27/11/12

Una Navidad de muerte

Acaba de llegar a casa Una navidad de muerte, el libro de relatos de terror navideño que ha coordinado Jorge Barco para la editorial Origami. Ha sido todo un placer colaborar en esta antología, sobre todo porque hay en ella autores de verdad que ya llevan una larga trayectoria "cuentística". Yo soy más bien un advenedizo que se acerca por primera vez al terror con un pequeño relato, "Compañía", sobre una ouija realizada en Nochebuena. No sé lo logrado que está el cuento, pero lo cierto es que me ha encantado la experiencia. Confieso que pasé miedo escribiéndolo y que alguna noche me tuve que ir a la cama acojonadito antes de tiempo.

Os paso el enlace a la página de Origami y os dejo las fotos de la portada, el índice y la primera página de "Compañía". Creo que merece la pena hacerse con el libro y pasar miedo esta navidad. Es lo que pega en estos tiempos jodidos.












25/11/12

Decir No

Mis queridos amigos, lo digo una y otra vez, me lo propongo, lo intento, parece que lo hago, pero al final siempre acabo cayendo y me lleno de cosas que no me dejan un minuto libre. Luego lo escribo aquí, me quejo, escribo que ya no voy a aceptar nada, ningún encargo más, nada, por muy apetecible que sea. Pero esta vez va en serio. Y va porque es un propósito del nuevo año que comienza ya. Porque  si entrego y hago todo lo que tengo que hacer y entregar en diciembre habré trabajado y dejado cosas hechas para todo el año siguiente. Y lo digo, lo escribo, lo prometo, lo juro y lo rejuro: un año entero sin aceptar nada, nada más. Lo siento. Quiero comenzar a escribir mi nueva novela. Quiero terminar las cosas por las que me va a juzgar la ANECA, las cosas de los sexenios y esas mierdas, que luego todos los textos de catálogos, artículos y conferencias están muy guays pero ellos se los pasan por la entrepierna. Tengo que ser práctico. Si no me adelantan por todos los lados mientras yo me convierto en una ONG de textos y conferencias. Decir que no, decir que no, decir que no. Decir lo siento estoy muy ocupado. Decir me interesaría mucho pero no puede ser. Decir quizá en otro momento. Decir es la ilusión de mi vida pero ahora no puedo. Y comenzar con algo gordo, rechazando algo gordo. Rechazando algo que realmente me haga mucha ilusión, algo que sí quisiera escribir, hacer o decir. Rechazar algo que me gusta para luego poder rechazar compromisos. Acabo de recibir una invitación para participar en un número de una revista de índice de impacto, de esas que me cuentan para la ANECA, una invitación muy importante. Y voy a decir que no. Con todo el dolor de mi alma. Me va doler en el corazón, y en el prestigio, y en el bolsillo. Pero me va a servir de armadura para lo siguiente. Acabo de decir que no a algo muy importante y, si he dicho que no a eso, no puedo aceptar lo tuyo. Lo siento. Te quiero. Amigo. De verdad. Me gustaría. Pero no puede ser. Es la postura. La de no puede ser. Y no puede ser porque si no al final a uno acaba yéndosele la pinza. Como a mí en este momento. En el momento en el que escribo un post sin fuste, sin pensar un segundo en lo que estoy escribiendo, consciente incluso del tono algo hiriente que puede tener. Pero es que esta semana tengo tres conferencias. Cada una de su padre y de su madre. Una por un favor, otra por un favor y otra por un favor especial. Una al menos es sobre mi libro y me sirve. Las otras... en fin, habrá que hacerlas. Pero tres conferencias en una semana, por mucho que uno las tenga más o menos preparadas –que no es del todo así– te hipotecan la semana. Cuando a eso se le unen las clases, los textos por entregar y las cosas por leer... al final no puedes hacer nada. Porque luego uno, al final, tiene vida. A veces incluso le gustaría follar y esas cosas. O simplemente sentarse a leer mientras escucha música, o ir al cine, o salir a pasear, o hacer esas cosas que hace la gente aparte de trabajar. Pero con ese ritmo de vida no se puede. Y luego uno se muere, se va todo a la mierda y no ha disfrutado. Y no lo ha hecho por no saber decir una palabra, una sola palabra: NO. Quizá es más fácil de lo que pienso. NO. Decir NO. Quizá no es tan difícil. Quizá consista simplemente empezar a pensar que no puedes quedar bien con todo el mundo, que no puedes hacerlo todo, que tienes que renunciar. Y que el problema de los demás no es tuyo. Si tú no puedes, alguien lo hará. No te preocupes. El mundo es muy grande. Hay mucha gente. La mayoría lo podría hacer mucho mejor. Así que eso debes hacer. Decir NO. Escribir NO. Pensar NO. Cerrar el grifo. O realmente se te irá como se te está yendo ahora. Y escribirás esto como forma pura de procrastinación porque con todo lo que debes hacer no sabrás realmente por dónde empezar.

22/11/12

Historia del arte crítica (reprise)


Hace unos años, en abril de 2009, después de un debate en clase, escribí aquí un pequeño post sobre la noción de "Historia del arte crítica". Hoy, cuando algunos se esfuerzan en decir que lo que uno hace no es Historia del Arte sino crítica de arte –o ni siquiera eso, sino una confusión de ambas; como si se supiera claramente qué es Historia del Arte o cuáles son las fronteras que delimitan una cosa de la otra–, me parece oportuno rescatarlo y copiarlo aquí tal cual:

Comienzo las clases de historia del urbanismo. Apenas tengo un mes para hablar de la ciudad moderna y contemporánea. Me temo que, como siempre, vamos a avanzar poco. Esta mañana, sin ir más lejos, ya nos hemos enzarzado en la primera discusión que nos ha llevado toda la clase.

Hemos debatido en torno a la noción de “historia del arte crítica”, que yo tomaba, más en el término que en la formulación, del libro de Michael Podro (Los historiadores del arte críticos). Al hablar de relación entre el espacio y lo político (que los espacios no son neutros, sino que tienen género, clase, identidad, que responden a deseos, miedos, poderes y saberes), sugería yo la necesidad que tiene el historiador del arte de estar alerta ante su objeto de estudio, ya sea un espacio o una obra de arte. Sobre todo porque las obras de arte (los objetos, los espacios…) no sólo son representaciones catóptricas de lo social, sino que lo crean y lo reproducen, es decir, que no las obras no sólo reflejan una época, sino que la emplazan y contribuyen a la perpetuación de sus estructuras sociales.

Con esa lógica, he comentado que las obras de arte afectan a nuestro presente, pues se encuentran en él. La Venus de Urbino de Tiziano contribuye a la perpetuación y repetición de una serie de relaciones de poder, sumisión y objetualización ante las que el historiador debe posicionarse. Evidentemente, Tiziano no podía sino ser machista, las condiciones de posibilidad de la época no permitían otra cosa. Pero la obra se encuentra ahora en nuestro presente. Es hoy cuando debemos vérnoslas con la obra. Retomando los argumentos de Mieke Bal (en Reading Rembrandt o en Quoting Caravaggio), he abogado por historia del arte "preposterior", que trabaje no de atrás hacia adelante, sino desde el presente al pasado para luego volver de nuevo al presente. Una historia del arte crítica debería entonces trabajar en un doble movimiento, en primer lugar hacia la elucidación de las condiciones primarias de producción y recepción de la obra (sabiendo que nunca hay posibilidad de llegar a mítico “origen”), y en segundo lugar hacia el posicionamiento crítico desde el presente.

Esto nos ha conducido a un debate sobre el estatus de la obra de arte en el presente y en sus espacios. Los museos son lugares peligrosos: están llenos de violaciones, masacres, relaciones de exclusión y dominación. Llevamos allí a los niños como si no ocurriese nada, como si se tratase de un lugar lleno de cosas muertas que ya no nos afectan. Pero esas cosas “crean” realidad, contribuyen a la producción y reproducción de un imaginario. Por eso es necesario que el historiador del arte incorpore una dimensión crítica en su trabajo. Y que la haga explícita. Y es que, por mucho que quiera, su posición nunca puede ser neutral. Está repleta de vicios, prejuicios, filtros y tradiciones historiográficas que lo alejan de una ficticia “aproximación a la cosa misma”. No hay aquí tal “cosa misma”. Ni tampoco existe la posibilidad de una desubjetivización.

El historiador del arte, el que escribe, el que conserva, el que identifica, es, antes que cualquier otra cosa, un individuo. Un individuo con sus miedos y deseos, un sujeto que no puede ocultarse tras el rol que ocupa. Por eso una historia del arte crítica es también, indefectiblemente, una historia del arte profundamente subjetiva, “apasionada y política” (como la crítica en el sentido por Baudelaire).

La discusión sobre esto, como no podía ser de otro modo, nos ha llevado toda la mañana. Así, desde luego, vamos a avanzar lo justo.

21/11/12

La realidad es una performance macabra




Seguimos estando en el mismo lugar. La realidad es una performance macabra. Jóvenes palestinos descubren a un compatriota colaboracionista, un espía de Israel. Aquiles venga a Patroclo y arrastra el cadáver de Héctor por la ciudad. Hacer ver la muerte. Convertir el cuerpo en tierra. Más allá del Polvo eres y en polvo te convertirás. Eres barro, suelo, piedra, bajeza, y a ese lugar has de volver. En ese momento, alguien reclama para sí la cualidad de sujeto, la superioridad de la fuerza y la plenitud frente a la del cuerpo horizontal, que queda a su merced. Pero ese mismo ser humano, al reclamar su humanidad sobre la carnalidad pura del cuerpo convertido en materia inerte, al elevarse sobre ella, se convierte en el animal más aborrecible del cosmos, el único capaz de matar dos veces, de denigrar la memoria, de profanar aquello que ya ha sido profanado. Es el ser humano. Siempre ha sido así. Esa mierda está dentro de nosotros, incluso de los más civilizados. Lo queramos o no. Ver estas cosas, darse cuenta de estas cosas, nos debería hacer temer de nosotros mismos. Porque no somos tan diferentes de los dos chicos que arrastran el cadáver. Somos la misma materia oscura. Por mucho que a veces la luz acabe cubriéndolo todo. 

19/11/12

Escribir sin autoridad

El viernes pasado presentamos en La Central del Reina Sofía Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Fernando Castro hizo una lectura seria y profunda del libro, pero también crítica con algunos aspectos. Una lectura que agradezco mucho y que me ha hecho plantearme algunas cosas que me gustaría compartir aquí.

Hablo de Benjamin, pero ni mucho menos soy un experto en Benjamin. Hay mucha gente estudiando toda su vida al pensador alemán y yo soy apenas un advenedizo en este campo –por mucho que lleve ya un tiempo convertido al "benjaminismo"–. Y lo mismo pasa con la teoría y filosofía de la historia: soy un recién llegado al campo, que me he sorprendido con muy gratamente con los debates teóricos de la disciplina; debates sobre cómo hacer, contar y materializar el pasado que pueden ser importantes para el arte, tanto para la Historia del arte como para la producción artística. Y en última instancia, tampoco soy yo un experto en arte español contemporáneo. No me he recorrido todas las exposiciones ni manejo todos los nombres, ni conozco el sistema en profundidad, aunque es cierto que haya dedicado algún tiempo a mirar con detenimiento lo que sucede a mi alrededor.

Es decir, ni soy experto en Benjamin, ni en filosofía de la Historia, ni en Arte español contemporáneo y aun así me atrevo a escribir un libro que va sobre estas tres cosas –y alguna más, es cierto–. Qué osadía ¿no? Con la de gente que sabe del asunto y, sin embargo, por pudor –o por lo que sea–, decide no escribir.

Pues sí, una osadía. Quizá debería haber seguido estudiando varios años más –toda una vida– a Benjamin, haber seguido encerrado hasta tener algo que escribir que fuera totalmente incuestionable. Pero he decidido hacer lo contrario: escribir. Hacer una propuesta abierta. El libro no tiene otra intención que mencionar unas cuestiones que creo que son fundamentales para este momento: la importancia de la Historia, la recuperación de cierto sentido del tiempo semejante al pensado por Benjamin, la presencia de una serie de prácticas artistas en España que trabajan sobre estas cuestiones... Podría haberme esperado años y haber escrito un libro sobre cómo fue que todo esto pasó, un libro cerrado de Historia del Arte. Pero he preferido –quizá por impaciencia– escribir esto ya, aquí y ahora, a sabiendas de lo precario que pueda resultar. Un libro que más que de Historia del Arte es de crítica de arte, porque intenta decir algo sobre la actualidad, algo que no pretende ser autoritario, ni canónico, ni establecido, algo que puede ser cuestionado, debatido, modificado, dialogado. Esa es la única pretensión, identificar una serie de problemas y exponerlos para su debate. Señalar, apuntar algunas ideas sin haberlas desarrollado del todo. Formular preguntas, y no dar respuestas, al menos no respuestas cerradas –por mucho que el libro proponga ciertos posicionamientos.

Escribir sin autoridad, sin pretensión de autoridad. Escribir antes de estar seguro del todo –quizá no haya nada de lo que estar seguro; quizá no se pueda estar seguro–. Decir, proponer y arriesgar. Porque en el fondo escribir es arriesgar. Aunque ese riesgo en este país sirva para poco. Pero en cualquier caso, lo que está claro es que a veces es mejor decir que callar, aunque seamos conscientes de que hay otros que saben más y podrían haber dicho las cosas mejor que nosotros. Que lo sepan: si no lo hacen, si no hablan, si no escriben, están perdiendo su oportunidad.

13/11/12

Eso haré

–¿Y si digo que últimamente sólo leo narrativa y que, con la excepción de algún texto de encargo, no me apetece escribir ensayos?
–Quedas mal.
–¿Por qué?
–Porque sí, ¿es que no lo ves? Eres profesor, y crítico, te dedicas a eso.
–Ufff, pero es que me interesa más lo que dicen los escritores que lo que dicen los artistas.
–No me lo creo.
–Es raro, lo sé. No es que ya no me interese el arte. Es que parece que sólo me interesa a través de la literatura.
–A ver, explícate.
–Pues eso, que parece que necesito el filtro de la escritura para que me interese lo que los artistas visuales quieren decir. Es como si la narrativa me hubiera atrapado. Me interesan las historias que me cuentan las novelas. Más que la teoría que me cuentan los ensayos. O incluso más que las imágenes que me ofrecen algunos artistas.
–Ya veo.
–Es como si estuviese virando hacia otro lugar.
–¿Como si cambiaras de campo?
–Quizá.
–¿Como si en el fondo estuvieses pasando de la Historia del Arte a la Literatura?
–Más o menos, sí.
–Pues entonces no te preocupes.
–¿Por?
–Porque en el fondo es todo la misma cosa.
–...
–Sí, eso de poner fronteras es ganas de liarlo todo. Es la misma cosa. Tú escribe. Y ya está. El resto es una cuestión de marco.
–Escribir, eso.
–Lo que quieras, lo que te apetezca, lo que necesites, lo que no puedas evitar, lo que te esté rompiendo por dentro... lo que sea.
–Ya ¿aunque sean diálogos como estos?
–Aunque sean diálogos como estos.
–¿Aunque los marcos sean porosos?
–Aunque los marcos sean porosos.
–¿Aunque tanto "aunque" suene repetitivo?
–Aunque tanto "aunque" suene repetitivo.
–De acuerdo. Me has convencido.
–Entonces déjalo por hoy. Ya está bien. Corta antes de que sueltes algún improperio; sabes que últimamente estás muy faltón.
–Sí, lo sé. Pero hoy no insultaré a nadie. No ha parado de llover en todo el día. Y no puedo dejar de estar triste. La gente muere. Muere sin parar.
–Es lo que hay.
–Pero mueren y hacen que las cosas pierdan sentido.
–Entonces escribe.
–Eso hago.
–Pues no ceses de hacerlo, aunque sea en tu imaginación.
–Eso haré.
–...
–...

9/11/12

La felicidad y lo posible

Queridos amigos, estoy muy contento. Mucho. Algunos lo sabéis ya: mi primera novela, Intento de escapada, será publicada por Anagrama en el primer trimestre del año que viene. Y, además, ha recibido una mención especial del jurado del XXX Premio Herralde. Os podéis imaginar el subidón. No creo que haya droga natural ni de diseño que iguale esto.

Lo de la mención, desde luego, es fantástico. Y que suceda un año en el que el premio va para dos escritorazos como Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista, me alegra aún más. No imagino compañía mejor. Aún lo estoy asumiendo.

De todos modos, el verdadero premio para mí es publicar en Anagrama. Y eso sí que me da vértigo. Poder estar en el mismo catálogo en el que han publicado Vila-Matas, Bolaño, Chirbes, Piglia... la mayoría de los escritores que más admiro es algo que está, incluso, más allá de lo soñado. Más allá, es cierto; pero, curiosamente, también más acá. Porque mentiría si dijera que, por muy inalcanzable que la cosa pareciese a priori, no lo había pensado en alguna ocasión. De hecho –y esta es una confesión que solo os haré a vosotros–, justo en el momento en el que comencé a escribir la novela, le dije a mi mujer: esto es para Anagrama. Incluso –como buen maniático de los diseños que soy– la escribí con la maquetación de los libros de la colección Narrativas Hispánicas, imaginando en todo momento que si los deseos se cumplieran y tuviera que pedir algo al genio de la lámpara, esta editorial sería el contexto ideal, la compañía perfecta, e incluso la comunidad de lectores soñada para el libro. Llegué –y eso me da aún más vergüenza confesarlo– a diseñar varias portadas del libro con el formato de las de Anagrama que visualizaba a veces antes de irme a dormir. Algún día las enseñaré.

Por supuesto –y aunque esto ya lo sabía antes– una vez acabada la novela me di cuenta de que la cosa era mucho más difícil y que en el fondo todo eso eran deseos imposibles de cumplir –exactamente igual que cuando uno se imagina en la cama con Monica Bellucci–. Así que ni se me pasó por la cabeza aspirar a Anagrama y comencé por otros lugares que creía más accesibles. Curiosamente, fue entonces cuando el camino comenzó a hacerse muy cuesta arriba. Bastante más de un año de silencios editoriales: ya no es que me dijeran que no –algo de eso también hubo–, es que la novela no conseguía ser leída. Y yo solo quería eso, que alguien la leyera con cierto sosiego. Ése es, creo yo, el verdadero drama del escritor novel; no el rechazo, sino la imposibilidad de llegar a ser tenido en cuenta. Casi desisto, lo digo de verdad. Sobre todo porque en el fondo no me dedico a esto; lo hago por puro placer. Y no quería que se convirtiera en una obsesión –lo de publicar, digo; escribir ya lo es bastante.

Pero no está todo perdido. Y esto es un mensaje de ánimo para los escritores primerizos. La cosa está chunga; pero hay que seguir insistiendo. Si la obra merece la pena, tarde o temprano –por lo general, más tarde que temprano– acaba llegando a algún lugar. Si hay suerte, a un gran lugar. Si hay menos, a otro menor. Pero desde luego, si merece la pena, acaba llegando. Esto es lo que yo me decía para animarme, aunque no me lo creía del todo. Ahora lo puedo afirmar. Si crees que vale, insiste, insiste, una y otra vez. Ya lo escribió Beckett: "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor".

Cada silencio, cada rechazo, ha sido en el fondo un acicate también para volver sobre el libro y darle vueltas y vueltas. Mejorar. Enviar. Volver a fracasar. Volver a mejorar. Volver a enviar. Fracasar una vez más. Y así durante bastante tiempo. Escuchar consejos, revisar, cambiar cosas, mirar de nuevo... No darse nunca por vencido. A veces lo imposible solo es imposible porque no pensamos que puede ser posible.

5/11/12

2.0

Y el amor también era eso.
Del suyo solo pudo guardar
el eco ahogado
de sus retweets.

4/11/12

Parecidos razonables

Imagino que ya os habréis dado cuenta, pero Jeff Daniels en Looper es clavadico a Slavoj Zizek. Si acaso, se diferencian en el acento.







2/11/12

Morando la moratoria

Llevo varias semanas sin parar de escribir introducciones de catálogo y "textículos" varios. Casi voy a uno por día. Las fechas de entrega se me montan unas sobre otra y ya hace mucho tiempo que no cumplo un deadline. Vivo en medio de una moratoria infinita. La mayoría de mis mails son para pedir, por favor, un día más, dos, tres... una semana y me das la vida, que no llego por mucho que quiera. Pido una semana y digo que se me ha atragantado el texto cuando, en realidad, aún no lo he empezado porque estoy acabando el anterior, que también he comenzado justo en el momento en el que expira la fecha de entrega. Así voy entregando cosas, en un solapamiento continuo. Más que trabajar contrarreloj, esto es trabajar en tiempo de prolongación. Soy un morador de la moratoria.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que más del noventa por ciento de las cosas que me angustian son encargos que me debería quitar de encima. Textos o conferencias que realmente me interrumpen de lo que tendría que estar haciendo. Me sacan tanto, que cuando acabo uno de estos períodos de locura absoluta –como ahora mismo estoy haciendo– ya he perdido el norte y se me olvida qué es lo que "tendría que estar haciendo". Y entonces me cuesta horrores retomar el rumbo de la novela que tengo esbozada, continuar el ensayo que necesitaría terminar algún día o, especialmente, redactar y traducir al inglés algunos artículos para revistas indexadas –las que luego mide la ANECA y la comisión que reparte los sexenios–... esas cosas que siempre esperan porque en medio se introducen textos, conferencias, charlas y marrones varios a los que uno no sabe cómo decir que no. 

Creo que lo he escrito aquí más de una vez: este es uno de mis mayores defectos; no sé decir que no. A veces me ha venido muy bien y he descubierto cosas que jamás habría pensado, pero otras muchas, la mayoría, acaban siendo más lastres que otra cosa. Estoy por comprarme algún mecanismo de esos que se conectan directamente con los testículos para que me dé una descarga cada vez que acepto algo que no debiera. No sé siquiera si así lo lograría. Imagino que al final acabaría aflorando mi pulsión masoquista y le tomaría el gustillo al asunto.