31/5/13

Feria del libro

Queridos amigos, este sábado 1 de junio me estreno en la Feria del libro de Madrid. Estaré firmando –lo de firmando es un decir– «Intento de escapada» entre las 19 y las 21h en la caseta 300 (librería Antonio Machado). Imagino que la cosa se va a parecer demasiado a «Esperando a Godot». Esperando al lector, casi habría que llamarlo. Así que si os queréis pasar aunque sea para contar unos chistes, dar apoyo moral o ayudar a organizar la cola de Falcones –que firma a la misma hora– estaré más que encantado de encontraros por allí.

24/5/13

He muerto y he sentido pena por mí

Esta noche he soñado que he muerto y ahora siento mucha pena por mí. He soñado a veces que mueren los otros, y lloro, y sufro, y me despierto con lágrimas en los ojos  También he soñado que voy a morir, que todo se va a acabar de un momento a otro, pero siempre, antes de que eso suceda, me despierto sobresaltado y con el corazón acelerado.

Morir en un sueño es despertarse. Pero esta noche ha sido diferente. Esta noche he sentido morir. Me diagnosticaban una enfermedad extraña y me daban siete minutos de vida. Siete minutos que han durado casi una eternidad. Una vida, prácticamente. Una eternidad en la que poco a poco me he ido haciendo consciente de que todo estaba a punto de finalizar. Me he despedido de los míos. He hecho las paces con Dios. He vuelto a rezar después de muchos años en mi vida. Y me he preparado para morir. En paz, aceptándolo de buen grado.

Después, he muerto. He sentido que todo se apagaba, poco a poco, que ya no me podía mover, que ya no podía ver y que ya no podía sentir. Me he convertido en piedra, o en algo semejante. Sin conciencia del cuerpo, sin conciencia de nada, aunque sabía que era una piedra. O, más bien, un cadáver. Sabía que estaba muerto, que ya no era nada, pero no he desaparecido del todo. Y pasado algún tiempo, he resucitado. Me he sentido volver a la vida. He comenzado a poder moverme y he recuperado la vista. Entonces me he levantado y me he abrazado con mi madre. Ella me ha dicho "Menos mal, creíamos todos que ibas a morir". Después mi padre ha ido a por tabaco aprovechando que mi madre iba a comprar a la tienda. Y yo he salido a jugar un momento al patio y a hablar con el Pepe de la Julia, que no lo veía desde que murió. Todos estaban contentos. Yo también. Al menos mientras creía que había resucitado.

Por la mañana, me he despertado tranquilo, como si nada hubiera pasado. Pero enseguida he comenzado a sentir mucha pena. He sentido pena por mí. Por primera vez en toda mi vida. Ahora algo parece haber cambiado, aunque no sé muy bien qué. Solo sé que me duele el pecho, y creo que he muerto de verdad. Y, sobre todo, no puedo parar llorar.

20/5/13

El museo como puerta

Publicado originalmente en El cultural

En Punto Omega, Don DeLillo describe la experiencia de un visitante que se encuentra en una galería frente a 24 Hour Psycho, la obra de Douglas Gordon que consiste en la ralentización del célebre filme de Alfred Hitchcock hasta llegar a veinticuatro horas. En la sala, protegido por la oscuridad y bañado en la luz de las imágenes, el protagonista de la novela de DeLillo tiene la sensación de habitar un tiempo diferente y de encontrarse frente a un modo de percepción alternativo al de la vida cotidiana. Las obras de Douglas Gordon suelen provocar ese efecto en el espectador. Pero esa sensación de interrupción y temporalidad alterada, ¿sería la misma si en lugar de enfrentarnos a ellas en una sala de exposiciones lo hiciéramos en nuestra televisión o en el ordenador? Probablemente no. Porque la obra es el vídeo, por supuesto, pero la experiencia que propone necesita la presencia de un cuerpo en un espacio. Y lo que ocurre de modo evidente con la obra de Gordon, sucede con gran parte de las obras de arte, que siguen necesitando de un espacio real para ser experimentadas. Hoy, en plena era de la desmaterialización, todavía hay experiencias que es necesario vivir cuerpo a cuerpo. La del arte es una de ellas.

Marina Abramovic y Ulay, Imponderabilia, 1977
A riesgo de parecer reaccionario, y en un momento en el que el discurso sobre los museos tiende más bien hacia lo virtual y la puesta en cuestión de la ontología de la presencia, me gustaría reivindicar aquí la experiencia física y corporal del museo y la necesidad de preservar el sentido tangible y material de la confrontación directa con las obras. El museo como espacio de conservación, estudio y enseñanza, por supuesto pero, sobre todo, como lugar de encuentro sensible. En un momento de desaparición del tiempo y evitación del cuerpo, el museo nos sirve como espacio de resistencia, como una suerte de grieta por la que se cuelan modalidades de experiencia que alteran el orden cotidiano de las cosas.

Nos enfrentamos hoy a una situación compleja, que viene de lejos: el paso del museo como templo, que proporcionaba una experiencia casi sagrada del arte, al museo como supermercado y espacio del entretenimiento, el museo de las multitudes, donde la experiencia artística se ha convertido en turismo cultural. Algunos nostálgicos, como Jean Clair, reivindican sin cesar la vuelta a esa experiencia sagrada y cultural del arte frente al imperio de la banalidad. Sin embargo, si lo pensamos bien, tanto una como otra opción, el templo o el mercado, acaban siendo problemáticas. La primera nos aleja de la realidad y anula la subjetividad a través de la imposición de un discurso que nos sobrepasa. La segunda no supone corte alguno con la vida y acaba transformado la experiencia museística en un acto de consumo cultural rutinario. 

Quizá deberíamos optar por una opción diferente: el museo como umbral, como un lugar que no pierda del todo el contacto con la vida pero, al mismo tiempo, que suponga una cierta cesura, una interrupción de la temporalidad cotidiana. Un espacio de conflicto entre realidades. Me viene ahora a la cabeza Imponderabilia, la obra de Marina Abramovic y Ulay en la que se situaban desnudos uno frente a otro como si fueran los quicios de una puerta en la Galería Comunal de Arte Moderno de Bolonia. Cualquiera que quisiera entrar o salir tenía que rozarse con los cuerpos desnudos. El tacto, sentido maldito de la modernidad, se convertía en un imponderable. Y el espectador era confrontado con algo que alteraba su experiencia sensible y lo hacía consciente de su cuerpo. Quizá ésa sea la verdadera experiencia del museo, la de la alteración de los regímenes hegemónicos de sensibilidad. El museo como lugar de los cuerpos, como espacio de con-tacto. Un umbral en el que el cuerpo resiste, se altera y se rematerializa. El museo como puerta.

16/5/13

Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos. Consideraciones sobre el retorno de los zombis

Esta semana he participado en el C-FEM, el Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia, con una charla sobre zombis. Yo no soy un experto en el tema, ni mucho menos, pero sí es cierto que me apasiona. Quizá por eso acepté la invitación y preparé algunas notas sobre las que improvisé un poco. Algunos me han preguntado si se grabó la intervención. Afortunadamente, parece ser que no. Pero ante las peticiones de los fanáticos del tema, y sin que sirva de precedente, voy a colgar aquí las notas que llevaba para la conferencia. Lo hago a sabiendas de que se trata de un material precario, sin editar, lleno de reiteraciones, repeticiones, cosas dadas por sabidas y otras muchas que eran tan sólo apuntes para improvisar y comentar durante la charla. Aun así, como no creo que vaya a publicar esto en ningún lugar –sobre todo porque no tengo tiempo de ponerme a trabajar en serio sobre el material–, lo dejo en este limbo digital. Lo mismo alguna idea puede tener sentido y todo. Eso sí, os ruego que entendáis el texto como lo que es, la suma de unas notas precarias y escritas a la carrera para una intervención oral. No es un texto definitivo, ni mucho menos. Aunque las ideas están, y también lo que quería decir. Salvo alguna cosa.

*

Cuando se me pidió un título para hablar de zombis, no sé por qué, se me ocurrió este. "Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos".  Reverberaba en mí la frase del abad de Citeaux y legado papal Armando Amalric.

En 1209, en plena cruzada de interior, Simon de Monfort, jefe de los cruzados en la ciudad de Beziérs y ante la negativa de los cátaros de entregarse, dio orden de tomar la ciudad. Alguien de entre su séquito le hizo notar que en el interior de la ciudad además de herejes habían buenos cristianos inocentes. Simón de Monfort consultó entonces con el Amalric y éste le contestó: "Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos". Se cuenta que murieron en torno a 17.000 personas. Hombres, mujeres, niños, cátaros y no cátaros.

Por alguna razón, esta frase se me vino a la cabeza. Y fue una relación inconsciente. Acababa de ver Homeland, y seguía con The Walking Dead. Y enseguida pensé que había una relación entre ambas series y esta frase: los daños colaterales.

En Homeland, como en el terrorismo –y no olvidemos la relación de la palabra con el terror–, las víctimas son civiles, pero no sólo las víctimas de los atentados terroristas. También las víctimas de la guerra. La cruzada de Abu Nazir, el terrorista que persiguen, y la conversión de Brody, se produce precisamente después de una matanza indiscriminada. Hay una base terrorista cerca de una escuela. Y el vicepresidente ordena atacar. Hay niños. No importa. Es un sacrificio. Dios reconocerá a los inocentes. Son daños colaterales. Las guerras contemporáneas dejan miles de muertos.

En la horda zombi no hay niños, ni mujeres, ni inocentes. O nunca dejan de serlo. Todos son muertos, y todos son inocentes. Matar zombis indiscriminadamente es al mismo tiempo superar la colateralidad, es decir, el asesinato, o convertirse en un asesino de inocentes. El zombi es el inocente que vuelve. Porque Dios no pudo darle lo suyo, porque Dios ha muerto y no puede reconocer a los suyos. 

Creo que la era zombi tiene que ver, entre otras cosas con esto.

La guerra del Vietnam y las matanzas de Indochina fueron las primeras en las que la ciudadanía –sobre todo a causa de los medios– tomó conciencia de las matanzas de inocentes.

Q. So you fired something like sixty-seven shots?
A. Right.
Q. And you killed how many? At that time?
A. Well, I fired them automatic, so you can’t- You just spray the area on them and so you can’t know how many you killed ‘cause they were going fast. So I might have killed ten or fifteen of them.
Q. Men, women, and children?
A. Men, women, and children.
Q. And babies?
A. And babies.

Recordemos célebre póster anti-Vietnam que mostraba precisamente esa matanza indiscriminada con la frase: ¿Y los bebés? Y los bebés. 



Cuando en 1968 George Romero reinventa el zombi moderno, tiene claramente en la cabeza este imaginario. Gran parte de los estudios sobre el director vinculan su obra con un contenido político claro. Y él mismo suele hablar de cómo sus zombis en el fondo tenían que ver con aquellos muertos que nos rodeaban en Vietnam. De los que fuimos culpables y que ahora venían para encerrarnos en las casas, para asediarnos y para llevarnos con ellos.

Creo que el retorno de los zombis hoy tiene que ver, aparte de otras cosas, con el retorno de esa colateralidad. Mi tesis es que el retorno de los zombis tiene mucho que ver con el imaginario de la guerra y la muerte, de esas muertes de las que todos somos culpables –porque son para nuestra seguridad–. Son los que vuelven para llevarnos por nuestros pecados. Y también son aquellos que utilizamos para mostrar realmente lo que ya hicimos, matarlos a todos. Porque ahora sí que hay que matarlos a todos. Porque ahora la verdadera potencia indiscriminada del asesinato se puede ver satisfecha sin complejo de culpa.

Pero así como en las películas de Romero, todavía costaba trabajo matar a un zombi, hoy el zombi muchas veces se convierte en la excusa para la matanza indiscriminada, para la ultraviolencia de los vivos. El zombi vuelve para matarnos, pero también para que probemos sobre él nuestras armas. Fuego a discreción. El enemigo está por todas partes. Matadlos a todos. Ya no hay niños. Ya no hay culpa. Ya no hay Dios. Ahora ya está claro.

13/5/13

Democracia

Reseña publicada originalmente en Otra parte semanal

Hace poco más de un año, el escritor español Isaac Rosa observaba que, frente a la avalancha de ensayos sociológicos y políticos sobre la indignación y las protestas contemporáneas, no había un panorama narrativo que se hiciera eco de lo que estaba ocurriendo en España. “¿Dónde están las novelas de la crisis?”, se preguntaba. Curiosamente, como si su llamamiento hubiera sido escuchado –o quizá porque esos libros estaban escribiéndose–, de un tiempo a esta parte las mesas de novedades se han empezado a llenar de novelas que, con mayor o menor realismo, han comenzado a dar buena cuenta de las transformaciones económicas del país y de la atmósfera de indignación y crispación en la que los españoles estamos inmersos. Novelas tan distintas como El público, de Bruno Galindo, o Eres el mejor, Cienfuegos, de Kiko Amat, por mencionar tan sólo dos ejemplos, atienden a la situación real del país, al paro, a la pérdida de credibilidad de los políticos y a los movimientos ciudadanos.
Es en este contexto donde aparece Democracia, la cuarta obra de Pablo Gutiérrez (1978) –la primera que publica en la poderosa Seix Barral tras su paso por Lengua de Trapo–. Gutiérrez es uno de los autores jóvenes que mejor trabajan con la potencia del lenguaje como arma de construcción de la narración. En sus obras anteriores, tanto en Nada es crucial (2010) como enRosas, restos de alas (2008) –una primera obra que le valió entrar directamente en la lista de la revista Granta–, el autor despliega un lenguaje que se encuentra en el límite de lo poético y que da cuerpo por sí solo a narraciones que, aunque miran el mundo real de las clases medias y bajas, son presentadas casi más como fábulas abstractas que como historias reales.
Democracia es un paso más en su investigación sobre la potencia del lenguaje justo y cuidado, pero supone una especie de giro realista en su literatura, que se aleja de las referencias abstractas y arquetípicas para entrar de lleno en las consecuencias reales de la crisis. La realidad ahora se concreta y aparece de modo reconocible. Dos historias paralelas, la de la caída de Lehman Brothers y la del joven Marco, despedido de su trabajo el mismo día en que quiebra la corporación, muestran dos aspectos de la crisis: el espectacular y el cotidiano, el visible y el invisible. Y todo ello, con el trasfondo de la pérdida de confianza en los que nos gobiernan. Y con la creencia de que la poesía –los grafitis que comienza a realizar el joven y que sirven de inspiración para pequeñas transformaciones– es lo único que puede salvarnos. En las acciones minúsculas y aparentemente inofensivas es donde se encuentra la verdadera energía para la revolución. Aunque a veces creamos que ya nada sirve de nada.

Pablo Gutiérrez, Democracia, Seix Barral, 2012, 240 págs.


5/5/13

Una vestidura incómoda

De nuevo, no encuentras el tiempo para sentarte a escribir. Apenas unos segundos. Quieres escribir algo. Lo que sea. No importa el contenido. Sólo escribir. Poner palabras una detrás de otra. Casi como los minimalistas. Como Donald Judd. Una cosa detrás de la otra. Sin pretender nada. Sin pretender que esto se entienda. Abstracción. Casi. Un trazo. Un gesto. Lo que eso sería en la pantalla. Cómo hacer un trazo en la pantalla. Cómo hacer un gesto sobre el teclado. Igual que un pintor. Dar unos golpecitos, automáticos. Y que salga esto que está saliendo. Este post que sólo sirve para desentumecer los dedos. Y ya está. Y poco más. Y quizá para sentir que este espacio, este no(ha)lugar, sigue siendo un sitio para poder hacer lo que quieras. Y para acabar escribiendo esto. Así. Sin más. Al final del día de la madre. Del día en el que, otro año, no has podido felicitar a tu madre. El día en el que sientes que la herida se reblandece, que algo te muerde por dentro. Que hay un vacío, un abismo que se abre momentáneamente. No para que caigas, sino para que sepas que ya estás en su interior. Un abismo que te dice que lo perdido ya no puede volver. Que se ha ido para siempre. Pero un abismo que, sin embargo, no te engulle del todo. Porque aún quedan pequeños restos, trocitos de lo que se ha ido incrustados en tu piel. Y esos restos te protegen, como una armadura. Una armadura que, paradójicamente, se te clava y te hace de nuevo sangrar. Una protección que causa dolor. Es extraño, piensas. Todo esto es extraño. Y escribes este post de un tirón sin comprender exactamente lo que está pasando. Sin pretender tampoco que nadie lo entienda. Hay cosas para las que el lenguaje sigue siendo una vestidura incómoda.