31/5/12

Antología del microrrelato español

Al final va a ser el microrrelato el género literario que más alegrías va a acabar dándome. Todo empezó como una tontería en plan broma privada con el humor surrealista a Ángel Cobacho. Escribí en este blog algunas microficciones sin demasiado sentido, y enseguida advertí que me encantaba escribirlas. Durante un tiempo me salían a decenas. Hubo una época, de hecho, en la que todos mis pensamientos acababan convirtiéndose en relato mínimo. A veces eran pequeñas ocurrencias, pero en la mayoría de los casos eran relatos condensados, historias de las que solo contaba un momento culminante, como si fuera la punta de un iceberg, o imágenes potentes que se me venían a la cabeza y que intentaba dotar de significado. Así, lo que había empezado como un divertimento, llegó a obsesionarme y casi le cogí el oficio.

Luego, gracias a Tres Fronteras, algunas de estas microficciones se editaron en el librito Demasiado tarde para volver, que podéis leer íntegro en Google Books. Después he seguido escribiendo algunos de estos cuentos mínimos, pero cada vez con menos intensidad. Tengo épocas en las que regreso al género y voy almacenando historias para alguna recopilación futura, pero intuyo que la cosa se demorará bastante.

Probablemente mi libro llegó a las manos de Clara Obligado, que me hizo muy feliz incluyendo una microficción en Por favor sea breve 2. Antología de microrrelatos (publicado por Páginas de Espuma), del que hablé aquí. También, no hace tanto, J. S. Monfort escribió una reseña en su blog que me animó bastante. Pero sin duda, lo que ha llegado hoy a mis manos me emociona tremendamente y me hace plantearme seguir practicando este género literario. Se trata del libro, editado por Irene Andrés-Suárez, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, publicado por la editorial Cátedra en su colección Letras Hispánicas.



Esta colección de libros de Cátedra siempre me ha recordado los tiempos del instituto y a los clásicos que teníamos que leer para Selectividad. En aquella época no podía imaginar yo –y hasta hace unos meses tampoco– que me iba a ver en esa colección que tanto respeto me producía. Y cuando hoy he visto la nómina de autores del libro me he sonrojado y me ha dado una vergüenza tremenda. Por un momento me he sentido como un intruso, rodeado por escritores de verdad. Y aún no se me ha pasado esa sensación.

En cualquier caso, es un placer tremendo. Son tres los microrrelatos que Irene Andrés-Suárez, una de las máximas especialistas internacionales en el asunto, ha seleccionado. Tres de los que más orgulloso me siento: "Juego", "Memento" y "Efectos secundarios". Aunque allí, en esas páginas y en ese contexto, jugándose el tipo con los grandes maestros, lo mismo los pobres acaban algo amoratados.

El libro, aparte de una introducción fundamental para entender el género hoy en día, es una antología imprescindible. Quitando lo mío, si queréis, lo demás no tiene desperdicio. Quinientas y pico páginas non-stop de microrrelatos de todos los temas y formatos. Os dejo la nómina de autores y veréis a qué me refiero cuando digo lo de sentirse como un intruso. Un intruso al que hoy embarga la alegría.

Autores (por orden de aparición): Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, José Moreno Villa, José Bergamín, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Pío Baroja, Tomás Borrás, Ana María Matute, Max Aub, José Antonio Muñoz Rojas, Esteban Padrós de Palacios, Ignacio Aldecoa, José María Sánchez Silva, Alfonso Sastre, González Suárez, Fernando Quiñones, Fernando Arrabal, Antonio Fernández Molina, Álvaro Cunqueiro, Francisco Ayala, Arturo del Hoyo, Antonio Beneyto, Alberto Escudero, Javier Tomeo, Agustín Cerezales, Gustavo Martín Garzo, Juan Eduardo Zúñiga, Pedro Ugarte, Luis Mateo Díez, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Julia Otxoa, Ángel Guache, Juan Gracia Armendáriz, Carmela Greciet, José María de Quinto, Hipólito G. Navarro, Juan José Millás, Pablo Antoñana, José María Merino, Alberto Tugues, Luciano G. Egido, Espido Freire, Francisco Rodríguez Criado, Fermín López Costero, Medardo Fraile, Ramón Gil Novales, César Gavela, Andrés Neuman, Carmen Camacho, Óscar Esquivias, Juan Pedro Aparicio, Manuel Moya Escobar, Ángel Olgoso, Miguel Ángel Zapata, David Roas, José Alberto García Avilés, Andrés Ibáñez, Miguel Á. Hernández-Navarro, Carlos Castán, Manuel Moyano, Federico Fuertes Guzmán, Lara Moreno, Felipe Benítez Reyes, Antonio Reyes Ruiz, Ginés S. Cutillas, Raúl Sánchez Quiles, Antonio Serrano Cueto, Rubén Abella, Carlos Almira, Cristina Grandes y Manuel Espada.

23/5/12

Hermenéutica

Uno no quiere creer en el destino, ni en las señales, ni en nada por estilo. El conocimiento esotérico da grima. Pero a veces te encuentras señales y percibes que algo está viniendo. Es lo que lleva pasando desde hace un tiempo.

Durante las dos últimas semanas, más por azar que por otra cosa, he estado en los mismos escenarios que el protagonista de mi novela inédita. Los mismos lugares a los que estaba sin entrar prácticamente desde que empecé a escribirla –hace dos años– y que tan solo recordaba vagamente. Por otra parte, mañana seré el padrino de la promoción de este año de Bellas Artes en Murcia. Esto también le pasa a uno de los protagonistas de la novela. Y las fechas coinciden casi exactamente con las de la novela. Todo es demasiado extraño. Absolutamente siniestro. La realidad comienza a tomar la estructura de la ficción.

Pero lo más extraño de todo es que precisamente en estos días es cuando comienzo a recibir noticias editoriales sobre la novela. Buenas noticias –después de rechazos y silencios varios–. Como digo, uno no quiere creer en el destino ni en las señales. Pero cuando todo viene así, comienza a pensar en la tyché surrealista, en el azar objetivo y en la secreta armonía de las coincidencias. Y se vuelve entonces un hermeneuta del mundo que intenta interpretar cada signo como parte de un gran proyecto que no logra comprender del todo. Estas semanas en eso estoy. Así que si me veis por ahí con un cuaderno, trazando líneas entre acontecimientos, no creáis que estoy loco, es que intento descifrar por qué todas las cosas han comenzado a alinearse y si hay algo que nos quieran decir o es simplemente que se nos está yendo la pinza con tanta crisis y tanta mierda.

16/5/12

Crisis

La universidad se va a la mierda.
La sanidad se va a la mierda. 
La educación, en general, se va a la mierda.
El bienestar, en general, se va a la mierda.


Los inmigrantes se van a la mierda.
Las personas, en general, se van a la mierda.

Los pensionistas se van a la mierda.
Los derechos, en general, se van a la mierda.

Y ahora ni siquiera hay fin del mundo.
Han descubierto un calendario Maya
que dice que el mundo no acabará
en diciembre.
Pero a falta de Apocalipsis te queda la mierda,
la primavera, las mujeres, 
el sexo, el placer
y las cosas que amas.
Y sobre todo la posibilidad
de escribir tonterías como estas,
así, de seguido, sin meditar, sin pensar
un segundo por qué coño escribes,
por qué cojones tecleas como un poseso
sin parar un segundo a mirar
lo que acabas de escribir,
sintiendo que ha llegado la hora de poner punto
y final, de abandonarlo todo un momento y volver
de nuevo a leer poesía.

14/5/12

Punto y final

[Por varias "razones" dejo mi columna semanal de La Razón. Entre otras cosas, estoy cansado de la obligación de escribir semanalmente, tenga o no cosas que decir. Tampoco es que me encuentre muy cómodo con las últimas portadas, la verdad. Aunque al final yo escribía de lo que quería y nunca me tocaron una palabra. Por supuesto, el medio condiciona el mensaje, eso lo sabemos. Pero también es cierto que hay un momento en el que el mensaje es casi anulado cuando el medio se hace tan visible. En cualquier caso, os copio aquí mi despedida]

Hace cinco años que comencé “teorías de helarte”. Y, durante este tiempo, he hablado aquí de arte, de libros, de cultura, de política y prácticamente de todo lo que se me ha pasado por la cabeza –incluso de nada, en más de una ocasión–. Esta columna me ha servido de toma de contacto con la realidad más allá de los textos académicos –que apenas leen los especialistas– y me ha enseñado a escribir en un tono coloquial que me ha aclarado muchas de las ideas que en mi cabeza estaban demasiado enmarañadas.

 Al mirar ahora hacia atrás y ver lo que he ido diciendo semana tras semana, me he dado cuenta también de que este lugar ha sido una especie de crónica de los sitios por los que ha transcurrido mi vida. He escrito columnas desde Pekín, Shanghái, Montevideo, Santo Domingo, Ámsterdam, París, Roma, Nueva York, Oslo... Muchas de ellas, a la carrera entre avión y avión. Otras, en plan antropólogo murciano fascinado con el mundo que veía, especialmente las que escribí en mis estancias en Estados Unidos. Y, por supuesto, la mayoría de los textos han sido escritos desde esta Murcia querida, intentando dar cuenta de los entresijos de la vida cultural de una ciudad de provincias.

Pero ha llegado el momento de poner punto y final. Ha sido un placer escribir aquí. Y hacerlo sin que jamás se me haya tocado una coma, aunque mis opiniones, la mayoría de veces, hayan sido disidentes y gamberras. No puedo, por tanto, sino estar agradecido por esta oportunidad. Pero todo en la vida ha de tener un tiempo. Y uno debe saber cuando acabar y cerrar un periodo. Escribir tanto no puede ser bueno. A veces es necesario callar para encontrar algo que decir.

[Publicado en La Razón, 11 de mayo de 2012]

10/5/12

La performance de la escritura


Disecado
Mario Bellatin
Sexto Piso
93 páginas. 14’90 euros



En los últimos años se ha escrito mucho acerca de las relaciones entre literatura y arte. Por lo general, se suele aludir a ellas en referencia al contenido y la temática de los libros, que apuntan hacia el arte contemporáneo como un espacio capaz de proporcionar nuevas tramas y situaciones literarias. Es lo ocurre, por ejemplo, con la última novela de Michel Houellebecq –y otras muchas–, que encuentran en el arte un lugar de experiencias interesante para narrar. Algo diferente, pero más interesante, es la fascinación por el universo artístico que siente el escritor mexicano Mario Bellatin, una de las voces más difíciles de clasificar del panorama literario internacional. Los títulos de algunas de sus obras anteriores como El Gran Vidrio o Lecciones para una liebre muerta hacen alusión directa a obras centrales del arte contemporáneo. O el uso de la fotografía como estrategia narrativa en obras como Shiki Nagaoka o Los fantasmas del masajista lo llevan a confrontar lo decible con lo visible, logrando artefactos literarios a medio camino entre el texto y la imagen. Y junto a esto, hay en la obra de este escritor algo que lo lleva directamente al ámbito de lo artístico, y es la manera de trabajar con la experiencia creativa.





Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Mario Bellatin es un escritor-artista, y que su escritura –aun teniendo, claro está, unos referentes que provienen del mundo de la literatura– surge de la creatividad y el impulso del arte visual –y también, en cierto modo, del teatro–. Una escritura que se asemeja más a la experiencia de la performance –lugar donde se tocan arte y teatro– que a la narrativa contemporánea. En este libro, publicado por Sexto Piso –cuya elegante, precisa y contundente labor editorial es siempre necesario destacar–, Bellatin lleva la performance escritural a unos ámbitos muy difíciles de superar. Y lo hace especialmente en “Disecado”, el primero de los dos textos que componen la obra. Allí, el escritor compone un juego de identidades donde Mario Bellatin es el centro de la historia. Una reflexión sobre la propia obra del escritor contada por un personaje cuya identidad nunca podemos saber del todo, “¿Mi Yo?”, que presenta una revisión del proceso de teatralización de Perros héroes y de gestación de Salón de Belleza, dos de las obras centrales de Bellatin. El autor presenta una visión distanciada de su obra, como si intentase crear un espacio imposible entre el ser que escribe y el ser que es para poder verse desde fuera. Una toma de distancia que le hace incluso imaginar a un Bellatin muerto, que materializa en cierto modo esa muerte del autor de la que tanto habló Roland Barthes.