Translate

29/9/12

Sobre Cage en Medellín

Aquí os dejo la conferencia que impartí en Medellín sobre John Cage, el silencio y el arte antivisual. Es una introducción mínima a la cuestión, y muchos de los puntos tan solo están esbozados para trabajarlos con detenimiento en el texto que entregaré a los organizadores. La conferencia formaba parte del homenaje a Cage que ha dirigido y organizado durante todo el año Lucrecia Piedrahita en varias sedes de la ciudad de Medellín. En particular, se encuadraba dentro de un encuentro que pretendía explorar el lugar de Cage en el arte experimental. Como muestra, aquí va también un link al texto de Guillermo Vanegas, otro de los ponentes, que presenta una panorámica bastante incisiva de por dónde fueron algunas de las ponencias.

Miguel Ángel Hernández - Silencios de la mirada from Museo de Antioquia on Vimeo.

25/9/12

Conversación sobre nada

–Oye, ¿qué pasa con tu blog que no escribes nada nuevo?
–No sé, empiezo a pensar que no tengo mucho que decir.
–Se te ha secado la imaginación.
–Eso es. No encuentro nada nuevo que escribir.
–Pues haz como antes. Relata tu experiencia.
–Me resulta difícil.
–¿Es que ya no te ocurren cosas o es que no quieres contárnoslas?
–No eso. Me ocurren muchas, como a todos. De hecho, esta semana pasada ha sido dura. Cosa rara. Estuve en Medellín, donde disfruté hablando de John Cage y el silencio y conocí a gente estupenda. Pero a la mitad me tuve que venir corriendo.
–¿Y eso?
–El padre de womahn murió de repente.
–Qué putada. Lo siento.
–Ya ves, qué te voy a contar a ti que no sepas. La vida es tan cabrona a veces. Además, iban las cosas demasiado bien.
–¿Y eso qué tiene ver?
–Qué se yo, a veces piensa uno que cuando todo va perfecto, mejor incluso de lo que debería, el universo tiende a regularse y a buscar el equilibrio.
–Eso es una gilipollez.
–Lo sé. Pero no puedo dejar de pensarlo.
–Pues allá tú.
–...
–Volviendo a lo de antes. Si te siguen pasando cosas, ¿por qué no lo cuentas? ¿Qué pasa, lo dejas para el Facebook?
–No es eso, aunque algo hay de verdad. Quizá la experiencia –la necesidad de compartirla– se desactiva una vez comunicada y luego aquí ya me cuesta trabajo elaborarla.
–¿Que te cuesta trabajo escribir?
–Sí. No es tan fácil, ¿sabes? La tontería de Facebook se escribe en treinta segundos. Pero un post del blog, aunque sea una imbecilidad como esta que me está saliendo ahora, se lleva su media hora, si no más. Y no está la cosa como para perder tiempo.
–¿Y por qué no lo cierras, entonces? Muerto el perro, se acabó la rabia.
–Pues tampoco lo tengo muy claro. Me gusta de vez en cuando habitar este espacio. Es diferente.
–Diferente, ¿de qué?
–De otros lugares. Por ejemplo, de Facebook. Hay más intimidad.
–Sí hombre, intimidad...
–De algún modo. Aquí estoy yo solo. Lo mismo, en la época de las redes sociales, el blog viene a ser sinónimo de soledad, de monólogo, más allá del parloteo constante de otros espacios.
–Quizá tengas razón. Lo que no entiendo entonces es por qué entonces escribes ahora a través de esta conversación tan tonta que no va a ningún lugar.
–A eso no te puedo responder. Además, no la he empezado yo. Me has preguntado tú que por qué hacía tiempo que no escribía en el blog.
–Es verdad, perdona, mi memoria me traiciona.
–No te preocupes.
–Aun así creo que deberíamos parar ya.
–Tú mandas. Pero estamos a gusto aquí. Afuera hay demasiado movimiento. Y comienza a hacer frío.
–Es cierto, pero es que esto se parece cada vez más a una novela de Tao Lin.
–Es posible. Me están entrando ganas de masturbarme.
–¿Lo ves? Te lo dije.
–...
–Estas cosas las carga el diablo. Empiezan como una tontería, en un momento te pones serio y relatas experiencias. Y luego al final todo se convierte en un sindiós.
–Puede ser. No sé.
–¿Estás algo tonto hoy?
–Quizá. Es un día raro.
–Pues dale a save y publish.
–¿Qué?
–Que lo guardes y lo publiques.
–Me da vergüenza ajena. Estoy desvariando.
–Por eso. Cierra ya.
–Bueno, te haré caso. Además, no tiene mucho sentido seguir. No creo que nadie haya llegado hasta aquí. No están las cosas como para leer estas tonterías con la que hay montada.
–Cierra ya.
–Vale. Voy.
–Cierra.
–Espera.
–Corta ya.
–Solo un poquito más. Dime algo, una frase. Dame esperanza. Me da miedo quedarme solo.
–Vete a la mierda.
–Eso es lo que quería oír.

11/9/12

En capilla

Ha costado más de lo previsto, pero Materializar el pasado está ya en capilla por fin. Esta semana entra en imprenta y en menos de un mes lo tendremos en las librerías. Lo que iba a ser un ensayo mínimo al final se me ha ido de las manos, aunque ha quedado un tamaño que creo que está muy bien. Ciento treinta y dos páginas. Ni tocho ni  raquítico. 



En cuanto salga, colgaré aquí la introducción y comenzaré a dar la brasa seriamente. Mientras tanto, os dejo estas fotos cutres de las galeradas. 



4/9/12

Tristiano

Imagino que alguien que no tenga qué llevarse a la boca y lo haya perdido todo también se indignará cuando alguno de nosotros digamos que estamos tristes (nosotros, con nuestros iPhones, coches, bicicletas, tarifas planas y el frigorífico cargado de ricos productos Hacendado). El problema no es que Cristiano Ronaldo esté triste –claro que puede estarlo, como todos nosotros; no vamos a descubrir ahora que el dinero no da la felicidad; quizá Ronaldo no sea más que otro pobre hombre que sólo tiene dinero y éxito profesional–. El problema es que su tristeza tenga alguna importancia y sea noticia. El problema no es otro que la legión de gilipollas –los medios, especialmente– que lo convierten en algo más que un señor que da patadas a un balón –aunque lo haga como los mismísimos ángeles–.

3/9/12

Retratos públicos y prácticas zombi

Creo que es Ulrich Beck el que ha hablado en más de una ocasión de categorías zombis. Conceptos, instituciones y prácticas que son una especie de eco de otro tiempo y que, sin embargo, siguen actuando de forma residual. Hace unos días, El País publicaba un artículo sobre los retratos públicos y lo costoso que nos sale a los ciudadanos esta tradición obsoleta. Muchas de las cifras de los retratos son vergonzosas –incluso aunque no estuviéramos en crisis–, pero no por el precio en sí de los cuadros –nunca un cuadro de Antonio López fue tan "económico" como el retrato de Álvarez Cascos– o incluso de las fotografías –el retrato de Manuel Marín no es sustancialmente más caro de lo que habitualmente suelen ser las fotografías de Cristina García Rodero (21.000 euros)–, sino más bien por la función y todo lo que significa esta tradición del retrato público. Una práctica que ya no tiene sentido alguno en un tiempo como el presente –donde la memoria gráfica de la época ya no tiene que ver con las formas del arte–, pero que sin embargo se sigue llevando a cabo de modo residual. Es decir, una categoría zombi. Un muerto viviente, una práctica sin alma, que no sirve para nada, pero que, sin embargo, come carne, consume recursos y tiene una entidad material.

Más allá de todo esto, lo que me llama la atención de esta práctica zombi es que, si lo pensamos bien, en su residualidad, en su pervivencia, muestra bastante del sentido ineludible del arte y de la política, y especialmente de las connivencias entre el arte y el poder. Por mucho que el arte haya intentado desde finales del siglo XIX contrarrestrar una de sus funciones centrales desde sus orígenes –producir la imagen del poder–, aún sigue sirviendo a los poderosos de una manera u otra. Ese es su pecado original. Y quizá por eso, como el zombi –que, según afirma Jorge Fernández, vuelve a la animalidad primigenia antes de la cultura–, está condenado a seguir haciendo lo que fue en origen, a vivir con esa sombra que no siempre es tan evidente como en este caso de los retratos públicos.


Por otra parte, la tradición del retrato público en la democracia sigue también la lógica de los retratos de los poderosos. Es cierto que también tenemos la tradición de los retratos griegos y romanos de gobernantes; no sólo eran los emperadores, los reyes o los papas. Es verdad, además, que esta misma tradición del retrato luego es heredada –aunque sustancialmente modificada en estilo– por la burguesía moderna. Pero luego, con la democratización de la fotografía, a lo largo del siglo XIX comenzó a producirse un cambio en esta tradición. El retrato público, como la pintura historia, como los géneros relacionados con la memoria y la perpetuación del tiempo, se mantuvo cerca del arte más académico –la imagen clásica y ordenada del poder–, mientras que el resto de los ciudadanos –que también estuvieron poseídos por una especie de 'pulsión del imagen'– se encomendó al retrato fotográfico; primero profesional y, después –hasta hoy–, amateur.

Lo interesante del caso es que los gobernantes, los ministros, los elegidos por el pueblo, en lugar de utilizar esta tradición de ese mismo pueblo, prefirieron perpetuarse a través del género artístico vinculado con el poder y la tradición, el retrato pictórico. Y esto nos dice mucho del sentido que aún muchos siguen teniendo de la política: un lugar donde el gobernante, en lugar de ser un trabajador por el pueblo, alguien que representa a una mayoría, acaba considerándose como un sujeto especial, diferente, superior, que merece pasar al recuerdo no como el resto de sus iguales, sino a través de un género que lo hace elevarse por encima de todos ellos.

Si de mí dependiera, eliminaba de raíz cualquier retrato público realizado con la más mínima intención artística –y con el sentido de "superioridad" que dicha artisticidad implica–. Nada me da más grima que esas galerías de retratos llenas de "prohombres" y héroes modernos que "rigieron" el rumbo de las ciudades y países. De muchos de ellos lo que habría que hacer es borrar por completo la huella de su nefasta gestión.