27/4/12

In the mood for SOS 4.8

Apenas queda una semana para el SOS 4.8 y yo ya he encargado mi pack de clones para poder asistir a todo lo que me interesa. Faltan siete días y ya me ha entrado la ansiedad.

Música y Arte, sí, pero sobre todo Voces, que este año está sembrado –nunca mejor dicho–. Y es que, aunque esta edición no cuente con la nómina de grandes popes extranjeros (a excepción del gran Frederic Martel, autor de Cultura Mainstream, un libro excepcional), la gente y los temas de este año son como para no perderse nada. Se ha hecho una programación basada en la potencia de los contenidos (la ficción televisiva), y se ha contado con figuras centrales del ensayo y la literatura contemporánea en español (Ferré, Fresán, Carrión, Balló...). La verdad es que Jordi Costa, el comisario de Voces y Arte, se lo ha currado y le ha quedado un programa genial –aunque lo mismo digo todo esto llevado por la pasión y por tener el honor este año de formar parte de esta sección

El caso es que a mí me toca doblete. El viernes, a las 18h, estaré en el Pecha Kucha Night, y durante 6 minutos y 40 segundos hablaré de sostenibilidad temporal (básicamente de El artista como historiador benjaminiano, mi libro por venir). La verdad es que condensar en ese tiempo y en 20 diapositivas mi investigación de los últimos dos años va a ser difícil. Pero lo mismo me sirve para aclararme yo mismo y darme cuenta de lo que he estado haciendo en este tiempo –aunque no sé si quiero saberlo–.




Y el sábado, a las 17:30, intervendré en la mesa Temporalidades discontinuas: Lost, Fringe y la pulsión de pasado, con Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta y Javier Moreno. Mejor compañía imposible. Aquí hablaremos de Perdidos y los saltos en el tiempo; de Fringe y los universos paralelos... pero también la pulsión de pasado, es decir, la tendencia a lo viejuno, a la ur-tecnología que encontramos tanto en el laboratorio de Walter Bishop como en la iniciativa Dharma; y de esa suerte de retromanía que caracteriza la cultura contemporánea.

Y luego está la parte de Arte, que también tiene una pinta genial. Lo que ya no sé es si podremos ver algo con tanta voz que hay que escuchar. Y hablando de escuchar, por supuesto, está la música –que en el fondo es lo que lo mueve todo–. A eso es a lo que al final va uno. A escuchar a Mogway, a Pulp, a los Magnetic Fields... cada cual elige los suyos. Yo, particularmente, me muero de ganas de escuchar a Yuck. Georgia y The Wall fueron parte de mi banda sonora en Ithaca durante el semestre pasado. Y me hace mucha ilusión verlos el sábado a las 19:15. Pero, cosas del destino, veremos a ver si al final no acabo perdiéndomelos. Porque, o somos muy puntuales, o me da a mí que a las siete y cuarto todavía voy a estar liado con Fringe y Lost. Va a ser acabar de hablar y salir corriendo para dar botes frente al escenario.

La verdad es que no sé cómo lo voy a hacer. Por eso he encargado ya el clon. Me han dicho que en mi caso lo mismo tarda algo más por el tamaño y el peso, pero que casi seguro que estará para el fin de semana. Eso sí, me vendrá sin gorra y tendré que tunearlo yo en casa. Camisa negra, pantalones vaqueros, gorra gris, bolso cruzado y zapatillas. Espero que nadie note la diferencia. Aunque supongo que a ciertas horas de la noche eso de ver doble tampoco va a ser demasiado extraño para muchos.

Más información aquí

21/4/12

Yo también tuve una novia bisexual

De Guillermo Martínez uno se espera libros brillantes (“Acerca de Roderer”), efectivos (“Los crímenes imperceptibles”) o inteligentes (“La muerte lenta de Luciana B.”). Su última novela, sin embargo, camina por una vía no explorada hasta ahora por él y se aleja de su típica escritura fría, medida y meditada para adentrarse en el mundo de lo sensual y las pasiones del cuerpo. Y he de decir que no le sale nada bien. Aunque intente otras cosas –lo intelectual, lo político, la reflexión sobre la propia escritura–, al final, no deja de ser la típica novela de profesor extranjero que se acuesta con alumna americana que está muy buena. Y ya. Prescindible hasta decir basta. Eso sí, la portada me tiene prendado.


Yo también tuve una novia bisexual
Guillermo Martínez
Destino
208 páginas 18 euros


El escondite de Grisha

Ismael Martínez Biurrun es uno de los escritores más extraños y originales de la nueva literatura española. Sus libros son tremendamente perturbadores y enigmáticos, y nos introducen en los caminos de lo oscuro y lo misterioso a través una sutileza narrativa y una prosa depurada y elegante que es bastante escasa en la literatura “fantástica”. Este último libro, continuando con esa escritura que lo sitúa en la alta literatura, cuenta una historia en los bordes de lo paranormal –la de Grisha y sus visiones– que acaba transformándose en un relato profundamente psicológico acerca de la memoria, la culpa y la imposibilidad de lidiar con los fantasmas del pasado.



El escondite de Grisha
Ismael Martínez Biurrun 
251 páginas 18’50 euros 

Cambios

Dejas unos días de postear y te lo encuentras todo cambiado. Entro por curiosidad ahora a escribir una entrada al blog y tengo que investigar unos minutos para saber cómo funciona la interfaz nueva. Quizá vaya mejor que la otra, pero el caso es que parece que aquí las cosas no se pueden estar quietas. Facebook te lo cambian cada dos por tres, Twitter lo mismo. Y ahora blogger, que parecía una de esas cosas que permanecían incólumes a tanta mutabilidad. La cosa es no quedarse quieto. En fin, habrá que acostumbrarse. La tecnología parece no estar de acuerdo con el principio ese de "si funciona, déjalo así". Sino más bien con el de "tú cambia, cambia, aunque acabes jodiéndolo". Y esto es lo que ocurre muchas veces, que de tanto tocarlas, las cosas acaban quedando peor. Yo siempre he  pecado de hacer demasiados cambios. Pero lo cierto es que hay cosas que es mejor "no meneallas".

15/4/12

Legislar Internet

Uno de los grandes peligros de la era de Internet es que no siempre calculamos las implicaciones de nuestros actos frente a la pantalla. Cuando navegamos e interactuamos con la red, cuando escribimos un tweet y posteamos en un blog, a veces creemos que lo hacemos desde una intimidad protegida e inocua, igual que cuando leemos un libro en nuestra habitación. Pero nada más lejos de la realidad. Internet es una plaza. Y lo que allí sucede es público y produce realidad. Por eso, si en la calle hay normas cívicas y leyes que debemos respetar para garantizar la convivencia –uno no puede ir quitándole el bolso a las señoras u orinando en las mochilas de los adolescentes, por ejemplo–, en Internet, como espacio público que es, tampoco se puede hacer cualquier cosa, aunque nos cueste mucho más trabajo reconocerlo. Y es necesario legislar e intentar poner un cierto orden en medio del caos absoluto en el que, de lo contrario, podría convertirse la red.

El problema surge cuando un mundo absolutamente entrópico como este –con una tendencia hacia la multiplicidad nunca vista hasta ahora– intenta ser gobernado a través de sistemas de censura y coacción de libertades que evidencian muchas veces la arbitrariedad absoluta de la ley. Una ley, además, que ya no parte de la experiencia de la realidad para promover una comunidad de iguales, sino que acontece como ley represiva que impone algo que no se ajusta a los destinatarios de dicha ley. O lo que es lo mismo, pero dicho en cristiano, que cuando todos somos piratas, ladrones, terroristas o violentos hay algo que no marcha bien. O estamos a punto de que nos envíen un diluvio universal por ser mala gente, o es necesario replantearse los modos de ordenar ese nuevo mundo.

[Publicado en La Razón, 13.4.2012]

7/4/12

Tiempo ritual

Miro el archivo de mi ordenador para ver qué he escrito otros años en Semana Santa y me sorprendo al encontrar que todos los años, de modo consciente o inconsciente, escribo más o menos lo mismo en la columna del periódico: que la Semana Santa, como la liturgia, como las fiestas del calendario, forman parte de un tiempo diferente al tiempo cronológico. Un tiempo cíclico, que se repite cada año, y que introduce modelos de experiencia temporal que nos comunican directamente con el pasado a través de su repetición ritual. Quizá también por eso, cada año, por estas fechas, mi escritura repite sistemáticamente lo ya escrito. Y esa repetición me sirve para sentir que, por mucho que cambien las cosas, cada cierto tiempo todo vuelve a su sitio, aunque sea por unos momentos.

Son pequeñas certidumbres que nos hacen mantener la cordura en un tiempo en el que todo fluye. Quizá ése sea el verdadero sentido del ritual, imponer marcadores temporales que sirvan de anclaje para los individuos, lugares a los que agarrarse cuando todo se viene abajo. Frente a la repetición de la rutina y el déjà vu del tiempo maquinizado de la cadena de montaje que anula tanto el presente como la experiencia del pasado, el tiempo ritual introduce una brecha de experiencia significativa en el mundo. Confieso que no me gustan las procesiones, pero entiendo que cada año los cofrades, los nazarenos y todos los devotos vivan estas fechas con emoción. Y es que son días de retorno del Paraíso –por mucho que lo que parezca retornar sea la Pasión–, de la ilusión del contacto con lo sagrado, pero también de un tiempo eterno que suspende la tiranía de la cotidianidad y dota a nuestros actos de una profundidad de sentido que, al menos momentáneamente, llega a paliar la pobreza de experiencia del presente.

[Publicado en La Razón, 6/4/12]

3/4/12

Materializando el pasado

Muchas veces –por lo general– escribe uno un texto y pasan siglos hasta que lo ve publicado. Si el texto en cuestión es un libro, la cosa se dilata y cuando viene a editarse ni siquiera se reconoce como hijo propio. Pero también hay veces –mucho más escasas– en las que ocurre todo lo contrario: el editor está a la espera de que llegue el manuscrito acabado para maquetarlo, corregirlo y rápidamente meterlo a la imprenta. Eso es lo que está sucediendo en estos momentos. Un editor está sufriendo porque yo no hago sino retrasar una y otra vez el libro que espera. Es un texto pequeño, casi diminuto, pero aun así no encuentro la manera de acabarlo.

Recorto, pego, cambio, borro, re-escribo, me meto en un jardín a coger una simple flor y acabo arando el campo el entero. Así llevo algún tiempo. Y la portada ya está diseñada, el libro se ha anunciado (el primero de la editorial Micromegas) y yo todavía sigo girando una y otra vez sobre él.

Hoy, sin ir más lejos tenía la mesa del despacho que parecía una instalación conceptual, o un accidente –una de las dos cosas–, hasta arriba de libros que casi acaban sepultándome. He comenzado abriendo uno para confrontar una nota al pie de página y así es como ha acabado todo:



Historia, memoria, pasado, política, Benjamin, Lacapra, Traverso, Didi-Huberman, Warburg, Ankersmit, artistas historiadores, obsolescencia, archivo, imagen, narración, representación, escritura... en fin, esas cosas que me harán pasar la Semana Santa bien atado a la mesa de trabajo. Y todo, para acabar añadiendo tres o cuatro párrafos a cosas que ya tenía escritas.