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27/3/12

Multiplicidad topológica

Es difícil escribir sobre un libro de Enrique Vila-Matas sin repetirse. En los primeros párrafos uno tiene que tomar impulso y poner la obra en perspectiva, conectándola con los libros anteriores del escritor y buscando el lugar que el texto ocupa en su producción literaria. Como él mismo ha sugerido, frente a los escritores de libros, están los escritores de obra, los autores que libro tras libro van produciendo un corpus literario que debe ser entendido como un todo. Sin duda, él pertenece a esta categoría. Y por eso es tan difícil juzgar sus libros de modo autónomo –aunque, por supuesto, cada libro haya sido concebido como una obra separada que puede ser leída y disfrutada con total independencia–, pues su producción configura una especie de edificio donde los temas, las formas y las preocupaciones se repiten, se reelaboran, se agotan y, con el tiempo, vuelven a la vida. Temas como la pereza, el fracaso, la impostura, la identidad múltiple, los juegos de espejos, el humor o las situaciones extrañas e inverosímiles, que atraviesan su producción y la dotan de una consistencia y solidez a la que muy pocas voces pueden aspirar en la literatura actual.


Dicho esto –que hay que entender su obra como un todo–, Aire de Dylan me parece uno de sus libros más acertados, pero también más complejos –al menos si uno quiere leer entre líneas lo que el texto significa para el presente de la literatura–. A través de historia de la reverberación hamletiana de la memoria del escritor Juan Lancastre en la vida de su hijo Vilnius –sazonada con asesinatos, culpas y búsquedas enigmáticas–, Vila-Matas inicia una reflexión sobre algunas de las cuestiones centrales del arte y la literatura de la modernidad. Cuestiones que plantea a través de dialécticas irresolubles como autenticidad-multiplicidad, tradición-vanguardia, canon-cambio, éxito-fracaso, escritura-silencio o actividad-pereza. Es decir, las tensiones que se encuentran en la construcción del artista moderno, desde Baudelaire a Bob Dylan.

Se trata de un nuevo despegue de su narrativa y un salto radical hacia delante que promueve la exploración de algunos lugares y cuestiones que en sus obras anteriores habían sido esbozados. Por ejemplo, el juego con la identidad, la multiplicidad de lo personal, el ser todos y ninguno, llega aquí a unas cotas insuperables. Más que un juego de espejos y reflejos, nos encontramos en medio de un espacio topológico, donde no hay dentro ni fuera, exterior o interior, donde el teatro es la realidad y la realidad es teatro. Un espacio que nos puede recordar los cuadros de Escher y también al espacio-tiempo de los sueños del que habló Freud. Tiempos que se solapan, retornan y nunca se van del todo. Realidades que se entremezclan y que, al final, nos sugieren que nada es lo que parece y, sobre todo, que nadie es quien dice ser.


Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, Seix Barral. 328 páginas. 19’50 euros


[Publicado en La Razón, 23/03/12]

24/3/12

Un buen chico

Confieso que no había leído nada de Javier Gutiérrez (Madrid, 1974). Llegué a este libro por pura casualidad. Lo abrí en la mesa de novedades, leí el primer párrafo y me tuve que ir a casa a leerlo de un tirón. En apenas 139 páginas, Gutiérrez, a través de una escritura en segunda persona que emula el ritmo incesante y continuo del pensamiento, consigue una intensidad en la experiencia lectora que reverbera mucho más allá de la finalización del libro.


La novela parte del encuentro casual entre Polo y Blanca, que desencadena los recuerdos de la juventud perdida y trae a la memoria algunos episodios trágicos que parecían borrados. El trauma, lo no asumido, lo supuestamente tachado de la memoria, retorna para romper un presente artificial, montado sobre la forclusión del pasado. Es un trauma personal, el de Polo, pero también es el trauma de toda una generación. La generación de los que hoy están en sus treinta y vivieron su juventud en la década de los noventa, rodeados de las drogas de diseño y en una atmósfera de relativa «comodidad» que ponía, casi literalmente, el mundo a sus pies.

Uno de los temas centrales del libro es la música. Es lo único que sirve de equilibrio o centro en un mundo trastornado, lleno de saltos, discontinuidades y retornos. Los cinco capítulos en los que se divide el libro son los cinco CDs que uno se llevaría a una isla desierta y sobre los que también se discute en la trama. La música está ahí, como contenido, como ruido de fondo en todo momento, pero también en la propia escritura. Una escritura que genera saltos, vueltas y retornos, y que uno lee como si estuviera escuchando un disco de rock, una escritura de trance, musical, pero no en el sentido de «armoniosa» y cadenciosa, sino en un sentido diferente: móvil, terrible, hipnótica, como una especie de mantra que uno no puede dejar de escuchar.

Pero, sin duda, el tema central del libro es la violencia desculpabilizada. Una interrogación sobre la cotidianidad del mal, un examen de la violencia que está en cualquiera de nosotros, incluso en los buenos chicos. Buenos chicos que ya no tienen unos condicionantes para ser como son, sino que toman la violencia como una opción a su disposición, como sucede, por ejemplo, con los chicos de Funny Games, la película de Haneke. Una violencia desculpabilizada vista con una crudeza más allá de cualquier posición moral o ética. Y una violencia que también acaba produciéndose en el lenguaje, en la propia estructura narrativa, que es trastornada, retorcida, punzada, estirada, aniquilada para que al final uno acabe totalmente exhausto y alterado, con la respiración entrecortada y la adrenalina por las nubes. Un subidón literario.

[Publicado en La Razón, 16-03-12]

19/3/12

Tecnologías de segunda mano III. Retromanía y asimilación

Originalmente en Salonkritik

Las dos entregas anteriores de esta serie de textos (publicados en forma seriada en Domingo festín caníbal de Salonkritik) intentaron mostrar la presencia de lo obsoleto en la cultura de masas y el arte de la contemporaneidad. Los usos de tecnología del pasado en Fringe y en la obra Rheinmetall / Victoria 8, de Rodney Graham, me sirvieron como ejemplo de la tendencia de la cultura visual de nuestros días a trabajar con estéticas anacrónicas y anticuadas como una puesta en obra de estrategias de resistencia ante los avances del tiempo y la historia. Una estrategia que no cesa y que, como se ha dicho en reiteradas ocasiones, ha tenido uno de sus episodios más recientes en los últimos Oscar con la confrontación entre dos modos de nostalgia: la nostalgia pasiva y conservadora de The Artist y la nostalgia operativa, de rescate –que pretendía actualizar a Méliès–, de La invención de Hugo.

# Lugares comunes

Esta presencia de lo obsoleto y lo nostálgico se ha convertido ya en un género en sí mismo. Y la manera más extendida de abordarlo es aludir a Walter Benjamin y a su lectura del potencial de lo obsoleto para cambiar el presente (Benjamin, 2007; Buck-Morss, 1995). Los textos de Susan Buck-Morss, como otros muchos de Rosalind Krauss o Hal Foster han consolidado esta referencia a la potencia de lo antiguo y a la energía revolucionaría de lo descartado, convirtiendo el mero uso del pasado en una forma de resistencia ante el progreso. La consolidación de esta lectura la encontramos en el número de la primavera de 2002 de la revista October, que para celebrar su número 100 dedicó un especial a la cuestión de la obsolescencia. Inspirado directamente en la filosofía de la historia de Benjamin y en su crítica al progreso, los editores, George Baker y Rosalind Krauss, observaban las potencialidades de los usos del pasado en el arte del presente. Y según su posición, el recurso a la obsolescencia podría ser visto como una “táctica de resistencia” al paso del tiempo y al progreso de la sociedad industrial.

Esta alusión a Benjamin –y en otros muchos textos también a Adorno– se ha convertido en un lugar común en la historia del arte contemporáneo, que sigue tomando esa actitud de rescate de lo obsoleto y lo pasado de moda como una posición crítica. Sin embargo, como lúcidamente ha observado Joel Burges (2011), los cambios en las políticas de producción y la consolidación de la estrategia de la obsolescencia programada cambian por completo ese sentido crítico del empleo del pasado, que ya es integrado en la propia lógica de consumo.

Esta nueva fase de “la producción de lo viejo”, si se piensa bien, coincide con los inicios del capitalismo tardío y sus principios tienen que ver mucho con la lógica de la posmodernidad tal y como fue vista por el Fredric Jameson (1991). Una lógica según la cual ya no hay nada exterior al capitalismo, de manera que cualquier actividad se convierte en algo inmanente a un mercado que es total, flexible y global. La obsolescencia, en esta nueva fase, dejaría de ser un resto que ocupa el exterior para convertirse en algo inherente del sistema⁠. El residuo pasa de ser una de las consecuencias de la producción industrial a convertirse en uno de sus motores. Una forma deliberada de producción que aprovecha las supuestas fallas o efectos del sistema para consolidar su propio funcionamiento. Es lo que se ha denominado “obsolescencia programada” y que produce tres efectos fundamentales sobre la producción: una aceleración del consumo repetitivo de la novedad que da lugar una acumulación cada vez mayor de residuo; una integración de ese residuo en un mercado paralelo, el mercado de segunda mano; y una reintegración de esa mercancía a través de lo afectivo en el ámbito de la novedad, lo que podemos llamar comercialización de la nostalgia o “retromanía”.

[Seguir leyendo el artículo en Salonkritik]

11/3/12

Literatura de crisis

El pasado miércoles, en la Fundación Cajamurcia, tuve la oportunidad de escuchar a Isaac Rosa, uno de los escritores más serios e inteligentes de la actual narrativa en español. Entre otras muchas cosas, en su charla observó que la narrativa española de hoy parece vivir –con algunas excepciones, por supuesto– alejada de la realidad del mundo que le ha tocado vivir. Uno se pasa por cualquier librería y ve la mesa de novedades llena de libros de sociología, economía, política… que hablan de la crisis. Pero, como él preguntaba, «¿dónde están las novelas de la crisis?». Parece que las novedades literarias van a lo suyo. Literatura de evasión, literatura sobre literatura o novela negra –que es el «refugio» de la literatura social contemporánea–.

Es como si en España –a diferencia de lo que pasa en Latinoamérica y en otras latitudes– la literatura fuese impermeable a los problemas sociales. Y no se trata ya de encontrar una novela «sobre» la crisis, sino que cualquier escritura del presente, comprometida con su tiempo, no debería ignorar lo que está pasando, la manera en la que la situación actual de precariedad ha reconfigurado nuestro modo de pensar y actuar. Quizá ocurra que los escritores –con excepciones, claro está, como la del propio Isaac Rosa– viven en un mundo separado, acerca del cual al final acaban escribiendo. Y quizá haya llegado el momento de replantearse qué puede –y qué debe– hacer la literatura hoy. ¿Hasta qué punto la escritura es capaz ya de configurar imaginarios para entender el mundo? ¿No será que ese capacidad de creación de relatos se ha desplazado a la ficción televisiva, donde sí que encontramos esa televisión de la crisis, empapada de la realidad real?

[Publicado en La Razón, 10/03/2012]

4/3/12

Nostalgia operativa

Se ha dicho por activa y por pasiva que estos han sido los Oscar de la nostalgia. Tanto «The Artist» –la ganadora– como «La invención de Hugo» –mucho mejor película– o incluso «Midnight in Paris» –Woody Allen en todo lo suyo– ponen en juego una especie de estética de la nostalgia que camina hacia el pasado y que es propia de un tiempo desquiciado como el nuestro que ya no sabe hacia dónde va. De todos modos, debemos tener claro que no todas las nostalgias son iguales. Tal y como sugiere Svetlana Boym en su libro «The Future of Nostalgia», hay una nostalgia improductiva –puro regodeo en el pasado y toma de conciencia de que «sólo existe la felicidad en el aire que una vez respiramos»– y una nostalgia operativa, que observa el pasado sin perder de vista el lugar en el que se encuentra, buscando en la historia lo que no quedó resuelto para reactualizarlo y ponerlo a funcionar en el presente.


Estos dos modelos son los que se han jugado los Oscar. Frente a la nostalgia de «The Artist», que es un mero pastiche del pasado sin aportar nada al presente, la nostalgia de «La invención de Hugo» tiene que ver con el rescate y la reactualización de la historia. Sin dejar de ser una ficción infantil, es una reivindicación de la figura de Georges Méliès, pero a diferencia de «The Artist», no se trata de una mera imitación del pasado, sino que lo que hace Scorsese es hacer lo que habría hecho Méliès, utilizar las 3D y la tecnología del presente para presentar el cine como fábrica de sueños. Es decir, nostalgia operativa, que sirve para iluminar el presente con los sueños y las promesas del pasado. Una conexión entre tiempos y no tanto una mirada a un pasado inerte y monumentalizado.

[Publicado en La Razón, 2/3/2012]