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28/2/12

The Artist

No puedo estar más cabreado con los Oscars que ha ganado The Artist. Ni siquiera ganas de argumentar tengo. Así que os dejo directamente lo que escribí hace varias semanas cuando vi la película.

En más de una ocasión he hablado aquí de la fascinación por lo obsoleto de la cultura contemporánea. Uno de los últimos productos de esta retromanía es The Artist, la película de Michel Hazanavicius, que pretende emular la estética y la manera de narrar de las películas mudas de los años veinte contando una historia de amor que tiene como trasfondo la industria del cine y el paso del mudo al sonoro. Un homenaje al cine. Pero un homenaje que es tan sólo una repetición de tópicos, gestos, planos, historias y recursos. Es decir: un pastiche, esa forma privilegiada de la cultura postmoderna según la clásica visión de Jameson.

La película no nos dice nada que no sepamos ya, y no lo hace mejor que los originales que «homenajea/fusila». Originales que el autor combina con una ligereza cronológica que llega ya al dislate cuando utiliza la música de Bernard Herrmann. La clave parece ser que todo suene viejuno, a cine del pasado. Es como las películas ambientadas en la Edad Media, que todo tiene que sonar a «medieval»: ponle piedras y vidrieras y algo de musgo en la torre; que la cosa sea gótica, románica o carolingia es lo de menos. Pues con The Artist pasa eso, el director ha hecho una combinación de motivos que suenan a viejo –algunos del cine mudo, otros del cine clásico de Hollywood– y los ha puesto todos juntos. Probablemente, quien no haya visto una película clásica en su vida, quedará fascinado con esa emulación. Pero quien haya pasado horas y horas boquiabierto con el cine del pasado, tendrá la sensación de haber visto ya esa película mil veces y mejor. Y sobre todo sabrá que aquellas películas eran parte de su tiempo, y no este ejercicio retro y vacío que nada tiene que decir a nuestro presente.
A esto habría que sumar –de modo muy rápido– la hipocresía y tontería de la industria del cine contemporáneo y sobre todo el cinismo de una institución que premia a una película "de bajo presupuesto" y que valora la reducción de medios frente a la supuesta omnipotencia de la tecnología de las grandes superproducciones. Y es que, si lo pensamos bien, decir que The Artist, dista mucho de ser una película low-cost, al menos si se compara con cinematografías emergentes de otras latitudes donde las formas precarias son una necesidad no un estilo refinado y manierizado. ¿Quieren ustedes valorar un cine sin medios para tamizar su complejo de culpa por lo que su industria gasta en grandes producciones? Pues The Artist no es precisamente el ejemplo, sino todo lo contrario. Es la legitimación de que se puede gastar dinero a cascoporro si se presenta bajo la forma de lo precario.

22/2/12

Duelo al blog

Lo sé, tengo el blog abandonado. Menos mal que a estas cosas no se les pega el polvo, que si no tendría telarañas en las esquinas y óxido en las pestañas. Ya lo he dicho en más de una ocasión, Facebook y Twitter lo están matando. Y es una pena tremenda, sobre todo porque, al final, Facebook y Twitter son puro presente sin memoria –por mucho que ahora Facebook introduzca la "Biografía", que pretende hacer algo de memoria con lo más efímero.

Escribo esto sobre todo porque el artículo que Enrique Vila-Matas escribía hace dos días en El País me ha hecho pensar mucho. Tiene toda la razón. Hubo un tiempo en el que los blogs estaban de moda, y tener un blog era un signo de diferencia, casi de modernidad, un espacio privado/público donde poder decir y comunicar con total libertad. En ese momento, al principio, los blogueros eran gente rara. Y daba gusto escribir aquí porque, como digo, constituía una diferencia. Después, el blog se generalizó y todo el mundo comenzó a tener espacios personales. Dejó de ser ese signo de distinción virtual para convertirse casi en la norma. En esos momentos, uno tenía que mantener un nivel de contenidos interesante y constante para que en medio del ruido de fondo de millones de blogs, lo que se escribía pudiera ser leído, o al menos atendido. Y hoy vivimos otro tiempo, el tiempo en el que los blogs han comenzado a desaparecer debido al microblogging, el tiempo en el que, como sostiene Vila-Matas, sólo unos cuantos valientes resisten renovando constantemente contenidos, escribiendo sin parar, en una muestra de generosidad para los lectores y de compromiso con la tarea que comenzaron hace mucho tiempo. Otros, sin embargo, como el caso de este No(ha)lugar, nos nutrimos de intervenciones en periódicos, alguna crítica que otra, alguna reflexión on-line... pero hemos dejado para Facebook o Twitter las cosas que antes transitaban por aquí: pensamientos sueltos, ocurrencias, ideas, citas, pequeñas cosas que ahora realmente han desaparecido.

Los blogs, de este modo, han ido alejándose de lo mínimo, lo infraleve, lo sutil, para hacerse mucho más parecidos al texto impreso, para convertirse casi en un repositorio de lo que, en otro momento, habría estado en periódicos, libros (los que pudieran publicarlos, claro está). Lo extraño de todo, y lo que más pena da, es que esas cosas mínimas que ahora van a Facebook acaban perdiéndose del todo. Como he dicho, es puro presente, contingencia y efimeralidad absoluta. Escapa a los buscadores, se queda en el limbo, en una especie de vacío irrecuperable. Es casi literalmente como decir palabras al viento, como susurrar al oído ideas.

Al final, creo que tanto Facebook como Twitter tienen que ver más con el decir que con la escritura. Mientras que el blog sigue siendo la transposición democratizada de la pasión escritural, el microblogging es, en cambio, la fijación virtual del chat y el comentario. Más un susurro que un texto. Allí uno habla en lugar de escribir –aunque sea un texto el que da el habla–. Y no es de extrañar que haya sido un escritor como Vila-Matas, comprometido con la literatura, fascinado más por el escribir que por el decir, el que haya iniciado ese duelo por la escritura en Internet. Un duelo al blog en el que los valientes, como dice el escritor catalán, llevan siempre las botas puestas. Otros, sin embargo, nos hemos descalzado a nuestro pesar.

11/2/12

Apocalípticos y entregados

Uno de los problemas con los que nos tenemos que enfrentar constantemente los profesores de arte contemporáneo es el de la resistencia de los alumnos al arte contemporáneo. Todos los años, las mismas cuestiones: “eso no se entiende”, “eso lo hace un niño chico”, “pues yo lo miro y no me dice nada”, “qué poca vergüenza” o, directamente, “¿y si yo entonces me la saco aquí y digo que es arte, es arte?”. Se trata de una serie de mitos y lugares comunes en torno al arte contemporáneo que han calado tan fuerte en la sociedad que es casi imposible derribar.

Lo que les digo es siempre lo mismo: el arte –y no sólo el contemporáneo– es algo que no se aprecia sólo a través de la mirada, sino que requiere una lectura atenta y una puesta en contexto –teórico, histórico y artístico– de lo que se está viendo. Si no, no nos enteramos de la misa la mitad. Para ver hay que leer. Por supuesto, hay emociones o percepciones estéticas que pueden ser experimentadas sin esa mediación, pero son las menos, y seguir pensando, como muchos hacen, que el arte es una cosa que uno se pone delante de ella y comienza a gozar o a entender “inmediatamente”, es como pensar que alguien se deleitaría viendo un partido de fútbol solo observando gente correr de un lado para otro tras un balón, pero sin entender muy bien por qué lo hacen.

Lo curioso de todo es que, frente a los apocalípticos, que desconfían del arte contemporáneo y se resisten a él, están también los culturetas integrados, que se entregan ciegamente al arte a través de una especie de creencia según la cual lo que ven tiene que ser bueno porque es arte, así que no importa si lo comprenden o no. Estos se pasean por el museo o la galería –la feria o la bienal– con la mente abierta pero sin entender nada, aunque no les importa, porque ya han ido y han adquirido lo que Bourdieu llamó capital simbólico, es decir, una especie de diferencia cultural que los eleva del resto del pueblo y les concede una posición especial.

Tanto una como otra postura, la de los escépticos y la de los creyentes, están basadas en una confusión radical: que el arte entra por los ojos. Y es que, si bien es cierto que lo percibimos a través de la vista –eso no se puede negar–, como sugiere Antoni Muntadas, “la percepción requiere participación”, y esa participación del espectador no es otra cosa que una visión activa, interrogante, que pregunte a la obra por qué, para qué, desde dónde, por qué así, por qué aquí y por qué ahora.

[Publicado en La Razón, 10/02/12]

5/2/12

Cuestión de Fe

Estos días se ha llamado la atención sobre la copia de la Gioconda del Museo del Prado. Realizada por un discípulo de Leonardo, la obra parece ser contemporánea de la Gioconda verdadera. Y una frente a otra, la obra tiene su mérito. Lo único que pasa es que tenemos nuestra mirada acostumbrada a la Gioconda de verdad. Y sobre todo, sabemos que fue pintada por la mano de Leonardo. Pero ¿y si hubiera sido al revés? ¿y si la Gioconda del Louvre fuera la pintada por el discípulo y esta copia fuera la verdadera de Leonardo? ¿Se imaginan cuál sería nuestra reacción? No hace tanto que, con estudios fundados, se intentó demostrar que «El Coloso», una de las obras maestras de Goya, no fue pintada por el pintor maño, sino por un discípulo suyo. Y parece que nos resistimos a imaginar que una obra así no haya sido pintada por el genio.



Todo esto, en el fondo, nos hace reflexionar sobre la contingencia del valor artístico, por un lado, y sobre el fetichismo del origen, por otro. En primer lugar, la Gioconda, en sí, no es un retrato tan excepcional, es tan sólo su historia, sus circunstancias, y toda una serie de operaciones de valor e imagen en torno a ella lo que la convierten en lo que es, un icono del arte. Y en segundo lugar, lo que hace que el valor de la obra sea el que es tiene que ver con el «contacto» con la mano del genio, la presencia de un elemento casi mágico que convierte a la obra en fetiche, en una reliquia del mismo tipo que las de la Iglesia. Y es que, bien pensado, entre el arte y la religión no hay tanta distancia. Museos como iglesias, obras como reliquias y experiencias artísticas como experiencias místicas. Todo, por supuesto, cuestión de fe.

[Publicado en La Razón, 3/2/12]