14/6/13

Mañana por la mañana

–Oye, cuánto tiempo, ¿cómo vas? ¿Terminas ya de corregir exámenes o k ase?
–Calla, calla, qué pesadilla, llevo prácticamente tres semanas que no hago otra cosa.
–Pero tiene que dar gusto ver cómo han aprendido los chiquillos.
–Hombre, chiquillos, chiquillos... algunos ya saben lo que se hace, y otros me doblan la edad. Y sí, está bien cuando ves que han aprendido, que todo ha servido al final de algo, pero qué monotonía, señor, qué cansino. Doscientos cincuenta exámenes, a una media de tres folios y pico por examen, con una letra ilegible... y en todos pone lo mismo, más o menos.
–¿Y puedes ser objetivo?
–Eso es imposible. Al menos en este tipo de exámenes de desarrollo. Depende de muchas cosas. No es ciencia. Yo lo único que sé es que no soy injusto con nadie poniéndole menos nota de la que se merece. Es posible que en algún caso dos exámenes iguales puedan tener uno más nota que otra –depende de tantas cosas, lo que has leído antes...–. Quizá uno tenga suerte y por alguna razón le ponga medio punto más, pero nadie saca menos de la cuenta. Ahí sí que soy preciso. Prefiero equivocarme al alza que a la baja. Es una injusticia menor, creo yo.
–Ufff, la verdad es que lo imagino y me entra una cansera...
–Ya te digo. Lo peor es que hay un momento en el que es imposible seguir, que ya todo te suena igual, ya no sabes qué has leído, qué han dicho o qué les falta por poner.
–Pero descansa en esos momentos, hombre de Dios, si no se te va a nublar la vista.
–Lo sé, y lo intento. Pero como vamos con esa presión... Hay que poner las actas, hay que subir las notas, hay que, hay que, hay que. Y lo único que no hay es tiempo.
–...
–Y luego las prácticas, corregir miles de prácticas... un disparate. El sistema no funciona. El sistema es un truño como un puño.
–Pues evalúalos de otro modo.
–¿Cómo? ¿A boleo? Eso lo puedes hacer cuando tienes poca gente en clase. Pero cuando son legión, así no hay manera. Bolonia se va a cargar la universidad. Eso lo tengo claro.
–No eres el único. Lo pienso yo también, y eso que soy tu parte maldita.
–...
–Venga, ya queda menos. Estamos ya casi acabando.
–Ay, si fuera verdad. Pues no quedan papeleos y mil cosas aún... Y trabajos de fin de grado, y de fin de máster, y actas, y burocracia, y guías docentes. Y luego, conferencias y otros textos que me tienen loco.
–Y eras tú el que querías escribir otra novela.
–Sí, mañana por la mañana.
–Te espero Juana en el balcón.
–Eso.
–Eso.


10/6/13

El 36

Cuando comencé mi carrera, había en mi clase un señor que tenía 36 años. Un día vino a estudiar a casa y mi madre lo apodó “el 36”. A partir de entonces esa edad significó para mí una especie de barrera insalvable entre la juventud de mis 18 y una madurez que en aquel momento veía demasiado lejana. Hace unos meses volví a ver a ese hombre y estaba exactamente igual. Llevaba su bicicleta, su maleta de piel y sus pantalones anchos de lino. Andará ya cerca de los cincuenta, pero me pareció el mismo de aquellos días de universidad, como si los años no hubieran pasado por él.

Cosas de la vida, hoy, 10 de junio de 2013, soy yo el que comienza a ser “el 36”. Y aún espero que alguien me diga en qué lugar está escondida la palanca que detiene el paso del tiempo.

9/6/13

Google Dreams

Por alguna razón, mis sueños se están haciendo cada vez más extraños y reales. Esta noche he tenido un Stendhal al entrar en barco a una ciudad que no conocía pero que era una mezcla entre Venecia, Dubrovnik y Amsterdam. Ahora me gustaría encontrarla y viajar allí para volver a sentir esa emoción intensa. Algún día alguien debería intentar crear Google Dreams.



3/6/13

Postferia

Tanto quejarme y al final incluso echamos un rato agradable. Pura antropología, la firma en la feria del libro de Madrid. Llegaron amigos a saludar, desvirtualicé a más de un tuitero que se acercó por allí y me dio mucho gusto tocarlos, verlos y escucharlos en su avatar real. Y también pude firmar algún que otro libro en plan autor de verdad a lectores desconocidos. Eso confieso que me hizo mucha ilusión. Que alguien a quien no conoces de nada se acerque a decirte que va a leer tu libro porque sí, con las cosas que hay que hacer, es como para ponerse de rodillas y aplaudir. Luego estuvo también la parte más divertida, la de la confusión. Cada dos por tres se acercaba alguien a preguntar por el último libro de Gerónimo Stilton, el de Pío Moa o un manual de escalada avanzada. Como íbamos todos de negro, me confundían una y otra vez con los dependientes de la librería Antonio Machado, muy modernos y simpáticos ellos. El año que viene, o cuando sea que me vuelva a tocar firmar en una feria del libro, me llevo un cartel que ponga "autor novel", "joven desconocido" o una L grande y verde, como los conductores recién salidos de la autoescuela.