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31/1/13

Frases promocionales

Últimamente, la mayoría de los comentarios más sinceros e inteligentes que leo sobre libros los veo en los muros de Facebook o en los tuits de algunos críticos y escritores. Son comentarios a bote pronto sobre lo que están leyendo que muchas veces se tamizan o se transforman cuando se trasladan al formato más tradicional de crítica o reseña. Me gustan más y creo que son más certeras estas impresiones lectoras que las fórmulas más estereotipadas de crítica, sobre todo porque se acercan más a la experiencia lectora, a las reacciones del lector común ante el libro. Sin duda, estos comentarios o tuits servirían perfectamente como eslóganes a la hora de promocionar un libro, mucho más que las habituales frases elogiosas entresacadas de una larga reseña. Frases que, por lo general, están fuera de contexto y muchas veces están extraídas con calzador. Me pregunto si algún día en las cubiertas y las fajas de los libros podremos leer algo así como: "Apabullante, increíble, maravillosa" (John Gordon, Facebook), "No es posible parar de leer después de comenzar el primer párrafo. Una experiencia conmovedora" (Amalia Gumbrecht, Twitter), "Mola k te kajas" (Luis Álamo, Tuenti), "Muy chulo. ¿Follamos?" (Emilio Sorín, Badoo).

28/1/13

Modas teóricas

Escribiendo el prólogo para un gran libro sobre el pensamiento estético y político de Jacques Rancière, se me ha colado este párrafo sobre las modas intelectuales que comparto aquí con vosotros:


Como sucede con un gran número de teóricos, la mayoría de las veces la aplicación de su pensamiento se queda en el ámbito de superficie. Apenas en términos y palabras. Nombres o ideas claves que se convierten casi en contraseñas para entrar en el juego del arte: mots-de-passe que nos permiten decir si un texto está o no a la moda teórica del momento. Una moda que, por supuesto, cambia como las demás. Cualquier crítico o comisario que se precie hoy, debe citar sin sonrojarse demasiado a Negri y Hardt y las ideas de multitud, Imperio y creatividad colectiva; Giorgio Agamben, estado de excepción, vida nuda, homo saccer; Alain Badiou, metapolítica y la potencia del evento; Judith Butler y la precariedad de la existencia –que está más a la moda ahora que sus estudios sobre género–; Laclau y Mouffe y el antagonismo, lo político y la política… Citar a Foucault o a Deleuze ya se lleva menos, aunque si uno tiene personalidad siempre quedan bien. Benjamin, sin embargo, nunca pasa de moda. Adorno ahora vuelve con fuerza aunque sólo si se adereza con un picardías. Ahora nos dejan citar a Lukács en plan retro-vintage; Lefebvre vuelve a estar de moda en la reorganización política del espacio; hace tiempo que nadie cita a Nietzsche o Heidegger; Levinas, sin embargo, nos vale para hablar del otro. Althusser no se lleva nada, pero sin embargo Gramsci mola ahora mucho más que nunca. Jameson pasa de moda pero sus teorías sobre la posmodernidad nos siguen valiendo. Y luego, todos leemos a Zizek pero nos cuesta trabajo citarlo y preferimos directamente citar a Hegel, a Marx o a Lacan. Y por supuesto, entre todos ellos, hoy gana por goleada Rancière.

25/1/13

Portada

Ya está la maquinaria en marcha. Intento de escapada ha entrado en imprenta. En breve (marzo), saldrá a la venta. Como no podía ser de otro modo, no puedo aguantarme y aquí os dejo un adelanto: el argumento y la portada, que ha quedado preciosa gracias a la imagen de Reflejos de un viaje, uno de los vídeos más bellos de Javier Pérez. La verdad, si os soy sincero, es que no me canso de mirarla. Todavía me cuesta trabajo asumirlo. Algunos me dicen No te preocupes, enseguida te acostumbras y lo normalizas. A mí, sin embargo, me gustaría no acostumbrarme jamás. Y que cada vez que mirase el libro surgiera en mí la emoción que ahora siento al ver la portada. Una emoción que está a medio camino entre la felicidad más absoluta y la mayor de las responsabilidades. Imagino que es lo mismo que deben de sentir los jugadores de fútbol antes de un partido, cuando se acerca la hora de salir al terreno de juego. Nervios, emoción, responsabilidad, algo de miedo... pero sobre todo ganas, muchas ganas de salir ya y comenzar el partido. Quizá no sea lo mismo, pero el caso es que lo que yo siento ya son ganas, muchas ganas de que el libro se pueda leer, de que el partido empiece y, sobre todo, de poder jugarlo ya. ¿El objetivo? Que le guste al lector, que lo disfrute, que lo haga reflexionar, incluso indignarse. No sé, que sirva para algo, si es que hay algo para lo que pueda servir la literatura hoy. De momento, como digo, ya ha llegado la portada. Y os copio también algo de la contraportada. Espero que en Anagrama me disculpen la filtración.




Extracto de la contraportada:
La rutina de Marcos, aplicado estudiante de Bellas Artes, asocial, retraído y «enfermo de teoría», se ve interrumpida por la llegada a su pequeña ciudad de provincias del célebre Jacobo Montes, el gran artista social del presente, cuya controvertida y transgresora obra pretende denunciar los lugares oscuros del capitalismo contemporáneo. Gracias a las clases de Helena, profesora de Historia del Arte y directora de la sala con la que el artista va a colaborar, el joven Marcos queda fascinado enseguida por la figura de Montes y, casi por azar, acaba convertido en su asistente durante el periodo de preparación de la exposición. Unos meses en los que Marcos, aparte de comprender los mecanismos internos del mundo del arte, aprenderá a mirar con nuevos ojos toda una serie de realidades que había dejado pasar de largo, en especial la del universo complejo y marginal de la inmigración, problema central sobre el que Montes pretende trabajar en la ciudad. Toda una experiencia de iniciación en el arte y en la vida que, sin embargo, no acabará como Marcos había imaginado. Los métodos de Montes no son demasiado ortodoxos. Su «sociologismo visceral» está en el límite de lo admisible. Y cuando la teoría se lleva a la práctica, las cosas corren el riesgo de irse de las manos. En ese momento, el arte se transforma en un juego grotesco y peligroso.

20/1/13

Las partículas elementales [y algo de Fringe, y de Amor, incluso]

Llevaba tiempo queriendo leer Las partículas elementales. Michel Houellebecq es un escritor que me atrae. No tanto por el sexo y el mal gusto del que hace gala, sino sobre todo por la inteligencia de sus planteamientos. Sus libros son tratados de sociología contemporánea. Pocos, creo, han sabido retratar mejor la crisis de valores de que sufre el hombre contemporáneo. Es, en el fondo, un moralista. De lo que he leído de él me gustó El mapa y el territorio, aunque sólo quizá por el tratamiento del mundo del arte. Y sobre todo Plataforma, que la considero una obra maestra, casi el Viaje al fin de la noche de nuestros días.

Las partículas elementales me ha gustado menos como novela. Creo que narrativamente funciona mucho peor que Plataforma –allí se notan los avances el oficio de escritor a la hora de plantear una trama más que un mosaico–. Aun así, como cartografía del fin de una era, Las partículas elementales es magistral. El fracaso del proyecto moderno en el ámbito de las emociones, la capitalización de las relaciones y el lado oscuro de la liberación sexual burguesa, que lleva a ciertos lugares que no son sino otra forma de intercambio de mercancías, en este caso, los cuerpos. Cuerpos que ya son sólo pura superficie deseante, pero sin interioridad, sin lugar de amarre.

Como he dicho muchas veces aquí, las lecturas no son autónomas, y la interpretación y la experiencia de las obras siempre depende de lo que uno tiene en la cabeza en ese momento. Curiosamente, he leído el libro mientras veía Amor, que comenté en el post anterior, y el final de Fringe –prometo un post sobre la serie en breve–. Y no he podido evitar relacionar cosas. Los tres textos –libro, película y serie– reflexionan sobre lo mismo: las emociones, en especial, el amor.

La película de Haneke, como comenté, plantea un último escenario de amor, de entrega al otro, cuando el cuerpo se resquebraja. Un resquebrajamiento y decadencia del cuerpo que es lo que, en el fondo, preocupa a Houellebecq. Y le preocupa porque, en el mundo que presenta Las partículas elementales, el cuerpo lo es todo; debajo no hay nada, ni tampoco alrededor. En ese mundo es impensable la entrega del protagonista de Amor. En ese mundo, aunque en alguna ocasión se atisba algún resquicio de relación, los vínculos sociales se han convertido en pura relación contractual. Y los cuerpos, en mercancías que se arreglan, se recauchutan –con la cirugía estética–, pero que cuando dejan de funcionar del todo, cuando ya no pueden ser arreglados para dar placer, se abandonan y dejan de tener un lugar en la lógica del sistema. Un sistema en el que las emociones son expulsadas.

Esa tensión entre cuerpo y emoción es la que plantea también Fringe, especialmente en las últimas temporadas, y sobre todo a raíz de la aparición de los observadores, seres humanos del futuro que han sido mejorados, acrecentando la razón, la rapidez, la potencia del cuerpo, pero sacrificando la emoción. Seres fríos, puramente racionales, que constituyen la perfección genética de la especie –de hecho, la anomalía es aquella que incorpora atisbos de emoción–.

El final de la novela Houellebecq, el epílogo en el que plantea el futuro de las investigaciones genéticas de uno de los protagonistas, abre la puerta a un futuro en el que los cuerpos serán mejorados por la ciencia. Pero esa mejora sobre todo habla de la posibilidad de convertir a los sujetos en cuerpos deseantes, absolutamente erotizados. Es curioso que en los observadores de Fringe el sexo se haya eliminado –incluso el género cabría decir, ya que no hay, o no se han visto, sujetos-mujer en esa nueva raza–. Es ahí donde los futuros de Las partículas elementales y de Fringe difieren radicalmente. Y donde, en cierto modo, aparece la "ingenuidad-Fox" de la serie y la perspicacia del libro Houellebecq. El sexo, el deseo, el placer... pueden ser las herramientas de capitalización y dominación de los cuerpos. El amor y la empatía desaparecerán, pero no a través del triunfo de la razón, sino de la biología, de una biología tuneada y modificada, tanto genéticamente como a través de la construcción de imaginarios de liberación.

No sé, quizá –seguro– todo esto no sean sino divagaciones a bote pronto que me surgen tras la lectura. Lo que está claro es que hay una serie de preocupaciones comunes. Y que todas ellas nos hablan de la reconfiguración de un sistema de creencias y modalidades de existencia. En un caso, como en Fringe, se aboga por la resistencia y la preservación de los valores; en otro, Las partículas elementales, se presenta el final y se proyecta un futuro de placer capitalizado; y por último, en Amor, el más complejo de todos, se muestra la convivencia y la tensión de esos dos mundos, de la imposibilidad –o la complejidad paradójica– de entrelazar dos sistemas de experiencia.

Me gustaría quedarme con Fringe y con su bendita ingenuidad. Pero me temo que nuestro mundo camina hacia algún lugar que se encuentra a medio camino entre el escenario de Amor y el de Las partículas elementales.

18/1/13

Amor... a pesar de todo

Anoche vi "Amor", la película de Michael Haneke. Aún estoy tocado. Es una obra maestra. Maravillosa. Pero también terrible. Nos pone frente a lo más real. A la vida tal como es. Al amor tal como es. Al cuerpo, a la vejez, a la enfermedad. A la muerte. Tal como es.

Confieso que hubo un momento en el que pensé salirme del cine. Me recordaba demasiado a lo que había vivido con mis padres. Qué necesidad tengo de sufrir, me dije. Pero enseguida me di cuenta de que no sólo se trataba de sufrir. Sino también de comprender. De volver a comprender.

Imagino que hay dos maneras de ver la película: la que observa en ella lo que vendrá y la ve como prospectiva; y la que la siente como el recuerdo de algo pasado y experimentado. En mi caso, lo vi de las dos maneras. Cada escena no hacía sino recordarme a la trombosis de mi padre y, luego, de mi madre. Los pañales en la habitación, la pelota de goma en la mano, los gestos de la boca, la silla en la ducha, la botella de agua sobre la mesita, el automatismo "duele, duele, duele"... Todas esas cosas traspasaban la pantalla y se me iban clavando una a una, abriendo heridas que creía que estaban cerradas y haciéndolas sangrar.

"Duele, duele, duele", decía yo también al recordar. Pero no sólo al recordar. Porque también la película te enfrenta a un futuro posible. Muy posible. La vejez, de un modo u otro, la enfermedad, de un modo u otro, está al acecho. Es la ruina del cuerpo. Es la quiebra de la felicidad. Y esa ruptura, esa catástrofe, llega cuando menos te lo esperas, irrumpe en medio de la cotidianidad.

Todas las películas de Haneke hablan de la irrupción de lo terrible en la rutina. La catástrofe es lo que nos rodea; un fin del mundo que no es un cataclismo, sino una perturbación casi natural de un orden que, en ese momento, se muestra absolutamente precario. Lo que enseña siempre Haneke es que la realidad ordinaria está edificada sobre unas bases quebradizas que se pueden hacer trizas en cualquier momento.

Uno sale del cine con esa idea, habiendo tomado conciencia de que nuestro cuerpo, nuestras relaciones, lo que nos rodea, es frágil y perecedero. Y eso, que por un lado nos habla de la amenaza y puede producir terror, por otro, nos lleva a mirar el mundo de una manera diferente, a apreciar las cosas antes de que se vayan y se transformen, antes de que lo real emerja y el orden que hemos construido se derrumbe.

Es una película sobre el derrumbamiento, es cierto. Pero también es una película sobre el amor. El amor es también es eso, es acariciar la mano del enfermo, es limpiarle el culo, es estar ahí cuando el otro ya no tiene nada para darnos. Es una ofrenda. Y la película muestra esta ofrenda infinita. Incluso la muerte aparece como un acto de amor. El último, el más terrible, quizá el más sincero. Un acto en el que el amor y la desesperación se confunden. Porque no hay sentimientos puros. Nunca los ha habido.

Me ha gustado la película, mucho. Y me ha conmovido. Creo que más que ninguna de Haneke. Aun así, siempre había algo que me chirriaba. Es un drama burgués. Quizá es el contexto sobre el que mejor puede hablar el cineasta. Pero durante toda la película yo me imaginaba esa situación en otro contexto. Sin dinero para pagar la enfermera, sin medios, sin esa presencia de la cultura que, en algún momento, parece salvadora. Me imaginaba esto en España, en cualquier pueblo de la España profunda, en cualquier realidad cotidiana. Y pensaba que la realidad aún es más triste que lo que ocurre en la película. Mucho más triste.

"Duele, duele, duele". Qué necesidad de seguir viendo la película, me decía. Si la realidad es aún más triste. Cuando veía los pañales, los gestos, la realidad real, pensaba que no era necesario ver aquello que era demasiado real, que era como la vida. Y buscaba entonces qué es lo que había de extraordinario allí, qué hacía que la película tuviera sentido. Y, como he dicho antes, lo único que se me ocurría pensar era: el amor. El amor incondicional. Un amor que sigue siendo de cine. Un amor que es lo más irreal de la película, lo realmente extraordinario. La vejez pasa, la enfermedad ocurre. Eso es la vida cotidiana. Pero el amor infinito... eso es lo que está fuera de lo común.

Creo que la película, al final, nos habla del fin de una era: de un tipo de amor que ha comenzado a desaparecer. Haneke, en el fondo, parece que nos hace mirar la extinción de una manera de darse al otro que ha dejado de ser la norma y se ha convertido en pura excepción. Quizá por eso, en un determinado momento, el vecino dice algo así como "estamos muy sorprendidos, me quito el sombrero". Qué difícil es encontrar ahora amores así, parece decir. Quizá esta, y no otra, sea la verdadera catástrofe.

14/1/13

Ya está todo

      –Bueno, ya está todo, ¿no?
      –Sí. Por fin. Acabo de enviar las últimas pruebas de la novela y he sudado sangre.
      –No me digas. ¿Tanto trabajo te ha costado?
      –Ya no es trabajo, creo que te lo dije, es esa sensación de que cada palabra podría haber sido escrita de una manera diferente.
      –Bueno, pero eso es siempre así, ¿no? Es el lenguaje.
      –Lo sé, pero es que sentía que si ahora me pusiera a escribir lo haría todo diferente. No sé, con lo que he aprendido escribiéndola, ahora haría otra cosa. Pondría otras palabras, utilizaría otras fórmulas... Quizá lo único que dejaría igual sería la trama y las ideas. Eso es lo que sí funciona de verdad. La historia. Estoy convencido.
     –Pues eso es lo importante.
     –En parte sí, pero a mí siempre me ha preocupado el estilo, y aquí parece que lo he sacrificado un poco.
     –¿De veras?
     –Sí. He preferido centrarme en lo que quería decir más que en cómo lo quería decir. Por eso si ahora tuviera la ocasión de escribirlo todo de nuevo, lo haría diferente.
     –Bueno, pero eso puedes dejarlo para la siguiente novela. ¿O es que no has pensado seguir escribiendo?
     –Tienes razón. De hecho es lo que tengo en mente. Volver a demorarme en la escritura. No sé, como en "Cuaderno de duelo". Creo que eso es lo mejor que escrito, al menos en cuanto a forma. Ahí sí que no sobra una palabra, ni una coma. Está esculpido. Esta novela, más bien, está "escupida". Escrita porque necesitaba hacerlo, porque necesitaba contar cosas. Y quizá esas cosas era necesario contarlas de esa manera.
     –Cada historia impone la manera en la que tiene ser contada. Igual que en arte. Forma y contenido –si es que es posible hablar de ellos como términos autónomos– son siempre dependientes.
     –Supongo, sí. Imagino que la siguiente novela llevará parte del aprendizaje que he tenido en esta. En estos días, como te digo, he estado pensando que podía hacer dos cosas: o empezarlo todo de nuevo y escribir otro libro, o escribir otro libro de verdad, otra historia.
    –Si lo piensas bien, al final eso es lo que hacen la mayoría de los escritores. Casi todos escriben siempre el mismo libro. Escriben lo que no han podido escribir en el anterior. Es casi como Pierre Menard autor del Quijote, el mismo libro, pero en un momento diferente, con una historia diferente y otro desarrollo. Pero si nos pusiéramos a analizar las cosas seriamente, quizá no diésemos cuenta de que libro es igual.
    –Es verdad. Quizá sea que a cada escritor sólo le sea posible escribir un solo libro. Y que todos los libros que escriben en el fondo solo son ensayos, partes, fragmentos de ese libro que, por lo general, siempre se queda inacabado.
    –¿Has visto? Tranquilízate. Todo va a salir bien. Entiende que tu novela es sólo una parte de algo. El principio, el fragmento o, si quieres, el esbozo de algo que aún no conoces y que se te escapa de las manos. No pienses en ella como una obra definitiva. Es la primera novela que escribes, ¿qué quieres? No eres Kafka. Esto tenlo claro. Quítate presión.
    –Visto así...
    –Mira, hay que apuntar alto, todo lo alto que puedas. Lee a Kafka, a Bernhard, a Blanchot, a Cortázar, a Calvino, a los que quieras. Aprende de los maestros. Pero no pretendas compararte con ellos. Si no te hundirás antes de salir. Demasiada carga. A no ser que realmente seas uno de ellos –algo que, te adelanto, en tu caso no sucede–.
    –...
    –Aunque yo no escrito nunca nada –soy tu Súper Yo ágrafo–, sí que creo que te puedo dar un consejo: sólo hay una regla en la literatura –y en todo arte, y en la vida si me pones–: da lo mejor que tengas, hazlo lo mejor que sepas, déjate las pestañas... hasta el punto en el que sepas que lo has dado todo, que te has desfondado, que tienes que tomar aire para afrontar algo nuevo. No guardes nada, no dosifiques para otras novelas, para otros proyectos. En cada obra, aunque sea un fragmento, un esbozo, una parte de algo mayor, debe haber un trozo de ti, restos de la sangre que te has dejado allí. No sé, lo mismo es una gilipollez.
    –No, te entiendo perfectamente. Eso es lo que he hecho en esta novela. En ella está lo que yo he podido dar en ese momento particular del tiempo. Quizá más adelante pueda hacer otra cosa. Quizá en otro momento, con la experiencia, pueda adquirir otras capacidades. Pero lo que sí es cierto es que no me he guardado nada. Como dices, me he dejado la sangre ahí. Noches y noches sin dormir, semanas y meses de obsesión con la historia. Lo he hecho lo mejor que sabía. Eso sí es verdad.
    –Pues entonces tú has cumplido. No te preocupes de más. El resto ya no está en tu mano.
    –Me tranquilizas.
    –Para eso estamos. Soy tu conciencia, si no te tranquilizo yo, ¿quién lo hará?
    –También es verdad. ¿Sabes una cosa?
    –¿Qué?
    –Tengo ya muchas ganas.
    –Lo sé.
    –Pero ganas de verdad.
    –Paciencia. Ya casi está.
    –Intento de escapada is coming.
    –Descansa, anda, que se te va antes de tiempo.
    –Voy a ello.
    –Recuerdos a Jacobo Montes.
    –Se los daré.



7/1/13

Allí y entonces


Aquí y ahora. Cartas 2009-2011 es la correspondencia entre Paul Auster y J. M. Coetzee, publicada por Anagrama y Mondadori en una bella edición conjunta. Me fascinan estos autores. Me confieso austeriano enfermizo. Casi mitómano. Y de Coetzee qué puedo decir. El más inteligente de los escritores vivos. Por eso el libro es a priori el mejor de los regalos que alguien me podría haber hecho. Lo he disfrutado muchísimo. Ha sido como meterse en medio de un diálogo. Introducirse como voyeur en medio de la intimidad. Sin embargo, hay cosas que me han rechinado. Algunas de ellas, demasiado.

Habría muchos temas de los que hablar. En primer lugar, la propia idea de la correspondencia como algo perteneciente a otro tiempo, una forma de comunicación zombie, pero que sin embargo, nos habla de los cuerpos, del tiempo de los cuerpos en atravesar un espacio. Cuando empecé a leer el libro, pensé que iba a poder escribir sobre eso, que ya tenía el post hecho, hablar de la escritura epistolar, del tiempo corporal frente al tiempo de los datos... Pero tras varias decenas decenas de páginas tuve que cambiar de opinión. En cierto momento, las cartas en un lugar de por correo postal las envían por fax. Llegan a la conclusión de que así los tiempos son menores. Esto, que puede ser una nimiedad, a mí me pareció algo serio y me lo tomé como una impostura. Si nos ponemos con el juego de las cartas, pensé, lo hacemos bien del todo. Y es que lo que ocurre con esta manera de enviar las cartas es que ellos escriben en el pasado, pero los tiempos de envío son los de una especie de presente extraño. Una tecnología que no es el e-mail, ni la carta, pero tiene algo de los dos. Quizá les habría valido más simplemente escanear las cartas. No sé, esto me ha parecido un poco tontería y gesto de resistencia ante los tiempos donde acaba uno metiendo la puntita nada más.

Esta cuestión de la obsolescencia y la resistencia a las nuevas tecnologías es algo que aparece en más de una ocasión, sobre todo en referencia a Auster y su rechazo al ordenador, el móvil y otras tecnologías contemporáneas, su amor a la máquina de escribir y su fascinación por lo analógico. En el caso de Coetzee es el rechazo al libro electrónico, a ciertas formas de comunicación y escritura... No es el tema central de las cartas, pero sí que cuando uno acaba de leerlas le parece que más que "aquí y ahora" se nos habla de "allí y entonces". Una conversación intempestiva en estas cuestiones. Y esto, sin embargo, tiene su aquél. Es parte de la esencia del libro, de esas ganas de comunicarse en la distancia, de esa manera diferente de habitar el tiempo.

Las cartas nos hablan de todo. Mucho de deportes, de béisbol, de cricquet, incluso de fútbol. Mucho de viajes. De eventos, de modas, de arte, de cine. Mucho de política. De política local, pero sobre todo de conflictos internacionales. Y sobre todo de actualidad, de cómo en el fondo asistimos a un cambio de tiempo, de cómo las cosas se transforman y quizá nosotros no podemos seguir su ritmo. En cierto modo, las cartas hablan de un tiempo que se mueve demasiado rápido. Es casi un duelo por las cosas que se nos van de las manos.

Luego están, por supuesto, los temas de la literatura. El lenguaje, los escritores, el oficio. Esto es lo que yo he ido a buscar al libro. Confieso que en más de una ocasión me he saltado algún párrafo para llegar a estos temas, que eran los que más me interesaban: dos grandes maestros de la escritura desvelando secretos, hablando de su arte, de su oficio. Dos páginas de esto valen ya por sí la inversión. Escuchar a Auster hablando sobre sus problemas para acabar un libro, o a Coetzee sobre su prosa perfeccionista, de su relación con la crítica, de sus temas... Tras esos párrafos, que se buscan casi como el maná a lo largo de estas páginas, a uno le entran unas ganas tremendas de ponerte a escribir. Y siente entonces que ha merecido la pena leer el libro. No por lo que desvela de estos escritores, sino por la energía literaria que transmite. A veces eso es lo único que uno quiere encontrar ahí, alimento para seguir escribiendo.




2/1/13

Ahí arriba

Escribes tu último post del año. Escribes sobre la necesidad del amor. Todo bien. Lo publicas. Es algo ñoño, adviertes después. Pero hay a quien le ha gustado. Y con eso te vale. Después, empieza el año. Lleno de sueños, deseos, felicidad. Lleno de cosas por hacer. Proyectos, cosas buenas por venir. Tu primera novela a punto de ver la luz. La segunda, naciendo. Tienes el argumento, la idea, el título, todo se acomoda. La vida es feliz. Tu matrimonio, genial. Tu familia, lo mejor. Hay cosas que reparar, por supuesto. No todo es idílico, pero lo sobrellevas. El todo es más grande que la parte. La parte aquí no puede arruinar el todo. La vida es un mosaico. Pero entonces llega la mierda. Llega cuando menos te lo esperas. Hoy, temprano, te llaman para decirte que un amigo ha muerto. Un gran chico, joven, más que tú, con ganas de hacer cosas, con futuro, con mucho futuro. Te quedas sentado sin saber qué hacer. La mierda pasa. Shit happens, lo dices en inglés porque llevas dos o tres días repitiendo la frase desde que la oíste en una conferencia. La mierda, la puta mierda, ocurre. La vida es también esto. Lo terrible. Eso que pasa en cualquier momento. En medio de cualquier momento. Te quedas todo el día sin saber dónde estás. Por un momento, incluso no caes en la cuenta de lo afortunado que eres. Ni siquiera piensas en eso que siempre piensas cuando alguien muere: que hay que disfrutar del presente y es necesario vivir cada instante como si fuera el último. Ni siquiera en eso piensas. La mierda te deja sin pensar. La mierda atasca las razones. El cerebro se queda encasquillado. Y sólo puede enunciar el mismo mantra: shit happens. Una y otra vez.  Entonces intentas comprender por qué. Y llegas a la conclusión de que todo es un momento, un instante fatal. Es ahí cuando se decide todo. Un instante en el que uno dice Sí o No. Y ese instante pasa, como la mierda. Es un chasquido. Y después está todo perdido. Qué mierda, colega; ya te vale. Eso también lo dices. Lo dices una y otra vez. Qué mierda; con todo lo que había por delante. Piensas esto. Ahora lo escribes. Y mientras lo haces buscas algo más que decir. Algo que reconforte. Pero esta vez no encuentras nada. Se rompe el discurso, el lenguaje se hace trizas. No valen las palabras. No sirven. Aquí no. En este caso no. En este momento no. Y entonces, inconscientemente, te sale escribir: "suerte chaval por ahí arriba." Escribes "por ahí arriba" y te lo crees. Y vuelves a escribirlo: seguro que allí encuentras grandes artistas para tus exposiciones. "Ahí arriba" están todos los grandes. Y sin saber por qué, al imaginar por un momento la escena, las lágrimas se mezclan con el inicio de una sonrisa, una sonrisa arruinada. Y vuelves a escribir: suerte ahí arriba, colega. Ahí arriba.