indigna cada vez más es lo que sucede con la educación. Crees por un momento que lo que hace el Ministro Wert es una performance. No es normal que en época de crisis, el ministro peor valorado sea el de educación, por debajo del de economía o la de empleo. Los demás ministros deben de estar encantados con él. Es la cortina de humo perfecta. De no ser porque lo que está llevando a cabo, pasito a pasito, no es solo el recorte y la reforma de algunas cosas, sino la transformación paulatina de todo un sistema. Es un cambio de modelo, un paradigma peligroso que nos lleva hacia otro estado de cosas. Y eso es grave. Muy grave. Prometes reflexionarlo otro día cuando tengas más espacio y más argumentos.

JUEVES 7
Fuisteis yo.
Por la mañana, después de correr, tienes un encuentro con alumnos de Bellas Artes que han leído tu novela. La experiencia es interesante. Cambio de rol. Entrar en un aula como escritor y hablar de “tu obra” en lugar de hablar de la obra de los demás. Te emociona ver que a muchos les ha gustado y les ha servido para transformar su visión sobre algunas cosas. Esa era la intención. No puedes estar más contento.

Por la tarde, visitas Fuisteis yo, la exposición de Tatiana Abellán en Molina de Segura. Acabas emocionado y perturbado con sus fotografías borradas y su poética de la fragilidad. Estás enamorado de sus obras y del modo en el que visualiza la destrucción de la memoria. Aún no lo sabe mucha gente –supones que a partir de ahora mismo ya será público–: la protagonista de la novela que estás escribiendo hace exactamente lo mismo que Tatiana, borra fotos antiguas intentando encontrarse en las huellas de los otros. Por eso Fuisteis yo te emociona tanto. Por eso no puedes quitarte de la cabeza esas imágenes que se ofrecen a la mirada y que ya nadie es capaz de reconocer.