30/7/13

Más lecturas

Como dije en el post anterior, voy a dedicar una serie de entradas a documentar mis impresiones breves a las cosas que voy leyendo estos meses. Seguimos, pues.

Leo El país del miedo, de Isaac Rosa (Seix Barral). Por alguna razón, había ido dejando este libro hasta ahora. Las cosas que había leído de Rosa me habían convencido de que es uno de los escritores más sólidos de su generación. Parece mentira que sea tan joven. Otra maldita historia sobre la guerra civil me pareció una reflexión muy pertinente y lúcida sobre la memoria. Y La mano invisible es también un libro que me fascina. Tanto la prosa, como el tratamiento y, especialmente, los temas que aborda Rosa me parecen de lo más interesante que se escribe actualmente en español. El país del miedo es quizá el libro más accesible de todos los suyos. Y creo que incluso el mejor escrito. Me gustaría escribir con esa prosa contenida, directa, reflexiva, que en ocasiones se introduce lo ensayístico. Es un libro muy inteligente sobre los miedos contemporáneos. Y sobre lo que uno es capaz de hacer para superarlos, si es que eso es posible. Creo que en septiembre llega el siguiente libro de Isaac Rosa, La habitación oscura. Ardo en deseos de leerlo. Es una rara avis en el panorama español. Junto con Gopegui, quizá es de los pocos que se muestran abiertamente comprometidos en su literatura. Está claro que no siempre es necesario hacer literatura claramente política para que los efectos de lo producido sean políticos, pero entre los que lo hacen, Rosa, sin duda, es de los mejores. Y a mí me tiene cautivado.

Como cautivado me tiene también, aunque por otras razones, Luisgé Martín. No había leído nada hasta el momento. Y era un escritor que tenía pendiente. Muchos me habían hablado de La mujer de sombra (Anagrama), pero no había tenido el tiempo de entrar allí. En lugar de por ahí, comencé por el final, La misma ciudad, el último libro de Luisgé. Y he de decir que me sorprendió muy gratamente. Un relato sencillo, pero profundo y muy bien narrado que me recordó muchísimo a Paul Auster. La literatura como una manera de contar historias, historias extraordinarias que, sin embargo, no dejan de ser historias posibles. Esa capacidad narrativa de Luisgé, que hizo que me bebiera el libro en apenas una hora, fue la causante de que me decidiera rápidamente, y casi sin solución de continuidad, a adentrarme en La mujer de sombra.  Y ahí descubrí un grandísimo libro, una historia de esas que reverberan, y un acercamiento al abismo que me dejó con muy mal cuerpo. Vamos, lo que uno le pide a la literatura, que lo traquetee y lo despierte. El modo de trabajar con las emociones, la historia de la mujer que cambia por amor, la historia del hombre que cae a las profundidades del fango... Una lectura inolvidable. Perfecta. Sin duda, lo que más me llegó fueron los momentos en los que el narrador se aparta de toda moralidad y entra directamente a explorar la oscuridad y el morbo. Y lo hace de un modo que consigue también despertar la parte más terrible del lector. Hay una imagen casi al final del libro, una imagen que no puedo desvelar, que aún se mantiene latente y que a veces vuelve para perturbarme.


16/7/13

Lecturas rápidas

Se acabaron los exámenes –trabajos, correcciones...– y apenas queda algo de burocracia universitaria por terminar. Guías docentes y poco más. Parece que, por fin, la cosa va volviendo a calmarse. Faltan textos por entregar –siempre hay algo que entregar; no conozco la sensación esa de no tener en el horizonte una cosa que hacer; probablemente es maravillosa–, pero he comenzado a tener algo más de tiempo para leer. Y he decidido leer por mero placer, sin la atención, ni la tensión, de estar pendiente para hacer una reseña. En Facebook y en Twitter voy dejando constancia de las cosas que me van gustando y las que me gustan menos. Pero como todo se pierde, y para que no se me olvide, voy a comenzar a subir aquí aunque sea en plan rápido, algunas de las impresiones de lo que voy leyendo. Impresiones que no pretenden ser más que eso, emociones subjetivas sin pretensión alguna. Creo que les pondré la etiqueta de "lecturas rápidas"

Aquí van algunas –iré subiendo poco a poco más–:

-En la orilla, de Rafael Chirbes (Anagrama). Creo que es de las mejores novelas que he leído en muchísimo tiempo. Confieso que no había entrado en Chirbes y que incluso me parecía exagerado todo el revuelo que se había montado en torno a esta novela. Pero fue abrirla y quedarme absolutamente prendado de lo que pude leer. La voz de Chirbes es la de un grande la literatura. Y En la orilla es la crónica no sólo de la crisis, sino de la España moderna, de esa modernidad más allá de la ciudad y la tecnología, de esa modernidad que es una pervivencia del pasado, de las cosas que se resisten a cambiar. Es una cartografía también de la condición humana. Una obra imprescindible para entender nuestro presente, y lo que somos. Me ha recordado mucho a Thomas Bernhard, no sé por qué. Quizá por su mala leche. Por su visión a contrapelo del mundo que le ha tocado habitar. Tengo claro que a partir de ahora tendré que entrar en Chirbes con más detenimiento. Ha ganado un lector para siempre.

Moo Park, de Gabriel Josipovici (Cómplices editorial). La he devorado porque habla de la escritura, de lo que significa escribir, del placer de pasear, de cómo pensar... Es casi un libro de duelo por un tiempo que ya se va. El lamento de uno de los últimos elementos de la cultura moderna. Porque Josipovici, como Jack Toledano (el protagonista de la novela), es un moderno. Alguien que no entiende lo que pasa con los nuevos tiempos posmodernos y que prefiere escribir a máquina y pasear. El libro, de hecho, es la memoria de los paseos de Toledano con su amigo mientras le cuenta cómo va el libro que está escribiendo. Y a partir de ahí va surgiendo un monólogo casi continuo sobre todos los aspectos del mundo contemporáneo. Especialmente sobre literatura. Ha sido una experiencia muy enriquecedora. Aunque puedo entender que para muchos pueda resultar cansino por momentos. Sobre todo hay algo –y esto también está en Chirbes en algún momento– que yo no acabo de entender del todo: el abuso del punto y seguido. En toda la novela no hay un punto y aparte. Es un párrafo seguido. Esto es algo que siempre me ha disgustado de ciertos escritores –incluso de los que más me fascinan, como Beckett y Bernhard–, esa desconsideración con el lector. Puedo comprender que tiene un sentido narrativo, de continuidad, vanguardista, experimental... pero desde mi punto de vista es una dificultad gratuita que en la mayoría de las ocasiones no aporta demasiado. Al menos, a mí. Sería que soy demasiado posmoderno y estoy muy acostumbrado al fragmento y al párrafo corto.

Las escaleras de Chambord, de Pascal Quignard (Galaxia Gutenberg). No me ha gustado nada. De hecho, al final he tenido que acelerar y leerlo casi por compromiso. Tiene momentos y páginas muy poéticas, pero me parece deslavazado, sin sentido y lleno de tópicos burgueses. Cuenta un mundo de marqueses y ricos que no me interesa, pero además lo hace de un modo tan viejuno y ñoño que es difícil empatizar con él. Y eso que Quignard es de los escritores que más en consideración tengo. Butes (Sexto Piso) me parece una obra magistral. Y algunos de sus ensayos (El odio a la música, El sexo y el espanto...) son también obras maestras. Quizá sea mejor ensayista que novelista. Y es que con sus novelas siempre tengo la sensación de fracaso. Es un mundo muy relamido con el que nunca llego a empatizar. Un mundo de sentimientos que cambian bruscamente. Un mundo demasiado francés para mí. Aun así, seguiré comprando todas las novelas de Quignard, e intentándolo una y otra vez con cada una de ellas. Una frase, un párrafo o una imagen pueden ser suficientes para justificar varias horas de lectura.

2/7/13

(Des) hacer la imagen

Aunque "me estoy quitando" del arte –es un decir– y quisiera centrarme algo más en la literatura durante los próximos años, es imposible dejarlo del todo. Dejar de escribir ensayo o crítica de arte me va a ser casi imposible. Y también muy difícil dejar de dar conferencias. Incluso dejar de comisariar exposiciones. Al final, por mucho que uno quiera moverse del sitio, hay lugares que son la toma de contacto con el mundo. Para mí, el arte es eso, el lugar de entrada y acceso a las cosas. Quizá por eso no pueda dejar del todo de hacer cosas, por mucho que me lo proponga. Y quizá por eso, en el fondo, por mucho que diga que quiero escribir narrativa y encerrarme, no encuentro la manera de decir que no a algunas propuestas que me van llegando. Una de ellas es el trabajo curatorial que hago como miembro del colectivo 1er Escalón, un pequeño grupo de tres amigos (con Isabel Durante y Ana García Alarcón) que me sirve para estar en contacto con la realidad del arte contemporáneo más actual. Trabajar en grupo tiene sus ventajas. Cada cual hace lo que mejor sabe hacer. Y entre los tres nos complementamos muy bien. Creo que es la única forma en la que conseguiré volver a comisariar algo.


Nuestra última exposición se llama (Des)hacer la imagen: los ecos de lo visible, y se inaugura hoy, 2 de julio, en la galería Art Nueve de Murcia. Es un pequeño proyecto sobre la memoria de las imágenes y los procesos de creación a través del borrado y la supresión de lo visible que cuenta con la presencia de tres artistas que nos gustan mucho: Josechu Dávila, Almudena Lobera y Tatiana Abellán.  Los tres presentan trabajos que tienen que ver con la idea de que para mostrar imágenes a veces es necesario quitarlas de la vista, reducirlas, borrarlas, desmaterializarlas o esconderlas.

Aquí van algunas fotos del montaje. Y en la web de 1er Escalón pronto colgaremos el catálogo de la exposición.