29/1/12

Inadecuación y cambio

En «El libro de los Pasajes», al analizar el modo en el que en las primeras construcciones de la modernidad y los nuevos materiales y técnicas se vinculaban a las viejas formas –los órdenes clásicos y las estructuras arquitectónicas del pasado–, Walter Benjamin observaba que la clave de esta inadecuación estaba en que el vidrio y hierro habían llegado demasiado pronto y que no se sabía cómo operar con ellos. Aludía allí a Ernst Bloch y a su idea del «todavía no es», –nunc stans–, para sugerir que aquellas formas eran la anticipación de un tiempo que estaba por venir y todavía no había llegado del todo. Por eso se preguntaba: «¿cómo y cuando los mundos de formas surgidos en la mecánica, en el cine, en la construcción de maquinaria y en la nueva física, que nos han subyugado sin ser nosotros conscientes de ello, nos mostrarán con claridad lo que les es de suyo natural?».

Hoy estamos en medio de una de esas grandes inadecuaciones: Internet y las nuevas tecnologías informáticas. Nos encontramos en medio de un cambio de modelo, pero no todos lo han sabido advertir. Y muchos siguen pensando esta tecnología con los viejos esquemas, igual que los arquitectos del hierro pensaban sus edificios según las posibilidades y formas de los antiguos materiales y técnicas. Quizá Internet haya llegado demasiado pronto y aún no estemos preparados para lo que realmente supone. ¿Cuándo nos mostrará con claridad «lo que es de suyo natural»? Desde luego no ahora. No mientras los conductores de carros pongan las normas a los automóviles, los monjes copistas a los impresores o los pintores a los fotógrafos. No mientras quienes los que dictan las reglas del juego no se den cuenta de que las fichas y el tablero han cambiado hace ya bastante tiempo.

[Publicado en La Razón, 27/01/12]

21/1/12

Fin de un sueño

En «La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica», Walter Benjamin observaba que las nuevas tecnologías de reproducción de la imagen –por mucho que acabasen con el aura de las obras de arte singulares– tenían un nuevo potencial democrático y emancipador que podía servir para que el pueblo accediera a una serie de experiencias, conocimientos y emociones que estaban reservados a unos pocos privilegiados. Ese potencial, sin embargo, como el propio Benjamin advirtió, llevaba también aparejado un gran peligro: la posibilidad de dominación y control de las masas a través, precisamente, de la democratización.

En efecto, el cine, la publicidad, las nuevas formas de cultura de masas… fueron utilizadas por los regímenes totalitarios como herramientas de identificación nacional –la manipulación nazi es un ejemplo–, pero también, y sobre todo, de manipulación, control, docilización y sumisión de los ciudadanos. Lo que observó Benjamin fue que la posibilidad de emancipación estaba siempre ligada al peligro del sometimiento. Aquello que nos puede hacer libres es también, al mismo tiempo, aquello que nos puede convertir totalmente en esclavos.

En estos días se está librando la batalla por la regulación de Internet. Un lugar que, como no podía ser de otro modo, está sujeto a esa doble lógica. Por un lado, nos encontramos con la utopía de un mundo común, de un lugar de acceso y comunicación de conocimientos más allá de toda frontera. Y, por otro, con la herramienta de control y sometimiento más precisa que se ha conocido. Si nada lo remedia, acabarán ganando los de siempre. Y, una vez más, la posibilidad emancipadora se convertirá en la condena a la monitorización. De nosotros depende que no desaparezca del todo ese sueño que, al menos en un principio, tuvo algo de realidad.

[Publicado en La Razón, 20/01/2012]

18/1/12

Lenguaje velado

Probablemente sea percepción mía, pero de un tiempo a esta parte estoy convencido de que ha crecido el número de burdeles en la Región de Murcia. No hay más que asomarse a cualquier carretera para darse cuenta de la cantidad de carteles que anuncian todo tipo lugares para el placer –masculino, por supuesto–. Lo curioso del caso es que hay que fijarse mucho. Y hay que hacerlo porque es casi imposible distinguir la publicidad de un prostíbulo de la de una firma de moda, un perfume o una marca de helados. Es más, me atrevería a decir que los anuncios de estos lugares contienen mensajes sexuales menos explícitos que el resto de la publicidad contemporánea. Esto es así hasta el punto de que, si uno tuviera que guiarse por el imaginario de los carteles, probablemente entraría a una tienda de perfumes a preguntar por el precio del cuerpo de alguna señorita de esas que mojan sus labios y nos seducen –a los hombres; la mujer es un mero objeto de deseo y está privada de subjetividad–.

Está claro que la visibilización de estos lugares se hace cada vez mayor. Y sin duda el número de sitios está aumentando. Y lo digo ahora con conocimiento de causa. Aunque ustedes no lo crean, mientras escribo esta columna, justo enfrente de mi casa están montando un burdel. La antigua cafetería ha cerrado y, en su lugar, el dueño ha decido crear un lugar de ocio y relax, un club para caballeros. Un sitio con glamour. Y a mí me hace gracia el lenguaje velado y las imágenes sutiles que pretenden esconder lo que allí va a suceder. Preferiría que llamaran a las cosas por su nombre. Un perfume es un perfume. Y lo que están poniendo frente a mi casa es una casa de putas de las de toda la vida.

[Publicado en La Razón, 13-1-2011]

8/1/12

Infraleve

Acabo de enterarme de que mi primer libro, Infraleve, está completo en Google Books. Es ya cosa viejuna y está lleno de pretensiones –las de un chaval que quería ser escritor y no sabía muy bien cómo hacerlo–. Aun así, le tengo cariño y me ha hecho ilusión verlo ahí. Por eso lo comparto ahora en este no (ha) lugar donde el tiempo a veces se retuerce.





[Leer Infraleve en Google Books]

3/1/12

Piratería legal

Lucía Etxebarría deja de escribir porque las descargas piratas de sus libros superan a sus ventas. La última novela de Ruiz Zafón estaba en la red una semana antes de su publicación. Hay dos maneras de ver esto. Botella medio vacía: que la cosa se va a pique porque la gente es una pirata y la industria cultural no puede subsistir si no se respeta la propiedad privada. Botella medio llena: que la idea de aquí no lee ni Perry Mason no es real y que, si existe el pirateo, será porque, en el fondo, algún interés habrá en leer.

Parece que hay una especie de esquizofrenia en los discursos sobre la piratería del libro digital y sobre los índices de lectura. Quizá en lugar de gastar dinero a espuertas en planes de fomento de la lectura que no acaban sirviendo para mucho, lo que habría que hacer es fomentar la piratería. La piratería legal –no aquella que pretende lucrarse–. Es decir: bibliotecas digitales. Si en lugar de ver a los usuarios como compradores o piratas, los viésemos como lectores, la cosa cambiaría. Los llamamos piratas porque no pagan por sus lecturas, igual que ocurre con los lectores de las bibliotecas, que tampoco pagan; la biblioteca paga por ellos. En el sistema de préstamo digital, la experiencia de usuario es la misma que la del pirata –uno descarga algo de un sitio– con la diferencia de que, en la biblioteca, la descarga es legal y el libro se desvanece a las dos semanas –que ya hay que tener mala leche para crear una tecnología que te quita lo que te ha dado “sólo por joder”, porque no hay otra razón logística–.

El problema de fondo es que estamos ante dos discursos antagónicos: el de la industria cultural y el de la utopía del conocimiento. Y esto muestra que, por mucho que se nos diga, Internet no fue creado para compartir y crear comunidades, sino todo lo contrario, para potenciar y perpetuar la propiedad privada a todos los niveles. Hackear esa memoria de sistema sí que es una tarea difícil.

[Publicado en La Razón, 31/12/2011]