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19/6/12

Sobre los blogs (2ª parte) [Transformaciones de la cultura]

[Segunda parte de la intervención en Rabat sobre las transformaciones que los blogs y las redes sociales han operado en la cultura contemporánea. Como escribí en el post anterior, se trata de ideas sueltas, escritas a la ligera, sin demasiadas pretensiones, que tan sólo sirven como recordatorio de algunas cuestiones por si en algún momento tuviera tiempo de pensarlas con detenimiento. Disculpad la ligereza de algunas reflexiones y el descuido de la escritura en más de un pasaje. Y entendedlo como lo que son, notas preliminares sobre cuestiones cambiantes planteadas quizá de modo demasiado abstracto]

¿Cómo han transformados los blogs y las redes sociales la cultura?

La transformación ha sido a gran escala. Muchos se han lamentado recientemente, como el caso de Vargas Llosa, para quien estos fenómenos contribuyen al empobrecimiento, la banalización y la extinción de la cultura. Sus críticas no merece la pena ni comentarlas. La transformación y las mutaciones son innegables, incontables e inevitables. Nos pongamos como nos pongamos ya mantenemos una posición respecto a estas tecnologías. Aceptarlas, criticarlas, negarlas… ya es una toma de postura sobre el tiempo del presente.

Tecnologías absolutamente inevitables y que han modificado no sólo nuestra manera de producir conocimiento, cultura, literatura o arte, sino nuestra vida cotidiana. Y lo han hecho porque, como el resto de la tecnología, no está fuera, sino dentro. Literalmente We are the media. Somos Facebook, Twitter, somos nuestro blog. Son tecnologías que se han encarnado, incorporado –quizá ese sea el próximo salto en la evolución digital, la biotecnología.

Pero no hace falta que nos implanten el botón de me gusta de Facebook o que nuestro aparato fonador emita guturaciones de 140 caracteres. No hace falta para que estas tecnologías configuren nuestra manera de acercamiento al mundo. Entre realidad y virtualidad no hay un corte, sino un flujo continuo. De hecho, nadie puede decir que Facebook o Twitter no sea la realidad. Es otra modalidad de lo real.

Por todo esto, por la inevitabilidad y la imposibilidad de escapar al sistema-red, los productos culturales se han modificado y han incorporado este nuevo filtro de aproximación a la vida. Que nos influye para escribir, para hacer música, para producir arte, pero también para relacionarnos, para comprar, para decidir, y para actuar. No es que sea peor o mejor. Es que es.

Me llama la atención el modo en el que esas transformaciones se han producido en el ámbito de la crítica de arte y el análisis visual. Con muy pocas excepciones los cambios han conducido casi exclusivamente a una democratización de la práctica crítica, nuevas visibilidades y nuevas plataformas.

El blog sigue siendo una cuestión de confianza y fiabilidad. Nos fiamos de ciertas voces con las que compartimos un sentido del mundo. Voces que por lo general han ganado ese prestigio fuera de la red. Aunque también algunos ejemplos de críticos de arte puramente digitales.

Es curioso que en el mundo del arte contemporáneo no existe –al menos no con esa virulencia que se ha propagado en la literatura– el fenómeno de crítica kitsch o punk. Quizá tenga que ver –y esto lo podemos discutir– con que el régimen del arte no es exactamente igual al de la literatura. Su relación con el público, al menos en el sistema contemporáneo de las artes, no tiene nada que ver con la literatura. El público es prescindible dentro de la generación de discurso sobre el arte contemporáneo.

La manera en la que ha afectado a la crítica de arte el blog y las redes sociales ha sido, por tanto, más una cuestión de plataformas, de lugares de enunciación, que de forma. Porque salvo el hipertexto, la utilización de imágenes como ilustración o puntuación… apenas ha habido modificaciones en los modos de hacer crítica y análisis visual.

Lo demás creo que no se ha modificado sustancialmente. Y quizá verdadera transformación –a mí me parece fundamental y decisiva– haya sido la reintroducción de la crítica el ámbito del ruido, del proceso, del maremágnum de la vida cotidiana, de otros intereses entre los que habitualmente se recorta. Por ejemplo, yo entiendo mi blog como un blog de crítica de arte. Porque es a lo que me dedico. Y mis críticas, mis trabajos sobre arte y visualidad están hechos a través de ese ruido de fondo. Pero como los de cualquiera, lo que pasa aquí es que el recorte es sólo un “enmarcado estratégico” y temporal, del que el lector sabe lo que sobra.

Otra cosa muy diferente ha sucedido con las prácticas artísticas. Ahí sí que se ha producido un gran transformación. Las contaminaciones y las modalidades son muchas. El arte tradicional se ha visto asaltado. Muchos artistas han tomado a internet, a los blogs como tema. Algunos incluso desde la pintura y de las artes más tradicionales. Aunque la verdadera transformación se ha producido en otro lugar.

En el post anterior, ya hablaba aquí de libro de Juan Martín Prada (Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, publicado recientemente por AKAL). En esta obra, parte claramente de una división entre una primera era de Internet, la World Wide Web, donde los artistas ensayaron modalidades de habitar la red de otro modo a como ésta era presentada, a través de la cultura colaborativa… Y una segunda época, la 2.0, en la que estamos, donde paradójicamente gran parte de la evolución de la propia red (la horizontalidad, la colaboración, la interactividad, la afectividad digital…) ha acabado en el mismo lugar que estos artistas promovían. Con una salvedad, que aquella libertad absoluta, y que aquella imaginación radical, aquella conquista de la ubicuidad, que hoy se ha visto en parte conseguida, ha tenido como contrapartida, sin embargo, una pérdida de subjetividad, una atomización en una serie de empresas que gestionan la afectividad, … en definitiva, que se ha visto tomada por las formas del capitalismo afectivo.

Es curioso cómo la utopía de los artistas acabó siendo la utopía del mercado, al menos en cierto sentido. Los blogs, las redes sociales habría sido el desarrollo lógico del arte de Internet. Lo que realmente ha sucedido, es que ese desarrollo ha llevado aparejado la sombra oscura del poder.

En esta era, donde lo que pretenden los artistas y lo que pretenden las empresas, tiene al final mucho que ver (la construcción de la sujetos afectivos; en un caso para capitalizarlos; en otro para emanciparlos), en esta era, decía, la manera en la que los artistas producen obras de resistencia es a través de la profanación, reapropiación y manipulación de esas redes sociales. Subvirtiendo la memoria de programa de la tecnología; es decir, usándola con finalidades diferentes a la que fue creado. O mostrando en cualquier caso que la supuesta neutralidad de la red no es tal.

Lo que hacen los artistas en las redes sociales es “mostrar la red”, “mostrar la matrix”, romper la supuesta transparencia y mostrar opacidad. Ante la ilusión de legibilidad absoluta, de afectividad, de comunicabilidad, de traducción del mundo a mero código, los artistas presentan retóricas de la ilegibilidad, de la ceguera… frustrando y rompiendo el horizonte de expectativas que ya hemos interiorizado y que se altera cuando las cosas no funcionan.

Desde luego, estas retóricas de la ilegibilidad no son ni mucho menos nuevas. Lo que hacen los artistas al final es lo mismo que hicieron durante la modernidad y las vanguardias: mostrar modalidades de resistencia ante los regímenes establecidos de experiencia. Se trata en definitiva de una postura a contrapié, un contraposto. Creer en el potencial emancipador de la tecnología, pero no a ciegas, sino que para que esa potencia pueda ser efectiva debemos advertir la opacidad del sistema, los fallos, las grietas…

Y en este sentido, la relación entre las prácticas artísticas y el activismo es fundamenteal. De hecho, se puede decir que el arte de internet, el hacktivismo está detrás de los usos políticos de la tecnología. Usos políticos que sólo son efectivos si se produce esa creatividad que altera y reconfigura la propia herramienta. Hay en la revuelta digital –en la revuelta contemporánea, diría– una adherencia de las prácticas artísticas, que ahí han encontrado su sentido último. Haber mantenido viva la llama de la utopía. Y lograr que en ocasiones esta prenda de nuevo con fuerza.

Quizá, 80 años después, sea necesario volver a Benjamin. Él advirtió lo que podía significar la tecnología y la cultura de masas, los sueños que prometían. Y supo ver que aquellos sueños prometidos no eran meros engaños, sino que había en ellos algo de verdad. Que allí se encontraba realmente la energía para la revolución. Pero para ver esa energía, para aprovecharla, para metabolizarla, era necesario romper el brillo del objeto, efectuar sobre él una mirada dialéctica, es decir, ver lo que no se ve. Y sólo así, a través de esa dialectización, de ese pensamiento, era posible la actuación.

La manera en la que las redes sociales han contribuido a las revoluciones del presente es sin duda a través de esa promesa que estaba ya implícita en la tecnología, y que aún no había sido explotada. Sólo a través de la subversión, del cuestionamiento y de la toma de distancia sobre estas redes, del escepticismo, es desde donde se puede lograr que acaben siendo tecnologías de la emancipación en lugar de tecnologías de la sumisión.

17/6/12

Sobre los blogs (1ª parte)

La semana pasada, en la Universidad Mohammed V de Rabat, y dentro del programa de actividades culturales de la Embajada de España en Marruecos, asistí a la mesa redonda Culturas urbanas y nuevas tecnologías. Disfruté muchísimo rodeado de autores que admiro, como Jara Calles y Vicente Luis Mora (moderador de lujo para la mesa), y de otros que conocí allí, como Mohammed Noureddine Affaya y Taieb Belghazi, profesores de la universidad en la que se desarrolló el evento.

Era tremendamente difícil poder decir algo sobre estas cuestiones en el poco tiempo que teníamos sin que la cosa no acabara llena de lugares comunes. De hecho, era casi imposible decir algo (por mucho tiempo que hubiéramos tenido) que no estuviese lleno de lugares comunes. Son tantos los que han trabajado de modo profundo sobre los blogs, las redes sociales y la manera en la que afectan a la cultura contemporánea que cualquier cosa que pudiera decir no sería más que una pobre caricatura. Aun así algo dije. Y como luego estas cosas se pierden para siempre, os dejo aquí algunos fragmentos deslabazados de la intervención que no pretenden más que servir de recordatorio, por si algún día vuelvo a tener que decir algo sobre esto. Aquí va la primera parte, en la que me centré especialmente en la manera en la que el blog ha modificado nuestros flujos de trabajo crítico.



Partimos de la base que Internet transformó nuestro tiempo. Y lo hizo a todos los niveles. [De esto no hay duda. Como tampoco de que la Revolución Digital es un paso civilizatorio semejante al de la Revolución Neolítica o la Revolución Industrial –sí, así de drástico soy yo–. ] Ni la televisión, ni la radio, ni el cine, y si me apuran hasta ni la imprenta, supusieron el cambio que ha supuesto Internet y la red global de comunicación, que no sólo ha transformado nuestro trabajo sino también la vida cotidiana. Especialmente porque poco a poco comenzó un proceso de erosión de las fronteras entre ocio y trabajo, entre público y privado, entre productores y receptores, entre máquinas y personas.

La herramienta básica de dicha revolución es –al menos hasta el momento– la computadora, que se convierte en herramienta de trabajo, de ocio, de comunicación, en definitiva, de lugar de mediación con el mundo. Y su interfaz privilegiada, ya incluso emancipada, es la pantalla, que se ha convertido al final en el lugar de convergencia de la tecnología-digital. Dispositivos-pantalla y que ahora se han movilizado y se encuentran por todos los lugares. Como escribió José Luis Brea, vivimos rodeados por 1000 pantallas. Pantallas que se han convertido casi en una extensión de nuestro cuerpo. Pantallas a través de las que trabajamos, nos guiamos, compramos en bolsa, experimentamos en el laboratorio, nos comunicamos, jugamos, consumimos porno o nos relacionamos con nuestros amigos digitales.

Los blogs y las redes sociales son quizá la última forma de ese proceso de borramiento paulatino de fronteras al que nos hemos referido. Desde principios de este siglo, la web 2.0 sustituyó a la World Wide Web. Y a grandes rasgos el cambio que produjo se puede sustanciar en el paso de un sistema vertical pasivo, donde hay productores y receptores, a un sistema horizontal, a un sistema-red, participativo, donde es el usuario/consumidor el verdadero creador de contenidos, el productor de la propia información, e incluso el jerarquizador y productor de valor.

En su texto reciente Prácticas artísticas e Internet en la época de las redes sociales, Juan Martin Prada, uno de los autores que mejor ha entendido Internet como forma cultural, observa los modos en los que el blog surgió, al menos para el usuario/lector, como una herramienta de filtrado ante la cantidad de información de la red. Según Martín Prada “un blog sería, en gran medida, un tipo de buscador al que acudir como a un lugar donde la red está ‘prenavegada’ para nosotros; cada blog muestra una determinada forma de recibir y digerir la información, de señalarla, de opinar sobre ella”. El blog como una especie de gestalt, de figura para lograr la comprensión de los excesos de información: “la actividad blog como una nueva hermenéutica popular: los bloggers como nuevos hermeneutas que desarrollan el arte de interpretar y señalar indicios de aspectos relevantes en el caos de los flujos informativos desmesurados”.

La clave está en el principio de confianza ante lo que vemos y leemos. La creación de comunidades de lectores y de productores. Comunidades afines que al final acaban configurando listas de lecturas y modelos de interpretación de la red semejantes.

Sin duda, los blogs y las redes sociales han cambiado nuestros hábitos de creación, de producción e incluso de vida, creando, como he dicho al principio, un flujo de continuidad de contextos, medios y experiencias que convierten a la vida 2.0. en un continuum.

Mi experiencia me dice eso. Abrí mi blog No(ha)lugar en 2006 y desde el principio se convirtió en un espacio de encuentro de muchos materiales: microrrelatos, pequeños pensamientos, lecturas de libros, citas, reflexiones sobre política, comentarios sobre películas, críticas de arte, artículos publicados en otros lugares y replicados (sobre todo los del periódico), experimentos con la intimidad, reflexiones sobre las clases, sobre mi vida privada y cotidiana, posicionamientos políticos… una especie de cajón de sastre. Un lugar donde tenían cabida los materiales que sobraban o no entraban en los textos y contextos académicos.

Un lugar que en mi caso aparecía casi como una imagen de la mente. Una cartografía en mi caso escritural (aunque en raras ocasiones había imágenes o vídeos) del presente, en tiempo real y expuesta a una comunidad de receptores; algo fundamental, porque al final el blog forma parte de una red. Los que leo y los que me leen. Se crea un principio de asiduidad y de fidelidad. Uno se crea unas obligaciones simbólicas con los otros. Tanto, que cuando no puede cumplirlas siente que tiene que pedir disculpas por no actualizar, por no cumplir ese compromiso con la actualidad. Quizá por eso Cory Arcangel abrió el blog Sorry I Haven’t Posted, mencionado por Juan Martín Prada como un ejemplo de la toma de conciencia de las nuevas necesidades simbólicas que adquirimos voluntariamente.

Creo que en cierta manera, el blog intenta ser un lugar de continuidad. Y este me parece un concepto clave. Vicente Luis Mora lo ha estudiado como una cuestión central de la cultura pangeica, la continuidad y el flujo, el tránsito entre lugares, medios, contextos y experiencias. En mi caso (y creo que es así en el de muchos), el blog supone el continuum entre vida privada y pública, entre trabajo y ocio, entre modalidades de escrituras, entre diversos intereses…

Al final es un lugar de contrastes que, en última instancia, lo que hace es mostrar el proceso de escritura, de trabajo, de pensamiento. Esta idea de proceso es aquí básica. Para mí la mayoría de los textos son ensayos en el sentido literal del término, pruebas… como los ensayos de los grupos… Entiendo muchas de las producciones del blog como peri-textos, como textos marginales, como restos, sombras, excedentes, como recortes de los textos más académicos –muchos de los cuales al final también acaban siendo volcados al blog–.

Creo que esta es una de las revoluciones sobre las formas tradicionales no sólo de escritura, sino de comunicación, mostrar el proceso. No se trata por supuesto de algo nuevo. Desde finales de los 50, el proceso se convirtió en una de las cuestiones centrales de reflexión por parte de los artistas, que dejaban de interesarse por la obra finalizada y daban más interés a la fenomenología del hacer. Es en los restos, en la sombra, donde está la obra.

Quizá lo mismo ocurre ahora. A veces un libro, la obra finalizada es un proceso de reducción y corte, de poda. El blog es como el jardín antes de la poda, con el agua del riego, con los matojos… y en definitiva con el ruido de fondo. Es la figura aún no recortada del fondo. Es la figura rodeada, sin el parergon que la separe, sin el marco. Es lo que hay más allá del encuadre. Más allá de la escena. Y en ese sentido, literalmente, el blog es obsceno.

El blog también es la construcción de una identidad. Es una autoimagen. Una modalidad de autoficción. Y esa idea de continuidad y de autoficción/autorrepresentación se ha expandido en Facebook y Twitter, que han ido ganando terreno al blog. El microblogging y los estados del Facebook incorporan incluso más que el blog el tiempo real, el evento, la trasposición directa del pensamiento, la ocurrencia, el destello, son como una imagen, como una foto textual de la cámara.

Tanto en Facebook como en Twitter se transforma el modelo reflexivo-expositivo en un modelo conversacional, dialógico, donde el verdadero conocimiento se construye a través del diálogo, el debate o el disenso.

Facebook o Twitter son puro presente. Apenas hay memoria de lo escrito. O, aunque permancezca, es casi un contrasentido volver atrás para recuperar nada. Lo propio del medio es el tiempo-presente. La memoria, el recuerdo, es algo para lo que la herramienta no está concebida. El blog, sin embargo, mantiene aún algo del sentido de permanencia que tiene el diario o el libro impreso. En el blog, el sentido del archivo aún se puede rastrear. Es, por supuesto, una herramienta del presente, que nos permite el tiempo real, la reflexión de actualidad, pero que aún permite una cierta memoria, un cierto recuerdo de lo que uno ha sido.

Al final, creo que tanto Facebook como Twitter tienen que ver más con el decir que con la escritura. Mientras que el blog sigue siendo la transposición democratizada de la pasión escritural, el microblogging es, en cambio, la fijación virtual del chat y el comentario. Más un susurro que un texto.

8/6/12

Cuestión de grado

Acaba Vargas Llosa su indignante y elitista panfleto La civilización del espectáculo con una pregunta final:

"¿Por qué la cultura dentro de la que nos movemos se ha ido banalizando hasta convertirse en muchos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra?"

Solo me cabe contestarle: ¿qué padres y abuelos? Serán los suyos. Porque los míos apenas pudieron aprender a leer.

7/6/12

Sueño lúcido

Todas las noches soñaba que era engullido por la lava de un volcán. No importaba el lugar en el que estuviese, el fuego siempre acababa devorándolo. Por la mañana, se despertaba cansado, con la piel enrojecida y llena de arañazos. Y durante el día apenas podía quitarse de encima esa sensación de malestar.

Había probado todo tipo de terapias, pero ninguna había dado resultado. Un día, después de buscar en Internet durante varias horas, encontró información sobre una tribu del Sureste Asiático que había dado con la forma de actuar en los sueños de modo consciente. La técnica no era excesivamente compleja. Tenía que concentrarse en un objeto singular que nadie más conociese y dormir con él bajo la almohada. Cuando ese mismo objeto apareciese en el sueño, sabría que estaba soñando y podría dominar la realidad a su antojo.

Tras pensarlo brevemente, decidió tomar algo que sólo él conocía. Un diente de leche que, precisamente, un día puso bajo la almohada y que el Ratoncito Pérez no quiso cambiar por monedas. Lo tenía aún guardado en un cajón de la mesilla, como si fuera una especie de ruina infantil, un resto secreto del tiempo en el que todos sus sueños se desvanecieron para siempre. Esbozó una sonrisa al pensar que aquel objeto podría servir ahora para aliviar ese mal que sufría ya varias semanas.

 Se concentró en el diente de leche y se quedó durmiendo con esa imagen en la retina. A los pocos minutos se vio en el centro de un volcán que parecía el mismísimo infierno. Junto al fuego y las piedras derretidas había también esta vez extraños seres con colmillos afilados que se acercaban a él a la misma velocidad que las lenguas de lava. Como en otras ocasiones, intentó correr para escapar de la situación, pero su cuerpo estaba paralizado. Así que aceptó su destino y, como otras veces, dirigió la mirada a sus pies, para ver una vez más cómo comenzaban a licuarse con la cercanía de la piedras de fuego.

Y justo en el momento en el que ya había comenzado a sentir el dolor del abrasamiento, junto al cordón de los zapatos que ya habían empezado a arder, pudo ver el pequeño diente de leche. En apenas un instante, la lava se convirtió en agua cristalina. Y en el momento en el que los extraños seres estaban a punto de clavarle las garras en su rostro, sintió cómo su cuerpo se elevaba y con un solo gesto consiguió salir volando por encima del volcán. Era cierto, estaba soñando y podía hacer cualquier cosa. El mundo ahora le pertenecía. Experimentó entonces una desconocida sensación de poder y deseó destruirlo todo. Fue en ese momento cuando despertó. Su cuerpo ya no estaba enrojecido y los arañazos habían desparecido. Bajo la almohada encontró unas cuantas monedas que habían perdido su brillo.