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31/12/12

Amor, colega, amor

Estamos llegando al futuro. 2013 siempre me ha sonado a cosa interestelar. Supongo que nadie se lo había imaginado así. Los coches siguen sin volar y todavía no comemos a base de pastillas, sino de platos de cocido y macarrones a la boloñesa –los que tienen la suerte de poder comerlo–; eso sí, algunos frigoríficos ya hablan y muchas máquinas rigen nuestra vida. Pero el problema sigue siendo el mismo de siempre: la cosa está mal repartida. Unos tienen mucho y otros apenas tienen nada. Y lo peor es que esto no sólo ocurre con el dinero. Quizá eso sea lo más grave. Hay quien apenas tiene amor. O quien tiene demasiado odio. Esta es la catástrofe, la clave de todo lo demás. Y por eso el mundo es injusto. Porque algunos no han aprendido a amar. Así que este es mi único deseo para el año que comienza: que amemos un poquito más.

Lo mismo esto suena demasiado cristiano y se parece de modo siniestro a los tuits del Papa y a las cosas de Paolo Coelho. Pero al fin y al cabo, si lo pensamos bien, si buscamos la raíz de los problemas, la encontramos toda en el mismo lugar. La falta de amor. Por eso nos quedamos con lo que no es nuestro, por eso avasallamos al otro, por eso ansiamos tener cosas, por eso, en el reparto de lo que debería ser de todos, pretendemos tomar más parte de la que nos toca... 

En fin, que me lío. Que lo único que quería decir para acabar el año era que llegamos al futuro, que la cosa está muy malita para muchos y que el amor sigue siendo la única política que puede salvarnos.


30/12/12

Jan Fabre y el retorno de la belleza

Hace tiempo que quería escribir esta entrada. Lo he ido dejando por muchas razones. Hace dos meses fui a Bruselas a ver la exposición de Jan Fabre. Pocos artistas me gustan más que él. Pero no encontraba la forma de afrontar una post sobre su obra. He estado pensando por qué, y al final he llegado a la conclusión de que si cuesta trabajo hablar de su obra es porque pone en jaque el discurso del crítico, especialmente la tendencia que tenemos los críticos a situar a los artistas en estilos, tendencias, movimientos o preocupaciones comunes. Y es que muchas veces necesitamos presentar mapas y cartografías de lo que sucede para poder aclararnos. Problemas, centros de tensión, modos de hacer… Sin embargo, muchas veces esos mapas dejan cosas fuera. Y en el arte contemporáneo nos encontramos con toda una serie de figuras que escapan de cualquier definición, que son como el mercurio, imposibles de atrapar, de definir, de meter en lugares para su estudio. Artistas que están más allá del tiempo y que causan verdaderos problemas al historiador, al crítico o incluso al cartógrafo del arte presente. Artistas que se escapan, que desbordan todas las categorías. Artistas más allá de cualquier límite. Autores de obras extrañas, teñidas de mitologías personales, de intereses por cuestiones intempestivas que parecen situadas más allá de la historia del presente. Sin duda, Jan Fabre es uno de esos artistas raros, personales, extraños, situados más allá de los discursos contemporáneos.


Cuando uno entra a una exposición de este artista, parece adentrarse más allá del tiempo. A poco que uno se acerque a su obra, advertirá que no pertenece al mundo contemporáneo, sino que parece estar fuera del presente radical. En medio de un mundo del arte dominado por el discurso sociológico y la cultura de la queja, el arte de Fabre aparece como una rara avis, alejado de modas y tendencias discursivas. Ante esto, el discurso del crítico de arte “institucional” se queda sin herramientas de análisis, pues difícilmente se pueden introducir las fórmulas manidas para hacer hablar a la obra de teoría de género, de globalización, conflictos políticos o multiculturalidad. Y es que no enfrentamos a un artista que está en un lugar bien diferente. Su arte, por supuesto, tiene un pie en el presente, como no puede ser de otro modo, pero extrae sus fuentes de inspiración y obsesión del arte del pasado

Fabre ha transitado por casi todos las disciplinas artísticas (danza, performance, escultura, dibujo, vídeo, la propia escritura). Y a través de ellas, ha logrado crear una obra absolutamente personal, un universo particular y simbólico que conecta con los grandes problemas de la reflexión sobre la existencia presentes en el arte desde tiempo inmemorial: la vida, la muerte, la preservación, la metamorfosis, el deseo o la belleza. Cuestiones todas que tienen su centro de tensión en la materialidad simbólica del cuerpo. Del cuerpo humano, pero también del animal y el insecto. El cuerpo como materia en constante cambio, en estado continuo de transformación.


Hace dos meses, en Bruselas, tuve la oportunidad de ver Chapters I-XVIII. Waxes and Bronzes, una exposición en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica. Una galería de retratos en bronce y en cera a la manera clásica. Una intervención en el tiempo. Una heterocronía. Ya lo había hecho en su célebre exposición en el Louvre. Y es una de las características de su arte, la capacidad de situarse en medio de los grandes maestros, de medirse en el mismo lugar de las obras del pasado. Es una tradición que se ha impuesto ahora y de la que muchos artistas salen malparados. Sin embargo, Fabre entra en el museo, lo activa y lo trae al presente. De modo extraño y siniestro. En este caso, en medio de la pintura europea del barroco, cerca de Rubens, de Jordaens y de los genios del pasado.


Sus autorretratos presentan repertorio gestual que, sin duda, se encuentra en la estela de las célebres esculturas de expresiones faciales del barroco Messerschmidt, pero que aquí se hallan localizado en un tiempo concreto;  con marcadores temporales –las gafas, el cuello de la camisa...– que localizan el cuerpo en el presente. El artista transforma su rostro a través de prótesis que aluden a un universo animal, pero también mítico: el cuerno como figura de la vitalidad y con todas las implicaciones simbólicas que posee la cabeza astada. Aquí nos encontramos con la burla constante del artista, que parece frustrar la belleza de los trofeos. Se trata, sin embargo, de gestos estereotipados, casi máscaras. En este sentido, se podría decir que en Fabre aparece una tensión entre lo exterior y lo interior, entre el gesto, supuestamente lo más personal y subjetivo, y los modos de construcción y codificación de la expresión. Esa tensión, esa “extimidad”, hace que en el fondo el artista se presente como un otro, se visualice desde fuera y construya una imagen que es el lugar de encuentro de una subjetividad íntima y una construcción exterior.

En Bélgica visité también a exposición de algunos bronces y ceras en la galería Guy Pieters: Chalcosoma. Small Bronzes 2006-2012. En el espacio de esta galería situada en Knokke, se daban cita los temas centrales de la obra de Fabre: el animal, el cuerpo, el insecto, la armadura, el paso del tiempo, la descomposición, el ansia por perpetuarse, por sobrevivir...

Los pequeños bronces aparecen como una especie de laboratorio donde todo se va elaborando, casi el lugar en el que suceden las ideas que luego Fabre lleva a las grandes composiciones: el insecto, el resto, el cuerpo, el exterior, la circularidad del tiempo, la batalla frente a la fugacidad de la existencia, la necesidad de armarse para preservar la vida, y la futilidad de todas estas estrategias. Se trata de piezas delicadas, sutiles, elegantes, y extremadamente bellas. Y sé que decir de algo que es “bello” hoy es peligroso e incluso está fuera de cualquier discurso crítico. Pero ya he comentado que el crítico se queda sin herramientas ante la obra de este autor, y que tiene que comenzar a utilizar términos y maneras de ver que están casi en desuso.



En el tiempo de la precariedad, el cartonaje, la cinta aislante... el arte de Fabre sigue siendo bello. Tremendamente bello. Por eso decimos que su obra parece surgir de otro tiempo y otro lugar. Y desde allí nos confronta con al abismo de la belleza. De esa belleza sublime que está en la frontera de lo terrible. De esa belleza que, sin embargo, nos inquieta y nos conmueve.

29/12/12

Seis años, y un origen.

Hoy hace seis años que comencé este blog. 29 de diciembre de 2006, lejos ya. La primera entrada la titulé "Buen comienzo, mañana más". Y su contenido era una cita de E. M. Cioran: "Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos". Nada más. La cosa parecía empezar, pues, con mal agüero, casi como una especie de crónica del hundimiento y la caída al fango. En seis años ha habido de todo, pero, más que de un hundimiento, muchas veces el blog se ha convertido en una herramienta para salir a flote, una especie de salvavidas digital, intangible, al que me he podido ir agarrando para aclarar ideas y saber lo que realmente pensaba.

Los primeros años del blog fueron, sin duda, los mejores. El blog antes de Facebook y Twitter. Antes de el microblogging y las comunidades digitales. En aquellos años, creo que de 2006 a 2010, en el blog había de todo. Fue realmente un no(ha)lugar, un espacio en el que se situaba todo lo que no cabía en otros textos. Había pensamientos sueltos, microrrelatos, chistes, tonterías, vivencias, intimidades, relatos, textos de opinión... Esta mañana he estado echando un vistazo a esos primeros años y he sentido algo de nostalgia. Está allí casi toda la vida. El blog era una especie de espejo con memoria. Pero ya no lo es tanto. Ahora se parece cada vez más a un cuaderno que uno ya no quiere untar tanto como en un principio. Un cuaderno en el que uno escribe con un cierto sentido de permanencia. Y ya no dibuja en los márgenes, ni hace garabatos mentales o mete flores secas entre las hojas. No. Ahora está todo mucho más limpio. Demasiado limpio, quizá. Sí, demasiado limpio. 

Me hago una promesa para 2013. Volver a ensuciar esto, a llenarlo de restos, sobras, anotaciones, tonterías. Se ha convertido en un espacio demasiado engolado, casi como un texto en papel, un lugar serio, donde el ruido parece haberse ido apagando poco a poco. Y la vida es ruido.  

Ahora solo hago el payaso en Twitter y en Facebook, y aquí, salvo los diálogos de los últimos meses, he dejado de escribir peri-textos y pensamientos sueltos e inmediatos, es decir, ideas. Y esto no es bueno. Sobre todo por una cosa, porque parece que delimita claramente los espacios y los modos de comportamiento. El otro día un amigo me decía que yo había cambiado porque había comenzado a tomarme en serio, y antes no lo hacía. Confieso que no lo entendí en un primer momento. Ni quise darle la razón. Pero ahora veo que probablemente la tenía toda. De un tiempo a esta parte parece he separado los diversos roles: escritor, profesor, crítico, gilipollas... Y creo que deben volver todos al mismo lugar. No puedo crearme un personaje. No puedo aparentar que soy serio cuando no lo soy del todo –soy un payaso visceral–, o que soy muy gracioso –cuando en el fondo estoy atravesado por la melancolía–. Así que a partir de ahora esto volverá a ser un espacio de todo. De idioteces, de crítica literaria, de comentarios sobre libros, de opiniones, de reflexiones... un no(ha)lugar donde todo se mezcla, y donde nada es más importante que otra cosa. 

Una vuelta al origen, si es que eso es posible; al menos, a cierto origen, a cierta idea de lo que debe ser un blog. Y para esa vuelta, nada mejor que tomar una cita de Cioran, como la que preside el blog, y como la de la primera entrada. Una cita intempestiva:
"Quisiera que me acariciaran unas manos por las que pueda fluir el Tiempo...... o que me lloren unos ojos arrancados de un Paraíso en llamas."
Sí. Eso es lo que quisiera. 

27/12/12

Tocarse con el lenguaje

–¿Qué, cómo llevas las vacaciones?
–¿Vacaciones? Eso quisiera. No hay manera de cerrar nada. Mil textos me acosan, y a mí ahora solo me apetece leer.
–Pues lee, colega.
–Eso quisiera, pero leyendo me siendo culpable.
–¿Por?
–Por no escribir. Culpable por no escribir.
–Hay tiempo para todo en esta vida. Hay momentos en momentos en los que uno tiene que leer, sí o sí. Si no, ¿cómo vas a poder escribir algo en condiciones?
–Tienes razón. No se lo digas a nadie, pero, ¿sabes algo? Creo que soy mucho más lector que escritor. Al final escribo cuando no tengo más remedio. Y cuando escribo siento que debería estar leyendo, que se me está escapando algo. Es como hablar y escuchar. Cuando hablas demasiado no escuchas a los demás. Y por lo general los demás tienen mejores cosas que decir que uno.
–Te entiendo. Pero hay que guardar un equilibrio. A veces tienes que decir tú también. Imagino que habrá cosas que necesites decir y que no encuentres quien las diga, o al menos que las diga como a ti te gustaría escucharlas.
–Por eso escribo. Cuando me gustaría leer algo y no lo encuentro. Pero es un placer extraño.
–¿Y ahora? ¿Por qué escribes ahora? ¿Por qué esta mañana, esta entrada del blog? ¿Qué necesidad?
–Ninguna necesidad. Ninguna. Es verdad. Pero estaba hablando conmigo, y necesitaba ver por escrito lo que me estaba diciendo. A veces escribir también es eso, quitarse cosas de encima. Escribir como una terapia, sacarse lo que lleva uno dentro, vaciarse para poder seguir leyendo.
–Vamos... vomitar.
–Pues casi. Vomitar. En ocasiones es algo así, lo necesito por eso. Es como limpiar la mente. Y estos diálogos que he empezado en el blog me sirven casi como meditación.
–No jodas.
–Sí, es como mirarse al espejo y quedarse ahí un rato, junto a tu imagen, sin pensar, hasta que empiezas a no reconocer lo que ves.
–Como ahora, ¿no?, cuando no reconoces lo que escribes.
–Más o menos, sí, como ahora.
–¿Y qué? ¿Logras algo?
–Algo sí. Cinco minutos de diálogo y ya me quedo más tranquilo. Ahora me pongo a leer y a terminar cosas.
–Tío, a mí me parece –de hecho siempre me lo ha parecido– que esto es como masturbarse. Un acto de onanismo. Hablar contigo, decirte cosas, tocarte con el lenguaje, y luego eyacular, en plan negro sobre blanco.
–Quizá. "Tocarme con el lenguaje", me ha gustado la expresión. Te la pido prestada.
–Tuya es, total yo también soy tú, no me puedes robar nada. Lo mío es tuyo.
–Aun así, quisiera pedirte permiso para usarla en algún texto. ¿Puedo?
–Que sí, pesado. Qué paranoia, ¿no?
–Paranoia no. Esquizofrenia en todo caso. Escindirse para escribirse, para tocarse con el lenguaje, siempre desde el afuera, penetrarse con las palabras, dejarlas entras por todos los orificios del cuerpo, por todos los poros de la piel.
–Colega, déjate hoy a Lacan y a Bataille, que hay cosas que hacer. ¿Has entregado lo de los sexenios?
–Sí, ayer. De eso no quiero hablar que me se me desequilibran los chakras.
–En ese caso lo dejamos ya, que parece que la cosa iba bien. ¿No crees?
–Sí, mejor acabar ahora.
–Que tengas un buen día.
–Tú también.
–Nos vemos en tu mente.
–Ok. Si ves que paso delante de ti y no te reconozco, dame un toque. A veces no sé ni quién soy.
–No preocupes. Si te pierdes, te digo algo.
–Saluda al Yo.
–Y tú al Súper Yo.
–Al Ello lo dejaremos que duerma, que cada vez que despierta la lía parda.

24/12/12

Nostalgia de la melancolía

Debería sentir nostalgia. Y en cierto modo la siento. Es una emoción extraña. Nunca me ha gustado la Navidad. De niño, siempre me recuerdo renegando por los rincones. La casa se llenaba de gente. Venían todos mis hermanos, y mis cuñadas, y mis sobrinos. Después, el estrés de la cena. Mi madre preparaba todo con esmero. Desde bien temprano. Al final, acababa llamando por teléfono al bar porque mi padre y mis hermanos seguían allí aún prolongando el almuerzo. Ellos siempre llegaban tarde. Pero no había enfados. O si los había, yo no me enteraba. Todo se hacía de buenas maneras. Mi padre llegaba siempre contento. En todos los sentidos. El vino siempre le sentaba bien. Sacaba la pandereta grande y nos llevaba a cantar junto al belén. Después, en la cena, contaba chistes sin parar y yo tomaba buena nota de ellos. Era granadino. Y tenía más gracia que muchos de los que salen en la tele.

Todo era maravilloso. Ahora lo sé. Era maravilloso.  Pero por alguna razón, en aquellos momentos yo estaba empeñado en que la Navidad no tenía que gustarme. Era el raro de la familia. Pasaba el día leyendo. Y aquello me parecía una perogrullada. Una tontería. Todo el mundo tan feliz. Y yo atormentado en mi mundo interior, lleno de ideas ingenuas de esas que tienen los adolescentes cuando creen que el mundo está contra ellos y nadie los entiende. Todo era maravilloso y para mí todo era una gran tontería. Y cada vez que me preguntaban siempre decía lo mismo: odio la Navidad. Es una fecha triste, decía. Una fecha triste, sí, me pone melancólico, decía.

Estaba mi madre, mi padre, mis hermanos, mis cuñadas, mis sobrinos... y estaba también la Nena, la tía de mi madre, que era como mi abuela. Era la más vieja de la familia. Había nacido a principios del siglo pasado y estaba allí siempre, antes incluso que los cimientos de la casa vieja. Hace diez años, en la Navidad de 2002, el cuerpo de la Nena ya no podía seguir respirando. Y justo a media cena de Nochebuena decidió pararse para siempre. Aquella noche vi llegar a ella el rostro de la muerte. Un apagamiento lento, como el de una vela. Todos, alrededor de la cama, esperando a que lo peor se mostrase. Una muerte dulce. La quisiera para mí. La familia reunida. Un tránsito perfecto. Pero no dejaba de ser una muerte.

A partir de ese momento, las navidades ya no fueron como antes. Pero no sólo porque ella faltara, sino porque desde entonces todo comenzó a desmoronarse poco a poco. En apenas unos años, murieron mi padre y mi madre. Y la casa, que había estado llena de cantos, saltos, gritos y comidas, acabó convirtiéndose en un lugar vacío, demasiado vacío.

Hoy la casa está cerrada. Yo vivo en otro lugar. Hace tiempo de todo aquello. Pero cuando llega la Navidad no puedo dejar de pensar en aquellos días. En aquellos días en los que yo estaba triste y no sabía por qué. Triste, mientras los demás se divertían. Triste, cuando no había motivo alguno. Y siento nostalgia de aquella melancolía sin motivo, de aquel abatimiento ingenuo, adolescente, sin objeto.

Esta noche cenaremos en casa de Raquel. Allí también ha llegado la melancolía. También falta alguien. Su padre. Y también, seguro, alguien se acordará de algún momento en que estuvo triste sin tener que haberlo estado.

Hoy pienso en todo aquello. Los ojos se me llenan de lágrimas un momento. Especialmente ahora, cuando escribo esto y tengo que frenar unos segundos para secarlos. Pero, ahora, también ahora, es cuando siento que lo que perdí no lo perdí del todo. Y no siento que todos se fueran –todos se van, todos se irán en algún momento–; lo que siento es no haber sabido disfrutar cuando todos estaban.

Y ahora intento saborear los momentos que no pude saborear. Porque estoy convencido de que vendrá un futuro en el que vuelva a sentir nostalgia de la melancolía. Nostalgia de este tiempo, de este presente.  Y cuando ese tiempo venga, cuando todo vuelva a oscurecerse, no quisiera volver a sentir que perdí mis días lamentándome. Si algún día recuerdo este tiempo, quisiera recordarlo por haber sido feliz en él. Por haberlo sido, pero sobre todo por haberlo sabido. Por haber habitado el presente. Un presente en el que faltan muchas cosas. Pero en el que hay muchas otras a las que es necesario prestar atención. Pero no con el miedo de perderlas un día, sino con la consciencia de habitarlas en este mismo momento. Porque el futuro, el pasado y el presente son la misma cosa. Tiempo-ahora. Sólo hay eso. Y es ahí donde está condensado lo que no pudimos ser y lo que podremos dejar de ser. Y estoy convencido de que si logramos serlo en el presente, de algún modo, podremos redimir el tiempo.

Por eso, no me sonrojo si os deseo a todos Feliz Navidad. Porque debería haberlo dicho muchísimo antes. Y debería haberlo sabido decir y escuchar cuando todos estaban aun allí. Quizá aún no sea demasiado tarde para volver.

18/12/12

Mis tres libros

Como no podría ser de otro modo, llega la hora de la listas de los mejores libros. Yo solo puedo hablar de lo que he leído. No puedo ser más subjetivo en esto. Y aunque son muchísimas cosa las que me han gustado y me han parecido interesantes, me quedo con tres. Lista corta. Tres librazos. Libros de esos que a uno le gustaría haber escrito. Libros que, sin embargo, tristemente, uno sabe que jamás tendrá la capacidad de escribir.


1. Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares (Mondadori)




2. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)



3. Un buen chico, de Javier Gutiérrez (Mondadori)




Hay muchas más cosas que me han parecido muy buenas. He disfrutado con un sinfín de lecturas. Podría hacer una lista más larga. Pero si me pongo a pensar seriamente en los libros que me han marcado este año, creo que son estos tres. El libro de Tavares y el de Menéndez Salmón tienen mucho en común –siempre me ha parecido que estos dos escritores viven en mundos semejantes–: una escritura reflexiva, detenida, meditada, que requiere un tiempo de lectura diferente al de la rapidez de la vida cotidiana. Libros de esos en los que uno tiene que levantar la cabeza de vez en cuando para tomar aire, mirar al horizonte, tragar, digerir y seguir leyendo. Libros que trascienden con mucho el ámbito de la literatura y que proporcionan una experiencia de conocimiento del mundo. 

El libro de Javier Gutiérrez, a priori, parece en las antípodas de los dos anteriores. Un tono diferente, frenético, desordenado, no lineal, fragmentario. Un mundo más cercano y cotidiano. Y sin embargo, logra traquetearte, inquietarte, removerte por dentro. Muy pocos son los escritores que tienen esa capacidad. Y muchos menos los que son capaces de hacer que la experiencia de la lectura trascienda el libro, y que cuando uno termine de leer, aún siga temblando. Y que, al día siguiente, el mal cuerpo no se haya ido del todo. 

Este traspasar las fronteras espaciales y temporales del libro, esta vocación de permanencia y transformación de la experiencia es lo que tienen en común estos tres libros. Lo que yo entiendo por gran literatura –o al menos la literatura con la que más disfruto– tiene que tener esa cualidad: la presencia de una especie de puño invisible que salga del libro y te golpee, y te deje heridas, y te joda el estómago, y te agarre las tripas por dentro, y te muerda el cerebro, y te punce la nuca. Y haga que esas sensaciones permanezcan y reverberen en el cuerpo cada vez que pienses en lo que has leído. Eso pasa con Aprender a rezar en la era de la técnica, con Medusa y con Un buen chico. Por eso no tengo duda alguna. Mis tres libros del año. 

7/12/12

Ola k ase? Corrigiendo galeradas

–Ola k ase?
–Pues aquí, corrigiendo las pruebas de la novela.
–Y komo lo yevas?
–No demasiado mal. Aunque ahora todo me acojona un poco.
–Normal, colega. Mazo de responsabilidad, k no
–Es que ahora me da el miedo escénico y ya no me fío de nada de lo que he escrito. Leo las frases en voz alta para buscar el tono perfecto y la palabra justa y todo me suena mal.
–Ya te digo.
–Es verdad. Es como cuando te pones a repetir la misma palabra muchas veces y deja de tener sentido.
–Jamón jamón jamón jamón jamón jamón... ostia tú, pues es verdad.
–Claro. Eso es lo que me pasa. Todo me suena extraño y ortopédico.
–Orto ké?
–Ortopédico. Sí, artificial, como si todas las palabras no fueran más que palabras. ¿Sabes una cosa?
–What?
–Me gustaría que la novela se publicara traducida.
–¿Mande?
–Sí. Me doy cuenta de que me gusta más lo que digo que cómo lo digo. Y pienso que en francés o inglés, o en cualquier otro idioma, todo va a sonar mucho mejor. No sé por qué pienso esto, pero me viene a la cabeza ahora. Si yo fuera todopoderoso, puenteaba la versión española y publicaba directamente la versión en francés. Y luego la española, traducida, por ejemplo, del francés. ¿Te imaginas?
–Jo, colega, cómo se te va la olla, ¿no?
–Puede ser, puede ser. Imagino que son mecanismos para evitar la presión. Saltarme un paso. No enfrentarme a mi idioma.
–...
–Es que creo que se me va a notar mucho que no soy escritor de verdad, de esos que manejan el lenguaje como si fuera plastilina.
–Ya.
–Lo mío son más bien las ideas. Y el lenguaje es el medio que necesito para trasmitirlas. Pero de ahí a escribir con un estilo absorbente, con ritmo, con un lenguaje depurado... –vamos, con esas cosas que yo alabo tanto de lo de los escritores– va un abismo.
–No t endiendo, bro.
–Coño, pues que no soy Gonçalo Tavares, ni Pron, ni Menéndez Salmón, ni Pablo Gutiérrez. Que al final me pasa lo mismo que cuando improviso en el piano, que me gustaría dominar el instrumento y, sin embargo, mis manos no dan para mucho.
–Pero a mí m mola lo ke ase.
–Puede ser, pero tengo que exprimir al máximo las cuatro cosas que sé para sacar algo digno.Y creo que algo así me ocurre con la escritura. Me gustaría dominar la técnica como uno de los grandes. Describir un rostro con cuatro trazos, poner la palabra justa, el adjetivo idóneo, la metáfora perfecta y evocadora... Pero no me sale, coño, no me sale. Lo intento, pero no me sale.
–Pues déjalo.
–Ya es demasiado tarde. Me gusta demasiado. Tendré que acostumbrarme a aceptar lo que soy. A trabajarlo y a desarrollarlo todo lo que pueda. Pero también a aceptar mis limitaciones. Si no acabaré absolutamente frustrado.
–La frustración es buena. Lo dicen los nutricionistas.
–K dise?
–Oye, ¿por qué escribes tú ahora así?
–Komo?
–Mal, en plan ola k ase.
–No sé, me dá por ahí. Tú has escrito "nutricionista"
–Es verdad. Se me fue.
–Vamos a dejarlo ya, ¿vale?
–Venga, es tarde. Quiero ver el final de la saga Crepúsculo.
–Te entiendo. Pero es demasiado para mí. Voy a ponerme de nuevo con el Ulises.
–Cuánto daño ha hecho a la literatura, ¿verdad?
–Cómo lo sabes.