28/3/13

Terminar

Tienes que terminar un texto. Debes hacerlo. Llega la fecha. El deadline es una pistola. La tienes en la sien, en la nuca, en el pecho, en el centro del esternón. La tienes alrededor de ti. El deadline esta vez te va a matar. Quedan tres días. Solo tres. Tienes que terminarlo y aún no has empezado a escribirlo. Es un texto académico. Oxford University Press. No sabes si volverás a escribir algo para ellos. Después de esto seguro que no. Llevas varias semanas leyendo sin parar. Estás paralizado. No puedes escribir una línea. Y quedan tres días. Y mucho por leer. Migratory Aesthetics. Te creías que sabías algo. Pero hay mucho más de lo que tú creías saber. Migratory Aesthetics. Una entrada en la Oxford Enciclopedia of Aesthetics. Iba a ser tu gran debut. Y la vas a cagar con todo el equipo. Lo sabes. Eres consciente. Está claro. Pero es igual. Tienes que escribir algo. Enviarlo. Como sea. Y tienes que dejar de leer. Dejar de leer sabiendo que ya no hay tiempo de leerlo todo. Sabiendo que el todo es algo que ya se ha escapado para siempre. Dejar de leer y ponerte a escribir. Tres días. Tres mil palabras. No es tanto. Jesús resucitó en tres días. Seguro que tú puede escribir tres mil palabras. Pero debes dejar de leer ya. Y de entrar en Internet, en Twitter, en Facebook, en las mierdas de foros esos en los que te metes. Y sobre todo: deja de escribir ya esta tontería que te has puesto a escribir solo para procrastinar un poco más. Haz el favor de parar ya y ponte a lo tuyo. No la cagues ahora. Todavía no. Date una oportunidad. Deja de decir tonterías y abre el Word. Tres mil palabras. Tres días. Migratory Aesthetics. Eso. Solo eso. Ya dormirás. Ya descansarás. Ya resucitarás. Al tercer día.

23/3/13

Compartir la alegría

Una de las cosas que siempre salen en la conversación cuando se habla del escritor contemporáneo es la cuestión de la promoción, o la autopromoción. ¿Debe el autor promocionarse o debería dedicarse, en lugar de eso, a escribir libros y dejarse de tonterías? Planteada así, claro, uno no tiene demasiadas dudas –no debería tenerlas– en quedarse con la segunda opción: el escritor tiene que escribir. Por supuesto, faltaría más. El problema es que el escritor, aparte de escritor, es también persona, y tiene sus inquietudes y le gusta hablar de su obra, y es cansino y pesado, y narcisista, y mil cosas más. Si no, en lugar de publicar, se guardaría sus escritos para sí mismo y no los compartiría con nadie. Pero cuando hablamos de un escritor, no sólo lo hacemos de alguien que escribe sino, especialmente, de alguien que publica –en una editorial, en un fanzine, en un blog o en su muro de Facebook–. Creo que ambas cosas van de la mano. Escribir y publicar.

El escritor es alguien que tiene algo que decir –o que cree tener, y no me meto ahora en si ese algo es mejor o peor– y que quiere decirlo, compartirlo, comunicarlo. La escritura es un acto de comunicación. Por lo general hemos creado la ficción de que ese acto va solo en una dirección: del escritor al lector. Y que el escritor es –o debe ser– un creador puro, que una vez escrita su obra, la abandone, la deje de lado y le dé igual lo que pase con ella. No creo que eso haya sido así nunca. En la actualidad tenemos muchas herramientas de retroalimentación. Las redes sociales son quizá la más útil e inmediata. Pero en el pasado también había otras muchas. Las cartas, las conversaciones, los debates... Los libros vuelven una y otra vez a su autor, para ser cuestionados, debatidos... El escritor siente curiosidad por las reacciones, le gusta escuchar, quiere saber qué se opina de aquello que ha escrito. No me creo del todo el arquetipo de escritor que se mete en su jaula de cristal y pasa absolutamente de lo que el lector tenga que decir, ese escritor que solo escribe, que no le importa nadie ni nada. Quizá ese sea el artista puro, no lo sé. Pero desde luego no es alguien con el que uno pueda hablar. Ni él quiere hablar con nadie, porque nunca escuchará.

Digo todo esto, lo escribo, lo publico, porque estos días comienzo a darme cuenta de lo mucho que me importa y me interesa lo que los lectores dicen de Intento de escapada. Me había pasado menos con otras cosas que he escrito, sobre todo con los ensayos. Pero esta vez... no sé por qué oscura razón me obsesiona saber qué tal va la cosa. Por eso de vez en cuando bicheo en Twitter y Facebook, pregunto a mis amigos y les doy el porsaco para ver qué les ha parecido la cosa. Y sobre todo para hablar, para dialogar. No diré que estoy obsesionado, pero casi. Tengo una gran expectación por ver cómo está siendo recibida, qué cosas gustan más, qué otras menos, en qué se está de acuerdo o en desacuerdo, qué debates puede suscitar... Y sobre todo, cada vez que sale algo, me gusta compartirlo: compartir mi alegría, mi perplejidad o mis inquietudes. Y, aparte de comentarlo con mis amigos más cercanos con una cerveza o un café, me da por poner alguna de estas cosas en Facebook o en Twitter, que es la manera de compartirlo con los amigos más lejanos, o simplemente con los contactos. Y aquí entramos en un terreno que últimamente me tiene bastante preocupado: ¿hasta qué punto se tiene que cortar uno en poner las noticias o las cosas buenas que le van pasando en su muro de Facebook, en su perfil de Twitter o en su blog?

A veces pienso que soy muy cansino subiendo fotos de la novela que la gente me envía, de cómo está en las librerías, de los entornos en los que la están leyendo, o poniendo enlaces a entrevistas, a reseñas, retuiteando tweets de gente que habla sobre el libro... no sé, quizá a más de uno eso le pueda parecer una tontería, o, peor, un acto de vanidad y narcisismo, de autopromoción o autobombo. Probablemente no escape de ser eso del todo. A todos nos gusta enseñar nuestras cosas. Pero yo lo veo de otro modo, como una manera de compartir. Aunque por supuesto ya sabemos que los amigos de Facebook no son todos amigos –que hay muchos contactos profesionales, que hay incluso gente que sólo está para curiosear a los demás, o gente con la que no te tomarías nunca una copa pero que paradójicamente ahí los tienes, controlando–; aunque no son todos amigos, es cierto, sí que hay muchos que lo son, y muchos a los que aprecias sinceramente. Muchos que, de tenerlos cerca, cuando algo bueno aparece en algún lugar, cuando algo te interesa, se lo comentarías en plan: "oye, mira qué chulo esto que me ha llegado, qué contento estoy", o "vaya puta mierda esto, cómo me toca las narices". Quizá es por esos por los que uno sube cosas a Facebook o Twitter –al menos yo lo hago por esos–. Y sabes que a esos no les va a molestar que pongas las cosas que te alegran, sino que, todo lo contrario, si son amigos, se van a alegrar con tu alegría, igual que se entristecerán con tu tristeza. Si en muchas ocasiones he compartido mi tristeza, mis dificultades con la novela, los rechazos editoriales, los silencios, el tiempo de escritura, los desvelos... ahora es tiempo de compartir también los frutos que eso ha dado, compartir la alegría y la emoción. Pienso que no sólo hay que hacer partícipe a los demás de tus miserias, sino también de tus alegrías. Y a mí todo esto –la novela– me alegra mucho, muchísimo. Estoy feliz. Y me apetece transmitirlo a los demás. Así de tonto soy. No tengo remedio.

16/3/13

De un tirón

–Soy lo peor.
–¿Qué dices?
–Eso, que soy lo peor.
–A ver, cuenta, que siempre tienes una.
–Que tendría que estar muy contento, pero siento un placer extraño, casi contradictorio.
–Miedo me das...
–Es que estoy recibiendo los primeros comentarios de la gente que ha leído Intento de escapada, y la mayoría de la gente me dice que la ha leído "de un tirón". Dos tardes. Dos días. Una tarde y una noche... Alguno me ha dicho que no podía parar en una tarde se la ha ventilado.
–Coño, eso está muy bien, ¿no?
–Sí, claro. Me alegra muchísimo. Eso es signo de que está gustando.
–Entonces, ¿cuál es el problema?
–Pues que... ufff, no sé, es difícil de explicarlo. Quizá sea la sensación de que todo el esfuerzo realizado, los desvelos, los azares, las miles de horas invertidas, los quebraderos de cabeza..., todo este tiempo invertido acaba en un momento. De un tirón.
–Pero es que esos son los tiempos de la literatura. A estas alturas de la película deberías saber que hay una disimetría entre el tiempo de escritura y el tiempo de lectura. No puedes pretender que alguien esté leyendo tu novela todo del tiempo que tú has estado escribiéndola. Si así fuera, en la vida tendríamos tiempo de leer cuatro o cinco cosas.
–Por supuesto. Estoy de acuerdo. Y no pretendo eso. De hecho, si alguien me dijera que lleva varias semanas o varios meses leyendo la novela sentiría que habría fracasado. Es una novela corta. Y lo suyo es que se lea rápido. Yo también devoro de una tacada los libros que me gustan. Y hasta ahora escribía al autor –si lo conocía– a decirle "lo he leído de un tirón", no lo he podido soltar, como si eso fuera el mayor halago. Sólo ahora tomo conciencia de lo que realmente eso significa.
–Significa que te ha gustado, no le des más vueltas.
–Ya. Pero para el escritor –ahora lo sé– hay una especie de tristeza no evidente, una suerte de duelo por la pérdida de su obra. Tanto esfuerzo, tanto tiempo... para unas cuantas horas.
–Joder, colega, no te has enterado de nada. Es la literatura. No quiero imaginarme cómo te sentirías si fueras cocinero. Toda la mañana, la elaboración de un plato exquisito, que se devora en dos bocados. No puedes pretender que la creación tenga el tiempo de la producción. Son cosas diferentes, experiencias diferentes, tiempos diferentes.
–Lo sé. Yo lo pienso casi más como el cine, o como el arte. Años de trabajo en una película, para que después pasen en una hora y media. Y ya está. Tantos desvelos... para un momento.
–Pero piénsalo bien. No es sólo un momento. Es también lo que hay después. Si la obra es buena –y no estoy diciendo que la tuya lo sea; aún no la he leído– al tiempo de lectura –al tiempo de visión– hay que sumar también el tiempo y la experiencia de reverberación. Si la obra realmente funciona –más allá del mero entretenimiento– hay una temporalidad que trasciende la página, el libro, el objeto, la pantalla. Ésa es la temporalidad importante. Y esa no se puede medir, porque no tiene límites. Los libros buenos te acompañan siempre; los recuerdas cuando menos te lo esperas.
–Es cierto. Tienes razón.
–Sí, pero no te ilusiones. Ya te he dicho que no he leído lo tuyo. De momento, parece que la primera parte de la ecuación parece que más o menos está siendo satisfactoria. La otra, la vida del libro más allá del libro, la reverberación... de esa no sabes nada. Y mejor que no lo sepas. Tú, a lo tuyo. Céntrate y ponte a escribir. Disfruta, claro, del logro –has conseguido acabar y publicar algo en lo que has trabajado mucho tiempo–, pero no te obsesiones con las impresiones o la crítica. Ya no puedes hacer nada. Has hecho –eso espero– todo lo que estaba en tu mano. Ahora te toca continuar. Y seguir aprendiendo. No seas tonto, y escucha lo que tengan que decirte. No sólo los halagos, sino sobre todo las críticas, los consejos, los comentarios. Al final, los libros no los escribes para ti sino para los demás. Y si no escuchas y ves lo que puedes aprender la cosa no tiene sentido.
–Así lo haré. Muchas gracias. Tienes respuestas para todo.
–Eso quisiera. Anda, descansa por hoy y lee un poco, que sé que es lo que más te gusta.
–Cómo me conoces...
–Como si te hubiera parido.


13/3/13

Por fin

Queridos amigos, hoy, por fin, sale a la venta Intento de escapada. Estoy muy ilusionado, sobre todo por las imágenes que llegan desde algunas librerías españolas. Así ha sido la apertura de puertas esta mañana. La cosa pinta bien.

7/3/13

Cinco años

Hoy hace cinco años. Cinco años. Ya. A las ocho de la mañana recibí una llamada y el tiempo se frenó. Tardé tiempo en asumirlo. Tuve incluso que escribir un libro para poder hacerme cargo de lo que significaba perder una madre. Y el libro me ayudó. A partir de ese momento pude ponerle palabras a la tristeza y cercar un poco la melancolía.

Ahora pienso que el libro era demasiado pesimista. Concluía con una nada absoluta. Del cuerpo no queda nada, su huella comienza a borrarse de las cosas, al final todo desaparece... Hoy, pasados cinco años, me doy cuenta de que el proceso de desaparición no ha tenido lugar. Todo lo contrario. Lo que comenzó a irse permanece con nosotros. El cuerpo ha desaparecido, sí. Las cosas han dejado de oler a ella, es cierto. En el espejo ya no reverbera la huella de su mirada, lo sé. Y sin embargo, siento cada día que algo permanece y se hace cada vez más fuerte. Sueño con ella muchas semanas, la recuerdo la mayor parte de los días en algún momento. Y eso ya no me produce tristeza, al menos no como antes. Me gustaría que estuviera aquí para poder enseñarle mi libro y cualquier noticia en los periódicos –era mi mejor archivera; recortaba cualquier cosa que salía en los medios y la guardaba como si fuera un tesoro–, habría sido muy feliz y habría llorado emocionada en la boda de su única nieta, con su embarazo, con el nacimiento de sus bisnietos... con la cosas que siguen ocurriendo aunque uno se vaya. Por supuesto, me habría gustado que estuviera aquí. Pero sabemos que hay cosas imposibles. Que uno se tiene que ir en algún momento. Que todos se van. Que todos nos iremos.

Lo que he aprendido en este tiempo es que, también, todos nos quedamos un poco. Y con el tiempo, la pena por la pérdida se convierte en una media sonrisa. Una sonrisa extraña que uno no sabe muy bien cómo definir. Piensas "cómo le habría gustado a mi madre esto", o "mi madre decía...", y mueves el labio hacia un lado, comienzas una sonrisa que no acaba de aflorar, que es la mitad de la satisfacción porque esconde la melancolía. Una sonrisa triste que, sin embargo, no deja de ser sonrisa. Una sonrisa que sólo puede serlo si uno es consciente de que algo queda, de que todo no se ha perdido para siempre.

En Cuaderno [...] duelo, al contemplar la desaparición del cuerpo, escribí:

Durante un momento, está el cuerpo. Es poco, pero es algo. Un lugar. El cuerpo sin vida, inerte, falaz. Es poco, pero algo hay. Un hogar cerrado, clausurado. Un origen desvanecido.
Durante un momento, el cuerpo es lo que queda. En el cuerpo está todo, aunque ya no quede nada, aunque sea sólo un cuerpo.
Luego, el cuerpo deja de estar. Y entonces llega la nada. Y la nada no es nada más que nada. Ausencia pura. Inasible, intangible, inimaginable.
Luego, algo más tarde, el cuerpo que ya no era nada deja de ser del todo. Y sólo queda la nada. La nada donde está el todo.
Y es el todo el que nos abruma. El todo de la nada… que revienta la memoria y hace trizas las palabras.
Cinco años después, aunque el cuerpo ya no esté, aunque el todo de la nada hiciera trizas las palabras, pienso que esa nada se ha convertido en algo. Y estoy seguro de que incluso si me arrancaran los recuerdos como si fueran jirones de piel, no conseguirían sacarme de dentro la huella de mi madre.


1/3/13

La espera infinita

La escritura es un lugar de esperas continuas. Uno se queda mirando a las musarañas, espera, y luego se le ocurren historias. En ocasiones, vienen rápido, en otras, no se van nunca; pero en la mayoría, tardan en aparecer. Uno espera a que llegue la historia que tiene que contar, o la historia que puede contar. Después comienza a pensar en cómo hacerlo. Y por lo general tiene que volver a esperar. Esperar a que la historia se aclare en su cabeza. Esperar a que lo que no son más que intuiciones comiencen a alinearse y a estructurarse para poder contárselas a alguien. En ocasiones, uno espera al principio, todo se desenreda, y lo que tiene que hacer después es ponerse a juntar piezas, a coser fragmentos. En otros casos, los más, lo que ocurre es que hay que escribir la historia entera para saber qué es exactamente lo que ocurre. Hay que esperar durante varios años a saber qué pasa con los personajes y las ideas que han estado pululando por tu mente y no te han dejado dormir. Escribir para saber la historia. Es una especie de espera activa. Esperar a acabarlo todo para saber cómo acaba.

Estas son las primeras esperas. Esperar que llegue la historia, que se abra, y que se acabe. Eso es lo que, en cierto, modo está en la mano del escritor. Es la mejor espera. Uno disfruta –y sufre, también sufre– mientras llega o no llega, mientras se aclara o se enquista. Puede ser una agonía, pero no deja nunca de ser placentero.

Luego llegan otras esperas y otros dolores. Mal-Herido recientemente ha reflexionado sobre estos dolores. Son los de encontrar editorial. Uno envía el manuscrito. Y espera y espera. Y no suele llegar nunca contestación alguna. Nadie responde. Y cuando responden es con un "no está mal, pero...". Son sin duda los peores momentos. Los momentos en los que la espera se puede convertir en desesperación. Si hay suerte, o Dios baja a verte, o hay un milagro, o, cosas de la vida, a algún agente o editor le acaba gustando tu novela, y te contesta, se resuelve la primera espera-desesperanzada y entra en juego una espera diferente, alegre y esperanzada, que es la de imaginar en un futuro –más o menos cercano o lejano– tu libro –ése que tantos desvelos ha causado– publicado por fin. Entonces esperas de nuevo. Esperas a que se publiquen en la editorial las cosas que ya habían llegado antes. Esperas a que te den una fecha aproximada. Y esperas el momento de volver a trabajar en el libro –corregirlo, imaginar portadas, pensar textos o ideas para la solapa...– cuando se vaya a acercar la fecha de publicación. Esperas que llegue ese momento. Y es una espera feliz. Pero también una espera que ya no depende ti. En ese tiempo no puedes hacer nada.

Entonces llega un correo del editor y te pide que envíes de nuevo el manuscrito, que van a comenzar a trabajar en él. Ya se ha iniciado todo, piensas. Y envías el correo a toda prisa creyendo que la cosa ya se acelera. No sabes que de nuevo tienes que volver a esperar varios meses. Envías manuscrito, recibes correcciones, vuelves a corregir, recibes la maquetación, corriges sobre ella, te corrigen de nuevo, revisas y vuelves a corregir, te vuelven a corregir sobre lo corregido... y al final, después de varias vueltas, y varios meses en los que la espera entre momento y momento –y la espera del resultado final– siempre ha estado revoloteando por algún lado, recibes el pdf definitivo, que ya no puedes tocar. Y también la portada, que tampoco puedes tocar. Todo ya está ya dispuesto. Ahora toca esperar, te dicen. Esperar de nuevo. Entrará a imprenta en las semanas siguientes. Y esperas otra vez. Ilusionado. Por supuesto. Ya has hecho todo lo que podías. Ahora la cosa sí que está al llegar. Y piensas que la espera de tanto tiempo está a punto de finalizar, que por fin todo se acaba. Así pasas unas tres semanas más, en ocasiones un mes. Al principio lo dejas pasar, pero enseguida comienzas a impacientarte. Pero no llamas para no ser pesado, para que no digan que eres un ansioso, para que no sepan que en realidad te muerdes las uñas, te comes los puños del jersey y te das cabezazos porque ya quieres ver tu libro. Porque ya no puedes esperar más.

Y entonces un día te escriben para decirte que el libro ha salido de imprenta y que van a enviar unos ejemplares a casa, y que les des tu dirección correcta para hacerte el envío cuanto antes. Tardas menos de un minuto en responder y a partir de ese momento ya no vives. No duermes, no estás tranquilo; sabes que los libros ya están de camino a casa, que han salido de la editorial y están en la furgoneta de algún transportista. Si supieras cuál es la ruta exacta, probablemente cogerías el coche y saldrías al encuentro del mensajero, asaltarías la furgoneta, lo abordarías a mitad del camino para que la espera acabase antes. Pero, afortunadamente, no sabes quién lo traerá, ni cuándo llegará exactamente. Así que vuelves a esperar. Esperas y esperas. Y mientras tanto, no puedes hacer otra cosa. El tiempo se vuelve denso, lento, espeso. Como si algo importante estuviera a punto de pasar. Y como si alguien se empeñase en ralentizar las cosas, en putearte para que la espera no pueda acabar del todo. En ese momento, llega el señor de MRW, y con los ojos llorosos abres la caja de los libros. La espera ha acabado, piensas. Por fin, tantos desvelos, tantas horas sin dormir, tantas preocupaciones... por fin, todo concluye. Fin de la espera.

Fin. Sí. Eso es lo que piensas durante unos segundos. Eso es lo que experimentas mientras tienes por primera vez  el libro en tus manos. Pero enseguida te das cuenta de que la espera no ha acabado. El libro está ahí, contigo, en casa. Pero eso no sirve para nada. Aún no ha salido a la venta. Falta casi un mes para que llegue a los lectores, para que lo lean, para que todo comience a tener sentido. Y entonces eres consciente de que toca de nuevo esperar. Así que rápidamente regalas el libro a los más allegados. Y casi los obligas a leerlo. Necesitas ya que alguien diga algo. El libro está ahí, pero necesita lectores. Y esperas mientras tus amigos lo leen. Sabes también que a los críticos les va a llegar a antes, que han salido los ejemplares de la editorial y que tienen que estar al llegar a sus casas. Esperas. Esperas también a que lleguen los ejemplares que tú envías a los escritores que admiras, a los amigos que están lejos, a la gente a la que tienes mucho que agradecer. Los envías y esperas. Esperas a que lleguen. Te dicen que han llegado. Te alegras. Pero entonces esperas a que lean el libro. Y sigues esperando. Y esperas que llegue el 13 de marzo y salga a la venta. Esperas que la gente lo compre. Esperas que la gente lo lea. Esperas que los críticos lo lean. Esperas que les guste. Esperas que escriban algo. Y si luego va bien, esperas que se venda mucho, esperas que se reedite, que pase a bolsillo, que se traduzca al francés –te hace mucha ilusión–, pero luego también al italiano, y por supuesto, esperas que se traduzca al inglés. Esperas que una vez traducido llegue el libro a casa, que salga a la venta, que llegue a los lectores franceses, italianos, ingleses, polacos, que lo lean, que los críticos franceses, italianos, ingleses polacos escriban... Esperas que tus colegas extranjeros lo lean. Esperas y esperas. Y te das cuenta que nunca dejarás de esperar. Porque mientras todo esto sucede, en tu mente se vuelven a repetir las mismas rutinas de siempre: esperas que llegue una historia, que se abra, que se muestre, que las escribas, que la corrijas, que encuentre editor... Es la espera infinita, continua, que se repite una y otra vez. Una espera que sólo se frena en algunos momentos –cuando te dicen que sí, cuando ves la portada, cuando llega el libro, cuando escuchas la opinión del primer lector, cuando lees la primera crítica...–, pero que nunca acaba del todo.

Escribir es esperar. Sin duda alguna. Ya lo sabes. Es lo que toca. Es lo que hay.