24/8/13

Fin de un mundo

Después de estar todo el verano soñando con Apocalipsis zombis, invasiones extraterrestres, ataques terroristas, guerras mundiales y fines del mundo varios, hoy he soñado que se me perdían las bandejas del desayuno y emprendía una búsqueda sin cuartel por las acequias de la huerta intentando encontrarlas. La sensación de angustia era terrible. Mi madre era quien las había perdido. ¿Por qué había sido tan descuidada? ¿Como iba a poder yo ahora seguir desayunando? El fin del mundo estaba cerca. Al menos, el fin de un mundo. Me he despertado sobresaltado y todavía estoy asimilándolo.

20/8/13

Textos, idiomas y más lecturas

Por fin he podido acabar el texto sobre Xu Bing y su Background Story. Era de los últimos encargos que había recibido. El año pasado. Uno acepta estas cosas que vencen a los siete u ocho meses creyendo que nunca llegará el plazo. Pero al final siempre llega. Todo llega. Y llega siempre en el peor momento, cuando uno menos se lo espera o cuando uno quiere descansar o cuando uno está en otras cosas. Sea como sea, siempre te pilla con el paso cambiado. Y el caso es que al final uno aprende. Por que, si no, ¿de qué otro modo me iba a haber yo puesto a leer con intensidad sobre el arte chino contemporáneo? Ha sido una forma de ampliar horizontes. Y la obra me ha gustado. Muy inteligente. Y muy sutil su crítica de la tradición y de la banalización a la que la somete el mundo global y el discurso de la alteridad.



En cualquier caso, una cosa hecha. Mesa limpia, libros colocados en sus estanterías –cada texto en el fondo es un viaje de los libros de la estantería a la mesa–, y a por lo siguiente. Y lo siguiente es la conferencia que tengo dentro de dos semanas en Turku sobre arte, trauma y memoria. Allí volveré a la cuestión del arte de historia, esa que analicé en Materializar el pasado, y hablaré un poco sobre la obra de Francesc Torres. Lo tendré que hacer en inglés. Y eso me angustia. El inglés me mata. Es mi asignatura pendiente. De siempre. No importa el tiempo que haya pasado en los Estados Unidos, el tiempo que haya estudiado, los libros que haya leído, las películas y series que haya visto... no importa, no, mi inglés es un desastre. Es un desastre cuando lo hablo y es aún más desastre cuando lo leo. Porque cuando lo hablo, aunque tenga miles de fallos gramaticales, al menos hay cierta fluidez y cierto tono de tensión, de realidad; pero cuando lo leo, a los cinco minutos aquello ya no hay quien lo escuche. Por alguna razón, al ver escritas las palabras en el folio acabo pronunciándolas aún peor.

Imagino que ya no hay solución. Hay gente que tiene siempre un problema que no puede ser arreglado. El mío está claro que es el inglés. Bueno, si fuera sólo el inglés...

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Aparte de estas cosas, después de volver de Londres, he seguido con mi disciplina lectora de narrativa. He intentado volver a ciertos clásicos que tenía pendientes –otra laguna que voy ir paliando poco a poco–, Viaje al fin de la nocheRayuelaEn el camino. Aunque por todos ha pasado el tiempo, Céline y Cortázar me han cautivado; Kerouac no tanto. Puedo llegar a comprender lo que supuso, pero ha sido una lectura muy pesada.

Para no perder el pulso del presente, estas lecturas las he ido combinando con cosas más recientes: Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucia Ramis, una muy interesante novela familiar que tiene unas reflexiones sobre la memoria muy, muy sugerentes. Además, Llucía escribe como los ángeles. Mimoun, de Rafael Chirbes, delicia de novela que ya apunta lo que será el gran Chirbes y que se adentra en el Marruecos más desconocido y menos exótico. Uno acaba de leerla sintiendo el sudor y el ambiente de Mimoun. El error, de César Aira: no he llegado a entrar en el mundo de Aira del todo. Tiene reflexiones y momentos ensayísticos que me gustan mucho, pero uno tiene la sensación de que hay una dejadez y una falta de intensidad que al final te saca de la lectura. Aun así quiero seguir leyéndolo, porque sí que está claro que ahí hay un gran escritor, sin duda.

También me he atrevido con La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, un thriller decepcionante que se lee muy rápido, pero casi más para sacárselo de encima que para disfrutar de la lectura. Todo el mundo habla del libro y lo de los premios no se entiende. Es un thriller normalejo tirando a malo, que no es mucho mejor –ni tampoco mucho peor– que lo que se encuentra en la mesa de novedades del Eroski. El marketing a veces hace mucho daño. A veces los libros es mejor no esperárselos. Entonces sí que te sorprenden. Y eso es en cierto modo lo que me ha pasado con Donde dejé mi alma, de Jérôme Ferrari, publicado por Demipage. Puedo decir que es uno de los mejores libros que he leído en lo que va de año. Una novela sobre la guerra de independencia de Argelia, sobre el sistema de torturas del ejército francés, pero especialmente sobre lo que ocurre en el interior de los hombres que luchan por algo que no saben muy bien qué es. Una muestra más de que la literatura puede llegar al un lugar al que la Historia difícilmente puede acercarse: el interior del alma humana. Pedazo de escritor este Ferrari. Sin duda seguiré leyéndolo.



9/8/13

Londres

Una semana en Londres. Esas han sido mis vacaciones. Mis vacaciones de no hacer nada, digo. El resto del tiempo, aunque no tenga clase, sigo sin parar del todo escribiendo textos pendientes cuya fecha de entrega venció hace mucho tiempo. Muy pocas veces me he ido de viaje sin acabar lo que tenía que hacer. Por lo general, los veranos anteriores me angustiaba hasta el último momento. Y cuando entregaba las cosas pendientes y terminaba el trabajo, entonces me planteaba descansar. Este año ha sido diferente. Sabía que no iba a haber manera de terminarlo todo. Así que decidí irme in media res, con las cosas a la mitad. Y ha tenido su gracia. Ahora las retomo con más gana después de la semana de desconexión.

Por alguna razón, Londres no me gustaba. No sé por qué, apenas había estado allí antes, pero tenía la sensación de que era una ciudad que me daba grima. Sin embargo, después de esta semana larga de relax, creo que me he enamorado de la ciudad. Casi, casi al nivel de París. Aunque sigue ganando Nueva York. Allí sí que me perdería.

En Londres hemos hecho turismo. Turismo al nivel de los turistas. Raquel no había ido nunca. Y yo, apenas dos días. Así que hemos cogido la guía Lonely Planet y hemos seguido a las masas. Aunque masas tampoco había tantas. Las justas y comprensibles de un agosto en Londres. Hemos seguido el patrón del turista clásico: National Gallery, British Museum, Tate Modern... Hyde Park, Westminster, London Tower, Tower Bridge... vamos, lo que hace la gente cuando va a Londres. Eso sí, lo hemos tomado con calma. Con mucha calma. Sin prisas y sin angustiarnos por ver nada. A nuestro ritmo. Parando casi en cada esquina para tomar un café o una cerveza. Y pasando de las millones de cosas que hay en los museos para centrarnos sólo en lo que nos interesa. 

De ese modo, en el British, por ejemplo, hemos disfrutado de los mármoles de Partenón y de poco más. Al resto le hemos echado un vistazo. Para saber que estaba allí, pero ya. Y lo mismo en la National Gallery, aunque allí era más difícil. Hay tantas obras maestras que es difícil concentrarse en pocas. Pero había que elegir con qué emocionarse. Y yo lo he hecho con El matrimonio Arnolfini, de Jan Van Eyck, y con Los Embajadores, de Holbein. Este cuadro ha sido de las mayores sorpresas –también Raquel se quedó a cuadros–. Siempre se lo imagina uno más pequeño. Pero te atrapa por completo. También, por supuesto, Velázquez, Caravaggio, Boticelli y más cosas. Creo que es el museo de arte del pasado que más he disfrutado en tiempo. Más que el Louvre y más que el Prado. 


Y como suele ocurrir, siempre se encuentra uno con cosas que no conocía de nada y que le sorprenden. Cosas que no tienen que ser necesariamente importantes o mejores que las demás; simplemente, que en ese momento concreto se muestran a nuestros ojos de modo distinto y nos llaman la atención. En la National, yo me he quedado prendado del rostro de una Susana en el baño, de Francesco Hayez, un pintor del XIX que confieso que no conocía. Un cuadro normal, casi kitsch, pero que, sin embargo, por alguna razón desconocida, a mí me ha enamorado. Bueno, el cuadro no; el rostro.

Francesco Hayez, Susana en el baño, 1850

Y por supuesto, en Londres, hemos ido de librerías. Eso que no falte. Foyles me ha conquistado. Y también el resto de librerías más pequeñas. Y algunas Waterstones, y Blackwell, y London Review  Bookshop. Me he venido cargadito de libros, aunque sin pasarme –viajar en turista con limitación de peso en el equipaje es lo que tiene–. Y me ha hecho mucha ilusión encontrar en Foyles, en el apartado de "New Spanish Fiction", Intento de escapada. Uno es así de crío y se emociona con estas cosas. 

En fin, que me ha encantado Londres y que quería escribirlo aquí aunque fuera así, de corrido, sin pensar demasiado y sin atender mucho a las formas. Ahora, toca volver a encerrarse. A leer y a escribir. En el aire acondicionado. No diré que me disgusta.