25/8/12

Imaginación y realidad

Ayer estuve con mi sobrino de cuatro años jugando un rato con los muñecos que le habían regalado por su cumpleaños. Sobre la mesa estaban Bella, la Bestia, Cenicienta, el Príncipe, Rapunzel, el Rey León, Simba y un largo etcétera de personajes de cuentos y dibujos infantiles. Durante bastante tiempo imaginamos conversaciones entre los muñecos y estuvimos fantaseando con ellos.

Reconozco que me fue un poco la mano pervirtiendo las historias y contando nuevos desenlaces. Convertí a la Bestia en rey de la jungla y al padre de Simba en el amante de Bella. El zapato que había perdido Cenicienta lo encontró Rapunzel y lo escondió entre su pelo. Bella tenía que llegar a casa antes de las doce o su príncipe se convertía en calabaza. El hada madrina, con su varita, era una luchadora de esgrima que tenía que vérselas con otro personaje, convertido en un vendedor de flores. Y los malvados estaban en su cueva en huelga de hambre reclamando un trato digno para los prisioneros. Al final, acabaron todos juntos sobre la mesa bailando al son del Ai se eu te pego de Michel Teló y el Single Ladies de Beyoncé, en especial las hermanas de Cenicienta, que se lo pasaron pipa con la reconciliación final. Creo que me divertí incluso más que el niño, que no daba crédito a lo que estaba pasando con los muñecos y a cómo se le había ido la pinza a su tío.


Me lo pasé genial con la imaginación infantil y la manera que tienen los niños de convertir la realidad en algo totalmente diferente y mágico. Pero hubo un momento que realmente me llegó al alma y al que no paro de darle vueltas desde entonces.

"Y ahora le vamos a cortar el pelo a Rapunzel", le dije, imaginando que mis dedos eran unas tijeras. En ese instante mi sobrino me miró absolutamente extrañado y me dijo: "eso no podemos hacerlo". "¿Por qué?", le pregunté, creyendo que me iba a responder que Rapunzel es bella, que su pelo es mágico, que lo necesita porque sino el príncipe no podrá subir a rescatarla a la torre o cualquier cosa que tuviera que ver con el cuento o la imaginación. Pero su respuesta me dejó absolutamente noqueado porque no me la esperaba de ninguna manera: "no podemos cortarle el pelo a Rapunzel porque es de plástico. Es un juguete. Y si se lo cortamos, lo rompemos". En ese momento, todo mi mundo imaginario se desvaneció. Me di cuenta que el niño estaba manejando un sentido de realidad mucho más agudo y lleno de matices que el mío. Había cosas que eran al mismo tiempo reales e imaginarias. Era Rapunzel, pero también era un juguete.

Llevo todo el día dándole vueltas a la cabeza con esa frase. Y creo que da para escribir un artículo largo de teoría del arte, porque, al final, la manera en la que trabajan los artistas con la realidad se parece mucho a la de los niños –ya lo decía Agamben en Infancia e Historia–. Buscaré el momento para hacerlo. Lo que único que ahora tengo claro es que esta manera de anclar la ilusión –todas las historias y los cuentos que imaginamos– con la realidad –el personaje es un muñeco de plástico, y el niño es consciente de eso– introduce toda una serie de variantes en la idea tradicional que tenemos sobre la imaginación y que por lo general distingue dos ámbitos bien delimitados: el de la ilusión pura y del objeto real; ilusionismo o realismo.

Pero esta visión "in-between" puede ser productiva. Porque ya no es la escoba convertida en caballo; que es escoba o caballo; sino más bien sería algo así como un caballo que barre; una entidad a medio camino entre el objeto que desencadena la imaginación y la propia entidad imaginada. Estas imágenes por supuesto fueron exploradas por el surrealismo y hoy siguen estando presentes en muchos artistas –pienso a bote pronto en Chema Madoz–. Sin embargo, muchas veces las asociamos con lo inconsciente y lo pre-simbólico –en un sentido lacaniano–. Pero lo que he comprobado después de jugar con mi sobrino es que también están presentes en una racionalidad que combina al mismo tiempo el sentido mágico del mundo con la formación de la racionalidad objetiva.

En conclusión, que la cosa da para pensar. Y que tenemos mucho que aprender de los niños.


22/8/12

Mira con mis ojos / Pasado inmediato

Llevo varios días explorando el universo de Instagram. He llegado tarde a esta red social, pero creo que a tiempo para entrar a pleno pulmón y observar el modo en el que las imágenes dicen por sí mismas cosas que a los textos les costaría Dios y ayuda comunicar. Yo siempre he sido más escritural que visual y he confiado más en los textos que en las imágenes. Supongo que se trata de una actitud ante lo visible: en lugar de apresarlo con la cámara, espejarlo, reproducirlo o reconducirlo, prefiero filtrarlo, traducirlo o reconvertirlo a través de las palabras –toda una paradoja, dedicándome a una disciplina tan fascinada por lo visible como es la Historia del Arte–. Sin embargo, la exploración de la esta tendencia a escribir con luz –bueno, con píxeles– y, sobre todo, a contar la intimidad a través de las imágenes me está dejando claras muchas cosas sobre el modo en el que las imágenes se transforman en el mundo contemporáneo y sobre todo me está animando a reflexionar sobre el estatus de lo visual en dichos medios.

Por supuesto, Instagram no es nada nuevo. Compartir fotos en la red es algo que viene de lejos. Los fotologs, Flickr, Tumblr... incontables lugares y aplicaciones. Pero Instagram juega con dos cosas centrales que están en la base de su éxito: estetización e "inmediatez demorada". En primer lugar, los filtros viejunos y retro dan a cualquier fotografía un aspecto vintage que convierten en amateurismo casi en una virtud: encuadres casuales, brumas, desenfoques estetizados transforman cualquier fotografía –y cualquier realidad– en algo cool, mod y hip. El retorno del pop y la retromanía que tan bien ha descrito Simon Reynolds son centrales en esta valoración de lo cutre-mod que al final viene a decir: no importa cómo lo hagas, siempre queda bien.Y esto nos lleva a la segunda característica central: la inmediatez con la que la fotografía se convierte en algo público. Una inmediatez que está en el límite del tiempo real. Miras, fotografías, tuneas y compartes.


Creo que esa inmediatez es central. Como también lo es el contexto de la red social, la arquitectura simbólica –ideológicamente construida–, el entorno, en el que las imágenes se insertan: un lugar en el que todo se cuenta con imágenes, en el que uno reacciona ante las imágenes de los demás y proporciona imágenes para que reaccione el resto comunidad.

No voy aquí a hablar del funcionamiento de Instagram. Pero sí que me gustaría compartir una intuición. Aunque es algo que tengo que estudiar con más detenimiento, creo que lo que ocurre con Instragram –con esa red en concreto– es una transformación en el estatus de la imagen fotográfica especialmente su relación con la subjetividad. Y es que el objeto de la imagen aquí no es tanto la realidad fotografiada como el ojo del fotógrafo, el propio ver. Ya digo que esto necesita de teoría y es solo una intuición para trabajarla con tiempo, pero creo –y lo dejo caer como opinión– que las radiografías de la cotidianidad que plantean estas fotografías no pretenden tanto crear relatos o contar historias, como compartir miradas y modos de ver el mundo.

Más que de compartir imágenes, creo que se trata de compartir miradas. En lugar del clásico "yo he estado aquí" de la fotografía tradicional amateur –el recuerdo del lugar, el evento o la persona, que implica la temporalidad de la memoria–, la instantaneidad de las redes fotográficas parecen querer decirnos "mira a través de mis ojos" o, mejor, "mi cámara son tus ojos". Hay aquí, por supuesto, un sentido panóptico –cada prisionero acaba siendo una herramienta más del sistema de vigilancia– como el que aparece en Matrix, donde cualquier sujeto puede transformarse en un agente de la matrix.


Pero además de eso, en este "mira con mis ojos" encontramos una especie de espacialización invisible de la mirada. La fotografía ya no es aquí un instante apresado, un obturador que se cierra o un fragmento de la realidad que es recortado; o al menos no del todo. La fotografía se transforma ahora en una apertura simbólica del presente. Cuando uno hace una foto en Instagram la hace para compartirla. Lo importante no es tanto la imagen –que por supuesto, sigue siendo central, incluso en su dimensión kitsch pseu-retro estetizante– como la necesidad de hacer al otro mirar, o de convertirse uno mismo en los ojos del otro.

Mirar como un otro y, en consecuencia, hacer al otro mirar como si fuera un yo. Pero un mirar que no es ni mucho menos natural. No se trata del streaming inmediato o el directo. Hay un pequeño delay, una demora, un fragmento de pasado que se interpola en las imágenes. Creo que ese pequeño instante de pasado –apenas casi imperceptible– es el instante de la subjetividad. O al menos de una subjetividad simbólica pre-construida, puesto que las imágenes de Instagram, a pesar de su inmediatez, ya están interpretadas. En ellas no se da la realidad, sino la mirada, la actuación del sujeto sobre las cosas. "Mira con mis ojos", entonces,  quiere decir "mira la realidad que, aunque inmediata, la ofrezco ya transformada," modificada con esos filtros rápidos de la aplicación que postproducen la imagen casi en tiempo en real. Unos filtros que, en el fondo, son pre-interpretaciones de la realidad, miradas prefijadas que se insertan en la imagen para crear una ilusión de subjetividad compartida.


Inmediatez demorada, presente-pasado y pre-postproducción de lo visible. O lo que es lo mismo, las imágenes de Instagram como imágenes que ya han sido vistas, miradas ya miradas, experiencias ya experimentadas... realidades precocinadas, envasadas y listas para consumir.



14/8/12

Notas sobre un cuaderno encontrado

En el post anterior me lamentaba y me daba cabezazos contra la pared porque había extraviado un cuaderno con el esbozo de una novela. Durante estos días he tenido que comenzar de nuevo a esbozarla y recomenzarla desde el principio. Al principio me fastidió bastante el asunto, pero más tarde casi he acabado alegrándome del extravío pensando que lo que ahora había escrito estaba bastante mejor que lo que había esbozado en el cuaderno.

Pero como el destino es cruel, buscando otra cosa que aún no he encontrado, hoy me he dado de bruces con el dichoso Moleskine. Estaba en el escritorio, traspapelado entre varios montones de folios que había revisado más de cien veces. Cuaderno negro entre folios blancos. Una y otra vez pasé por ese lugar, y una y otra vez el puñetero cuaderno tuvo que esconderse para que no lo viese. Como dicen por aquí, "lo que no se llevan los ladrones, aparece por los rincones". Pero aparece siempre que uno no lo está buscando. Es como el objeto de deseo en la teoría lacaniana, que nunca aparece cuando uno lo busca, sino después, cuando ya es demasiado tarde, cuando ese deseo se ha convertido en algo diferente y, en consecuencia, el objeto ya no puede satisfacerlo.

Algo así de lacaniano es lo que me ha sucedido con el cuaderno. Lo he abierto y he comenzado a leerlo como si hubiese encontrado el mapa del tesoro, buscando recobrar allí mi novela perdida. Pero lo que he podido leer en el cuaderno eran solo frases inconexas e ideas que ya no tenían sentido. Lo que he escrito recordando lo que creía que había en el cuaderno es mucho mejor que lo que realmente había. De hecho, lo que realmente había es una bazofia absoluta. Apenas podré aprovechar alguna idea suelta que se me había quedado por ahí en el limbo. Casi me han entrado ganas de volverlo a extraviar para poder conservar el recuerdo de lo que había escrito.

Lo que me ha quedado claro es que hay cosas que siempre llegan cuando no se necesitan. Demasiado pronto o demasiado tarde. En Ithaca, lo que escribí en el cuaderno llegaba demasiado pronto para la novela; por razones varias, no era el momento. Y ahora, lo que escribí en el cuaderno llega demasiado tarde; aunque en ese desajuste temporal haya intervenido el azar.

Por un lado, esto me alegra. He encontrado el cuaderno, y además he podido constatar que lo que he escrito está mucho mejor que lo que había allí –y que las líneas argumentales que ahora han nacido gracias a este nuevo comienzo parecen conducirme a lugares a los que no habría llegado de haber seguido con lo escrito en el cuaderno–. Pero por otro lado, todo este asunto me asusta; o, como poco, me inquieta. Y es que he comenzado a pensar en la posibilidad de volver a perder lo que ahora estoy escribiendo. Sería más difícil que pudiera ocurrir, pero no es totalmente improbable –qué sé yo, que intervengan Dropbox y confisquen todos mis ordenadores y mis cuentas de mail–. En ese hipotético caso, volvería a comenzar de nuevo, recordaría lo que había escrito y evocaría la estructura de la novela. Y quizá esa evocación me llevaría a lugares que no había tenido en cuenta previamente y haría que la escritura fuese completamente distinta –probablemente mejor–. Y si alguna vez –por los motivos más extraños; no sé, que el Estado decidiera devolverme lo confiscado– recuperase ese manuscrito en curso que ahora me hace feliz porque es mejor de lo que habría sido, lo que leería, casi con toda seguridad, sería de nuevo una porquería absoluta que no serviría de nada.


Esto me ha hecho imaginarme un castigo olímpico en la que un escritor es condenado eternamente a perder sus manuscritos inacabados. Tras el consecuente periodo de duelo por la pérdida del manuscrito, una vez que ha recomenzado la escritura, el escritor encuentra lo perdido y se alegra de que se haya extraviado porque lo que ahora tiene es mucho mejor. Pero enseguida vuelve a perder el nuevo manuscrito inacabado y tiene que volver a comenzar, y lo que escribe es mejor, y lo que encuentra después confirma que lo que había escrito era peor. Y todo se repite: perder, recomenzar, hacerlo mejor, volver a perder, recomenzar, hacerlo aún mejor, volver a perder, comenzar de nuevo, hacerlo mucho mejor, perder una vez más... eternamente, porque así son las condenas de los dioses, muy cabronas. Así, la novela inacabada que cada vez es mejor, la mejor obra en proceso de la historia de la humanidad, nunca llegaría a su término porque el proceso de escritura se repetiría hasta el infinito.

La tragedia de esta escritura continua solo se cumpliría del todo si el escritor no pudiera morir –y tendría que ser así, para que los dioses pudieran satisfacer su deseo de hacer daño–. Porque si el escritor pudiera morir en algún momento, la obra finalizaría y saldría del bucle del proceso continuo de reescritura, aunque el resultado fuera una obra inacabada, que ya es obra y que ya está acabada en toda su incababilidad.

No sé, quizá haya comenzado a desvariar. La cosa es que me da miedo volver a perder lo que he recomenzado, no vaya a ser que me dé cuenta de que todo lo que uno hace quizá no sea sino un fracaso del que aún no ha llegado a ser consciente.

8/8/12

A mano o a máquina

En Cornell empecé a escribir una novela de ciencia ficción, una especie de cosa rara que tenía hacía tiempo en la cabeza y que en las noches de soledad de Ithaca sentí que debía empezar a sacarme de dentro. La esbocé en un cuaderno negro y la dejé en reposo hasta que tuviera tiempo, ganas y fuerza para ponerme en serio con ella. Estos días, en los que al final no he conseguido aburrirme, me han venido de repente las ganas y el deseo de continuar con aquello que esbocé. Así que, feliz y contento, me he puesto a buscar el Moleskine negro para retomar la novela.

Sin embargo, después de varias horas de búsqueda y de remover Roma con Santiago, no solo no he podido encontrarlo, sino que he llegado a una conclusión trágica: me lo dejé en Ithaca. Como no podía ser de otro modo, me he dado cabezazos contra la pared y me he cagado en todo lo que se menea más de mil veces.

¿A quién se le ocurre escribir en papel en pleno siglo XXI? La respuesta está clara: a mí. Y no es que yo sea precisamente un apocalíptico de las nuevas tecnologías, sino todo lo contrario. De hecho, pocos como yo habrá tan frikis de los procesadores de texto. Tengo todos los habidos y por haber. Vivo obsesionado con la opción de pantalla completa sin distracciones. Eso me cautivó del Pages, y por eso estuve usándolo desde que me pasé a Mac en 2004 (el MS Office era una caca absoluta). Y cuando el MS Word 2012 incorporó esta opción, volví de nuevo a este programa (que al final es el que menos problemas de compatibilidad plantea con los demás sistemas). Junto a esos procesadores de texto, he probado un sinfín de programas de escritura creativa. Casi no podría trabajar sin Scrivener, uno de mis mayores aciertos en tiempo. Otros programas, como Ulysses, StoryMill o Jer's Novel Writer sólo me los instalé por probar, pero al final no lograron convencerme. Y también tengo instalados programas de escritura plana (iWrite, por ejemplo), que convierten el ordenador en una plataforma de escritura sin ningún tipo de distracción... E incluso en el iPad tengo el ciento y la madre de aplicaciones de escritura, algunas de escritura manual y la mayoría, herramientas de creación literaria.

Digo todo esto porque, con todo este arsenal, debería ponerme delante del ordenador directamente y comenzar a escribir como un poseso. Y sin embargo, me es prácticamente imposible hacerlo si antes no esbozo en un papel lo que quiero escribir. La escritura académica, todavía. Un artículo, un ensayo... quizá pueda escribirlos directamente en el ordenador –aunque siempre necesito decenas de esbozos–. Pero la narrativa... de ninguna manera. Allí, sin papel no hay cuento, novela o lo que sea.

Necesito comenzar siempre la escritura en un papel, por lo general en un cuaderno. Es una especie de ritual previo sin el que no puedo trabajar. Por alguna razón, la relación que se establece entre el papel, la herramienta y el cuerpo le da un toque sensual que la aproxima al deseo carnal. Probablemente son todo proyecciones y está todo contaminado por el imaginario del escritor, de los cuadernos Moleskine... pero lo cierto es que yo no puedo escribir si no es de esa manera. Escribir literariamente, digo. No escribir tonterías como esta que estoy escribiendo ahora mismo. Esto es simplemente ponerse aquí delante y que salgan cosas. También es un dejar fluir la mano. Pero creo que el hecho de que la tinta se gaste, el papel se acabe y la mano se canse (aunque la tinta y el papel no sean excesivamente caros, y la mano tampoco se canse como para llevarla en cabestrillo) hace que, al menos inconscientemente, se establezca un compromiso con lo escrito, una sensación de economía literaria que no se produce en el texto digital. Supongo que sucede igual con la fotografía o con el cine. Lo analógico está sujeto a economías –a regímenes de uso– que distan mucho de lo digital.

En mi caso, la escritura en papel nunca es completa. Es más bien el esbozo, el disparador, la plataforma de salida. Muchas veces comienzo un capítulo, un párrafo o incluso una frase en el papel y acabo dándole forma en el ordenador. Si algún día alguien se pusiera a rastrear los manuscritos de mis trabajos acabaría absolutamente desquiciado porque nunca hay nada completo. Son primeras líneas, primeros capítulos, inicios de frases... solo cabos sueltos, agarraderas para poder comenzar la escritura en pantalla. A veces lo pienso, comenzar la escritura en los cuadernos (que nunca acabo) es como poner pequeños cimientos al vértigo de la escritura digital. Es una tontería, pero sin esos cimientos no puedo comenzar nada.

Cada cual tiene su propio método de trabajo. Y al final hay que respetar lo que funciona. A mí me gustaría sentarme directamente frente a la pantalla y comenzar a escribir. O incluso lo contrario, sentarme frente al cuaderno, comenzar a escribir y terminarlo todo ahí. Pero no hay manera. En un determinado momento, tengo que pegar el salto de soporte del cuaderno a la pantalla. A veces, como digo, es cuando he terminado un capítulo; otras, cuando se trata de una escena. En otros casos, es solo una frase. La escribo y ya está todo plantado y puedo cambiar al ordenador. La cosa es que al final se trata casi de una escritura esquizofrénica que va de un lugar a otro. No sé si eso acaba notándose en el resultado final. Creo que no, porque todo se pule en pantalla y entre el texto primero y el resultado final hay tan solo unas cuantas cosas en común.

En cualquier caso –y por eso hoy se me ha ocurrido escribir esto–: que es una putada que a uno se le pierda el cuaderno en el que había esbozado una novela (aunque sólo hubiera trazos, trozos y fragmentos). En estos días en los que todo se guarda veinte veces (en copias de seguridad, en Dropbox, en usb, en varios ordenadores...) y parece que nada se va a perder jamás, todavía hay cosas que son singulares y hay que tratarlas como si fueran un tesoro.

7/8/12

La interpretación de un libro

Como todos los años, en verano intento sumergirme en la lectura compulsiva de los libros que voy dejando "para más adelante". Aunque no siempre llega a suceder con todos, a veces ese "para más adelante" sí que acaba llegando para muchos de los libros que se agolpan en la estantería de "pendientes". Y una de las mayores satisfacciones de estos días es –junto a la lectura de los libros, por supuesto– la visión del modo en el que la estantería va liberándose, y esos libros van yendo a parar, tras ser leídos, al lugar que le corresponde (que en mi caso es un orden delirante, a medio camino entre lo alfabético, lo temático y lo puramente posicional; aunque yo me aclaro y sé, más o menos, por dónde caen casi siempre).

Por alguna razón extraña, nunca disfruto los libros tanto como en estos momentos de lectura compulsiva. Quizá sea que durante el resto del año la lectura se mezcla con las mil cosas que hay que hacer y se ve interrumpida cada dos por tres por el trabajo y las preocupaciones cotidianas. Pero en verano, cuando todo lo demás se suspende aunque sea brevemente, uno logra transformarse en un lector a tiempo completo. Y en ese momento, toda la actividad del día se convierte en lectura y uno lee libros, pero también edificios, pantallas, momentos, rostros, sonrisas... El mundo entero se convierte en un libro del que ya no es posible salir. Es en estos momentos de lectura absoluta cuando siento que me encuentro con lo que realmente deseo, leer los libros como si fueran mundo y leer el mundo como si fuera un libro.

Curiosamente, en este momento de lectura entregada, ha llegado a mis manos una novela con la que comulgado como hacía tiempo que no lo hacía con otra: La interpretación de un libro, de Juan José Becerra (Buenos Aires, 1965), publicado a principios de año por Candaya. Un libro que cuenta la historia de un escritor, Mariano Mastandrea, que busca desesperadamente lectores en el metro y acaba encontrando allí una lectora de su primera y única novela. Una lectora perfecta, ideal, que ha interiorizado ese único libro hasta convertirlo en una obsesión. Pero también una lectora que siente que todo es lectura, que el mundo es un lugar que necesita de la lectura para ser dotado de sentido.


Entre otras muchas cosas, sin duda, lo que más me ha llegado de la novela es esa necesidad de leer el mundo que se encuentra tras la figura de la lectora. Una lectura que es una interpretación en el sentido vivencial y corporal, pues lo que hace la lectora es utilizar el libro del escritor casi como unas instrucciones de uso para la vida, como si fuera el libreto de una performance. Me ha recordado aquí a la interpretación que Sophie Calle hace del texto de Paul Auster, a esa necesidad de actuar con un guión prefijado e interpretar la partitura escrita por otro.

La lectora de este libro, Camila Pereyra, es casi una performer. Pero su actuación, como la de los performers (más que la de los actores), es real. Somatiza la escritura, la hace carne, la necesita realmente para actuar. Y este hacer carne la escritura es otra de las cosas que más me han interesado del libro, un sentido corporal, la concepción de la literatura como materia tangible, y de la experiencia lectora como encarnación.

La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros se transforma aquí en la palabra se hizo carne y nos hizo habitar.

En realidad, el libro trabaja con el deseo de todo escritor: verse leído, sentirse leído, observar que las palabras penetran los cuerpos, literalmente, como el momento en el que el semen es comparado con la tinta y la lectora con un libro sobre el que se escribe de nuevo: "El líquido blanco entrando en el cuerpo oscuro es para Camila un trazo de tinta a mano alzada inscribiéndose en el papel que lo absorbe, lo conserva en forma de letra, de palabra, de frase, y le da un sentido" (79).

Leer es interpretar, hacer nuestro el libro, vivirlo, sentirlo, incorporarlo, encarnarlo. La lectora de esta novela es, en ese sentido, el ejemplo perfecto de lectora que cualquier escritor buscaría. El lector ideal que se hace realidad. El deseo cumplido. Al menos en primera instancia. Porque cuando las cosas ideales se vuelven reales hay algo en ellas que nunca se ajusta al deseo, a lo que habíamos imaginado. La realidad siempre es insatisfactoria. Nunca está a la altura de lo que habíamos previsto. En la novela, ni la lectora ni el escritor se ajustan al deseo. Y el goce nunca puede ser colmado del todo. La interpretación de un libro es un gran ejemplo del desajuste del deseo, pero también de la necesidad de materializarlo.

Hay también La interpretación del libro una fascinación por las imágenes que me ha llamado la atención. Una apuesta por la idea de que las imágenes debe ser leídas e interpretadas. Todo acto de visión es, parece decirnos el autor, un acto de lectura. Como sugería Antoni Muntadas, "la percepción requiere participación". Quizá aquí con la lectura ocurre lo mismo. La interpretación requiere participación, implicación.

Junto a la historia del libro de Mastandrea, están también aquí las historias que cuentan los cuadros de Edward Hopper, que van creando casi las imágenes de fondo sobre las que se desarrolla la trama, el decorado para le lectura. Unas imágenes, las de Hopper, que para Camila son ejemplos de actos de lectura, pues para ella todos los cuadros del pintor norteamericano presentan a figuras en actitud de leer. Aunque no tengan un libro cerca, leen edificios, calles, vidas... son intérpretes del mundo. Intérpretes en el sentido en el que Camila es intérprete del libro de Mastandrea –como parece ser también de muchos otros–, lectores que convierten el acto de leer en una forma de vida, o la hecho de vivir en una forma de lectura. Lectores, en cualquier caso, que convierten el mundo en un gran libro y que conciben la interpretación como una toma de posesión del sentido de las cosas. Comprender el mundo, de esta manera, solo es posible si uno acaba haciéndose mundo, si lo que vemos/leemos/escuchamos deja de estar fuera y se introduce en nosotros como un virus que acaba transformándonos por completo.

6/8/12

3/8/12

Improvisando

Postpopminimalismo a lo Nyman, o mejor, a lo nymahn. Al final, esto es lo más parecido que encuentro al aburrimiento, repetir cuatro acordes hasta llegar a ser cansino.

1/8/12

En busca del aburrimiento perdido

Hace siglos que no posteo cosas nuevas en el blog. Casi tengo que excusarme según la fórmula de Cory Arcangel: Sorry I haven't posted. Junio y julio han sido una auténtica locura de exámenes, burocracia universitaria, conferencias, tesis (que dirigir y evaluar)... Pero al fin parece que me voy quedando tranquilo. He podido acabar mi librito sobre Benjamin y el arte de historia y entregar también los textos a los que me había comprometido. Así que las vacaciones han llegado por fin. Un mes en el que salvo alguna que otra cosa pequeña, me dedicaré a la lectura, la música y la escritura por puro placer.

Un mes en el que buscaré algo que hace mucho tiempo que no percibo, el aburrimiento. Sí, quiero aburrirme. Totalmente. Llegar a tener uno o dos días de esos en los que no sabes qué hacer y se te cae la casa encima. De esos en los que el tiempo se espesa y sientes que el futuro (el día siguiente) no acaba nunca de llegar.

Hace bastante que no tengo esa sensación. Siempre hay cosas que hacer. Un texto que acabar, una conferencia por preparar, un libro que leer para reseñar... siempre hay algo que anula el aburrimiento y no deja lugar a ese dolce far niente. Y si no, siempre está Facebook o Internet, o la tele (ésta cada vez menos), o veinte mil cosas para hacer que uno se entretenga y no se aburra.

Pero quisiera aburrirme como una ostra, bostezar, tocarme los huevos hasta que me duelan las manos.

Eso es lo que voy a intentar hacer al menos unas semanas. No sé si lo lograré. Una novela que tengo en la cabeza quiere comenzar a salir. Hay libros que estoy deseando leer desde hace un tiempo y que me prometen placeres y mundos fascinantes. Aun así lo intentaré. Unos días. No hacer nada. Absolutamente nada. Respirar. Si acaso. Aburrirme como cuando era un niño y los días de verano eran laaargos como longanizas y me desesperaba esperando que llegase la noche, mirando al cielo, tirando piedras a las acequias o imaginando tonterías. Sintiendo el tiempo, habitándolo, no como ahora, que se escapa en cada segundo.

De momento, para empezar me sentaré al piano e intentaré ejecutar esta obra a la perfección. Seré constante, me dedicaré en cuerpo y alma. Y quizá así el aburrimiento acabe llegando. Aunque... quién sabe, lo mismo acontece la experiencia sublime de la contemplación del vacío y el silencio me lleva a un estado alterado de la conciencia que me transforma en un ser de luz. Sería un efecto colateral de mi búsqueda del aburrimiento.