28/10/12

Book trailer

A pesar de mi timidez enfermiza, me dejé liar por los editores de Micromegas para hacer este pequeño book trailer sobre Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Lo dejo aquí por si sirve para algo.

14/10/12

Palabras a pesar de todo. Una lectura de "Medusa", de Ricardo Menéndez Salmón

Publicado en Salonkritik

No es la primera vez que se habla aquí de las relaciones entre la literatura y el mundo del arte contemporáneo. En los últimos años, un número creciente de autores han observado las potencialidades de este ámbito como un campo de problemas lleno de caminos y líneas de reflexión. Las maneras en las que dichas contaminaciones se han producido son tantas que sería imprudente siquiera enumerarlas aquí. Aun así, entre todas ellas, parece necesario distinguir al menos tres modalidades centrales de aproximación al arte por parte de la literatura: una aproximación temática, que sitúa al arte como escenario de la trama; una aproximación procedimental, que traspasa algunas de las ideas y modos de hacer del arte al campo de la literatura; y otra, menos evidente, que observa los modos en los que el arte se hace eco de ciertos problemas contemporáneos y mira de reojo su tratamiento.
En el primer caso, esta relación aparece de modo contenidista. Es lo que ocurre, por ejemplo, en El mapa y el territorio, donde Michel Houellebecq construye un relato “acerca” del mundo del arte contemporáneo. Un contexto que aparece como trasfondo de una historia. Se trata más de un escenario que de un lugar de problemas. Aunque es cierto que muchas de las cuestiones del mundo del arte, especialmente las referentes al mercado, están bastante bien trazadas, Houellebecq presenta el mundo del arte desde fuera, como un tapiz lleno de anécdotas que, sin embargo, no afectan a su literatura. El trasfondo de la historia es el mundo de arte contemporáneo, como en otra ocasión fue el de las sectas religiosas o el universo del turismo; pero Houellebecq nos sigue hablando de lo mismo: de la crisis de la subjetividad contemporánea; y ni la forma ni el discurso se ven alterados o contaminados por el tema.
Esa contaminación que no se produce en Houellebecq sí que sucede en otros casos, como por ejemplo en la obra de Agustín Fernández Mallo –y aquí entramos en la segunda aproximación, procedimental–, donde las alusiones al mundo del arte, especialmente a la tradición artística conceptual, no solo están presentes de modo temático, sino que constituyen la base de su poética –como sucede, por ejemplo, con el pensamiento de Smithson–. Y así, tanto los problemas –la circularidad del tiempo, la cuestión de la memoria o la relación con la tecnología y la imagen– como las formas –la escritura fragmentaria, las repeticiones o la autorreferencialidad– surgen del contacto con la práctica artística. En un sentido semejante –y casi me atrevería a decir que aún más radical– encontramos la estrategia de otros escritores que, como sucede con Mario Bellatin, sin hacer explícita la alusión al arte como contenido –o haciéndolas explícitas solo a través de procedimientos de enmarcado, con títulos como El Gran vidrio o Lecciones sobre una liebre muerta–, incorporan la experiencia artística y conducen la escritura al ámbito de la performance, situándose en el umbral cada vez más indefinido entre el arte y la literatura.
Por último, como decía, es posible apreciar una tercera aproximación. En este caso la literatura se vincula con las prácticas artísticas contemporáneas ya no a través del tema-escenario o de la forma sino a través de los problemas y el tratamiento que de ellos se ofrece. Quizá este es el lugar en el que la relación se hace de modo menos evidente. Ocurre así, por ejemplo, en la obra de Isaac Rosa. Cualquier aficionado al arte contemporáneo observará la relación existente entre la extraña performance de los trabajadores de La mano invisible y la obra de Santiago Sierra sobre el capitalismo actual; o la sensación de peligro inminente y temor cotidiano de El país del miedo y la obra de Antoni Muntadas acerca de la inseguridad y los miedos contemporáneos. En ninguno de los casos es evidente ni aparece una sola referencia artística y, sin embargo, uno percibe claramente esa relación y familiaridad con las prácticas artísticas –curiosamente, en más de una ocasión Isaac Rosa se ha referido a esta fuente de inspiración no revelada en las novelas–.
Lo que está claro es que se trata de terrenos cada vez más afines y que ya es casi imposible siquiera aludir al número de escritores que se han dado cuenta de esto. Por mencionar algunos, junto a los referidos anteriormente: Sergio Chejfec (Baroni, un viaje), Graciela Speranza (En el aire), Álvaro Enrigue (La muerte del instalador), Antonio Ortuño (Ánima), Don Delillo (Punto omega), Stewart Home (Memphis Underground) y una larguísima y creciente lista en la que, a mi modo de ver, sigue reinando la visión explorada por Ignacio Vidal-Folch en La cabeza de plástico, la crítica más incisiva e inteligente del mundo del arte contemporáneo presentada hasta el momento por un escritor.
Por otra parte, en los últimos años, además, hemos asistido a un movimiento contrario, desde el arte hacia la literatura. Un número creciente de críticos, profesores o comisarios han dado el salto a la narrativa. Buenos ejemplos serían Javier Montes, cuyas novelas, sin embargo, están desprovistas de cualquier alusión directa al mundo del arte; y en el extremo contrario, Martí Manen, cuyo proyectoContarlo todo sin saber cómo, en primer lugar, presenta la deriva narrativa del arte contemporáneo, y, en segundo, convierte el texto de catálogo en una novela cuyo centro es el mundo del arte, las obras y los artistas.
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Todo este preámbulo viene a colación para contextualizar la lectura de Medusa (Seix Barral, 2012), la última obra –ya no sé si me atrevería a llamarla novela– de Ricardo Menéndez Salmón, un escritor que, sin duda, ocupa un papel esencial dentro de esa toma de contacto entre el arte y la lectura. En este libro, de alguna manera, condensa las tres modalidades de aproximación a las que me he referido anteriormente. Primero, como tema: la vida y obra de un artista. Segundo, como preguntas y procedimientos: la relación entre imagen y realidad, la forma del ensayo y la escritura como otra forma de imagen. Y tercero, como problemas comunes tratados por el arte: la crueldad, la responsabilidad del testigo, el mal, la condición humana. Estas tres modalidades se intercalan y se entrelazan, de modo que no es tan fácil establecer una división clara entre ellas. En lo que sigue, me ocuparé de algunos de estos problemas de modo no demasiado ordenado... Seguir leyendo artículo



12/10/12

Medium

–¿Estás aquí?
–Sí, aquí estoy.
–No te oímos. Si estás aquí manifiéstate.
–No tengo derecho a hacerlo.
–Miguel, haznos alguna señal.
–Están prohibidas las señales no constitucionales.
–Por favor, Miguel, manifiéstate.
–Que no puedo, coño, que no puedo.
–Miguel, ¿nos escuchas?
–Que sí, cojones. ¿Es que no sabéis a manejar la maldita ouija?
–Miguel, si estás ahí, manifiéstate, que somos compañeros.
–¿Compañeros? Eso lo podíais haber dicho antes.
–¿Papel higiénico? Mierda. ¿Pero qué haces? ¿Pero esto qué es? ¿Pero esto qué es?...
–De parte de vuestros muertos.

9/10/12

Materializado, por fin

Ya está aquí, próximamente lo encontraréis en las librerías y ya está disponible en la web de la editorial Micromegas. El lunes de la semana que viene, a las 20:00h, tendremos la presentación en el Museo de Bellas Artes de Murcia, con Juan Antonio Suárez y los editores. Invitados estáis.


6/10/12

Los peores libros


Me acabo de dar cuenta de que en mis estanterías sólo hay libros malos. Los peores de cada escritor. ¿Por qué? Muy fácil. El resto los he dejado y los he perdido para siempre.

Me jacto de tener todos los libros de Paul Auster, de Vila-Matas, de Cioran, de Thomas Bernhard, de Slavoj Zizek, de Georges Didi-Huberman, de Mario Bellatin, de Ricardo Menéndez Salmón, de Gonçalo Tavares... Si un autor me gusta, intento tener todo lo que ha escrito; y leerlo, por supuesto. Y, claro, no todo siempre es igual de bueno. A veces, las obras maestras son tres o cuatro, o una. Y el resto complementa, ayuda o contribuye a formar la obra del escritor. Pero a mí no me importa leer textos menores. Leo autores, no libros. Además, a veces incluso llego a empatizar más cuando leo los libros malos de los buenos escritores; es como si viera sus debilidades y los pudiera tener más cerca. Casi –lo confieso– disfruto viéndolos caer en el fango, porque de algún modo siento que allí puedo acompañarlos.

Sin embargo, sé que ese placer de leer los malos libros de los buenos escritores es algo personal e intransferible. Por eso cuando alguien me pide consejo sobre algún escritor o me dice que le recomiende un libro, le hablo del que considero mejor. Y, si puedo, se lo presto. Esto es casi una vocación que tengo. Compartir libros me parece un acto bello y pocas cosas hay que me gusten más que alguien venga a casa, mire los libros que tengo de los autores que le digo que están bien y yo acabe recomendándole el que considero mejor. "Empieza por aquí; luego ya sigues tú solo". Es como enseñar a montar en bici, a nadar... o algo así; seguro que hay una oscura satisfacción que guía esta actitud.

Lo que no siempre sucede es que los libros que se van acaben volviendo. Esto me gusta menos, sobre todo porque, en algún momento, uno los puede volver a necesitar. Especialmente ocurre con los ensayos. Pocas cosas odio más que estar escribiendo algo, tener que contrastar o mirar algo con urgencia, y darse cuenta de que ese libro está prestado. Y lo más grave, que no sepas a quién acudir para que te lo devuelva porque no sabes a quién se lo has prestado.

Esto –que es lo que suele acabar ocurriendo– me tendría que disuadir de prestar libros. Pero, como digo, es algo que me encanta y no puedo evitar seguir haciéndolo –eso sí, desde aquí, si alguien lee esto y tiene un libro mío: por favor, que me lo devuelva o me haga saber que lo tiene–. Lo más grave del caso –lo único grave realmente aparte de la putada de que lo necesites y no esté– es que, como los libros que presto son los buenos, mis estanterías acaban pobladas de libros malos, de los peores de cada escritor. Y que cuando viene alguien a casa o cuando miro lo que tengo de cada autor, solo veo sus vergüenzas, porque el resto lo he prestado. Y entonces estos libros me dan pena. Casi ni siquiera se sostienen. Muchos se abalanzan hacia el hueco que han dejado las obras maestras, como si intentasen ocupar su espacio y llenar el espacio vacío de la estantería. Pero nunca logran ocuparlo del todo. Y la sensación que ofrecen es de desamparo, de orfandad, de haber perdido algo que les da sentido.

Por eso muchas veces, con el tiempo, acabo comprando alguna de las obras maestras que he prestado y perdido para siempre; y no solo porque la vaya a necesitar –sobre todo si es literatura–, sino porque de algún modo siento que tengo un compromiso con esos libros huérfanos, tambaleantes y caídos, esos libros tristes que me miran con odio y rencor cada vez que me acerco a la estantería.


3/10/12

Contar cosas

–No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el...
–¡Cierra la puta boca!
–Perdón, es que a veces me sale escribir como Marías.
–Anda y vete a ver The Wire antes de que te dé dos hostias.
–Pues sí que estamos bien, vaya deriva que ha tomado el blog.
–Tú mismo.